narrativa

EL CONDENADO A MUERTE

I

Agitado, Sandia trae la nueva, la mala nueva:
-¡Muchachos, me ocurre algo terrible, algo espantoso!... Y la voz se le rompe. Después, semisollozando, cuenta: su perro Iberá va a morir. Lo va a matar Mister Williams, el inglés que vive enfrente de su casa. ¡Pobre Iberá!...
- clama el muchacho, y llora.
-¡Explicate! ¡No llorés! Mientras el perro viva, hay esperanza de salvarlo...
- le dicen varias voces. Sandia levanta los ojos turbios de lágrimas y recorre el círculo de compañeros que lo rodea. Lee en sus caras el deseo de ayudarlo. Se anima. Sigue narrando lo que ocurre: Mister Williams es ese inglés jubilado del ferrocarril que vive dedicado a emborracharse. Después del mediodía ya no se puede hablar con él, ya está borracho. Viudo y viejo, vive solo, en un chalet, sin más compañía que Chuzo, un indio viejo, su criado, también un borrachín notorio. Con esta diferencia: Mister Williams se emborracha con whisky y Chuzo con caña. Y esta otra diferencia: sereno, Chuzo es un indio duro, de mirada salvaje; pero borracho se transforma en cordial y dócil. En cambio, Mister Williams, cortés y humorista por la mañana, cuando está sereno, pasado el mediodía es un hombre irascible, tiránico. Expuestos los antecedentes de sus protagonistas, Sandia se interna en el drama que lo atribula: su perro Iberá, que él ha criado desde cachorro, un perro que encontró tirado entre los juncales del río, molestaba, según parece, a Mister Williams en su sueño. Iberá es un perro guardián, ladrador incansable. Varias veces Mister Williams ofertó comprarlo. Se le rechazó siempre. Primero ofreció cinco pesos, después siete, nueve, trece. Llegó hasta quince pesos. El padre y la madre de Sandia se negaron siempre. Ellos también querían al perro. El inglés, impávido ante las negativas, continuó ofertando: diecisiete, diecinueve, veinte pesos. Ayer, Tomás, el padre de Sandia, después de emborracharse, porque él también, a pesar de ser marinero y verse por esto restringido, de vez en vez se emborracha: después de emborracharse, Tomás, a escondidas de su mujer y de su hijo, llevó él mismo a Iberá y lo vendió al inglés. Recibió los veinte pesos y continuó emborrachándose. Sandia supo esto por Chuzo, el viejo indio criado del inglés. Ablandado por la bebida, Chuzo, el salvaje, contó al desesperado niño lo que ocurría. Y más aun, algo terrible...
- ¡Terrible, espantoso!
- grita Sandia, y llora.
- Seguí contando. Todavía tu perro vive. Mientras viva, podemos hacer algo por él
- lo consuelan sus compañeros. Sandia continúa: el perro está condenado a muerte. Mister Williams ha decidido matarlo. No lo ha hecho todavía porque, contra su costumbre, hace más de veinticuatro horas que está sereno, sin emborracharse. En cuanto se emborrache lo matará.
- ¿Qué pueden hacer, muchachos, para salvar a mi pobre perro? ¡Pobre Iberá! ¡Lo vieran cómo me recibía siempre! Saltando, moviendo la cola. Parecía que adivinaba cuando yo iba a llegar y corría a esperarme en el portón. Yo le había enseñado a pararse en dos patas, a saltar por un aro igual que un perro de circo... ¡Pobre Iberá! ¡Mi querido Iberá! Si él muere, yo me tiro bajo un tren...
- ¿Y tu madre, Sandia? Pensá que tenés madre
- le dice Bocha.
- No llores, algo haremos
- habla Aldo.
- Propongo, interviene Cuatrojos, activo
- que vaya una comisión, nosotros tres, por ejemplo, Aldo, Gol y yo...
- ¿Adónde?
- A ver a ese Mister. Le pediremos el perro. Le haremos ver que Sandia puede suicidarse...
- ¡Vamos!
