narrativa

PIRATA

Los niños desventurados maduran
más rápido que los afortunados.

TOURGENEV

- ¿Por qué llorás? Romo levantó la cabezota y clavó sus pardos, enormes, inexpresivos ojos de ternero en el muchachito que lo hablaba. Este era pequeño, muy rubio, con el rostro manchado de pecas. A pesar de que no le llegaría al hombro, ya vestía como un hombre: pantalón largo, traje de saco, cuello y corbata. Muy serio, volvió a preguntarle:
- ¿Por qué llorás, grandulón? Romo clavó sus ojazos de ternero en las pupilas del chico. Eran unas pupilas grises de las que salía una mirada dura, inflexible. Romo se sintió dominado por aquella mirada. Al principio, aquel pequeño de espaldas encorvadas le pareció insignificante. Sus ojos le dijeron que no lo era. Sintió la superioridad del rubio manchado de pecas. La presión de aquel espíritu sobre su espíritu. Y le respondió:
-¡He perdido diez pesos!
- ¿Y por eso llorás? ¡Puf!
- hizo el pequeño arrugando su arremangada nariz. El gesto llenó a Romo de asombro admirativo.
-¡Eso no es nada!
- siguió el rubio.
-¡ Nada?!
- preguntó Romo.
-¡Nada, sí!
- reafirma el otro
- ¡Tomá! Romo vio ante él la sombra azulada de un papel de diez pesos. Lo cogió dubitando. Lo miró por las dos caras.
- ¿Qué mirás? ¿Crees que son falsos? ¡No! Yo no soy falsificador todavía. El tono firme, autoritario, del pequeño rubio subyugaba al grande. Se puso de pie. El otro lo midió. Un relámpago de luz le encendió las pupilas grises. Su gesto, por un segundo, se oscureció de envidia que Romo no vio, y dijo:
-¡Qué grande! ¡Y qué fuerte has de ser!
- le palpó el bíceps
-. ¡Si tenés el músculo de un hombre! ¿Y tan grande, llorás?
-Había perdido diez pesos de mi tata
- explicó el otro
-. Me había mandado cobrar una cuenta. Puse la plata en este bolsillo. Tiene un agujero. Mi tata era capaz de matarme a golpes.
- ¿Tan grande y te dejás pegar?
- Vos no has visto a mi tata. Es así. Tiene un metro y noventa y dos. Pesa ciento diez kilos. Agarra una bolsa de maíz y la levanta con un solo brazo. Pega sin cerrar el puño, porque si pega con el puño cerrado mata. Tiene diez litros de sangre en cada mano...
- Bueno, a pesar de todo
- lo interrumpió el pequeño
-, a mí no me pegaría. Yo, para los grandotes, tengo esto
- furtivamente, mostró la culata de un revólver. Romo lo miró estupefacto. Preguntó:
- ¿Tiene balas?
- No. Tiene pastillas de chocolate. ¡Pobrecito si te meto una de estas pastillas en el coco!... Y arrugó la nariz, gesto característico que le ponía una subitánea máscara picaresca. Romo callaba, sugestionado.
- Vas para allá
- Si. Vivo en la avenida San Martín y Laureles. Un rancho de ladrillos...
- Te llevo en mi automóvil. Y le indicó una voituré pintada de rojo. Subieron. Roncó el motor. El coche dio un salto y comenzó a disparar.
- ¿Sos rico?
- preguntó Romo.
-¡Claro! La pregunta que hacés... Si fuera un pelao como vos, ¿crees que tendría diez pesos para regalar? Pausa larga. El coche corriendo con escape libre detonaba, a pesar que de trecho en trecho un cartel amenazaba: "Escape libre, 20 pesos de multa". Romo, obnubilado, intentaba pensar. De reojo, miraba a su extraño compañero. Preguntó al fin:
- ¿Qué edad tenés?
- Quince.
- ¿Quince? Igual que yo.
- ¿Vos tenés quince nada más? ¡Vas a ser un gigante! Su rostro volvió a oscurecerse de envidia
-. ¡Si yo tuviese tu estatura, tus músculos! ¡Como es la naturaleza! A un zonzo como vos lo hace grande y fuerte y a mí me da este cuerpo raquítico, puro hueso y pellejo. Yo sólo sirvo para jockey. Vos podrás ser un macanudo peso pesado. ¿No hacés gimnasia? No aprendés box?
- No.
- Yo hice gimnasia. Inútil. No me salen músculos. Inútil también que aprenda box. Se me pone delante un bruto como vos y de un sopapo me deja listo. Por eso llevo éste
- se tocó el revólver
-Porque soy débil. ¿Qué querés? Soy hijo de viejos. Mi papá, ahora, tiene sesenta y nueve años. Ya era viejo cuando me engendro. A mi mamá no la conocí. Murió de mi parto; pero más o menos era como mi papá, vieja. Vieja y fea, según me contaron. Papá se casó con ella por la plata. Era muy rica y mi papá un fundido. Papá es abogado y diputado provincial. ¡Volvió a casarse el otario! Hace dos años se casó con una muchacha de veintitrés. Una rubia preciosa. Preciosa y mala. Lo engaña. Tiene un amante, un político joven, muy amigo de papá. ¡Zonzo! El se casó por la plata con una vieja fea; ¿no se daba cuenta que ésta se casaba con él viejo y feo, sólo por la plata?
