narrativa

LA PATA

Si el mundo dependiese de mi voluntad,
sólo a los niños tendríamos por personas...

AVERCHENKO

- ¿A quién le toca presidir hoy? - pregunta uno.
-¡A mí!
- responde Sandia y, como se ha munido del tacho y del fierro correspondientes a su autoridad, comienza a golpear con ellos. Todos se apresuran a colocarse en círculo.
- ¿Falta alguien?
- Sí, falta Gol
- explica Tarro
- ayer atropelló con la bicicleta a un ómnibus y se lastimó un pie. Como el ómnibus no es una máquina de maniser, el de la bicicleta no pudo atropellar al ómnibus y creo que, a pesar de lo que diga el vigilante, el ómnibus fue el que atropelló a Gol. Propongo que vayamos algunos a visitarlo esta tarde.

Los que quieren ir que levanten la mano
- anuncia el presidente. Nueve manos se agitan en el aire.
- ¿Todos quieren ir? Yo también. Iremos todos
- resuelve el presidente
-. ¿Alguno tiene algo que decir?
- ¡Yo!
- responde Cuatrojos, y se pone de pie
-. Se trata también de un accidente. Pero el asunto trae cola, como que es un accidente ocurrido a una pata... ¡Vengo a pedir la ayuda de ustedes! Se me ha hecho una injusticia, y es necesario castigar al que me la hizo. Les contaré el asunto: Esta mañana iba yo, tranquilamente, comiendo una medialuna, y alegre, pensando que en el bolsillo tenía otra; cuando pasó un automóvil, no muy ligero, pero sí lo bastante para que su rueda derecha de adelante atrapara a un pato que caminaba por la calle. ¡Lo aplastó! Quiso la casualidad que por la esquina llegara el dueño del pato: Don Puan, o el rengo Puan, como le decimos nosotros. Ustedes lo conocen bien al rengo Puan, no aguanta pulgas. Vio su pato muerto, sacó su revólver y se plantó frente al auto. El dueño frenó. El rengo comenzó a protestar como un desesperado. El automovilista, que iba con una mujer, una rubia muy linda con rulos que le caían sobre los hombros, y unos ojos celestes...
-¡Vamos!
- grita Flauta
- ¿Seguís con tu asunto o nos vas a tener una hora contándonos como era la rubia?
- Si vos la hubieses visto te quedabas como yo me quedé, embobado... ¡Pero sigo! El automovilista sacó la cartera y le preguntó al rengo Puan: ¿Qué vale su pato? Diez pesos, contestó él. Sin chistar, el del automóvil le alargó dos papeles nuevos, que crujían como pan caliente.

Yo, aunque estaba embobado con los ojos en la rubia, tenía los oídos en el asunto y me di cuenta que el automovilista, un mozo joven, no sólo era rico, sino que no quería aparecer como tacaño ante la rubia. Ya iba él a poner en marcha el coche, cuando le grité: Don Puan, su pato no es un pato, es una pata. Una pata le iba a poner huevos, tiene que también pagarle los huevos que va a dejar de poner. El rengo Puan, ustedes lo conocen bien, es pillo, es un zorro, un zorro con olor a zorrino; enseguida comprendió: y sacando el revólver que ya había guardado, comenzó otra vez a gritar, como si lo pelasen vivo con agua caliente. Se amontonaron más curiosos, hombres, mujeres y chicos. El automovilista volvió a sacar la cartera y le alargó otro papel al rengo Puan: "Tome, le dijo, con este peso cómprese huevos para una tortilla y cómasela usted solo. Y que no se le indigeste". Se veía que el hombre estaba fastidiado, que comprendía la treta, pero como le sobraban los papeles en la cartera, no quería discutir. Tocó bocina, le hicieron cancha...

