narrativa

LA RIQUEZA

Había una vez dos ricos rivales: José Pérez y José García. Si uno realizaba una ostentación de riqueza, pronto el enemigo ostentaba otra. A los bailes sucedían los banquetes y fiestas de caridad. A las limosnas, las donaciones. Sin olvidar ambos en sus fábricas de hacer lo inimaginable para reducir los gastos y acrecentar las ganancias. Y éstas crecían en razón inversa a los salarios y en progresión geométrica al número de obreros tuberculosos que en los salones oscuros y fríos de ambas fábricas erguían una macabra música de toses en todos los tonos, desde el cándido niño de diez años hasta el cavernoso viejo de setenta. Bien es cierto que cuando alguno moría, uno y otro se empeñaban en demostrar su capacidad para el gasto: un entierro digno de un senador cruzaba la ciudad, poniéndole una diagonal de asombro. Dentro del costoso cajón iba quizás un cuerpo de hombre que en toda su vida no gastó en comer lo que el cajón valía. Risueña paradoja que llevaba el desconcierto al juicio público. ¿Qué eran José Pérez y José García? ¿Dos benefactores, dos criminales? Ambos eran ricos, sí, los hombres más discutidos de la ciudad. Esto les hipertrofiaba de tal forma su concepto de sí mismos que, por momentos, se creían vivir varias, muchas, cientos, miles de vidas en una sola. En cada admirador de su riqueza, ambos ricos sentían vivirse subalternamente.

José Pérez decidió aplastar a su rival, imponerse definitivamente a la admiración de todos: compró una manzana en el sitio más caro de la ciudad y en ella edificó un enorme edificio con casas de negocios y departamentos. Su renta mensual equivaldría a una fortuna. Con lo que rendiría al año, podrían haberse tratado y curado todos los tuberculosos que ambas fábricas hubiesen producido en treinta años de vampirismo. También hubiesen podido ir de vacaciones a las sierras con sus familias e impedir el espectáculo doloroso de esos chiquillos entecos, encorvados, traslúcidos, escupiendo los pulmones por las letrinas. ¡Sensiblerías! Cálculos de los muchos envidiosos que, obligadamente, José Pérez y José García tendrían en la ciudad.

Construido el colosal edificio, José Pérez se irguió en la admiración pública. Seguramente, ya era considerado como el hombre más rico de la ciudad; su deseo más fuerte, el fin de su vida.

El otro rico, su enemigo José García, hubiese podido construir también un edificio de las proporciones del de su colega. No quiso. Pensó aplastarlo. Intuitivamente, por su natural astucia, era docto en psicología. Hizo el análisis de la riqueza. Indagó de qué se nutre el asombro público.

Llegó a estas conclusiones:

1º. El análisis de la riqueza le dijo que cuanto más inútil es el empleo de que de ella se hace, más volumen aparenta. Una enorme piedra preciosa en un dedo o en una oreja, habla mucho más al asombro público que su importe empleado en un colegio.

2º. Su indagación buscando de qué se nutre el asombro del público, le dijo esto: de inutilidad. Cuanto más inútil es una cosa, más ciega al público. Un árbol en una huerta, produciendo maravillosos duraznos, no atrae. El mismo árbol, fabricado de caramelo y puesto en una vidriera, hace que cientos de personas se detengan a admirarle.

Sabedor de estas minucias que no enumera ningún tratado de psicología, el rico filósofo realizó su plan: frente mismo a la manzana de José Pérez, compró otra, demolió su edificación, la hizo alambrar, le colocó un gran cartel: "Propiedad de José García"; la hizo arar y sembrar de trigo.

¿Cuál no sería la fortuna de este hombre que en aquel sitio, donde la vara de tierra valía miles de pesos, hacía aquello? ¿Que el otro había empleado su manzana levantando una monumental construcción? Pero ella le producía una renta cuantiosa. A éste, en cambio, tanto le sobraría el dinero que empleaba una fortuna en un capricho.

Granó el trigo y José García hizo hacer un pan enorme. Para cocerle, tuvo que construirse un horno a propósito. Y se repartió a los pobres de la ciudad, asombrados de su munificencia y generosa esplendidez. Hubo envidioso que se entretendría en calcular lo que valdría cada bocado de ese pan, obtenido en una tierra que importaba tantos miles por vara: con el costo de cada bocado hubiese podido comer hasta satisfacerse una familia obrera de padre, madre y siete hijos.

José García se impuso. Era voz general considerarlo como el hombre más rico de la ciudad. José Pérez, ente falto de imaginación, pensó en suicidarse. No tenía valor de sobrevivir a su derrota. Lo salvó el consejo de un mozalbete piojoso que se pasaba las noches en el café tratando de ensartar metáforas sobre la luna.

José Pérez, por el consejo del imaginífero lunar, hizo demoler su enorme edificio. La gente, al pasar ante aquella portentosa mole de escombros y mirar enfrente aquella tierra de miles de pesos la vara, empleada en dar trigo con el que se hacía un pan tan costoso para regalarse, decíase ahora: ¿Cuál será más rico? ¡Ambas inutilidades eran igualmente estupendas!