- ¿Y vos no le decís a tu papá?...
- ¿Qué? ¿Que la mujer le pone cuernos? ¡No! Yo a quien le dije fue a ella. Te voy a contar como fue. Es divertido. ¿Queda lejos tu casa todavía? Sí.
- Bueno. Una noche, serían las tres de la mañana, volvía yo...
- Y te dejan volver a esa hora
- Ahora yo entro y salgo a la hora que se me da la gana. Entonces, no... Pero no me cortés con tus preguntas de chiquilín. Volvía yo, ocultándome, sin hacer ruido, cuando vi salir a un hombre de casa. Lo reconocí. Era el doctor... ¡El doctor X! Ese es un secreto que me guardo. Papá estaba en La Plata, porque como es diputado, a veces se queda allá. Comprendí. Este amigo de papá, joven, buen mozo, y la mujer de papá, joven, linda... Muy bien, dije. ¡Esta es la mía! Viejo zonzo y rico, ¿quién te manda casarte con una muchacha pobre? Mi madrastra lo trabajaba a mi papá, así me ponía en un colegio, pupilo. Papá no se atrevía. Porque yo le juré: "¡Si me ponés pupilo, me ahorco!" Y él sabe que soy capaz de hacerlo. Papá me admira.
- ¿El a vos?
- Sí. Todo el que me conoce me admira. Y papá me conoce bien. Ahora también mi madrastra me conoce. ¡y me admira! Me admira y me teme. Bueno, admirar y temer son parecidos... No me interrumpas. Como te decía, descubrí esa noche lo que hace tiempo sospechaba, porque yo sospechaba... La noche siguiente esperé detrás de un árbol. Cuando salió el tipo me adelanté con el revólver, apuntándole: ¡Arriba las manos! ¡Ah!, ¿es usted?, le dije. "Puede irse no más. Ya ve, podría matarlo, y lo dejo ir". El tipo se fue, asombrado. Al llegar a la puerta, todavía llevaba las manos arriba. ¡Qué miedo se pilló! Mi madrastra se enteró, es claro. Y me vino a ver. Hablamos francamente. Con cinismo, diría algún tonto. Nos hicimos amigos, amigos o cómplices, porque entre dos seres como ella y yo nunca se puede saber qué es amistad y qué es complicidad. Pero yo te estoy hablando de cosas que no entendés, que no pueden entrarte a vos, en esa cabezota cuadrada. Desde esa noche tuve todo el dinero que quise. Ella se encarga de llenarme la cartera. No necesito pedírselo. Este automóvil fue regalo de ella. Este revólver también. Tiene mango de nácar y mis iniciales: J.D. Este reloj de oro, esta cigarrera de oro... ¿Qué hubiera ganado con decirle a papá? ¡No me hubiera creído! ¡Está enamorado de ella el viejo zonzo!

- ¿Cómo te llamás?
- Jorge Draguez. ¿Y vos?
- Cantalicio Pérez; pero me llaman Romo. ¿Romo? Sos un Romo, si. Sos un bruto bueno. ¿No te enojás? A que si te lo dijera otro te enojás...
- Pueda ser...
- Pero yo te tengo dominado. ¿Querés ser mi escudero?
- ¿Qué es eso?
- Mi sirviente.
- Le hago mandados a papá.
- ¿Trabajás?
- Si papá me deja...
- De día; pero yo te tomo a mi servicio de noche. No te faltará dinero. Vos sos el tipo que yo necesitaba. Fuerte y bruto. Yo pensaré, vos harás. ¿Sos capaz de pelearte con un hombre?
- Una vez le di un tortazo a uno que molestaba a mi hermana...
- ¿Y?
- Lo dejé dormido.
- Bien. Yo voy a provocar a aquel chofer y vos le pegás. ¿Querés?
- Sí. Giró el coche, rápida y hábilmente fue a rozar el guardabarros del otro parado. El chofer sacó la cabeza, inquisitivo. Y recibió una andanada
- ¿Qué mirás, cara de ratón? ¿No ves que yo estaba doblando? ¿No podías retirar tu cafetera? El chofer reaccionó:
- ¿Qué decís, mequetrefe?
- Digo que me vas a pagar cien pesos por ensuciarme el paragolpes.
- Si vos sos el que me atropellaste. Yo estaba parado.
- Te voy a parar la nariz de una piña. El chofer saltó a la calle; pero ya en la calle estaba Romo, frente a él.
- ¿Qué?