- lo interrumpen Aldo y Gol
- Es de mañana y hallaremos al inglés sin whisky todavía. Allá van. Adelante, los de la comisión, detrás la pandilla. Sale Chuzo a recibirlos:
- ¿Qué quieren aquí?
- Queremos ver a Mister Williams.
- ¿Para qué? Es un asunto grave.
- ¿A que es por lo del perro? Si es por lo del perro, están amolados. El perro está condenado a muerte. Ya entró en capilla. Yo mismo lo fusilaré mañana, antes del amanecer, como se hace con los desertores y los criminales
- y enseña la culata de un revolver. Ese perro no es ni desertor ni criminal.
- Si han venido a discutir, no les abro la puerta.
- No, hemos venido a pedir, a suplicar
- explica Cuatrojos, intentando ablandar al indio.
- ¿Y van a entrar todos? ¡No!
- Entraremos tres, nada más
- dice Aldo, y le estira un papel de un peso. Esperen, voy a preguntarle a Mister Williams si quiere recibirlos. Vuelve, entreabre la puerta de hierro, y dice:
- Pasen tres nada más. Aldo, Gol y Cuatrojos se dirigen hacia el chalet. Los demás se apelotonan ansiosos, junto a la puerta que Chuzo cierra con llave y tranca. En el vestíbulo del chalet Mister Williams los recibe. Es un viejo alto, de rostro color ladrillo, correctamente trajeado. Se inclina cortésmente, y habla con dificultad sajona:
- Buenos días jóvenes. ¿Podría saber a quiénes tengo el gusto de recibir en mi casa? Aldo presenta a sus compañeros, y se presenta:
- Osvaldo Erickson, Jacobo Piritz, Aldo Declane...
-¡Muy honrado!
- responde el inglés, y va dándoles la diestra
-. Tomen asiento. Ahora, ¿el motivo de esta grata visita? Cuatrojos habla:
- Veníamos por el perro...
- El can es mío
- interrumpe el hombre
- Yo lo compré a su dueño. Aquí está el recibo. Veinte pesos. Firmado: Tomás Pérez, marinero de la subprefectura del puerto de Laureles. Ya ven: todo en regla, de acuerdo a las leyes. Mis derechos de propiedad sobre ese can son indiscutibles. Y son absolutos. La esclavitud del animal no se ha abolido todavía.
- Sí, pero...
- ¿Hay alguna objeción que hacer? ¿El dinero mío, que yo he pagado al dueño del can, era falso, por ventura?
- No, señor... Aldo explica:
- Pero usted no le compró el perro a su dueño.
- ¿No era el señor Tomás Pérez? ¡Oh, lo haré encarcelar, entonces!
- El dueño es el hijo.
- ¿Quién?
- ¿Ve aquel chico negro que está allá en la puerta?...
- ¿Y qué edad tiene ese propietario?
- Doce años.
- La ley no le autoriza a poseer nada aún. Todo lo de él es de su padre. El can, por lo tanto, es mío. ¡Bien mío! Yo he entregado mi dinero por él. Los muchachos se miran, absortos. ¿Qué contestar? El inglés, como dando por terminada la entrevista, se incorpora, enciende su cachimba y, flemático, aguarda a que se despidan. Habla Gol, torpemente, voz de súplica:
- ¡Nosotros quisiéramos pedirle! ¡Que no matara al perro!
- ¡Ese perro es un delincuente!
- responde Mister Williams
-. Ese perro ha molestado mi sueño, ha sido el perturbador de mi tranquilidad durante meses. Ahora se halla en mi poder, ¡y yo lo mato! ¡Morirá mañana!
- Puede hacerlo sacar del pueblo, llevarlo a otro sitio...
-¡No!
- ¿Por qué, señor?
- Porque necesito vengarme de él. ¿Qué hace la sociedad con los criminales? Podría encerrarlos en una isla, lejos. ¡No! Los mata. ¡Se venga!
- ¿Vamos?
- dice Aldo a sus compañeros. Y se da vuelta. La vista del hombre le repugna. Gol, en cambio, insiste:
- ¿Usted sabe, señor, lo que va a sufrir aquel chico?
