narrativa

EL NIÑO QUE ROMPIÓ EL JUGUETE

Había una vez un hombre al que todos conocían por "el señor Macario Pérez, librero".

El señor Macario Perez, librero, llamó a su hijo que cumplía siete años y le habló gravemente:

- Hijo, acabas de cumplir siete años y te quiero hacer un obsequio: Este reloj con música. Mi padre me lo obsequió a mí cuando yo cumplí siete años. Espero que tu lo conserves y lo cuides para que a tu vez, lo obsequies a tu hijo cuando él cumpla los siete años. Mi abuelo fue el fundador de esta librería que heredó mi padre, que tú heredarás de mí. Este juguete es algo así como el alma de nuestro negocio…

Y al concluir su discurso, con un ademán, abarcó los cuatro anaqueles polvorientos, sobre los que algunos libros se sostenían los unos a los otros, como borrachos.

Al otro día de esta trascendental escena, el señor Macario Pérez, librero, creyó morir: ¡Su hijo había roto el juguete, el tradicional reloj con música, reliquia de la casa Pérez!

- ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho? – gritaba el señor Macario Pérez, sin atinar a nada.

- ¿Qué he hecho? – respondió el niño con pura naturalidad -. ¡Rompí el juguete para ver qué tenía adentro!

- ¡Oh! – exclamó el señor Macario Pérez, librero. Y no pudo decir más, aterrado.

Estaba como un buey al que le dan un golpe en el testuz, y aún no ha caído. Su librería, esa librería que él heredara de su padre, el que a su vez la heredara del abuelo, giraba, giraba, giraba en torno suyo. Estaba loca. La librería acababa de perder el alma, rota a manos de su hijo. ¡Su propio hijo romper el tradicional reloj con música que uno al otro, de generación en generación, se pasaban los Pérez, libreros!

¿Qué haría su hijo al heredar la librería?

Desolado y aterrado estaba el señor Macario Pérez. Presentía la catástrofe, veía su casa en ruinas… ¿Qué haría de ella aquel hijo suyo, irrespetuoso de la tradición, poseído del diabólico afán del análisis?

Pasó la crisis. La vida monótona fue amontonando las horas sobre las horas, ineluctablemente, sobre los hombros del librero. Y como si amontonase piedras, fue doblándolo. Loa achaques hicieron que se resignara a poner en manos de su hijo la librería, esa librería que él heredara de su padre y de su abuelo, sin alma ahora por culpa del hijo inquieto que había roto el tradicional juguete.

Y en las manos de su hijo inquieto, el niño que rompió el juguete, el señor Macario Pérez, librero, pudo ver esto inaudito: Los anaqueles se multiplicaban, los libros se apretujaban, la librería iba agrandándose, agrandándose año por año, hasta llegar a ser la más importante de la calle, del barrio, de la ciudad, del país, del continente…

El señor Macario Pérez, librero, murió como había vivido: sin comprender lo que él acabó por llamar "el milagro de mi hijo".

Siempre las almas miopes han llamado así: "Milagro" a lo que no alcanza a ver su miopía.