- preguntó el hombre, sorprendido. Romo le dejó caer un puño sobre la nariz. El hombre se tambaleó, el rostro se le llenó de sangre; pero atacó, iracundo. Se abrazaron. Un breve forcejeo, y el hombre fue, violentamente impelido, a golpear el cráneo contra un árbol, quedando aturdido. Volvió al ataque. Otro golpe lo detuvo. Retrocedió como tomando aliento. Volvió a la carga. Se estrelló contra el puño extendido de Romo. Cayó. Crepitaron gritos de mujeres.
- ¡Vamos!
- ordenó Jorge desde el auto. Tranquilo, había presenciado la pelea fumando. Romo saltó a su lado. El coche voló. Le siguieron algunos gritos.
- No sabés pelear
- dijo Jorge al doblar la esquina.
- ¿Por qué? Lo he desmayado.
- No sabés pelear porque no atacás. El atacaba siempre. Vos sólo contragolpeabas. Si en vez de ser infeliz como era, hubiese sido fuerte, te domina. La pelea habrá durado un minuto. Vos, un bárbaro como sos, a un muñeco como ese lo tenés que despachar en diez segundos. Te quiero ver en otra pelea antes de tomarte a mi servicio.
- De noche no voy a poder conchabarme. Mi tata no me va a dejar.
- De eso me encargo yo. ¿Has desayunado?
- Sí. Esta mañana al salir comí un pedazo de pan con queso.
- A las cinco. Son las diez. Tenés hambre.
- Yo siempre tengo hambre.
- Eso prueba que sos animal. Los seres humanos, los seres humanos inteligentes, comen poco. Cuanto más inteligente es un hombre, menos traga. Yo nunca tengo hambre y ya ves: soy inteligentísimo. Vamos a aquella confitería. De paso te diré quien soy yo y de quien desciendo. Al bajar del auto, Jorge, señalando el chasis, le dijo:
- Lee. Romo deletreó: EL PI RA TA.
- Mi coche se llama "El Pirata", en memoria a un ascendiente mío que fue pirata: Francis Drake. ¿Has oído hablar de él?
- No.
- ¡Qué ignorante sos, che! Vení, entremos a la confitería. Allí te contaré. Sentate. ¡Eh, mozo! Un chocolate con masas para éste y un café para mí. Francis Drake era un navegante inglés del siglo XVI. Después de muchas hazañas en el mar, el año 1577 salió de Plymouth con rumbo a América. Su barco se llamaba "El Pelicán". Cien toneladas. Con él cruzó el Estrecho de Magallanes. Entró en el Pacífico. Asoló las costas de Chile y Perú, asaltó barcos españoles, llenó el suyo de oro y plata. Fabulosamente rico, regresó a Plymouth después de dos años y diez meses de navegación. Fue el segundo navegante que dio la vuelta al mundo. Un nieto o biznieto de él, Jorge Drake, vino a la Argentina como oficial del ejército de Whiteloke, en la segunda invasión inglesa, año 1807. Durante la marcha de este general hacia Buenos Aires, los gauchos lo hostilizaban de mil modos. Por ejemplo: quedaban en acecho, y no bien un oficial se apartaba de las filas, lo atacaban a caballo, lo enlazaban y se lo llevaban arrastrando. Jorge Drake cayó así prisionero, vivió en una estancia y se casó con la hija del gaucho que lo enlazó. El hijo se cambió de nombre: de Drake hizo Dráguez. De allí desciendo yo. ¿Te das cuenta quién soy, ahora? ¡Tengo sangre de pirata en las venas! ¡Y qué pirata! ¡El más valiente, el más audaz, el más temido el más ladrón! ¿Querés fumar?
- No, yo no fumo.
- Hacés bien. Los vicios no son para todos. Yo fumo desde los siete años.
- ¿Y no te hace mal?
- ¿A mí? ¡Bah! Ni fumar ni chupar me hace nada a mí. ¿Vos comés con agua?
- Los días de fiesta tomo vino.
- ¿Vino de cero cuarenta el litro? Yo como con champaña o con whisky... Pero te voy a hacer una advertencia: a mí no me tutees.
- Como vos me tuteabas a mí.
- Yo a vos, sí; vos a mí, no.
- ¿Por qué?
- Porque yo soy tu superior. Romo se quedó mirándolo, mirándolo y midiéndolo. Hizo al fin una mueca despreciativa. Jorge alargó la diestra y le estrelló una bofetada en la mejilla.
- Qué hace
- preguntó el grande, suprimiendo el tuteo y estupefacto.
- Te pego.
- ¿Y por qué me pega?
- Seguí tomando el chocolate
- respondió Jorge, sonriente. El otro, subyugado, hundió la cabezota en la taza.
- Vos sos más grande
- siguió Jorge
- , tenés más fuerza, y sin embargo te dejás pegar por mí. ¿Por qué te dejás pegar por mí?
- Porque no me duelen sus trompadas.
- Aunque te dolieran, igual te dejarías pegar. Te dejás pegar porque yo soy superior. Se hundieron la mirada en la mirada por un largo rato. Jorge preguntó:
- ¿Comprendés?
- No.