- ¿Y yo no he sufrido, acaso? ¡Las noches en vela que me ha hecho pasar el ladrido de ese maldito can! ¿O mi sueño no es respetable, como el cariño de ese muchacho por su perro?
- ¡Vamos!
- repite Aldo, y comienza a salir, sin saludar.
- Joven
- lo detiene Mister Williams
- ¿usted se va enojado? Aldo lo mira, sin responder.
- Usted comprenda, señor...
- intenta explicar Cuatrojos
-. ¡Pobre Sandia! No ver más a su perro...
-¡Bien!
- resuelve Mister Williams
-. Para que no me supongan un déspota, un Juan Manuel de Rosas de los perros, puedo permitir que ese chico se despida de su antiguo can. ¿Qué dicen?...
- Bueno
- responde Cuatrojos.
-¡Chuzo!
- grita el inglés
-. ¡Traiga un whisky! No los invito, jóvenes, porque en mi casa sólo tengo whisky y sería inmoral invitar a menores con una bebida alcohólica. ¡Chuzo! Aprovechando su alejamiento, Aldo aprieta las palabras entre los dientes, y ruge:
-¡Si pudiéramos robarle el perro!
- ¡Imposible! La verja es alta, tiene puntas. La puerta está cerrada con llave y tranca con candado. Además, el indio y su revolver... En aquel momento vuelve a entrar Mister Williams, precediendo a Sandia.
- Pasen, jóvenes. Los muchachos lo siguen. Llegan al garaje. Allí está Chuzo aguardando.
-¡Abra!
- ordena el inglés. El criado descorre una tranca con llave. Aparece el perro, encadenado. Al ver a Sandia da un brinco de alegría. Ladra, gozoso. Se desespera por llegar a él.
- ¡Ese ladrido!
- ruge Mister Williams, con las manos en la cabeza y una expresión de odio terrible. Sandia se precipita sobre su can. Lo abraza, lo besa. El perro le lame el rostro, las manos. Es una despedida en silencio, conmovedora. Gol y Aldo se miran expresivamente. Ambos tienen los ojos llenos de lágrimas. Cuatrojos, muy serio y muy pálido. El inglés, de espaldas al grupo, habla con el indio. Sandia Solloza. Por lo bajo, casi imperceptiblemente, habla:
- ¡Querido Iberá! ¿Será cierto que vas a morir? ¡Yo te quiero mucho! ¡Vos me querés mucho! ¿Por qué vas a morir, entonces? Yo una vez tenía un hermano recién nacido. Murió. No lo sentí como te siento a vos. No lloré. Y por vos voy a llorar todos los días, toda la vida voy a llorar por vos, Iberá querido... ¡Iberá!
- ¡Bueno! ¿Ya se han despedido?
- interrumpe el inglés.
- ¡Todavía no, no, no!
- clama el niño, y besa desesperadamente a Iberá en el hocico.
- No podemos estar aquí todo el día entre besos y llantos, como hacen las mujeres, protesta Chuzo.
-¡Adiós, Iberá; adiós, mi alma; adiós, hermano; adiós, querido de mi vida! ¡Precioso, lindo, idolatrado!...
- Sandia busca epítetos, los más tiernos, para el condenado a muerte. Mister Williams hace una mueca a Chuzo, y éste interrumpe la despedida. Arranca al muchacho, lo empuja hacia la puerta. Desde aquí, Sandia se despide:
-¡Adiós, mi querido, adiós para siempre!... El llanto, estruendoso, convulsivo, le impide seguir hablando. Y deja caer la cabeza sobre el pecho de Gol, que lo abraza. Van alejándose. Aldo, muy serio, se planta frente al inglés. Este intuye el mudo reproche del niño. Pregunta:
- ¿Qué? Aldo habla:
- ¿Tiene derecho de hacer sufrir de esa manera a un chico?...
- Bueno, dice Mister Williams
-, pactemos. Yo he pagado veinte pesos por ese animalucho; si ustedes se comprometen a llevarlo lejos de mi casa, que yo no lo vea ni oiga nunca más, y me devuelven los veinte pesos...
