narrativa

ESTRELLA FEDERAL

El niño teme la humillación
tanto como el dolor.
OTTO RUHLE

Al segundo día de vivir en el pueblo ya tenía sobrenombre: "Estrella Federal". Se lo han puesto los muchachos; pero tiene la nariz muy roja. Y si se llama Estrella y tiene la nariz roja, por similitud con la flor, se convierte en "Estrella Federal". Es un apodo galante, si bien se mira, para aquella mujer colérica que, desde el primer día, se pone de frente a los muchachos, a coartar sus expansiones. Ella quiere silencio, los muchachos no lo necesitan. Ella se siente propietaria única de su vereda y aún del trozo de calle que está frente a su casa, los muchachos se sienten dueños absolutos de toda la calle y de toda la vereda. Ella se sabe fuerte, apoyada por la autoridad de su hijo, oficial de policía; los muchachos se saben asimismo fuertes, capaces de enfrentar el poder de los mayores y de troncharlo, como en más de una oportunidad lo han hecho. Naturalmente, la nueva vecina, "la vieja loca", "la vieja borracha"
- como se le dice en un comienzo, antes de ser, definitivamente, "Estrella Federal"
- choca con los muchachos. Ella es un dique, una fuerza de contención al espíritu bravío, a la naturaleza conquistadora de los muchachos unidos frente a ella, el enemigo. Una tarde se produce la ruptura. Y es definitiva.

Flauta, Tambor, Tarro, Grasa, Pisicaca, Quintín, Sandia y Mandinga pelotean en la calle. Cuatro contra cuatro. No importa que haga calor, que sea verano, que el sol envíe sobre las cabezas congestionadas sus más rabiosos rayos ni que la sed los ahogue. Flauta, Tambor, Tarro y Grasa contra Pisicaca, Quintín, Sandia y Mandinga. El partido es equilibrado. Se disputa con ardor. No hay juez
- pero como si lo hubiera
- los tantos se discuten afiebradamente. Van dos goles a dos cuando se abre una de las celosías de la casa de "Estrella Federal". Se abre con estrépito y aparece la nariz roja de la anciana que grita:
-¡Atorrantes! ¿Cuándo van a dejar dormir la siesta? ¡Vamos! Fuera de aquí. ¡Atorrantes!
- Atorrantes no somos
- protesta Quintín.
-¡Mulato motoso!
- lo insulta ella.
-¡Vieja mamada!
- le responde el chico.
-¡Canalla! ¡Ahora mismo voy a llamar a la policía por teléfono! ¡Ya verás con mi hijo el oficial!

Grasa le tira un desafío y ya la tutea:
- Se me frega tu hijo el oficial. Sandia silba una milonga, compadronamente. "Estrella Federal" cierra la celosía y desaparece.
- ¿Qué hacemos, muchachos?
- ¿Vamos a jugar más allá?
- ¿Y no llamará a la policía?
- Antes que venga la policía tenemos como para terminar diez partidos, no uno.
- La policía de aquí no se apura mucho...

Se traslada el arco, compuesto de un tronco y un saco contra la pared, y situado, malhadadamente, bajo la ventana de "Estrella Federal". Se saca de los límites de su vereda, y el partido continúa, disputado y discutido, corridas y protestas. Otro gol por cada bando, y cada gol se festeja con alaridos de triunfo.
- Nuevamente se abre la ventana de "Estrella Federal" violentamente. Y se asoma su enrojecida faz, su nariz que la ira torna violeta, y otra andanada de gritos, de injurias posiblemente, porque los muchachos no la escuchan. Siguen pateando la pelota. Están en su derecho: han salido de su vereda, la calle es de todos. Además, ¡la ocurrencia de la mujer!
- se dicen ellos
- ¡las pretensiones!: Querer tenerlos quietos y callados, querer dormir la siesta, y ellos sin fútbol.

Ronca de gritar, inútilmente, "Estrella Federal" va a retirarse. Ve entonces la cara gozosa de Don Paulino, un viejo rentista, vecino de la casa de enfrente, con quien ya ha tenido sus disputas, le saca la lengua y, dando un golpe a la celosía, desaparece. Don Paulino impreca, ruge, con el puño adelante. Los muchachos ajenos a su iracundia, pelotean. Breve calma. Quiere el diablo, ya que Dios es un señor serio a quien las bromas no le placen, quiere el diablo que en todo mete su larga cola terminada en uña, quiere el diablo bromista, que la pelota, impulsada por el entusiasmo de un recio puntapié, se eleve y caiga en el jardín de "Estrella Federal".

