narrativa

EL HOMBRE CONTENTO CON SU SUERTE

Había una vez un hombre que en otros tiempos tuvo familia, riquezas y perdido unas y otras; pero no se quejaba de su suerte. Por el contrario, habitualmente se lo oía exclamar, jubiloso:

- ¡Qué suerte tengo! ¡Qué suerte tengo!

Ahora vivía solo, en un rancho, a orillas de un gran río. Sembraba un pequeño campo y de lo que él sembraba, comía. Para sus otras pequeñas necesidades pescaba en el río y vendía los peces en el mercado de la ciudad próxima. Vivía así, humilde y laborioso, sano y contento.

Alguien le dijo alguna vez:

- ¿Cómo puede usted considerarse un hombre con suerte, si usted que ha tenido familia se halla solo, si usted que ha poseído riquezas, está pobre?

- Soy un hombre con suerte – respondió él – porque peor hubiera sido que mis hijos, en vez de haber muerto, hubieran tomado un mal camino en la vida, y en cuanto a la pérdida de mis riquezas, ha sido una bendición para mí; ella me ha hecho conocer la alegría del trabajo. Tengo cincuenta años y, ya me ve, sano y vigoroso. Si fuese rico, quizás el abuso de manjares y la vida de ocio me hubieran traído la gota o un cáncer… ¿Cómo no voy a cantar, agradecido: ¡Qué suerte tengo yo! ¡Qué suerte tengo yo!

Es muy raro encontrar un hombre contento con su suerte, por eso la fama de este hombre, volando de boca en oído y de oído en boca; llegó a conocimiento del tirano que gobernaba el país. El tirano, poseedor de tesoros y amo de vida y voluntades de muchos hombres, no era un hombre feliz. Vivía temeroso de ser asesinado, sin amigos, celando de sus propios hijos, ambicionando más, siempre más, tesoros y provincias, poder y fama.

Era también un hombre enfermo: padecía insomnios. Lo torturaban dolores terribles: uno de sus cortesanos le recordó el remedio que a un rey le aconsejaran a fin de curar sus padecimientos: Ponerse la camisa de un hombre feliz.

- Sí – rezongó el tirano - pero ya se vio que el hombre feliz no tenía camisa.

- Sin embargo, señor – repuso el cortesano – en nuestros dominios vive un hombre feliz. ¡Y tiene camisa!

- ¡Que lo traigan a mi presencia! – ordenó el tirano -. ¡Yo mismo quiero interrogarle!

Fue así como el hombre contento que vivía solo, pobre, en un rancho a orillas del río, se vio en presencia del poderoso y terrible tirano. Lo interrogó éste, ceñudo. Respondió aquel, sonriendo. Mandó el tirano que le sacaran la camisa, una camisa tosca y gastada. Antes de ponérsela, la mandó lavar con agua de rosas, jabón de esencias y perfumarlas con los aromas más exquisitos y costosos. Se la puso. Pero sea porque, al lavarla con aquella agua de rosas, aquel jabón de esencias y al perfumarla con aquellos costosos y exquisitos aromas, la camisa perdiese su eficacia, o porque la felicidad del hombre no se halla en su camisa, sino en su alma, y el tirano no podía cambiar su alma perversa por el alma buena de aquel hombre; el remedio no lo alivió. Y el tirano continuó torturado por sus dolores y perseguido por sus insomnios.

Despachó al hombre contento con su suerte. Pero antes, envidioso de su felicidad, y queriendo inquietarle la vida, le dio uno de los diamantes que lucía su traje.

- Toma – le dijo – Te nombro depositario de este diamante. Su precio es enorme. Con él puedes comprar una ciudad. ¡Ay de ti si lo pierdes o si te lo roban! ¡Te haré cortar la cabeza!

El hombre regresó a su casa exclamando:

- ¡Qué suerte tengo yo! Mi buena fama es tanta que el rey no ha dudado en confiarme el diamante más costoso de su tesoro. ¡Qué suerte tengo yo!

