narrativa

LAS MADRES Y LOS HIJOS

Es muy curioso el razonamiento de los padres:
"Sé por experiencia - se dicen - que nuestra vida es desventurada,
por consiguiente... educo a mis hijos de manera que sean tan desventurados como yo".

TOLSTOY

- A quién le toca presidir hoy? - pregunta Carozo, llegando al "local del club", como pomposamente denominan ya a la casa abandonada.
- ¡A mí me toca! - responde Tambor.
- Reunámonos, entonces, cuanto antes. Facón y yo tenemos un asunto que se debe resolver enseguida.
- Es un asunto muy serio - agrega Facón. El presidente hace sonar el tacho. Y van llegando los concurrentes.
- Falta alguno?
- Sí, Sandia que está enfermo. Ayer robó una longaniza picante y se la comió entera. Y hoy... ¡aceite de castor!
- Así aprenderá a convidar a los amigos - sentencia Tambor, el presidente
- ¡Hablen! Ocurre ésto
- responde Carozo-: Resulta que anoche la mamá de Facón fue a comprar azúcar al almacén de mis padres. Al rato volvio diciendo que estaba húmeda. Mi mamá dijo que en su almacén no había humedad, que esa azúcar no era de ella, que la había cambiado. La mamá de Facón empezó a gritar, a llamarla mentirosa. Mi mamá, ustedes la conocen, no aguanta pulgas, gritó también... dijo... Facón interrumpe:
- En resumen, se dijeron de todo: parecían dos ametralladoras de insultos
- agrega.
- La mamá de él le tiró a mi mamá el paquete de azúcar por la cara.
- Y la mamá de él - añade Facón- le tiró a la mía con una botella. Suerte que erró, si no la hiere.
- Y salió del mostrador dispuesta a arañarla.
- Y como mi mamá, ustedes la conocen, no es manca tampoco...
- En fin, las separaron, por suerte.
- Y quedaron enojadas. Mi mamá habla de estrangularla donde la encuentre. Y es capaz de hacerlo.
- Y la mía también. Y también es capaz de hacerlo.
- Bien. Y qué podemos hacer nosotros? - interviene Tambor -. Por qué vienen aquí con este asunto?
- Venimos- explica Facón - porque mi madre no quiere que sea más amigo de Carozo. Me ha amenazado: "¡Si te veo con el hijo de la gallega, te rompo un par de costillas!" Y a él también lo amenazó la madre.
- Me dijo así: "Que no te vea más con el gringo, porque... ¡no sé lo que te hago!
- Los que no sabemos qué hacer somos nosotros - termina Carozo, compungido.
- Puedo hablar? - pregunta Aldo.
- Sí.
- Sus madres se han peleado, ¡bien!, digo ¡mal!, y ustedes, se han peleado?
- No.
- No. Yo, esta mañana, fui a la esquina de la casa de él, a buscarlo. Le dije: Vos estás enojado conmigo? No, me contestó. Yo, tampoco: pero mi mamá quiere que me enoje. La mía, también. Entonces resolvimos venir, traer el asunto para que ustedes opinen.
- Yo opino - dice Aldo- que ustedes, a pesar de la pelea de sus madres, pueden seguir siendo amigos. Además, está el club de por medio. Primero que todo es el club. Si ustedes se pelean, cómo van a seguir jugando juntos en el mismo cuadro?
- Y cual, de las dos madres, tiene razón? - pregunta Cuatrojos-, habría que averiguarlo.
- Eso no nos importa a nosotros - salta Gol- Cuatrojos siempre complica las cosas.
- ¡Así es! - agrega Flauta -, aquí sólo nos importan Facón y Carozo. Y nos importa que sigan siendo amigos. "Primero que todo es el club".
- Aunque desobedezcan a las madres? - pregunta Bocha.
- ¡Sí! - grita Patasnegras - los grandes hacen su vida sin importarles la de nosotros, por qué nosotros no vamos a hacer nuestra vida sin importarnos la de ellos?
- Si Facón y Carozo se hubiesen peleado - plantea Boinablanca-, las madres de Facón y Carozo se hubiesen peleado entre ellas? ¡No! Se hubiesen reído de la pelea de los "mocosos", como las madres llaman a sus hijos. ¡Riamos nosotros de la pelea de las madres!
- Hablás así - interviene Bocha -, porque no tenés madre, porque no conociste a tu madre.
- Nos apartamos del asunto - dice Aldo-. El otro día ya discutimos eso y llegamos a resolver que los tiempos cambian, que ahora los padres no son dueños absolutos de sus hijos, como antes en que hasta podían matarlos, igual que si fuesen una gallina o un cordero. Ahora, si un padre mata o martiriza a su hijo, va a la cárcel. Esto quiere decir que ahora se respeta a los niños como antes no se los respetaba. Y si se los respeta, es porque se reconoce que tienen independencia, que no son cosas ni animales domésticos. No es así, muchachos?
- ¡Si, sí, sí!- gritan todos.
- Y si los chicos ahora tienen independencia con respecto a los grandes...
- ¡Facón y Carozo deben seguir siendo tan amigos como siempre! - termina Tarro. Facón y Carozo se dan las diestras, y enseguida se abrazan. Los demás aplauden.