Yo me quedé mirando a la rubia de atrás... Pero no me quedé mucho tiempo. Me acordé, de pronto, que si el rengo Puan había recibido otros cien centavos, me lo debía a mí. Lo llamé:"Don Puan". El ya entraba en su casa. "Eh, Don Puan, ese último peso me corresponde a mí. Si no es por mí, usted se queda con los diez pesos y nada meas. A mí se me ocurrió lo de la pata. Es justo que me lo dé". Me contestó: "Lo que te voy a dar es un par de sopapos que te voy a dejar sin dientes". Yo lo conozco al rengo Puan, todos ustedes lo conocen, sabemos qué bruto es. Pero no aflojé tan pronto yo. Di unos pasos atrás para poder retirarme con ventaja, y seguí protestando: "¿Pero ese bicho es pato o pata?" "Pato, me contestó él. "Entonces a mí me corresponde el peso que el del automóvil le dio por los huevos". "Si no te vas pronto, me contestó él, te hago tragar la lengua. ¡Insolente! Y dio un paso adelante. Yo di dos para atrás. Se le habían inyectado de sangre los ojos al muy ladrón. Comprendí que el peso no me lo iba a dar. Le pedí el pato, por lo menos. “Deme el pato entonces. No es justo que usted gane todo y yo, que fui a quien se le ocurrió el cuento de la pata, me quede así". Rió: "¿El pato? El pato me lo como asado. Ahora mismo va al horno". Ya iba a entrar a su casa, cuando le grité: "¡Chorro!" ¡No lo hubiese hecho! Me tiró el pato por la cabeza. Salí corriendo y él detrás. ¡Pero qué iba a alcanzarme con su barriga llena de vino!... Y aquí estoy, muchachos, a decirles que debemos hacer algo contra el rengo Puan, porque no es justo que yo, después de haberle hecho ganar un peso más con mi inteligencia, me quedé sin nada. ¿Qué les parece?
- ¿Y qué pedís vos?
- pregunta Flauta.
- Pido que, por lo menos, vayamos a romperle los vidrios de la casa al Puan. Caroso opina:
- Es capaz de corrernos a tiros.
- Cuatrojos parece que no lo conoce bien al rengo Puan
- interviene Bocha
-. Una vez peleó contra dos vigilantes y no lo pudieron llevar preso.
- Y si lo llevan preso sale enseguida
- agrega Tarro
- porque es caudillo, levanta quinielas, y en La Plata, donde está el gobernador, tiene muchos amigos diputados.
- Todo eso sería lo de menos
- habla Aldo
-. Yo pregunto, antes que nada, si Cuatrojos tiene derecho a pedirnos ayuda.
- ¡Cómo!
- se admira Cuatrojos
-. Yo le hago ganar un peso al sinvergüenza, y él no me da nada. ¿Te parece justo eso, Aldo?
- Ni justo ni injusto, Jacobo, te diré porqué: Aquí ya no se puede hablar de justicia. Se trata de negocios sucios: él y vos son ladrones.
- ¡Pero él es más!
- grita Tambor. Facón y Caroso aprueban. Flauta y Bocha, no. Y todos gritan. El presidente, Sandia, tiene que hacer oír su tacho bastante tiempo, antes de silenciar a los discutidores. La palabra es de Aldo, explica. Aldo continúa:
- Cuando un ladrón roba a otro en el reparto, el ladrón robado no va a quejarse a la justicia.
- Ustedes no son la justicia.
- En este caso, si. Vos querés que vayamos a hacerte justicia rompiéndole los vidrios de la casa. ¿Por qué no vas solo? Sos el ladrón robado y se los rompés. Los ladrones hacen así: el robado espera una noche al que lo robó y le da una puñalada por la espalda.
- ¡Y los mafiosos también hacen así!
-. Yo tengo un tío que está en la cárcel de Rosario. ¡Es mafioso!
- agrega, casi con orgullo.
- Si yo voy solo a romperle los vidrios al rengo
- explica Cuatrojos
-. aunque se los rompa de noche i él no vea quién ha sido, va a suponer que soy yo. Mientras si vamos todos... !Todos es otra cosa! Y si sale, agarrará a uno; los demás pueden disparar.
- Eso lo decís
- interviene Bocha
- porque vos corrés muy ligero. Y si me agarra a mí, que soy el meas gordo?...
- ¡Mala suerte!
- ¡Ah, mala suerte! Y qué culpa tengo yo?
- Sos de la barra: uno para todos y todos para uno. Todos discuten a la vez, unos contra otros: Los mellizos Flauta y Tambor, Bocha con Cuatrojos, Aldo, Tarro y Patasnegras contra Facón y Carozo.