- Ya sé que no comprenderías. El potro no comprende la superioridad del domador, pero la siente. ¿Por qué el domador vence al potro, si el potro es más fuerte?
- No sé.
- Bueno. Por eso que vos no sabés, yo soy superior a vos. ¿Acabaste de comer?
- Sí.
- ¿Ves? Mirá cuánta plata tengo: papeles de cinco, de uno, de diez... Podría pagar, pero no quiero pagar. Si el mozo protesta lo agarrás a trompadas. ¡Vamos!
- ¡Eh, eh!
- grita el mozo, saliendo del mostrador
-. ¿Se van sin pagar? Jorge se detuvo en la puerta: Romo se acercó al hombre y de súbito le dejó caer el puño sobre la cabeza. El otro, tambaleante, cayó. Saltaron al coche. Ya en él, y yendo a la disparada, Romo preguntó:
- ¿Qué le pareció esta vez?
- ¡Buen golpe!
- aprobó el pequeño. ¡Te voy a sacar de línea! Un macanudo pirata. No te van a faltar pesos, ya verás. Esta noche vamos a asaltar un gallinero. El gallinero del tuerto Cuis. ¿No lo conocés? Un famoso ladrón, ahora ya algo viejo y retirado desde que le sacaron un ojo; pero sigue robando gallinas. ¿No te parece gracioso robarle gallinas a un ladrón de gallinas?
- Si.
- Va a ver quién es Jorge Draguez, el pirata de la provincia de Buenos Aires. Yo por aquí soy pirata completo, porque ni tengo registro de chofer. Después, cuando sea mayor de edad, me haré aviador; entonces haremos piraterías por el aire.
- Allá está mi casa.
- Bueno, esta noche te vengo a buscar. ¿A que hora se acuestan tus viejos?
- A las diez estoy aquí, vos quedate en la ventana; cuando oigas la bocina tres veces, salí. Traé dos bolsas. Yo traeré una linterna. Hasta luego. A las diez. Y Romo quedó parado, con las pupilas redondas de admiración, viendo alejarse, vertiginosamente, el coche rojo. Acababa de ocurrirle la primera aventura de su vida. Una aventura digna de un cuento de hadas, hubiese pensado Romo, si alguna vez él hubiera escuchado un cuento de hadas.

II

-¡Hum! ¡Hum! ¡Hum! La bocina tres veces. Romo, semidormilado, se sobresaltó. Pegó la nariz en los vidrios. En las sombras divisó el bulto del automóvil con las luces apagadas. Sigilosamente abrió la puerta y salió.
- ¿Traés las bolsas?
- Aquí están.
- Y aquí está la linterna. ¡Vamos!
- ¿Y qué haremos con las gallinas?
- Se las venderemos a Pepín, un genovés del mercado que tiene puesto de aves y huevos. Yo no necesito plata. Robo por robar, para sentir la emoción de la aventura y para hacerle una jugarreta al Tuerto Cuis. El genovés te dará un peso por gallina. Sacarás cuarenta pesos, eh? ¿Cuando te has visto con tanta plata? En la oscuridad, los ojos del muchacho refucilaron. El coche volaba, a oscuras, por el camino. Un perro salió a ladrarle. Jorge desvió el volante y el perro, atrapado entre las ruedas, quedó revolcándose en el suelo y llenando la noche de alaridos.
- Eso le enseñará a distinguir un auto de pirata del auto de un burgués
- sentenció Jorge
-. Mañana vamos a visitar al Tuerto Cuis después que lo robemos. ¡Cómo nos vamos a divertir oyéndolo protestar! ¡Ladrón de gallinas, yo le voy a enseñar como se roba gallinas! Si les raspamos los gallos de riña, son para mí. Tiene uno rojo que es un bravo. Más de quince peleas ganadas. Se llama Cuis, como el patrón. Yo le pondré Pirata. Allí está el rancho del Tuerto. Que el auto quede aquí con el motor en marcha. Entraremos por este maizal, haremos un boquete en la pared del gallinero que es de adobe. ¡Traé las bolsas!
- ¿No hay perros?
- Ha de haber, sí. Por eso te traje este puñal. Se lo hundís en la panza, sin asco. Vení. Romo, automático, seguía detrás, en silencio, abandonado. El plan comenzó a cumplirse. Hecho el boquete en la pared, las gallinas fueron pasando del sueño a la muerte, estranguladas, ¡y a la bolsa! Sólo un gallo quiso alarmar. El grito se le enronqueció en la garganta, atenaceada por los dedos ágiles de Jorge.
-¡Muy bien!
