narrativa

EL PISTOLERO

No hay dolor más acerbo que el dolor del niño
al descubrir por primera vez la perversidad de los demás.

ROMAIN ROLLAND

Facón llega tarde. Sube agitado adonde los demás compañeros de la pandilla deliberan, y les habla, misteriosamente.
- ¡Muchachos! Les vengo a decir algo en secreto. Quieren ver a Capprini?
- ¿El pistolero?
-¡Sí!
- ¿Dónde lo podemos ver?
-¡En mi casa! Está viviendo en mi casa. Ustedes saben que es primo de mi mamá. Está en mi casa oculto. Mañana se va. Si quieren verlo tienen que ir esta tarde, ¡ahora mismo!

La proposición los ha conmovido violentamente. ¿Cómo no querer verlo? ¡Capprini! El pistolero famoso, terror de policías, asaltante audaz. Su historia es breve y terrible. Los diarios traen páginas enteras relatándola. Un año antes, Juan Capprini no era nadie, un simple pintor de paredes. Una noche se emborrachó y al arreglar cuentas con su empresario, éste pretendió sacar fruto de su borrachera: pagarle de menos. Juan Capprini, mocetón vigoroso, cogió a puñetazos al patrón. Fue preso. El empresario, además, lo acusó de haberle robado la cartera con ochocientos pesos. Capprini negó; pero fue a la cárcel. Estuvo unos meses preso, no se le comprobó que lo era, pero salió ladrón. A los pocos días, unido a una banda, asaltó al empresario, lo asesinó y lo robó. Desde entonces, con el "Pibe Cabeza" y otros, se dedicó a robar y a asaltar quintas y estancias. Una semana atrás, agentes de investigaciones encontraron a tres de la banda en plena calle. Se cruzaron balas. El "Pibe Cabeza" y el otro cayeron. Capprini, herido en una pierna, huyó. Fue una huída fantástica a través de la ciudad. Trepó a un colectivo y, revolver en mano, obligó al chofer a que emprendiese la carrera hasta que sus perseguidores le perdieron la pista. Los pasajeros, aterrorizados, se vieron conducidos así a través de las calles más apartadas, mudos de asombro. Una mujer viajó desmayada; un hombre intentó moverse: terrible, como un bandolero de leyenda, Capprini lo aquietó
- para siempre
- de un tiro en el pecho. Al fin descendió del colectivo, al que obligó a seguir, y se perdió en un suburbio. Aventura increíble de audacia y valor. La última noticia de él que se tuviera era haber llegado pasadas las diez de la noche, a una farmacia de suburbio, a pedir que le curaran la pierna. El farmacéutico, antes de abrir, maliciando quién fuese, llamó al teléfono. Capprini, astuto, desapareció antes de que llegara la policía. Y los diarios no daban más noticias del terrible pistolero. ¿Cómo no conmoverse la pandilla de chicos al saber que estaba allí, en su mismo pueblo, en la casa de Facón, y que podrían verle y oírle?

Facón les explicó:
- Vamos a verlo sin que él sepa. Está en un cuarto de latas, al lado del gallinero. Desde éste lo podemos espiar por las rendijas de las tablas. No quiero que mi mamá sepa. Mi papá está asustadísimo. Ustedes saben que la policía persigue a Capprini, si lo hallan en mi casa nos llevan a todos presos. Por eso vino hoy y se va mañana bien temprano.
-¡Vamos, vamos, no se vaya a ir antes de que lo veamos nosotros!... Y el grupo, anhelante, se echa a la carrera, a ver un pistolero de carne y hueso, no de cine ni de libro de aventuras. Llegan, ya oscuro, a la casucha de Facón. Con mil y una precauciones, sigilosos, saltando el cerco de atrás, penetran en el gallinero. Pegan los ojos a las rendijas, temblando de emoción... Pero, ¿qué ven? Capprini, el terrible Capprini, ladrón audaz, asesino temerario, el implacable enemigo de todos, la fiera cruel, el hombre acosado, Juan Capprini, el pistolero, ¿llora? A la luz de una lámpara de petróleo que mal alumbra sus facciones, ocultas por la crecida barba negra, los chicos ven y oyen llorar, como un chico castigado, al hombre, terror de caminos y de calles, de quién se narran proezas inauditas y crímenes imposibles.