Mandinga y Sandia se precipitan a la puerta de alambre, dispuestos a violar la propiedad privada a fin de recuperar su indispensable pelota. ¡Horror!: Está cerrada con candado. ¿Qué hacer? Pronto ven abrirse la celosía de "Estrella Federal". Y reaparece la cara de ésta, ya no iracunda. Por el contrario, sonríe. Está vengada. En su mano derecha enarbola el trofeo: la pelota prisionera. Un rapto generoso, y "Estrella Federal" se gana la adhesión de los muchachos. Le hubiera bastado abrir la mano y dejar caer la pelota en la calle... Pero no está en el temperamento de "Estrella Federal" un rapto semejante. Ella se venga y goza pudiendo vengarse. Después de mostrarles la pelota, cierra la celosía, desaparece. Los ocho muchachos se agrupan. Conciliábulo. ¿Qué hacer?

El viejo Don Paulino se les acerca. Es un aliado eventual con quien se ha tenido algunos choques también por causas semejantes a la de este día bélico, pero es un aliado al fin, y se le oye: ¡Vieja ladrona! ¡Vayan! Que les devuelva la pelota esa arpía. Rómpanle los vidrios, ensúcienle con barro las celosías...
- ¡Yo voy! - dice Mandinga. Y ya se adelanta, ya toca el timbre. Expectativa. Aparece "Estrella Federal".
- Desvuélvanos la pelota - exige Mandinga, nada cortésmente.
-¡No! - responde ella, agresiva.
- La pelota es nuestra.
- La pelota es de ustedes, sí; pero la siesta es mía. Ustedes me roban la siesta, yo les robo la pelota. Mandinga pacta:
- Si nos la devuelve nos vamos a jugar a otra calle.
- ¡No! Mandinga amenaza:
- Si no nos devuelve la pelota, no la vamos a dejar dormir nunca la siesta.
-¡Con tachos y matracas le vamos a hacer ruido!
- agrega Tambor. "Estrella Federal", impávida, coge la pelota, luego un cuchillo y, delante del estupor de los muchachos, lo hunde en la blanda esfera, la abre.
- Tomen su pelota
- dice
- y la tira a la calle. Cierra y desaparece. ¿Qué hacer? ¡Algo hay que hacer, caracho! ¡No es posible quedarse con los brazos en cruz presenciando semejante crimen! Don Paulino los azuza:
- ¡Esto es espantoso! ¡Esto no tiene nombre! ¡A esa mujer hay que abrirle el vientre como ella abrió la pelota! ¡Hay que ahorcar a esa vieja! ¡No podemos permitir que siga viviendo en "Siete Ombúes" semejante víbora!

Sus gritos atraen vecinos. Nuevos muchachos se agregan al grupo desolado. Tambor coge piedras y las lanza contra la celosía clausurada. Varios gritan:
-¡Borracha!
-¡Estrella Federal!
-¡Nariz colorada! Flauta con su facilidad de versificador improvisa una copla. Sandia se la repite adaptada a un tango. Las vecinas y Don Paulino comentan, enardecen a los muchachos. Todas ellas, como Don Paulino, tienen algún agravio que vengar de la irascible.
-¡Con nosotros no va a jugar esa!
- amenaza Mandinga
- La vamos a hacer que se vaya del pueblo. Es casi un juramento.

Tambor, Grasa y Quintín se han munido de lápices, trozos de carbón, tiza, vaya a saber en dónde hallados, y escriben sobre la pared de la casa de "Estrella Federal", con grandes y gruesos caracteres: "Aquí vive una ladrona", "Ladrona", "Ladrona", "Ladrona"... Se oyen gritos de alarma:
-¡La poli!
-¡La cana!