-¡Tan, tan, tan! El tacho
- campanilla presidencial
- termina por imponerse de nuevo. Facón, de pie jactancioso, con la diestra en el mango de su cuchillo, habla:
- ¡Vamos los que no tengamos miedo, y los que tengan miedo que se queden!
- Aquí no es cuestión de miedo o no
- arguye Aldo
-, a mí no me hace ninguna gracia ir a provocar a ese rengo Puan, pero si deciden ir los acompañaré, como siempre lo he hecho. Como lo hice el día que fuimos a salvar el perro que el inglés iba a matar, ese día que vos, casualmente, te enfermaste y no pudiste venir, como habías prometido.
-¡Me enfermé, sí. Tenía 38 grados de fiebre!
- protesta Facón
-, y si no crees, andá a preguntárselo al farmacéutico que me puso el termómetro.
- Si, te creo, aunque yo hubiese ido con cuarenta grados de fiebre.
-¡Y yo con cincuenta grados hubiese ido!
- grita Patasnegras.
-¡Eh! No podés tener cincuenta grados. ¡No los marca el termómetro!
- corrige Flauta.
- Entonces, porque no los marca el termómetro, no los puedo tener?... ¡Tan, tan, tan! Las discusiones se han cruzado nuevamente y el tacho presidencial exige silencio.
- ¡No hablen todos a la vez! Seguí vos, Aldo. Vos tenés la palabra.
- Yo decía que ésta no es cuestión de si podamos o no podamos tener miedo. Todos los soldados que van a la guerra tienen miedo, ¡y van a la guerra!
- Todos los soldados no van con miedo
- protesta Bocha
- mi papá fue a la guerra sin miedo.
- Vos qué sabés?
- Cómo qué sé? ¡Si fue voluntario!
- Mi papá me contó de uno
- explica Flauta
- que se enroló de voluntario y después lo fusilaron por espía.
- Entonces, Flauta, vos crees que mi papá?...
- ¡Yo no creo nada malo de tu papá, Bocha!
- ¡Tan, tan, tan! ¡Silencio, silencio! Tiene la palabra Aldo
- chilla el presidente
-. ¡Tan, tan, tan!...
- Yo estaba diciendo que ésta no es cuestión de miedo o no miedo. Esta es cuestión de justicia. Jacobo ha venido pidiendo justicia. Yo pregunto a todos: Es justo que nosotros nos expongamos porque a él se le ocurrió ese chiste y el rengo salió estafándolo? Cuando hubo que cazar al compadrito del automóvil pirata, yo voté a favor; cuando hubo que hacer mudar a la francesa peleadora, yo voté a favor; cuando fue preciso salvar al perro que el inglés tenía condenado a muerte, yo también voté a favor. Pero ahora es distinto.
- Si, es claro, interrumpe Facón
-, ahora se trata del rengo Puan, que se traga crudos a los vigilantes.
- No me importa lo que creas
- responde Aldo
- todos saben que cuando hay que pelear... ¡Yo nunca me enfermo! Lo que hoy es distinto por esto: Jacobo hizo mal envolviendo al automovilista con el cuento de la pata; él lo hizo porque sí, primero, porque siempre anda lleno de chistes como una colmena de abejas que pican; pero después quiso cobrar su cuento, y se halló con uno más vivo que él. Yo opino esto: Jacobo no tiene derecho a que nosotros nos expongamos por él.
- ¡Yo opino igual!
- grita Tarro, y se golpea fuerte el pecho.
- Y yo también
- apoya Flauta
-. Si el rengo Puan le hubiese robado algo a él, yo hubiese votado para que le rompiésemos los vidrios. Te acordás, Cuatrojos, aquella vez que el viejo Tristán no te quería devolver la pelota que cayó en su jardín? Yo esperé a la noche, rompí el cerco, me metí en el jardín del viejo Tristán, saqué la pelota y se la di a Cuatrojos...
- ¡Yo hubiese hecho lo mismo
- afirma Aldo.
- Pero el rengo Puan no tiene derecho a quedarse con el peso y con el pato
- opina Tambor.
- Yo también digo que no tiene derecho
- opina Carozo.
- Derecho no tiene, es verdad,
- dice Flauta
- i Cuatrojos, tiene derecho?...
-¡No!
- gritan unos, otros callan.
-¡Tan, tan, tan!
- se oye el tacho
- campanilla. Y la voz de Sandia, el presidente:
- ¡Hay que votar, hay que votar! Los que digan que debemos ir a romperle los vidrios al rengo Puan, ¡levanten la mano! Tambor, Facón, Caroso y Cuatrojos agitan en el aire las diestras.
- Cuatro contra seis - dice el presidente -. ¡No vamos!