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narrativa

MOCHO Y EL ESPANTAPAJAROS

¿Quién se aventurará a describir lo que sucede en el cerebro de un niño soñador cuando su sueño se ocupa de una muchacha?"
Luis Gillet

- Me querés acompañar a la chacra de mi tía? - dice Tula - . Mamá me manda llevarle esta torta. Yo tengo miedo al espantapájaros que hay a la salida del pueblo.
- ¡ Puf!
- hace Mocho, y se yergue, satisfecho de que Tula, ¡tan limpia, tan suave, tan modosa!, le haga este pedido, confíe en su valor y en su fuerza, apoye en él su debilidad femenina.
- Me acompañás?
- insiste ella.
- ¡ Vamos! Comienzan a andar uno al lado del otro. Son de la misma edad, diez años, pero Mocho es bastante más alto, y parece de más edad con su corpachón vigoroso de muchacho crecido al sol y al aire libre, con su cabeza de pelos enmarañados, negros y duros, con su cara morena y como amasada a golpes. No en vano la delicada y dulce Tula busca su apoyo. El muchacho exhibe fortaleza y coraje, ¡vaya!, no lo ha visto ella misma enredarse a puñetazos con chicos mayores o correr a pedradas a perros grandes? Caminan y conversan. El:
- Por qué le tenés miedo al espantapájaros? No es nada más que un espantapájaros. Y vos no sos un pájaro. O te crees que sos un gorrión?
- Ya sé que no soy un gorrión, pero abuela dice que de noche el espantapájaros se pone a caminar, y yo pienso que si vuelvo tarde, sola, y me encuentro el espantapájaros por el camino...¡ Ay! Con sólo pensarlo, mirá, se me pone carne de gallina, me enfrío. Tocá. Mocho no se lo hace repetir. Toca la piel aterciopelada del brazo de su amiga, y habla. Habla seguro de sí:
- ¡ Son macanas eso que dice tu abuela! Yo he pasado de noche por el camino y el espantapájaros estaba allí como si fuese de día.
- Habrás pasado una noche de luna?
- He pasado en noches de luna y en noches de tormenta. El espantapájaros no se mueve de su sitio.
- Noches de tormenta? ¡Qué valiente! Mocho sonríe, gozoso. Tula cree lo que él afirma. Y dice:
- ¡ Para eso soy hombre ! Los hombres somos valientes. Continúan andando. De vez en vez, ella lo mira de reojo. Y vuelve a hablar:
- Yendo a tu lado no tengo miedo de pasar por allí frente al espantapájaros. El calla. Una ola de satisfacción le sube desde el pecho al rostro y se lo colorea. Saber que esta muchacha tan linda, tan suave, tan graciosa, confía en él, le da mayor seguridad todavía. Calla, mete las manos en los bolsillos, pisa más fuerte. Ella insiste:
- Y si saliera el espantapájaros a atajarnos en el camino?
- ¡Bah!
- hace él y se encoge de hombros, despreciativo: no toma en cuenta una suposición tan descabellada.
- Si, ya sé que no saldrá, al fin ahora es de día. Pero... si saliera?...
- ¡Lo rompo todo! ¡No le dejo una hilacha!
- afirma él, y continúa andando. Lo dice con tanta firmeza que Tula sonríe, contagiada de la seguridad de su amigo.
- Qué torta llevás allí?
- pregunta él, y las pupilas le relucen de gula.
- Una torta de dulce de membrillo para mi tía, la de la chacra. Hoy es su cumpleaños.
- A ver, dejame tomar el olor... ¡Ah, qué rica ha de ser!
- Si, es rica. Yo te daría un pedazo, pero... si mamá sabe...
- Y cómo puede saberlo?
- Muy fácil: que mi tía, mañana, cuando la vea, le diga: a tu torta le faltaba un pedazo.
- Es cierto.
- Mamá hizo otra torta para nosotros. Esta noche, cuando me den mi pedazo, en el postre de la comida, no lo comeré. Te lo guardaré para vos.
- Guardame la mitad
- concede él, un poco caballero.
- No, te lo guardaré todo.
- No, la mitad.
- Bueno, la mitad
- accede la chica, y agrega
- : También le puedo pedir a mamá un pedazo para vos. Le puedo decir que me acompañaste. Qué te parece?
- Me parece mejor. Así con tu medio pedazo y mi pedazo, yo me como un pedazo y medio. Tula no responde, aunque en verdad, Mocho no ha interpretado su pensamiento. Ella pensaba que pidiendo para él, éste se conformaría con su pedazo. En fin... Doblan el camino.
- ¡Allí está!
- exclama ella, se toma de la mano de Mocho, aminora el paso.
- Y qué?
- dice él, despectivamente
