narrativa

EL AMOR Y ETCETERA

Si queréis conocer al los hombres
no dejéis de frecuentar a los niños.

JESSE TORREY

Bocha se ha puesto de pie para hablar. La voz le tiembla. Está emocionado.
- Amigos - dice -, me ocurre algo grave y necesito ayuda. O un consejo, si no pueden ayudarme.
- Hablá - lo incita Sandia, porque Bocha, tragando saliva. Mordiéndose los labios, se ha detenido.

Bocha hace un esfuerzo, y cuenta:
- Yo tengo una novia...
- Es linda, che?
- pregunta Cuatrojos, picaresco.

Todos lo chistan. Lo hacen callar. La emocionada seriedad de Bocha impone respeto. Bocha prosigue:
- Yo tengo una novia que se llama Gretchen, o sea Margarita, como la novia de Fausto.
- Quién era Fausto?
- Un sabio alemán.
- Nunca oí hablar de él.
- ¡No interrumpan a Bocha! - grita Sandia, presidente de la sesión, y golpea sobre el tacho que oficia de campana.
-¡Hablá, Bocha!

Antes de retomar la palabra, Bocha, saca el pañuelo, se seca el cuello y la frente sudorosos. Continúa:
- Hacía ya una semana que nos veíamos con mi novia, en el fondo de nuestras casas, que están separadas sólo por un alambrado. Un anochecer nos sorprendió Federico, el hermano de ella, menor que ella. Federico tiene diez años. Y es un canalla. Saben lo que hizo? Esto, infame: nos amenazó. Todavía estoy viéndolo y oyéndolo. Con esa cara de sinvergüenza y esa voz chillona: Con que esas tenemos? Besándose? El no nos había visto besar, sólo lo suponía. Ahora mismo corro a decírselo a mamá, a papá, a los abuelos, a los tíos, a toda la familia, ¡a la tuya también!, me amenazó. Gretchen y yo quedamos mudos, aterrados. Pero él no corrió a avisar, como decía. Siguió hablando y me dijo: solamente que vos me des 20 centavos todos los días... Cómo no aceptar? Supónganse que ese canalla hubiera ido con la calumnia de que nos había visto besar. Qué hacer? La pobre Gretchen sollozaba. Yo temblaba de furor. Allí mismo, en ese momento, le di los primeros veinte centavos.
- ¡Me voy a comprar churros! - dijo, y se fue saltando de alegría.

Desde entonces - prosigue Bocha- han pasado once días. Yo le llevo dados nada menos que dos pesos con veinte centavos al canalla. A mí no me sobra el dinero. Conseguir veinte centavos todos los días no es cosa fácil. He tenido que vender libros. Pero ustedes saben lo que da el viejo Don Ramiro por los libros usados. ¡Nada! Ayer le vendí una historia, me dio treinta centavos. Hoy, para completar los veinte con los diez que me sobraban de ayer, le vendí una novela de Goethe. Después de mucho regatear me dio los diez centavos. Qué le venderé mañana?...
- ¡Se me ocurre una idea! ¡Es la idea salvadora!
- exclama Cuatrojos
- Puedo hablar?
- Hablá
- autoriza el presidente Sandia.
- Se me ocurre esto: yo conozco a Federico, tiene la manía de pescar. Todos los días, no bien vuelve del colegio, lo pueden ver en el río, pescando. A veces hasta con lluvia. Qué les parece entonces si, por pescar, le cobrásemos un impuesto de veinte centavos?
- Impuesto? Y cómo le vamos a cobrar impuesto nosotros? Quiénes somos para cobrar impuestos?
- interroga Sandia.
- No somos nadie, es verdad. Pero quién es él para cobrarle impuesto a Bocha por dejarlo hablar o besar?...
- ¡Besar, no!
- interrumpe Bocha.
-¡Otario!
- le grita Cuatrojos, y continúa:
- Bueno, por dejarlo hablar con la hermana. Quién es él para cobrarle?...
- ¡Es un infame chantajista!
- ruge Flauta.
- Si es un chantajista, ¡está fuera de la ley!
- sentencia Cuatrojos.
-¡Hay que darle una paliza!
- grita Facón.

Muchos hablan, a gritos. Sandia impone silencio:
- Tiene la palabra Cuatrojos.
- Si Federico es un chantajista, como bien dice Flauta, usemos la prepotencia con él. Nosotros somos más fuertes. O paga veinte centavos por pescar, o no pesca.
- O se pesca un baño en el río. Propongo darle un remojón todos los días
- dice el ejecutivo Tarro.
- Primero ensayemos mi plan: quitarle los veinte centavos de Bocha y devolvérselos a éste. Qué dicen?
- ¡Bien, bien, bien!

La última parte de la "idea salvadora" convence a todos. Así Bocha no necesitará malvender sus libros. Ese atardecer Federico recibiría, como siempre, los veinte centavos por su silencio; a la tarde siguiente los devolvería, por buenas o por malas.