Juan Capprini es un mozo de anchas espaldas, pequeño, vigoroso, de aceitunada faz. Sollozando, habla con la madre de Facón, muy parecida al primo. Se lamenta:
- No creas, Rosa, yo no soy malo. Yo no soy lo que dicen los diarios de mí. ¿Vos crees que yo he robado todo lo que dicen? ¡Ya sería rico! Y ya ves, no tengo más que siete pesos con cincuenta centavos.
- ¿Y las muertes?
- He matado para defenderme, ¿qué querés? No podía entregarme a los agentes. Tampoco he hecho las muertes que dicen los diarios. ¡Te lo juro por nona Rosina, la abuela! ¿Te acordás cómo me quería la nona? ¡Pobre vieja! Si ella me viese ahora, así perseguido como un gaucho matrero. Los sollozos le van estrangulando la voz, hasta que el recuerdo de la cariñosa abuela se la rompe. Con la cabeza entre las manos, abatido, el pistolero llora. La mujer lo consuela: No te pongas así, Juan. Sé valiente. ¿Qué sacás con desesperarte?...
-¡Y ahora voy a morir, Rosa!
- ¿Por qué, Juan? Quizás puedas escaparte...
-No, ya lo ves. Hasta ustedes tienen miedo de comprometerse. Tu marido, por miedo, es capaz de denunciarme... La mujer sirve una copa de vino y se la alarga:
- Tomá, Juan. Esto te va a dar valor. Y comienza a cebar mate. El bebe la copa de un trago, saca un pañuelo y comienza a enjugarse los ojos. Toma el primer mate en silencio. Y mientras la mujer, a su turno, toma, vuelve a hablar, aun con lágrimas y la voz enronquecida:
- Yo no soy malo, Rosa. Te aseguro que no soy lo que dicen. Yo no le había robado los ochocientos pesos al empresario. Me acusó por vengarse de los golpes. Fui preso injustamente. En la cárcel conocí un hermano del "Pibe Cabeza" y salimos juntos. No tenía trabajo. ¿Qué hacer? También quise vengarme del empresario, pegarle una paliza. Yo no lo maté. Fue el "Pibe Cabeza", lo mató para que yo no pudiese abandonarlo más. Para que me quedase en su banda. Todos los diarios supusieron que era yo. ¡Después tenía que vivir! Seguí con la banda... Pero yo no hubiese querido ser esto. Yo, hasta los veintiocho años, fui un trabajador... El llanto le rompe la voz nuevamente. Llora con desesperación angustiosa. Un muchacho hace ruido. Y él se transforma: de pie, con los ojos enloquecidos, el revólver en la mano, exclama, sombríamente:
- ¿Oíste? La mujer lo calma:
- Voy a ver, sosegate.

Facón dice a los muchachos:
- Voy a detener a mi mamá, que no venga aquí. Cuando ella vuelva a entrar, escapen. ¡No vayan a decir en su casa que él está aquí! Y sale gritando:
- Mamá... Ah, eras vos...
- contesta la madre
-. Vení, entretenelo a Juan un rato, tengo que hacer la comida. Los muchachos en puntas de pies, trémulos, con los corazones que les golpean los pechos comienzan a moverse para escapar. Ya en la calle, después de haber saltado el cerco, siguen andando, silenciosos. No atinan a pensar. Lo más imprevisto es esto que acaban de ver y oír. Aquel hombre sollozante, acobardado, arrepentido, ¿podrá ser el espantoso pistolero Juan Capprini, de quien vienen llenas las páginas de los diarios, chorreantes de la sangre de sus bárbaros crímenes y estremecidas por el relato de sus proezas espantosas?... No se dicen una palabra. Desconcertados, no aciertan a explicarse el fenómeno. Esperaban ver un hombre extraordinario que les hubiese hecho temblar de pavor, y acaban de ver a un pobre hombre lastimero. ¿Cómo hablar? ¿Qué decir para trasmitirse lo que experimentan? Su fantasía, ave colosal, de plumaje vistoso, se les acaba de convertir en un pollo desplumado. Comienzan a desgranarse rumbo a sus casas.

Los diarios de la tarde del día siguiente salen con páginas enteras, relatando otra hazaña de Juan Capprini, esta vez la última, porque los policías lo han muerto. Acaba de morir en su ley el pistolero: matando. Sorprendido en un rancho de las afueras, cercado por veinte vigilantes armados de pistolas ametralladoras, Juan Capprini y el compañero que le había dado asilo, se defendieron hasta morir. Atrincherado en un colchón, herido gravemente, siguió descargando su revolver hasta que una bala lo derrumbó. Su compañero ya agonizaba. Nueve heridas presentaba el cuerpo del bandido. De su temeridad, de su audacia, de su sangre fría, de su ferocidad, de su fuerza, hablan los diarios. Dos vigilantes muertos y tres heridos, uno gravemente, ha costado a la sociedad la desaparición del terrible pistolero. Los chicos, sentados en corro, escuchan a Facón, que lee el diario.
- Pero, ¿no será otro?
- pregunta Aldo.
- Aquí está la fotografía
- enseña øtto.
- No se parece nada al que vimos anoche
- asegura Flauta.
- Yo creí
- comenta Cuatrojos
- que un pistolero así tendría dos metros de alto, por lo menos. No era más alto que mi papá. Y Tarro, quizás sintetizando el pensamiento de todos, expone su desencantada exclamación:
- No vale la pena ser pistolero de verdad...
-¡Todavía de cine!... - agrega Sandia.