narrativa

"HABIA UNA VEZ" (Novela en capítulos)

"Había una vez"… En mi infancia estas palabras han sido la llave de un paraíso oculto, llave de un mundo lejano y hermoso, lleno de misterios y apariciones sorprendentes, en el cual lo posible no está limitado y donde el pensamiento se columpia como una mariposa sobre flores aromáticas y verdes hojas".
RODOLFO ROCKER

"Había una vez" no se llama "Había una vez". Pero como todos sus cuentos los comienza así: "Había una vez", los niños concluyeron por llamarlo "Había una vez", y como cuando se lo dijeron él sonrió: "¡Me gusta el apodo! Me gusta más que mi propio nombre". Los chicos, a quienes nunca les dijo su nombre, así lo llaman. "Había una vez" es un hombre alto, de aspecto hosco que aumentan su barba, descuidadamente crecida, y sus anteojos verde oscura. Y lo desaliñado de su ropa. Una mañana los niños lo encuentran en el río, lugar donde siempre lo encontraban. No lo conocieron. Estaba afeitado y cuidadosamente peinado.


- ¡Oh, no lo habíamos conocido! ¿Sabe que parece otro hombre? Si no nos llama, no sabíamos que era usted – le confesaron, jubilosos de ver que su amigo no era, en realidad, como ellos lo conocían.
- El se quitó los anteojos oscuros.
- Menos me conocerían sin esto – les dijo. Así era, sí: los ojos mansos, de mirada largamente soñadora, lo embellecían extraordinariamente, como si lo aureolaran.
- ¡Mira como Cristo! – exclama Flauta.
- Por eso ando con ese disfraz de hombre malo y feo – les explica él -. Porque soy un Cristo que no quiere dejarse crucificar.
- Usted dijo disfraz – interviene Cuatrojos – y yo estaba pensando lo mismo. Una vez vi al tony de un circo sin su disfraz de tony. Usted ahora me hizo acordar a él.
- Hoy me quité el disfraz de tragachicos por hacerle el gusto a mi madre, porque yo tengo madre, ¡todavía!, a pesar de mis cincuenta y ocho años.
- ¿Cincuenta y ocho? ¡No parece!
- tengo padre y madre y les llamo papá y mamá, como si fuese un chico. Ellos me siguen creyendo un chico. Como hoy es el cumpleaños de mamá, cumple noventa, por hacerle el gusto me quité el disfraz… Mamá no se convence que yo soy un hombre de barbas grises y con arrugas. Ella siempre me ve fresco y lindo. Para ella siempre soy el de antes. Pero, ¿no se bañan? Vayan, les cuido la ropa, y cuando vuelvan les contaré un cuento…

No sólo por sus cuentos atrae a los chicos aquel hombre alto y vigoroso, solitario y ceñudo para los demás, menos para ellos, los niños. Lo encuentran misterioso y singular. Esto y el privilegio que les concede, ser sus amigos, sus únicos amigos, lo llenan de atractivo.

Un día Aldo le dice:
- Mi papá es escritor, como usted.
- ¿Y quién te ha dicho que yo soy escritor?
- ¿Y esos cuentos que nos cuenta, ¿no son de usted?
- Sí, son míos, pero no los escribo, los cuento nada más.
- Mi mamá es poeta – dice Cuatrojos – El otro día yo le conté su cuento de "La Riqueza" y a ella le gustó mucho. Me dijo que lo llevara a casa para conocerlo.
- Papá también me dijo así: Traélo a tu amigo que nos vamos a hacer amigos.
- ¿Cómo se llama tu mamá, Cuatrojos?
- Jacoba Mirsky.
- Lo he leído. ¿Y tu papá, Aldo?
- Aurelio Decglane.
- También lo he leído. Los dos me gustan… a veces; pero no voy a conocerlos. Por dos causas: primero, porque tienen más de quince años, ya no me interesan. Segundo, porque son escritores. A los escritores mejor es leerlos que tratarlos. Lo mejor de ellos está en las letras de sus libros y lo peor en la palabra de sus bocas. Digan a su papá y a su mamá que no voy a ir.
- Usted dijo que las personas de más de quince años ya no le interesan, yo tengo trece; quiere decir que dentro de dos años ya no podré ser su amigo.
Tan compungido es el tono de Tarro al decir esto que "Había una vez" sonríe y, palmeándole la espalda:
- No te aflijas demasiado. A vos te he conocido antes de los quince. Te seguiré tratando aunque tengas cien años. ¿Por otra parte, ¿quién les dice a ustedes que dentro de dos años yo pueda estar aquí, en este lindo pueblo, viniendo a tomar aire y sol en la playa, rodeado de tan excelentes amigos como ustedes?
- ¿Acaso piensa irse de viaje?
- O me obliguen a viajar, me deporten. Yo soy extranjero, soy ruso. Hace cincuenta años que vivo en la Argentina, y quiero mucho a la Argentina, pero no por eso he dejado de ser extranjero para las leyes de la Argentina… Y además, si yo matara a alguno y me fusilasen o me mandaran preso a Ushuaia… ¡Porque yo soy un criminal terrible!
Ha dicho esto sonriendo y como tienen los anteojos verdes en la mano los niños le miran los ojos dulces, y sonríen también, incrédulos.
- ¿No creen que yo pueda matar a alguien?
- ¡No!
- ¿Ni que pueda haber muerto a alguien?
- ¡Tampoco!
- ¡Si usted dice que es vegetariano porque no hay que matar para comer!
- Es cierto, yo digo eso: Para comer, el hombre no necesita matar. Por eso es hombre y no tigre.
- ¿Y para qué va a matar entonces? ¿Para robar?
- ¿Robar? ¿Y para qué quiero robar yo? ¡Si soy rico, inmensamente rico! No porque tenga oro y casas, sino porque no los deseo: Voy por las calles, paso frente a las vidrieras, miro todo lo que en ellas se exhiba para despertar el deseo de los que pasan, y me digo: ¡Qué rico soy yo! Automóviles, joyas, trajes, muebles… ¡Tengo todo porque nada necesito! A veces, quizás desearía tener un cuadro o un libro… pero al fin, el cuadro lo puedo ver cuando se me antoje en el Museo de Bellas Artes y el libro lo puedo leer cuando me da la gana en una biblioteca pública. ¡Ya ven si soy rico! ¿Qué millonario de Buenos Aires tiene las pinturas y las esculturas que yo tengo en el museo? ¿Qué bibliófilo la cantidad de libros que yo poseo en las bibliotecas? ¿Y qué casa rica tiene los jardines que tengo yo en Palermo, o una pileta de natación más hermosa que este río, ancho como el mar y largo como el horizonte?