Flauta entona:
La guerra declaran los hombres
¡No la queremos!
Vayamos por toda la tierra
cantando: ¡Amemos!

Otros se le agregan y continúan:
Que todos los niños del mundo
se den las manos;
cantemos, los niños, cantemos:
¡Somos hermanos!

Y aplauden.
- Se me ocurre una idea - explosiona Cuatrojos, a quien siempre lo están ilusionando las ideas, las buenas y las malas.
- Qué se te ocurre?
- Se me ocurre que formemos dos comisiones y vayamos a ver a Doña Antonina, la madre de Facón, y a Doña Pepa, la madre de Carozo. A ver si las reconciliamos.
- No es demasiado pronto? - pregunta Flauta.
- Yo pido ser el componente de la comisión que vaya a ver a Doña Antonina
- dice Cuatrojos
-. Y me comprometo a "desenojarla".
- Ya que te comprometés...
- Sí, que venga otro conmigo. Aldo, por ejemplo.
- Y los de la otra comisión?

Interviene Carozo:
- Oigan, muchachos: yo la conozco bien a mi madre. Muchas veces los padres creen que conocen a sus hijos, y son los hijos los que conocen a sus padres...
- ¡Al grano, al grano! - grita Cuatrojos, impaciente.
- Yo la conozco a mi madre más de lo que ella me conoce a mí
- continúa Carozo, impasible
-. Sería conveniente que en la comisión fueran dos hijos de parroquianos de su almacén. Por ejemplo: Boinablanca. Ayer le oí decir: parece buen cliente ese capitán viejo que se acaba de mudar al pueblo. Ya ha comprado dos porrones de ginebra...
- Vas a decir que mi abuelo es un borracho?
- Yo no quise decir eso... Como le oí ponderar a tu abuelo por ser buen parroquiano, pensé que sería conveniente nombrarte a vos en la comisión. A vos y a Flauta, otro hijo de buen parroquiano. ¡Qué hacerle! Mis padres son así, yo los conozco...

Quedan nombradas las dos comisiones pacifistas: Aldo y Cuatrojos irán a ver a Doña Antonina, la vehemente calabresa; Flauta y Boinablanca verán a Doña Pepa, la gallega impetuosa. Y parten las comisiones. Los demás esperan.

Los primeros en llegar son Aldo y Cuatrojos. Vienen radiantes. Han obtenido éxito. Y muy sencillamente. Se le ocurrió a Cuatrojos comprar un kilo de azúcar y llevárselo a Doña Antonina como enviado por la almacenera. Primero, ella gritó que se lo devolvería, que se lo arrojaría a la cara nuevamente. Aldo y Cuatrojos, persuasivos, la hablaron, la convencieron. Lo aceptó. Hasta prometió que, no enseguida, pero dentro de algunos días, cuando ya se le hubiera apagado el "fuego de la rabia que tenía adentro
- según dijo
- volvería a comprar en el almacén de la gallega".
- Qué te parece
- pregunta Aldo a Carozo
- no la echará tu mamá?
- Si lleva pesos en la mano, mi mamá, en su almacén, recibe al mismo Demonio aunque venga echando fuego y humo por la boca... En ese instante aparecen Boinablanca y Flauta.
- Y?... Consiguieron algo?
- Tenía razón Carozo
- informa Boinablanca
-. Hablamos con Doña Pepa. Al principio no quería ni oír hablar de la "tana", así la llama ella; entonces cambiamos de rumbo, viendo que por ese camino íbamos muertos... Le planteamos el negocio llevándolo a nuestras cosas: a que su hijo, a pesar de la pelea de ella con la madre de Facón, tenía que seguir siendo amigo de éste...
- Le hablamos del club, que el enojo de ella perjudicaba los "intereses" del club...
- La palabra "intereses" le hizo cosquillas en el oído.
- Y se la repetimos varias veces entonces.
- Al final llegó a esta conclusión. A ver si me acuerdo de sus palabras. Dijo
- y Boinablanca remeda el acento
-: "Pur pedírmelo dos hijos de buenos clientes, aceto. Que Jumersindo sija siendo amiju del hiju de la tana"... Tenías razón, Carozo, conocés a tu vieja.

Carozo se encabrita:
- Primero que mi mamá no es vieja. Tiene 35 años. Y segundo: que vos no te vas a burlar de ella porque no sea crioya y hable como ella habla... Es preciso que varios intervengan y apacigüen a Carozo.
- Hoy nadie debe pensar en peleas
- soluciona Tarro
- ¡Ya ven! Hemos resuelto un asunto difícil.
- Los grandes
- epiloga Cuatrojos
-, como tienen la cabeza a medio metro por encima de la nuestra, se creen que saben más que nosotros, que son más vivos que nosotros. Y ya ven: Nos hemos fumado a las dos madres. ¡Y fumarse a dos mujeres de una pitada sola!... Me parece que podemos estar satisfechos, muchachos. No somos tan inocentes, como nos creen ellos...
- Quiénes?
- pregunta Tambor.
- ¡Los grandes, pues! - responde Cuatrojos.