- dijo éste, y se restregaba las manos, satisfecho
-. Atá las bolsas y esperame en el auto. Voy a ver si le robo el gallo de riña que te dije... Y se hundió en la oscuridad. Unos minutos, y de repente, ladridos vehementes escandalizaron el silencio; dos fogonazos; y enseguida el estampido de los tiros. Romo sintió paralizarse. Hundió las pupilas en la sombra. Su oído distinguió una carrera. Pronto vio a Jorge, que era quien llegaba, acechante. Saltó al auto y partió. Otro tiro rompió la noche. Ya el auto, roncando estrepitoso, disparaba por el camino envuelto en nubes de tierra. Jorge fue quien primero habló:
- No pude robarle los gallos de riña. Los tiene en una jaula con candado. Un perro me oyó. Y enseguida el Tuerto. Tiró dormido, que si no me mata. Es un gran tirador. ¿Qué te parece la aventura? ¿Por qué me mirás así? ¿Todavía no se te pasó el miedo? ¡Estás frío! Vamos a un almacén; te tomarás un guindado, así entrás en calor. ¡Qué chucho te agarraste, che grandote! Si yo tuviera tu estatura y tu fuerza, ¡las cosas que haría! ¿Cuántas gallinas llevamos?
- Yo, en mi bolsa, metí veintitrés.
- En la mía yo habré metido veinte, más o menos. Las dejás en mi auto; mañana a la tarde te vengo a buscar y se las vendemos a Pepín; después los vamos a visitar al Tuerto. ¡Cómo me voy a reír del ladrón que se dejó robar! Ya me río: ¡Ji, ji, ji! Ahora vamos a tomar algún fuerte en aquel boliche. ¿Tenés frío?
- Mucho, Estoy temblando de frío.
- Estás temblando de miedo, no de frío. ¡Cagón!

III

Romo ya estaba aguardándolo.
- ¿Que tal? ¿Se te pasó el chucho?
- Yo no tenía miedo.
- Vamos a lo de Pepín, después a gozarlo al Tuerto. Esta noche le iremos a robar los gallos de riña.
- ¿No le parece demasiado pronto?
- Al contrario, él nunca pensará que al día siguiente del robo, se atrevan de nuevo. Si tenés miedo te quedás, no te necesito.
- No tengo miedo. Como de costumbre, el coche volaba. Un vigilante le hizo señas para que se detuviese. Jorge aceleró. El vigilante quedó apuntando el número.
- Tomó el número, le van a cobrar multa
- exclama Romo, asustado.
- ¡¿Multa a mí?! ¡Puf! La multa es para los que no tienen cuñas. ¡Si este coche está a nombre del mismo comisario, que es un muñeco de papá! Ya ves. ¿Por qué me mirás así?
- ¿Cómo?
- Así, de arriba a abajo.
- Pienso: ¡Qué buen amigo me he hecho!
- ¿Amigo, che? Yo no soy tu amigo.
- ¿No? ¿Y qué es?
- Tu patrón. Pero allí está el mercado. Esperate aquí, ya vuelvo. Frenó y saltó del auto. Romo quedó a la espera de su pequeño "patrón", intentando desentrañar porqué no podía ser su amigo, hasta que aquel apareció acompañado por un viejo de ojillos azules, risueños, singularmente vivos y astutos.
- Aquí tiene, Pepín, las dos bolsas. En una veintitrés y en la otra veinte.
- ¿Seguro que son tantas?
- preguntó el viejo con duro acento genovés, y sopesó las bolsas.
- Más o menos.
- ¿No quiere que las contemos?
- Estoy apurado. ¡Pague por cuarenta, y chau!
- Muy bien. Cuarenta gallinas a un peso cada una son cuarenta pesos. Aquí están.
- Déselos a él
- señaló a Romo
-. Paga poco, Pepín.
- ¿Poco? ¡Mucho! Le pago eso porque las gallinas son del Tuerto Cuis, porque ese ladrón, como tiene gallinero, no me vende como los demás. Yo no pago arriba de cincuenta centavos por gallinas muertas.
- ¿Y usted las vende a cuánto?...
- ¡Es el negocio!
- ¿Me han dicho que se compró otra casa?
-¡Otra casa! Las malas lenguas me hacen comprar casas todos los días.
- Adiós, Pepín, una noche de estas le limpio el gallinero al Tuerto.
- Bien, bien, así me gusta. El Tuerto es un canalla.
- ¿Porque no se deja robar por usted? ¡Chau!
-¡Adío! Volvió a volar el coche.
- Ahora vamos a visitar al Tuerto. ¿Qué te parece? ¡Cuarenta pesos! ¿Eh, Romo? ¿Qué vas a hacer con tanta plata?
- Me voy a comprar una torta de nuez que está en la vidriera de la confitería, y me la voy a comer yo solo.
- Te va a sobrar dinero.
- Voy a comer en un restaurante.
- Te va a seguir sobrando plata.
- Compré dos docenas de sándwiches de anchoas.
- ¿Pero te pensás gastar los cuarenta pesos en comida? ¡Sos bruto, che! ¿Pasás hambre en tu casa?
- Hambre, no; pero siempre comemos lo mismo. Puchero a la mañana, asado con ensalada a la noche. Los domingos tallarines. Siempre igual.
- ¿Y no pensás que podés gastarlos en el amor?
- ¡¿En el amor?!
- Sí, hay mujeres que por plata te dan amor.
- ¿Usted sabe dónde están?