Ya no hay un solo muchacho en la calle. Como lo hace Satanás en el teatro de títeres, pareciera que se hubiesen hundido en la tierra aún con menos rastros que aquel; ni humo han dejado. Prudentemente, Don Paulino se aleja. Se encierra en su casa. El grupo de vecinas se disuelve. El vigilante, dueño del campo de batalla, echa una mirada a su alrededor. No ve enemigos. ¡Ah, sí! Se acerca un muchacho. Aún lleva pantalón corto, pero es alto
- más alto que el vigilante
- alto y flaco. Lo distingue su boina blanca, más blanca aún sobre su cabello renegrido y su rostro aceituna.
- ¿Qué ocurre, agente?
- pregunta el muchacho.
- Ocurre
- contesta el vigilante, brillándole de furor sus negros ojos de indio
- que si venís a burlarte de mí, chingastes el tiro. Ahora mismo, con esos papeles de diario que recogés del suelo, me borrás lo que vos o tus amigos han escrito en esta pared.
- Yo no he escrito nada, señor.
-¡Silencio o vas a parar a un calabozo! ¡Limpiá y pronto, que si no fuiste vos fueron tus amigos!
- Señor vigilante, me he mudado esta mañana, soy nuevo en este pueblo...
-¡Basta! ¡A limpiar he dicho! El muchacho de la boina blanca no se inmuta:
- Muy bien, señor vigilante, limpiaré, aunque soy inocente
- y comienza a borrar las inscripciones.
-¡Lo que es pico no te falta, parece! eh?
- grita el vigilante
- Borrá allí, ¡Bien!, allí donde dice "ladrona". ¿Sabés con quién se han metido ustedes?
-Lo ignoro, señor vigilante, soy nuevo...
-¡Se han metido con la madre del oficial Policarpo Benítez! ¡Es un toro! ¡Borrá allí, más fuerte, che! ¿O no has comido hoy?
- Agente
- se aproxima una mujer
- este niño no ha sido. Usted está equivocado.
- Usted, señora
- ruge el vigilante
-, siga su camino. ¡Vamos! ¡Espiante! Se abre la celosía y aparece "Estrella Federal".
- Vigilante, llévese preso a éste.
- ¿A mí, señora?
- pregunta estupefacto el de la boina blanca.
- Sí, a vos...
- Yo no...
- Vos estabas entre ellos. Yo te vi. ¡Llévelo, agente!
- y desaparece.
- Muy bien, señora
- responde el vigilante, y al muchacho
- : ¿Te estabas haciendo el caído de la luna? ¡Ahora vas a dormir en el calabozo! ¡Andando, che! Y lo empuja.

¿Sabe con quién está hablando usted, agente?
- dice el muchacho
- usted habla con Leandro Aristóbulo Hipólito Almanzor, estudiante, nieto del capitán retirado Nemesio Almanzor...
- ¡Menos pico de oro, y caminando, che!
- lo interrumpe el vigilante, ejecutivo
- ¿o querés que te ponga la cadena?
- No tiene necesidad de llegar a tamaña violencia
- responde el muchacho, muy sereno y, dirigiéndose a la vecina
-: ¿Quiere, señora, avisarle a mi abuelo lo que me ocurre? Vive allí no más, en aquel chalet con techo amarillo. Muchas gracias, señora. Estoy a su disposición, señor agente. Se ponen en marcha.

