narrativa

LA DESPEDIDA

El padre de Aldo trajo la nueva:

- Juvenal Morente está preso.

- ¿Preso "Había una vez" – grita Bocha, estupefacto.

- ¿Y por qué? – pregunta Aldo.

- Por anarquista.

- ¿Anarquistas son esos que tiran bombas?

- O que no las tiran, pero a quienes se acusa de querer tirarlas. Lo malo está en que como no es argentino, le aplican la ley 4144, la ley de residencia.

- ¿Lo fusilan?

- No tanto: lo expulsan del país por extranjero indeseable.

- ¿Pero no está en la Argentina desde los siete años?

- Sí, es más argentino que extranjero, aunque para la ley sigue siendo extranjero. ¿Por qué no lo van a ver? Está en el Departamento de Policía. Yo les conseguiré permiso.

Esa tarde van todos, en pandilla. Esperan unos minutos. Pronto ven entrar a "Había una vez" acompañado de un vigilante. Lo rodean. Lo hablan. Algunos lo tocan. El sonríe.

- ¿Qué? ¿Me tocan para convencerse que soy yo?

- Sí, tal vez.

- Lo echan del país, ¿no es cierto?

- Sí, pero no se aflijan demasiado. Aquí o en otra parte seguiré siendo yo.

- ¿No lo veremos más?

- No lo sabemos. ¿Quién les dice que, como otras veces, aunque la policía no lo quiera, yo entre a la Argentina? ¡Es tan grande la Argentina! No tienen tantos vigilantes como para poner uno cada cien metros. Y después, allá en Misiones hay tantas selvas oscuras, en el sur hay tanta costa que ni lobos marinos tiene… No me digan adiós, muchachos. Díganme hasta luego. Así me dijeron mis padres ayer: Hasta luego, hasta la vista…

- Usted siempre tan sin apurarse por nada.

- ¿Y qué hacerle, muchachos? Cada cual tiene su destino, y lo cumple. Este vigilante, por ejemplo, aquí lo ven muy seguro de sí con su revolver y su cachiporra, muy empinado dentrote su traje de autoridad, sin embargo, no tiene mucha vida.

- ¿Y cómo sabe usted? – pregunta el vigilante, alarmado.

- ¿usted es enfermo del hígado?

- Sí.

- Se le conoce en los ojos. Y si continúa bebiendo y comiendo, tengo la satisfacción de anunciarle que dentro de uno o dos meses estará haciendo guardia dentro de un ataúd… pero yo quiero hablar con estos muchachos, no con usted. ¡Basta, entonces! ¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! De que cada hombre tiene su destino….

- ¿Pero usted es anarquista? ¿Si usted no come carne porque dice que no se puede matar, por qué quiere matar hombres? – pregunta Bocha.

- ¡Ah, muchachos, muchachos míos! ¿Con qué cepillo, con qué jabón se van a limpiar los cerebros, una vez que empiecen a pensar por su cuenta? ¡Cuánta basura echan en su cerebro los grandes estúpidos! ¡Será preciso barrer, fregar fuerte! ¡Qué lástima me inspiran, muchachos!

- Señores, se cumplió el tiempo que señala el reglamento – dice el vigilante.

- ¡Muy bien! Despidámonos, muchachos: pero nada de abrazos, besuqueos y lloros. ¡A lo gaucho, eh? La mano y nada más. La mano y ¡hasta la vista! Aquí les dejo un cuento, el último cuento. Lo escribí para que conserven un recuerdo mío. Para que no me olviden.

- Y usted… usted – comienza Bocha. No puede seguir, se tira sobre el hombro de Aldo. Llora.

- ¿Qué ibas a decir?

- El, seguramente, quería decirle – habla Tarro – que cómo puede creer que lo vamos… - la voz se le entorpece, los ojos se le nublan, y calla.

- ¡Cómo puede creer que lo vamos a olvidar! – termina Flauta, y rompe a llorar estrepitosamente.

- ¡Qué gauchos llorones! ¿Eh, muchachos?... No sean… ¡No sé qué decirles! ¡Hasta la vista!

Y se aleja, custodiado por el vigilante.

Los muchachos quedan mirándose unos a otros, indecisos.

Aldo tiene en la mano el cuento de "Había una vez".

- Leélo – dice Cuatrojos.

- Después… ahora no.

Yo se los leeré. Cuatrojos comienza: "Las Rivales"…

Acaba de terminar cuando entra el vigilante que acompañó a "Había una vez".

- Muchachos, pueden irse… Ese, el que se les hacía el guapo, no bien llegó a la celda…

- ¿Qué?

- Se tiró a llorar sobre la cama. ¡Guapo de papel!

Los muchachos, silenciosos, salen.