narrativa

A.B.C.

- Un ejemplo bueno vale más que un consejo muy bueno – dice A.B.C.

A.B.C. no se llama así, por supuesto. Es el nombre que le han dado los chicos porque así se llama su colegio: "Colegio A.B.C.".

A.B.C. es un hombre de sesenta años, ágil aún, y vigoroso. El se llama a sí mismo: "El maestro que no quiere jubilarse". El gobierno lo ha jubilado, pero él ha abierto un colegio particular, no por lucro, sino para no alejarse de los niños. Hace muchos años, A.B.C. encontró un joven español, un inmigrante vasco que no sabía leer. A.B.C. le enseñó, y viendo en él buena voluntad y deseo de aprender, no quiso cobrarle. Un día el joven vasco se fue a la pampa, a la Patagonia, a criar ovejas. Se vieron después de cuarenta años. "Soy rico" – le dijo el vasco. "¿Qué puedo hacer por ti?" A.B.C. meditó. En realidad, él no necesitaba mucho. Ya se había jubilado y para sus necesidades de solterón, su sueldo bastaba.

- Mirándolo bien – respondió al filántropo -, yo no veo qué puedas hacer por mí, pero…

- ¡Habla, muchacho!

- ¿Podrías prestarme unos pesos para abrir una escuela? Soy un maestro jubilado que no quiere jubilarse. Tres meses hace que no vivo en mí, que ambulo como un sonámbulo.

- ¡Ni una palabra más! – respondió el vasco.

Y se abrió el "Colegio A.B.C." en una casa que era propiedad del vasco. Un colegio singular, libre, donde el alumno que no podía paga no pagaba, y de cuya clase, la única, los niños entraban y salían a su gusto. Más club que colegio. Y donde más se conversaba con el maestro que se iba a repetir lo aprendido de memoria en los libros.

Solía decir A.B.C.:

- Aquí, en la Argentina, ha habido pocos maestros de verdad. Citaré a uno: Almafuerte, un poeta. Allá por no sé qué años, tal vez por los mismos años en que Tolstoy abría una escuela en Yasnai-Poliana y escribía un silabario con su misma pluma de gran artista, el poeta Almafuerte, un crioyo complicado con profeta bíblico, abría una escuela en un pueblucho llamado Chivilcoy, perdido entre los pajonales de la pampa, y donde poco antes los indios taloneaban, feroces. Allí, Almafuerte, en medio de una libertad y amistad sin ejemplo, enseñaba, misionero del abecedario. Sin haber estudiado nunca pedagogía, Almafuerte, sólo por ser poeta, se adelantaba en su país a todos los que la habían estudiado. Descubría y los ponía en práctica, por instinto de artista, los nuevos métodos pedagógicos de la "escuela activa" que se comenzaban a ensayar en Europa y de los que él no conocía nada absolutamente.

- "La escuela de Almafuerte es la predecesora del "Colegio A.B.C. – sostiene el maestro -. Aquí el alumno entra con todos sus derechos y el maestro comienza a reconocer que, ante ese ser sagrado y excepcional que es su alumno, él no tiene derechos. Rige también otro aforismo: El maestro recibe con simpatía a todo alumno. Más aún: con agradecimiento. Con el agradecimiento que un Buda o un Cristo tendrían por el desdichado que a ellos fuese en demanda de ayuda. ¿Comprenden? ¡No! Los padres, en general, no comprenden a este maestro que no quiere jubilarse y que habla de libertad y amistad entre el maestro y el alumno, que no utiliza castigos, que ni amenaza tan siquiera, siempre sonriente y amable, que acepta preguntas, más, que se alegra cuando un niño le pregunta, y que se alegra más todavía si el niño lo contradice. ¿Un maestro, un hombre de sesenta años que acepta discutir con muchachos de doce, de diez, de nueve años?

- ¡Es un loco! – sentencian los padres

Y no mandan sus hijos al "Colegio A.B.C.". Pero los hijos, al volver de otros colegios, porque sí, porque en el "Colegio A.B.C". aprenden lo que en otros colegios no aprenden, y porque en el "Colegio A.B.C."no se aburren, van al "Colegio A.B.C.".