- Sí, pero no las uso. Yo tengo quien me quiere a mí por mí, no por mi plata... Después hablaremos. Ahora, ¡a gozar al Tuerto! Bajaron. El Tuerto mismo les salió a abrir. Un hombre muy alto, flaco, y con un tajo de la frente al lóbulo de la oreja que le partía el ojo izquierdo. Expresión repulsiva. Con voz ronca, preguntó, receloso:
- ¿Y qué viene a hacer por aquí, niño Jorge?
- Vengo a visitarlo, Tuerto.
- Raro, eso...
- ¿Por qué raro? Pasaba... ¿Y que tal sus gallos?
- Bien. El domingo tengo una riña por quinientos pesos.
- ¿Qué palpita?
- ¡La gano, pues! ¿No quiere mate?
- ¿Y vos?
- se dirigió a Romo
- ¿Mate con tortas fritas?
- Bueno
- contesta Romo, engolosinado. El tuerto se dirigió a la cocina. Jorge se levantó y, haciéndose el distraído, paseó hasta el gallinero. Cuando el hombre volvió, le dijo:
- ¡Qué pocas gallinas tiene, Tuerto!
- Sí. Ayer vendí unas cincuenta. Callaron. Jorge comprendió que el otro desconfiaba; sentía la mirada turbia de su ojo escrutándole los gestos. Casi se turbó, pero se repuso. Y rió, insólitamente.
- ¿Por qué ríe, niño Jorge?
- ¡De verlo tan bruto a mi escudero! Mírelo como traga tortas fritas y chupa mate.
- ¡Ah! Creí que reía de otra cosa... ¿Acabaste el mate? Correte hasta la cocina y cebate vos mismo. Sobre la mesa está la fuente de tortas. Comé. Romo se fue, encantado de tener a su disposición la fuente de tortas.
- Creí que se reía de otra cosa
- siguió el Tuerto Cuis cuando estuvieron solos.
- ¿De qué cosa podría reírme?
- De que me han robado las gallinas.
- ¿Le han robado? ¡No sabía nada!
- exclamó Jorge, con la voz más ingenua que pudo hallarse.
- Me han robado, sí.
- ¿Y quién podrá ser?
- Algún bromista. ¿A qué ladrón de gallinas se le puede ocurrir robarme a mí?
- Quizás... tal vez...
- ¿Cómo? ¿Le parece que será un ladrón y no un bromista?
- A mi no me parece nada. Callaron otra vez. A Jorge le molestaba este silencio durante el cual sentía la mirada turbia del ojo clavada en su entrecejo, fijamente. Habló:
- ¿Quiere fumar?
- ¿Tabaco rubio? ¡No! Eso es para mujeres y para niños bien. Yo fumo tabaco más fuerte. Y sacó sus cigarrillos negros. Siento que le haya pasado esto.
- ¿Lo siente por las gallinas?
- No. Lo siento por la bronca que se habrá agarrado usted.
- Y pretendieron robarme los gallos de riña...
-¡No diga, Tuerto! Romo estaba de vuelta, masticando todavía. Jorge se levantó: ¡Vamos!
-¡Tan pronto, niño! ¡Y sin tomar un mate! Sin probar una torta.
- Ya no hay más
- balbuceó Romo
- . Creía que todas era para mí
- se excusó.
- ¡La pucha que buen diente! ¿Le sirvo un guindado, niño, una caña quemada?
- No, Tuerto.
- Me ofendo si no toma nada.
- Deme agua.
- ¿Agua? ¿Usted va a tomar agua? ¿Desde cuando se ha hecho tan inocente? En mi casa no tengo agua para los amigos.
- ¿Y para los enemigos?
- Tengo éste
- el Tuerto sacó el revólver
- los que me limpiaron el gallinero anoche casi se llevan un recuerdo de éste.
- ¿No hirió a alguno?
- Por lo que veo...
- recalcó el hombre, intencionadamente
- parece que no.
-Jorge rió, intempestivo.
- Está alegre hoy, niño, eh?
- Siempre estoy alegre. Y la vista de un otario me pone más alegre todavía. ¡Mire que dejarse robar usted, Tuerto, el más famoso ladrón de gallinas, ji, ji, ji! Hasta la vista, Tuerto.
- Que le dure el buen humor, niño. Salieron. Saltaron sobre el coche y arrancó. El auto empezó a moverse pesadamente. Jorge saltó a mirar las ruedas.
- ¡Las cuatro gomas pinchadas!
- gritó, y su faz se puso verde de cólera. El Tuerto se acercaba, sonriente.
- ¿Qué pasa?
- Me han pinchado las gomas.
- Algún bromista
- dijo el hombre
- . En este barrio hay muchos bromistas; a lo mejor es el mismo bromista que me limpió el gallinero a mí. Jorge comprendió. Se hizo el inocente; pero se mordió los labios.
- Si quiere le presto un caballo para que se acerquen a una estación de auxilio. Que vaya el comilón este. Nosotros nos podemos quedar charlando y tomando mate.