Y guardó el diamante en un hoyo que hizo en el suelo de tierra de su rancho.

Pero las gentes atisbaban, codiciosas.

El hombre contento con su suerte, no por eso dejó de dormir tranquilamente, confiado. Una noche lo despertó un ruidillo. Creyó que era un ratón. Miró bien y vio un bulto: Un muchacho, encontrando el sitio donde él guardaba el diamante, lo estaba desenterrando. Saltó de la cama. El muchacho huyó, perseguido por él. Y como ya el hombre lo alcanzaba, tiró el diamante. Se detuvo el hombre a recogerlo; pero llegó tarde. La piedra preciosa, rodando por la barranca del río, se hundió en sus profundas aguas.

El hombre volvió a su rancho, a dormir. Y al día siguiente se le oyó que decía:

- ¡Qué suerte tengo yo!, un muchacho me robó el diamante. Ahora no seré interrumpido más en mi sueño. ¡Qué suerte tengo yo!

Echó su anzuelo a la mañana siguiente, y sacó un gran pez. Y entonces sí pudo exclamar: ¡Qué suerte tengo yo!, porque en el estómago del gran pez halló el diamante del tirano. Lo volvió a guardar en el agujero como antes y no habló a nadie de su hallazgo, para evitar la interrupción de su sueño por la presencia de ladrones.

Pronto la noticia de lo ocurrido llegó al tirano, y el perverso, gozoso de poder cortar la cabeza del hombre feliz, lo mandó llamar para que le devolviese el diamante.

- ¡Qué suerte tengo yo! – dijo el hombre al tirano -. Quiere mi buena suerte que pueda demostraros que soy un depositario fiel. ¡Aquí está vuestro diamante- - - Cómo, ¿no te lo habían robado?

- Sí, pero lo recuperé al día siguiente – contestó el hombre. Contó que lo había hallado en el estómago de un gran pez, y terminó: ¡Qué suerte tengo yo! ¡Qué suerte tengo yo!

El tirano se mordió los labios lívidos, y gritó:

- ¡Mientes! Es una que has inventado para darme un diamante falso en lugar de mi diamante verdadero. ¡Este no es un diamante!

Y le mandó cortar la cabeza.

Ya en el patíbulo, las manos atadas a las espaldas y con el verdugo, armado de una enorme hacha junto a él; volvió a exclamar el hombre:

- ¡Qué suerte tengo yo! ¡Qué suerte tengo yo!

- ¿Qué dice? – preguntó el tirano.

- Dice Señor – respondió el verdugo – que él tiene suerte.

- Cómo puedes decir eso – gritó el tirano - ¡Vas a morir!

- Por eso digo que tengo suerte. Muriendo ahora, de un golpe, me evito los achaques de la vejez, quizás una muerte larga, penosa, de este modo, un hachazo en plena salud, y ya no tendré más hambre ni frío… ¡Qué suerte tengo yo!

- ¡No lo matéis! – rugió el tirano ¡Soltadlo! ¡Que se vaya!

Desataron al hombre que volvió a su rancho, a orillas del río, y cantando:

- ¡Qué suerte tengo yo! Ya creí que no volvería a ver mis maíces, mis tomates, ni mis limones, ni mis manzanos. ¡Qué suerte tengo yo!

Y allá sigue viviendo, solo y pobre, laborioso y feliz en su rancho, a orillas del río, trabajando y sin dejar de exclamar: ¡Qué suerte tengo yo! ¡Qué suerte tengo yo!

Porque si al levantarse, ve el hombre que el sol asoma su gran cabeza dorada más allá del río; canta:

- ¡Qué suerte tengo yo! Hoy me desnudaré al sol y ese sol bueno llenará mi cuerpo de nuevas energías. ¡Qué suerte tengo yo!

Y si está nublado, también canta:

- ¡Qué suerte tengo yo! Hoy lloverá, y yo me bañaré en la dulce agua del cielo. ¡Qué suerte tengo yo!