- Nos da?...
- lo interrumpe Aldo, radiante.
- Si.
- ¡Hoy mismo le traemos su plata! ¡Muchachos
- grita
-, se salvó Iberá!
- Piensen a lo que se comprometen: yo no quiero ver ni oír más a ese maldito perro. Yo guardaré el recibo. Si ustedes lo vuelven a traer a la casa de Tomás Pérez, acuso a éste de robo. Es un marinero y la cosa le puede costar bien cara...
- Le prometemos Mister, que usté no verá nunca más en su vida a ese perro, aunque usté viva cien años... Interviene Chuzo:
- Me parece, patrón, que usté hace una macana, una gran macana.
-¡Usted cierra su trompa!
- le grita el inglés, severo
-. ¡Yo soy el amo! Donde manda capitán no manda el fogonista del buque. ¡Vayan, muchachos, traigan el dinero!... Ya los cuatro chicos están en la puerta junto a los demás, y enterándolos, bulliciosamente conmovidos.
- ¿Veinte pesos? ¡Mucha plata!
- opina Patasnegras.
- ¿De dónde sacarlos?
- pregunta Carozo.
- Pidámoslo a nuestros padres
- dice Flauta.
- Si yo le pido a mi padre me da una paliza
- se plañe Facón. Y
Aldo:
- Yo también, estoy seguro. Y si lo pillo con plata en la cartera es capaz de darme los veinte pesos, no bien le diga para qué los necesito...
- Yo vendo un libro de cuentos de Grimm, ilustrado...
- ¿Le saco del cajón a mi viejo?
- insinúa Caroso.
- El único que no debe poner ni un centavo es Sandia
- himna Bocha, satisfecho
-. Es un regalo que te vamos a hacer, Sandia, eh? Sandia llora, pero de emoción, ya no convulsivamente desesperado. Y el grupo se desparrama. Son las once y media del día. Se ha convenido encontrarse a las quince en la esquina del chalet de Mister Williams. Van llegando primero Flauta y Tambor, los hermanos gemelos: traen un peso cada uno. Su relato ha conmovido a la madre. Tarro se les aproxima. Trae otro peso: como es repartidor de leche, al pagar no falta clienta que le dé unas monedas de propina. Tarro tenía guardado un peso. Facón llega acompañado de Grasa y Pisicaca. Traen un peso y medio.
- Aquí hay tres pesos
- grita Gol, llegando triunfante. Patas Negras aparece acompañado de La Chinche.
- Esta quiere poner también. ¿Se le permite?
- ¿Y por qué no?
- Como es mujer...
- Yo pongo cincuenta centavos
- grita La Chinche
- Bien. ¿Y vos, Patas?...
- Yo otros cincuenta.
-¡Macanudo! Tarro, que va recibiendo la plata, cuenta:
- Son dos, tres, cuatro y medio... Ocho pesos y medio. Allá viene Bocha. Viene alegre. Estoy seguro que trae...
-¡Cinco pesos!
- himna Bocha
- ¡Me dio cinco pesos por los cuentos ilustrados de Grimm ese canalla del librero!
- Cinco y ocho y medio son trece y medio
- suma Tarro. Se aproxima Carozo:
- Yo no pude sacar más que cincuenta centavos del cajón al viejo.
- ¿Se los aceptamos?
- pregunta Bocha.
- ¿Por qué?
- Es producto del robo.
- ¿Y vos no vendiste un libro?
- Fue un libro que me regalaron a mí, el día de mi cumpleaños.
- Todo lo de un menor de edad no es de él, es del padre, dijo el mister. Por ahora, le aceptamos los cincuenta a Carozo. Miren quién viene allá...
- Boinablanca. ¿Quién le avisó a ese?
- Yo
- dice La Chinche
- Boinablanca trae otro peso.
- ¡Son quince!
- grita Tarro
- ¡ya podés dar por salvado a tu perro, Sandia!