- Sí, présteme el caballo; pero voy a ir yo a buscar el auxilio.
- ¿Por qué, niño Jorge? Parece que tuviera miedo de quedarse solo conmigo.
- ¿Miedo? ¿Y por qué voy a tenerle miedo a usted? Voy yo porque iré más pronto. Aquel es capaz de no dar con el gomero.
- Bien, voy a traerle el caballo. El Tuerto se alejó.
- El me ha pinchado las gomas. Malicia que fuimos nosotros los ladrones. ¡Es más pillo el Tuerto!
-¡Ay!
- hizo Romo, y palideció.
- ¿Qué te pasa?
- ¡La barriga!
- gritó el grande, con las dos manos sobre ella
- ¡me duele! ¡Ay! Como si me la abrieran con un cuchillo. ¡Ay! Llegó el Tuerto:
- Aquí tiene el caballo, niño. Jorge saltó sobre él.
- Atienda a ese. Le duele la barriga. Ya vuelvo. Y partió a escape. Volvió una hora después con un camión de auxilio, y gomas nuevas. El mecánico se puso a trabajar.
- ¿Y Romo?
- Allí está, el pobrecito, recostado en mi cama
- respondió el Tuerto
- seguramente le han hecho mal las tortas fritas.
- O el mate... ¡Como en este barrio hay tantos bromistas! Al partir, el Tuerto sonriente le aconsejó:
- No vuelva más por aquí, niño. El suelo está lleno de clavos. Se le van a pinchar las gomas otra vez. A su lado, Romo, lívido, aún se quejaba. Jorge, ya sobre el auto, con el motor en marcha, respondió:
- Ah, me olvidaba, de galopar sobre las piedras, me parece que su caballo se ha mancado. Revíselo. Y partió. Comprendió el Tuerto que le devolvía la pelota, su ojo echó fuego. El auto ya iba lejos, volando como de costumbre.
- Eso te pasa por tragón. ¡animal!
- gritó Jorge
- ¿Por qué no acepté yo nada? Porque temí que me pasase lo que te pasó a vos. ¿Te duele el vientre todavía?
- Sí.
- ¿Mucho?
- Menos.
- Vamos a tomar un coñac. Esta noche venimos a robarle los gallos de riña.
- ¿Esta noche?
- Sí.
- ¿Tan pronto?
- Sí.

IV

La bocina del auto rompió la noche. Romo salió furtivamente.
- ¿Cómo seguís?
- le preguntó Jorge.
- Ya estoy bien.
- ¿Comiste?
- Si.
-¡Bruto! ¿No te dije que ayunaras?
- Tenía hambre.
- ¡Vamos! Y el coche comenzó a volar por los caminos con las luces apagadas.
- ¿Traés el cuchillo?
- Sí.
- Si te atropella algún perro no dispares. Le metés en la boca el saco enrollado en tu mano izquierda y le hundís el cuchillo en el lado del flanco del corazón. ¿Entendés?
- Si.
- Mientras, yo le robo los gallos. O se los mato, si no puedo violentarle el candado. Siguieron silenciosamente, como si presintieran el peligro.
- Aquí es. Ya sabés, no hay que dispararle a los perros. De una patada, abrió Jorge el boquete hecho la noche anterior. Entraron. Sigilosamente, avanzaban... Toreo un perro. Los muchachos detuvieron hasta la respiración. Silencio.
- Vos quedate aquí. Yo iré hasta la jaula de los gallos... Lo interrumpieron dos detonaciones seguidas. Jorge, agazapándose, ya corría cuando vio caer a Romo. Corrió hasta el automóvil, saltó. Aguardó un segundo, con las miradas desparramando las sombras de la noche. Nada. Decidió huir. A la tarde siguiente se enteró en la comisaría: Romo, herido, grave, con una bala en el pulmón. El Tuerto en un calabozo. Aguardó unos días, aunque siempre enterándose del enfermo. Este aún no hablaba. Decidió verlo. Una tarde se dirigió a su rancho. Al entrar él, Romo cerró los ojos.
- ¿Te sentís mejor?
- preguntó Jorge. Siguió interrogando. El otro no respondía. Jorge sintió el repudio, y se molestó.
- ¿Cómo va ése?
- preguntó a una mujer que se hallaba en el cuarto.
- El médico dice que está mejor.
- ¿Usted quién es?
- Soy la madre. ¿Y usted?... Jorge le alargó una tarjeta.
- No sé leer
- dijo ella.
- Ahí tiene mi dirección. Si llega a morir, avísenme. Pronunciaré un discurso sobre su tumba. Adiós. Y salió precipitadamente. La mujer se asomó a verlo partir, azorada y temerosa.

V

Romo no murió. Pasaron tres meses. Una tarde, al salir de un despacho de bebidas y acercarse a su automóvil, Jorge se vio rodeado por un montón de chicos. Allí estaba Romo. Dos de ellos lo cargaron y lo pusieron frente al volante. Uno se le sentó al lado, los otros se apelotonaron detrás.