Cuatrojos descubrió este colegio. Llevó a él a sus amigos. Naturalmente, los "Muchachos del Sur" hicieron amistad con tal maestro. Pronto sustituyeron al "señor" de los primeros días con el más apropiado nombre de "Don A.B.C.". Y pronto también desecharon el "Don", como impropio para aquel hombre que tanto había leído, que satisfacía todas sus dudas, y siempre en medio de la alegría y la confianza. Con él hacían excursiones, paseos a la orilla del río, donde se tomaba mate o se comía un asado al asador, quizás las únicas vanidades de A.B.C.: saber cebar cimarrones que abrían al apetito como jamás aperitivo alguno lo hiciera y satisfacer eso – en verdad: ¡hambre! – que los bien educados llaman apetito, mediante un asado que se hacía al rescoldo de leñas, dorándose, lentamente.

Para ser amigo de los "Muchachos del Sur", naturalmente también A.B.C. debía saber cuentos, ser un pozo de anécdotas. Su colegio tenía escrito sobre el dintel de la puerta: "Emocionar y divertir también es enseñar". Y como un buen ejemplo, según su más caro aforismo, vale más que un consejo muy bueno; A.B.C., al muy buen consejo de enseñar a los niños no aplastados por el aburrimiento y ablandados por la emoción, añadía el buen ejemplo de abrirles el maravilloso mundo de sus recuerdos y los bosques encantados del arte y la ciencia, para que de ellos se posesionaran.

Un odio tiene A.B.C: la gramática.

- Un hombre que sabe la gramática perfectamente – dice – ha dejado de ser un hombre. Se ha transformado en un muñeco de ventrílocuo. Por fortuna para el género humano – añade – no creo que haya un solo hombre en el mundo que conozca perfectamente la gramática. Lo afirmo yo que, en mis andanzas entre educadores, he debido hablar con tantos cretinos... En los conocimientos humanos entran el arte y la ciencia. Lo que no es arte ni ciencia es lo "otro". En esto "otro" cabe la gramática.

- Entonces, para usté, ¿la gramática no es arte? – pregunta Flauta.

- Creer que la gramática pudiera ser arte es como creer que la repostería pudiera ser arte.

- ¿Para usté – habla Cuatrojos – la gramática tampoco es ciencia?

- Pondré un ejemplo – responde A.B.C. -: Escribid una página y dádsela a puntear, sólo a puntear, lo más simple de la gramática, pues no es necesario entrar en las frías, oscuras, inexplotables cavernas de la sintaxis, dadle esa página a que la punteen cien profesores de gramática. No habrá dos que coincidan. Pero poned una suma o una ecuación y dádsela a resolver a cien profesores de matemática. Eso es ciencia, la matemática. La gramática es lo "otro".

A.B.C. no se ofende.

En una oportunidad un padre lo llamó "¡Corruptor de la infancia!", otra vez, el director de una escuela: "¡Burro!" y el cura del pueblo: "Dejado de la mano de Dios".

A.B.C. sonriendo, respondió:

- No me ofendo. Quizás me ofendería si antes no midiera quien me lo dice, si alguien me llamara: ¡Profesor!, ¡qué injuria!; o ¡Catedrático!, ¡qué horror!; o ¡Sacerdote de las letras!, ¡qué vilipendio! Entonces sí sería como para pensar que podría responder a quienes me adjudicaran tamaños epítetos. Sería como pensar repeler una agresión tan injusta. Y vengarla. Pero a un descamisado como yo, ¿a qué respetabilísimo padre de familia puede ocurrírsele llamarlo "profesor"?, ¿a qué solemne director de escuela: "catedrático"?, ¿a qué honrado cura, "sacerdote…"? desechemos semejantes voces de pesadilla, y conversemos. Nada hay más grato en la vida de los hombres que conversar, dejarse ira la deriva de los recuerdos y posproyectos, plácidamente. Conversar es como tirarse en el fondo de una canoa, una mañana primaveral en un río lento y dejarse mecer mirando los árboles verdes, el cielo azul, las nubes caprichosas, en tanto la brisa, con su mano de mujer joven aplaca los rayos solares. Conversemos, queridos muchachos…