Al doblar la esquina, el vigilante, impresionado por la ceremoniosa serenidad y la abundante palabra del muchacho, dice:
- Váyase a su casa, nomás. Yo tenía que conformar a la madre del oficial, usté comprende...
- Comprendo, agente, buenas tardes.
-Buenas tardes, señor
- responde el vigilante, que ya ha dejado de tutearlo, y le hace la venia. No bien el muchacho de la boina blanca entra, el timbre. Frente a su puerta se apiña un apretado racimo de muchachos. Ya saben lo que ha ocurrido. Están que arden contra "Estrella Federal". Se prometen vengarse.
-¡Guerra a muerte, guerra a muerte!
- gritan varios.
-¡Hay que hacerla mudar de "Siete Ombúes"!
-¡Hay que romperle los vidrios! ¡Hay que matarle el loro!
-¡Hay que mandarle anónimos amenazándola! ¡Hay que prenderle fuego a la casa!
-¡Tranquilidad, muchachos!
- interviene el de la boina blanca
- ¡Tranquilidad! Todo eso se hará si antes nos trazamos un plan de ataque. Primero que nada, es preciso volver a escribir sobre su pared lo que el vigilante me hizo borrar: "¡Aquí vive una ladrona!". Ese letrero no debe desaparecer. ¿Lo borra? ¡Vuelta a escribirlo! Aunque sea levantándonos antes del amanecer. alguien debe escribir eso, siempre:"Aquí vive una ladrona" Eh?
- ¡Bien pensado, Boinablanca!
- aprueba Cuatrojos, y el recién llegado ya tiene sobrenombre.
- Lo que dice Boinablanca
- opina Flauta
- es muy importante. Así creerá nuestra enemiga que hay una mano misteriosa...
-¡Allí está Don Paulino, venga Don Paulino! Don Paulino, buscando entretener su ocio de rentista y vengar agravios personales, se acerca al alborotado grupo. Entra. Habla también él sobre sus peleas con "Estrella Federal". Insignificancias, sí, pero molestas:
- Por ejemplo, ¿saben lo que se le ocurrió a esa cochina? ¡Llevar a hacer pipí a su perro en la puerta de mi casa! ¿Qué me dicen? ¿No revela eso una malignidad de víbora? ¡Hay que hacerle la vida imposible, muchachos! Yo ofrezco mi casa. Desde mi azotea, si alguno de ustedes tiene buena puntería con una honda...
- ¡Yo!
- grita Sandia, y se golpea el pecho. Esa misma tarde, antes de anochecer, cruje un vidrio en la ventana de "Estrella Federal". Y a la mañana siguiente, su pared ostenta el letrero: "Aquí vive una ladrona". Ella lo borra. Después del almuerzo, y estando el automóvil del oficial en la puerta, lo cual decía que el oficial se hallaba en la casa, vuelve a aparecer el letrero: "Aquí vive una ladrona". Una noche, dos neumáticos del coche aparecen cortados. El fútbol en la calle se hace numeroso y ensordecedor. La ofensiva muchachil se despliega, terrible, incesante, inclemente: ¡Guerra de guerrilleros! "Estrella Federal" se defiende. Un vigilante, apostado en la esquina, hace ya imposible el fútbol, dificulta la reaparición del letrero en la pared
- aunque nunca desaparece por completo
- impide que las gomas del auto vuelvan a ser pinchadas...Más aún: Como si tuviesen recomendada la captura, un día, Quintín y Mandinga, se ven sorprendidos, sin haber hecho nada, y presos por varias horas: el hijo oficial contraataca a los agresores.
- ¡No importa, muchachos! ¡Hay que pelear!
- dice Mandinga saliendo de la comisaría
- ¡Pelear!
-¡Hay que hacerla mudar de pueblo!
- .Es la consigna de la lucha. Y continúa la guerra, implacable, como es toda guerra popular. Una mañana, el loro de "Estrella Federal", un loro viejo que sólo decía ¡Cuco!, aparece muerto en su jaula.
- ¿Quién ha sido?
- pregunta Aldo en la reunión de ese día.
-¡Yo! Cuatrojos es quien esta vez, orgullosamente, se golpea el pecho.
- Habíamos resuelto que no se le tocaría el perro ni el loro. Los animales no tienen la culpa. Has hecho mal.
- En la guerra no debe haber sentimentalismos. ¿Qué hicieron los alemanes en Bélgica? ¿Y los nazis en España y los japoneses en China y los italianos en Africa?... ¿Y que hicieron los soldados argentinos con los indios pampas?: matar, incendiar, robar, llevarse las mujeres y los chicos... Yo le envenené el loro, y quieran o no quieran ustedes, ¡le envenenaré el perro!
-¡No!
- grita Aldo
- Hago moción para que eso se prohíba. Un perro no es un animal como todos. Perros y caballos son animales amigos. Matar un perro o un caballo es casi como matar un hombre. ¿Qué dicen? Aprueban. La unanimidad es absoluta. Se le prohíbe a Cuatrojos que envenene al perro. Quedan los vidrios, ya dos veces rotos, porque "Estrella Federal" se protege permaneciendo con las celosías cerradas, a oscuras. Queda ella misma a quien, ocultos, le gritan cuando sale: ¡Borracha! ¡Nariz de tomate! ¡Ladrona!... Queda su pared, ya llena de los letreros acusadores, imborrables, porque al fin se han escrito con pintura...

Don Paulino es quien, una noche, azorado, llega buscando a Boinablanca:
-¡Una noticia! ¡Ha muerto!
- ¿Quién?
-¡Ella, pues! La noticia los estremece. No esperaban tanto. Que desapareciera, sí. Que se mudara, sí., pero morirse... Fue un ataque al corazón, era cardiaca, según supieron. Además, bebía. Los que con ella hablaron, además de soportar su carácter, pudieron comprobar su aliento alcohólico...
- ¿Quién la habrá matado?
- pregunta Cuatrojos
-. ¿El alcohol?
- ¿Y no la habremos matado nosotros a disgustos?
- la suposición los hiela. Cuatrojos es el único que permanece inaccesible a todo sentimiento. Su odio sobrevive al enemigo:
- Enviémosle una corona con esta inscripción...
- ¡No! ¡No!
- lo interrumpen. El insiste:
- Con esta inscripción: 'A Estrella Federal"...
- ¡Me dan ganas de pegarte un bife!
- lo amenaza Tarro, y se lo amaga. Tambor, impulsivo, se lo pega. Cuatrojos no se perturba, sigue hablando:
- Nombremos una comisión para asistir al velorio. Yo voy a ir. Quiero ver si muerta sigue teniendo la nariz color de estrella federal. No aceptan ir al velorio; pero desde la esquina contemplan sacar el ataúd y partir el acompañamiento, callados. Y al pasar, se descubren. No juegan más al fútbol en esa calle. No ven más a Don Paulino, su aliado. Una tarde, reunidos en la casa abandonada, Cuatrojos dice:
- Ayer estuve en el cementerio. Fui con papá al entierro de un amigo. Paseando entre las tumbas, ¿saben que vi?...
- ¡Hablá de otra cosa! - le ordena Aldo, amenazante. Cuatrojos recorre las caras de los demás. Todos lo miran, serios. Calla.