- y lo palmotea. El niño negro deja ver todos los blanquísimos dientes abriendo la más simpática y jubilosa de sus sonrisas. Quintín, el primo de Sandia, no ha querido dejar de traer algo. Poco, porque es pobre: veinte centavos, nada más. Pero se le recibe con aleluyas, como si trajera los veinte pesos. Y Flauta dice:
- Yo te completo el peso, Quintín. Tenía estos ochenta centavos para el cine. No voy, ¡y chau!
- Van dieciséis pesos. Aparece Cuatrojos.
- ¿Cuánto traés?
- Apuesto
- responde Cuatrojos, petulante, mientras hunde la mano en el bolsillo
- a que soy el que pone más.
- Aquí, el que pone veinte centavos vale tanto como el que pone veinte pesos
- sentencia Gol.
- ¡Eso es charla, che! Eso será en teoría. En la práctica, veinte pesos valen más que veinte centavos.
- Bien. ¿Cuánto traés?
- ¡Traigo diez pesos! Cinco me dio el viejo y cinco la vieja.
- ¿No te habrán dado diez cada uno y te guardaste diez?
- pregunta Tarro, maliciosamente. Cuatrojos se pone muy grave.
-¡Te digo en broma! Bueno, muchachos, hay veintiséis pesos. ¡Se salvó Iberá!
- Un viva por Iberá?
-¡Viva!
- gritan todos.
- ¿Tres vivas por Sandia?
-¡Viva, viva, viva!...
- ¿Vamos a libertar al perro?
- ¿Y Aldo? No ha llegado Aldo todavía...
- ¡Mejor! Así cuando viene recibe una sorpresa.
-¡Vamos! Chuzo los recibe, es otro hombre. La mirada se le ha dulcificado. Los recibe sonriente, cordial:
- Buenas tardes, muchachos. Quieren ver al mister? Y les franquea la puerta enseguida.
- ¿Todos?
-¡Pasen todos! Allá lo van a encontrar, en el vestíbulo. Más borracho que Noé. Cómo puede tomar tanto whisky? ¡Así fuese caña! La caña es crioya, ¡pero ese whisky con gusto a kerosene!... Los muchachos, en apelotonado y presuroso grupo, ya están en el vestíbulo, frente a Mister Williams. Han convenido en que Boinablanca, por ser el más alto y el de frase más ceremoniosa, le hable.
- ¿Qué desean?
- Aquí traemos los veinte pesos que usté pagó...
- ¿Por el perro?
- Si, señor.
- ¡Retírense!
- ¿Cómo? ¿No dijo usted?...
-¡Salgan de mi casa! Un abejeo de protestas. Los muchachos se resisten. El inglés, rojo de cólera, se pone de pie y grita:
-¡Fuera, fuera, fuera!...O voy a traer un Winchester y vana hacerle compañía al can... Entra para buscar el arma. La pandilla se apresura a salir, atropellándose los unos a los otros. Desde la puerta ven al inglés en el vestíbulo, con el Winchester en las manos,
- ¡Váyanse, chicos!
- aconseja Chuzo
- ese bruto cuando se mama es capaz de matar a Dios...
- Entonces, ¿qué hacemos?
- No sé. Por ahora, váyanse. Yo lo conozco al mister. Borracho es una fiera. Eso le pasa por mamarse con whisky. La caña, en cambio... ¡Váyanse! Ahí viene... Mister Williams, medio tambaleándose, sin dejar el arma, se dirige hacia ellos. Desaparecen. Ya en la esquina, encuentran a Aldo.
-¡Aquí están los veinte pesos! Tardé porque papá no los tenía. Tuvo que ir a Buenos Aires a casa de un amigo de él para que se los prestara. ¡Vamos a libertar al perro!
-¡Si supieras lo que ocurre!
- comienza Sandia, y el llanto no lo deja seguir.
- ¿Mató al perro ese bruto?
- No...creemos que no, aunque dijo: "Van a hacerle compañía al can", y nos amenazó con un fusil... El llanto de Sandia se hace desesperante.
- Está borracho, eh?
- Sí.
- ¡Claro! Ocurre lo que Sandia dijo: borracho, se convierte en una fiera. ¿Y Chuzo?
- También borracho.
- Entonces...
- ¡Está hecho una malva!