- Quién te dio permiso para pescar aquí?... Es Tarro, imponente y adusto, el que pregunta. Federico levanta la vista. Detrás de Tarro ve el compacto grupo de los otros muchachos. Palidece.
- Te pregunto quién te dio permiso para pescar aquí
- insiste Tarro, y lo pone de pie, brusco.
- Es el río
- contesta el otro.
- Sí, ya se que es el río; pero en el río no pesca quién quiere, sino quien paga impuesto.
- Impuesto?
- Sí, vengan veinte centavos si querés seguir pescando aquí.
- Pero...
- No hay pero que valga. ¡O pagás o no te dejamos pescar nunca más en tu vida!
- amenaza Tarro. Facón agrega:
- O pagás o te tiramos al agua.
- Pagás?
- Tarro estira la palma de su mano derecha. Federico saca las monedas y las pone en la mano del muchachote.
- Ya sabés
- dice éste
-, veinte centavos todos los días, si no, ¡chau pesca!. Transcurren cuatro días. Bocha entrega los veinte centavos por la tarde a Federico, y éste, dándoselos al que se presenta a cobrarle el impuesto por pescar, se los devuelve a la mañana siguiente. Pero a Cuatrojos se le ocurre, y propone:
- Se me ha pasado otra idea por el mate, muchachos: Y si en vez de veinte centavos, le cobramos treinta a Federico? Tendríamos una ganancia...
-¡No!
- lo interrumpe Aldo, y este rotundo ¡no!, dicho con indignación cortante, se lleva la voluntad de los otros. La "otra idea" de Cuatrojos naufraga. Pero como si el comerciante Cuatrojos y el chantajista Federico tuviesen un mismo cerebro, una mañana Bocha llega con la novedad:
- Saben lo que ocurre, muchachos? Ayer Federico me amenazó con decirlo todo a sus padres si no le daba cuarenta centavos en vez de veinte.
- Y qué pensás hacer?
- ¡ Dárselos, pues!
- No le des nada. Crees que él se va a exponer a perder los veinte que ya tiene seguros?
- Tengo miedo, es capaz de hablar, como él devuelve a ustedes lo que yo le doy, se queda sin ganancia.
- ¡Muy fácil!
- habla Cuatrojos
-, dale los cuarenta por su chantaje; nosotros le cobraremos cuarenta por el impuesto. Dos días más.

Una tarde, a Federico no se le encontró en el lugar de costumbre.
- Habrá renunciado a la pesca para quedarse con los cuarenta centavos?
- dice uno.
- O habrá cambiado de sitio?
- dice otro.
- ¡Eso sí, estoy seguro!
- afirma Cuatrojos
- ¡Busquémoslo! Los diez muchachos se dividen en cinco bandos y se lanzan a norte y sur, a recorrer la orilla del río. La comisión compuesta por Carozo y Mandinga da con él, en un juncal, semioculto.
-¡Vengan los cuarenta del impuesto!
- le grita Mandinga, y alarga la mano. Federico pone en ella las cuatro monedas de diez centavos; pero habla, quiere pactar:
- Ustedes son los del club "Muchachos del Sur", eh?
- Sí.
- Son amigos de Otto Rilke, ese que le llaman Bocha?
- Sí.
- Es el zaguero del ala derecha.
- Bocha es el novio de mi hermana Gretchen.
- Y con eso qué nos decís?
- Que si él es el novio de mi hermana y es del club de ustedes, podrían no cobrarme el impuesto.
- ¡Adiós! Y no te escondás porque te encontraremos. Caroso y Mandinga se apartan. Federico queda desconcertado.

Otros dos días.
- Muchachos
- dice Bocha
- traigo una noticia. ¡Un notición! Rompí con Gretchen. Era una canalla como el hermano. ¡Me engañaba! La vi con otro.
- Mejor para vos, Bocha. Esa chica y el hermano te iban a dar muchos dolores de cabeza.
- Y ahora?
- Qué hacemos con Federico?
- ¡Sigámosle cobrando el impuesto, pues!
- ¡Sería un robo!
- Tengo otra idea.
- Cuál?
- Que delante de todos, Bocha le pegue dos cachetadas, bien fuertes.

Aprueban. Esa tarde, Bocha, a la cabeza del grupo, se adelanta hacia el chiquillo. Este se pone de pie, alarmado. Y habla:
- No tengo los cuarenta centavos hoy. Bien sabés, Bocha...
- ¡Silencio!
- le grita éste
-. Vengo para decirte, delante de todos, que sos un chantajista y que tu hermana es lo que es. ¡Y que no la quiero más! Ahora yo te debería dar dos cachetadas fuertes. Le acaricia ambas mejillas, nada más. Y se da vuelta. Los otros aguardan.
- Y, no le pegás?
- pregunta Cuatrojos.
- ¡No!
- responde Bocha, y se aleja
- Puedo seguir pescando? - pregunta Federico. Nadie le responde, pero como han comenzado a caminar detrás de Bocha, él se sienta en el césped, coge su caña y tira el anzuelo. Su cara expresa una felicidad radiante.