- ¡vas conmigo! Llegan delante del espantapájaros. Un sombrero de paja medio caído y, sobre la cruz de palo de sus hombros, colgantes harapos de lo que fuera un saco de hombre. Mocho lo enfrenta, burlón y valiente:
- ¡Hola, espantapájaros! Qué decís? Cómo te va? Recoge unas piedras y le tira. Acierta con una y le bambolea el sombrero. No se conforma con esa demostración de valentía. No oyendo a Tula que le balbucea:
- ¡No, Mocho, no hagas eso! Mirea que de noche se puede vengar... ¡No, Mocho!... El muchacho, de un brinco, salta el alambrado, se acerca al espantapájaros y le quita el sombrero. Ríe a carcajadas. Se topa con él y continúa andando, regocijado de su hazaña cuanto del temor con que su trémula compañera, pálida y temblorosa, lo sigue. Mocho se da vuelta y, saludando, grita:
- ¡Chau, espantapájaros! ¡Tánto gusto de saludarlo con su sombrero, señor espantapájaros! Y le tira el sombrero que cae entre los trigos de su custodia. A la vuelta, después de haber dejado el obsequio en manos de la tía, más satisfechos, porque ésta los ha invitado con masas y sandwiches, Mocho vuelve a enfrentarse con el espantapájaros: ¡Adiós, che! Te has quedado sin cabeza. te voy a poner el sombrero. Vuelve a saltar el alambrado, recoge el sombrero y lo hunde en el palo que sirve de cuello al espantapájaros. Antes de doblar el camino, se vuelve para burlarlo:
-¡ Adiós, espantapájaros! ¡ Seguí asustando a gorriones, que a mí no me asustás!
- ¡ Pero a mí me asusta!
- agrega la chica, y se toma de su mano. Llegan a las casas del pueblo.
- Hasta mañana, Mocho valiente.
- Hasta mañana, y ya sabés...
- Qué, Mocho?
- Te olvidaste lo del pedazo y medio de torta?... ¡Me quedé con unas ganas de probarla! Por la noche, una noche sin luna, con oscuros nubarrones que rezongan truenos, Mocho sale al camino. Va a buscar al espantapájaros. Va a probarle que si de día no le tuvo miedo, de noche tampoco se lo tiene. ¡ Y eso que no es noche de luna! Se burlará de él, le quitará el sombrero de paja, le desgarrará el saco. Porque el espantapájaros estará allí, en el sitio de siempre, inmóvil e inofensivo, sólo sirviendo para asustar a tontos gorriones o débiles niñas como Tula... Pero qué? Quién viene allí por el camino? Es el espantapájaros? ¡ No puede ser! ¡Y es el espantapájaros, sí! Lentamente, con sus harapos al viento, con su sombrerote de paja agitado, allí viene, por el camino, y en dirección contraria a la suya. Mocho se detiene, sorprendido y temeroso. Siente que un frío de hielo le paraliza las piernas, que la piel se le eriza, que los cabellos se le ponen de punta. Intenta gritar, y no puede. La voz se le corta. Pero entonces era verdad lo que decía la abuela de Tula? Es verdad que el espantapájaros sale de noche a andar por los caminos? ¡No puede ser! Cómo creer en tal cosa? Y sin embargo, allí está, en el camino, andando como un hombre y dirigiéndose hacia él, quizás dispuesto a vengarse de sus burlas y de sus pedradas. Ya se acerca, se acerca.... Mocho no resiste más. Da vuelta y, temblando de miedo, echa a correr. Pero corre torpemente, sus piernas temblorosas han perdido el vigor y la agilidad habituales. Y oye detrás suyo los pasos del espantapájaros que lo persigue. Los oye más cerca, ¡más cerca todavía!, ya parece que lo tiene junto a él, no puede más... Pide auxilio. A quién pedirlo sino a la madre? Intenta dar un salto, y grita:
- ¡ Mamá, mamá! Siente que ha caído. Porque Mocho acaba de rodar de la cama donde estaba soñando. Se hace la luz. A su lado está la madre, afligida:
- Qué te pasa, querido? Mocho la mira con ojos espantados. Va a decirle que el espantapájaros lo corría, pero calla. Cómo decir tal cosa? Calla y se aprieta contra su pecho, sollozante. La madre lo consuela y acaricia:
- Estabas soñando. Una pesadilla seguramente. Eso te pasa por comer mucho y a cada rato. No es nada. Acostate, querido. Yo te acompañaré. Lo tiende en la cama, lo arropa. Y se instala a su lado. Mocho se siente seguro, cierra los ojos, se duerme. Pero a la mañana siguiente, día de sol radiante y magnífico, pasando por delante del espantapájaros inmóvil, sigue derecho, lo contempla de reojo. No se le ocurre burlarlo ni tirarle piedras.