II

- ¿De qué trabaja usted? – le pregunta Cuatrojos.
"Había una vez" lo mira un rato antes de contestar. La pregunta lo molesta un poco, pero responde:
- Soy colega de tu papá.
- ¿Médico?
- Algo parecido. Soy yuyero.
- ¿Vende yuyos?
- No, porque no sirvo para bolichero. Me fundiría. Trabajo con uno que vende yuyos que yo receto.
- ¿Dónde?
- En una calle de Buenos Aires. Ya que sos tan curioso, tomá el trabajo de encontrarme.
Cuatrojos va a replicar; pero Aldo interviene:
- ¿No te das cuenta que no debés preguntar?
- Sí, se da cuenta – dice "Había una vez" – Cuatrojos es perspicaz, pero su curiosidad es mayor que su perspicacia. Satisfacer nuestra curiosidad preguntando es fácil, hay que satisfacerla investigando. ¡Buscar, buscar!

III

Semanas hace que los muchachos no encuentran a "Había una vez" en el río. Lo echan de menos. Cuatrojos, siempre hurgador, propone ir a buscarlo en su casa. El lo siguió una y recuerda el nombre de la calle; preguntando lo encontrarán. Y a preguntar se largan Cuatrojos y tres compañeros. Aquí no lo conocen, allá tampoco. Dan sus señas: alto, de ojos verdes, ruso… Al fin, una mujer les dice: - En aquella casa pintada de amarillo vive un hombre así, con el padre y la madre…

Los sale a recibir un viejo español. Dan las señas. Dicen quienes son ellos:
- Dígale que somos los "Muchachos del Sur", sus amigos de la playa.
Vuelve el viejo:
- Dice mi hijo que está muy ocupado, que lo busquen por el río, ahora no los puede recibir.
Se van. La mujer que les dio las señas los está esperando. Desea averiguar algo ella. Pregunta:
- ¿Y? ¿Lo encontraron?
- Sí, pero no nos recibió.
- ¡Es un tipo más raro! ¡Un oso! No se trata con nadie aquí en el barrio. A mí me parece que ha de ser falsificador de moneda. ¿En qué trabaja! Nadie sabe en qué trabaja. O es falsificador o de la policía secreta… Tiene cara de espía…
Los muchachos la dejan con sus conjeturas sin responder. Por el camino, ellos van haciendo las suyas:
- ¿Cómo él es ruso y el padre español?
- Tal vez el padre viviera en Rusia…
Días después, Aldo les resuelve el enigma:
- Traigo una noticia, muchachos. Anoche, yendo con papá, nos encontramos con "Había una vez". Resulta que se conocían desde hace mucho. Habían escrito los dos, cuando jóvenes, en un periódico obrero. Charlaron una larga hora. Recordaron, y por fin discutieron. Cuando nos fuimos, papá me dio datos de él: Se llama Juvenal Morente, es español, andaluz, pero ha venido de siete años a la Argentina. Dice papá que en política continúa siendo un adolescente, un soñador, así dijo mi papá que lo estima mucho. Y me contó esta anécdota: Estaba fugado en Montevideo por razones políticas. Atravesando una plaza cayó desmayado. El médico que lo revisó dijo: Lo que tiene este hombre es hambre. Denle de comer… ¿Cómo hambre? – protestó el comisario - ¡Si llevaba cien pesos en la billetera! "Había una vez" confesó: Sí, hace varios días que no como. ¿Esos cien pesos? No son míos. Son del sindicato de tipógrafos. Yo no podría hacer uso de ellos… Papá dice que si "Había una vez" hubiese nacido hace diez y nueve siglos, ahora, en los altares, se adoraría otro santo: San Juvenal Morente o San Había una vez… En cambio, ahora, en vez de adorarle, lo que se hace con él es perseguirlo con la policía.
- ¿Y la policía de hace diez y nueve siglos – interviene Flauta - ¿no perseguía también a los santos de entonces? ¿No les cortaba la cabeza o los crucificaba cabeza abajo? ¡Suerte ha tenido "Había una vez" no ser santo hace diez y nueve siglos! Siquiera en este siglo, con pasarse unos días a la sombra, de cuando en cuando…