- Seguí por donde yo te voy a decir
- le ordenó el que tenía al lado, un muchacho fornido, de faz lozana, y el más alto de la patota. Jorge vaciló.
- Da marcha al motor. ¡Pronto!
- ordenó el otro
- si no te aplasto la nariz de una piña. El auto comenzó a andar.
-¡Cuidado que usa revólver!
- advirtió Romo. Ocho manos se hundieron en los bolsillos de Jorge. Un chico le halló el arma.
- Aquí está.
- Sacale las balas, Cirilo
- ordenó el otro.
- No tiene balas.
- ¿Lo llevás para hacer parada, eh?
- ¡Ya se te va a bajar la parada!
- amenazó el más pequeño, un rubio colorado, de anteojos.
-¡Seguí por acá, ahora!
- ordenó el más grande. Jorge dobló.
-Isidro
- salió una voz de atrás
- decile quienes somos.
- ¿Vos entendés de fútbol?
- pregunta el grande.
- Algo
- respondió Jorge.
- ¿Habrás oído hablar del team "Muchachos del Sur"?...
-No.
- Entonces no entendés nada de fútbol. Nosotros somos el team. Aquí están los once. Además, Romo, el que vos hiciste balear.
- Yo no lo hice balear.
- Vos lo llevaste a robar gallinas.
- La plata se la dejé a él.
- Pero lo dejaste herido, y disparaste.
- Si me quedo, el Tuerto me balea a mí también.
- ¿Vos sos pirata? Nosotros te vamos a enseñar...
-Doce contra uno.
- No, Romo solo te va a dar una paliza.
-¡Qué gracia!
-Tiene tu misma edad.
- Pero es el doble mío. Es un gigante.
- Isidro, ¿querés que en lugar de Romo sea yo el que lo pelee?
- Jorge, de soslayo, miró al que hablaba. Era un negrito. Este siguió.
- Yo tengo doce años, pero soy de su altura.
- ¿Qué les parece a ustedes? ¿Lo pelea Cirilo?
- consultó el grande.
- No
- respondió resueltamente un chico rubio, de ojos azules
-. Romo fue el ofendido, él debe castigarlo.
- Tenés razón, Aldo
- terminó el grande
-. Seguí por ahí ahora. Y parate allí en la esquina, frente a ese terreno baldío. Aquí. Bajá.
- ¿Qué van a hacer?
- Bajá. Pronto lo sabrás. Todos bajaron.
- Aquí estamos solos
- explicó el grande
- sacate el saco si querés pelear mejor.
- ¿Y con quién voy a pelear?
-Con Romo. Romo cerró los puños, y adelantó un paso. Jorge lo miró en los ojos, fijo. Una pausa. Y habló:
- Romo: ¿Vos vas a pelear conmigo? El muchachote bajó la vista.
- ¿Vas a pelear conmigo vos? Entonces, ¿ya no sos mi amigo, Romo?
- preguntó Jorge. Vaciló el muchachote. De pronto, dándose vuelta, se puso junto a él y encaró al grupo estupefacto de los once chicos.
-¡Yo soy su amigo!
- le gritó
- ¡Y al primero que lo toque le rompo el alma! Amenazando, levantó su enorme puño. El chico rubio de ojos azules, dio un paso adelante y habló a sus compañeros, decidido:
- Muchachos: ¡Hay que darle una paliza a los dos! Los once se precipitaron sobre ellos. Jorge no se defendió. Doblado, con las manos en la cara, dejó que dos muchachos, el negro y el pequeño rubio colorado, le hicieran sonar la espalda a puñetazos. Romo sí se defendía bravamente de los otros nueve. Uno de éstos sangraba por la nariz. Otro, aturdido, había quedado sobre el césped. Un puma contra una jauría. La lucha fue rápida. Acosado, molido a golpes, cayó. Los atacantes se detuvieron.
- ¡Basta ya!
- dijo el más grande
- ¿Qué te parece, Aldo?
- consultó.
-¡Vamos!
- respondió éste. y se fueron. Jorge y Romo, sentados en el suelo, quedaron mirándose.
-Tengo las espaldas doloridas
- dijo aquel.
- Eran demasiados
- respondió Romo.
- Yo tenía dos encima mío.
- Y yo nueve. Si hubieran sido cuatro... ¡Pero nueve! Y algunos saben boxear.
- ¿Vos los habías traído?
- Sí. Yo les conté lo que me pasó con vos. y de ellos fue la idea... Hace quince días que te buscábamos. ¿Y ahora?...
- ¿Ahora qué?
- ¿Seguimos siendo amigos?
- ¿Amigos? Si querés podrás seguir siendo mi escudero.
- Hoy me dijiste...
-¡No me tutees!
- lo interrumpió Jorge, imperativamente.
- Hoy usted me dijo: ¿Ya no sos mi amigo, Romo? Yo me di vuelta para ser su amigo... Y ahora?... !Chau!
- ¿Te vas? Romo siguió andando.