- Voy a verlo, Déjenme a mí. No vengan todos. Cuando vuelve, la cara de Aldo les anuncia buenas noticias. Lo asaltan a preguntas.
- ¿Qué? Hablá. ¿Lo viste? ¿Qué te dijo?...
- ¡Todo arreglado!
-¡No digas!
- El perro vive. Sandia, emocionado, se abraza a Bocha.
- El perro vive y Chuzo, esta noche, cuando Mister Williams se acueste, nos lo va a entregar...
- ¿Sí? ¿Y por qué?
- Le di los veinte pesos a Chuzo.
-¡Qué idea! ¡Sos un genio! ¡Tres vivas por Aldo!
- gritan los otros. Sandia lo abraza. La Chinche lo besa. Esa noche, sigilosamente, el grupo está en la esquina. Según ha convenido con Chuzo, Aldo ronda la puerta, sin llamar el timbre. De pronto lo ven venir.
-¡Trae el perro! ¡Trae el perro! Todos corren a él. Sandia, arrodillado, besa a su recuperado can en el hocico.
- Le he prometido a Chuzo que lo llevaríamos lejos así Mister Williams no lo oye ladrar.
- ¿Qué les parece mi casa?
- propone Tambor.
- Bien
- responde Sandia
- ¿Lo puedo ir a ver todos los días?
-¡Y cuantas veces se te antoje! Al otro día hallan a Chuzo en la playa. Está sereno, su mirada es hostil, dura:
- ¿Saben que me ocurre? El mister me echó. Se dio cuenta que yo les había entregado el perro. Por ustedes y su maldita bestia, he quedado sin trabajo. ¿Dónde voy ahora? Soy viejo, haragán, borracho... Me vuelve a tomar si le llevo el perro...
- ¡Eso no!
- grita Sandia.
- ¡Lo mataría!
- Ustedes prefieren la vida de un perro a que un cristiano se muera de hambre. ¡Muy lindo! ¡Está bien! ¡Buenos cristianos son los niños! Y Chuzo se aleja.
- Ese es capaz de andar buscándolo a Iberá para llevárselo al inglés...
- ¡Cuidado! Hay que vigilar al perro, que no salga a la calle.
-¡A otra cosa!
- grita Cuatrojos
- . Hay que arreglar varias cosas, epílogo de este asunto de Iberá y Sandia. Por ejemplo: Nos quedan treinta y seis pesos. ¿Qué se hace con esos treinta y seis pesos?
Bocha: ¡Pido la palabra!: Caroso sacó cincuenta centavos del cajón de su padre, es un robo, que los devuelva.
Caroso: ¡Pido la palabra!: Bocha también robó. Vendió al librero los cuentos de Grimm ilustrados; que le lleve los cinco pesos y recupere el libro.
Bocha: Se ve que no conocés a Don Ramiro. Ese compra a cinco y vende a diez.
Cuatrojos: ¡A otra cosa, entonces! Gol: El padre de Aldo tuve que pedir prestados esos veinte pesos. Propongo...
Flauta: ¿Que se los devuelvan? ¡Eso estaba pensando yo! Se le devuelven.
Cuatrojos: Quedan quince pesos con cincuenta centavos.
Bocha: ¿Y si se los damos a Chuzo por haber perdido el empleo? Boinablanca: Yo propongo que con ellos formemos la caja del club. Gritan varios:
-¡Buena idea!
-¡Macanudo!
Cuatrojos: ¿Votamos? Patasnegras a la Chinche: vos no podés votar, sos mujer.
Aldo: En los países adelantados las mujeres votan. La Chinche: ¡Yo votaré! La proposición de Boinablanca triunfa, con el sólo voto de Bocha en contra. Boinablanca: ¿A quién nombramos tesorero? Por unanimidad, en él recae tan peligroso cargo.
Bocha: Una última proposición: tenemos quince pesos con cincuenta centavos. Propongo que con esos cincuenta centavos se compre chocolatines para Iberá. Se acepta, entre gritos de júbilo.
- Ahora
- grita Cuatrojos
-, ¡un viva por Sandia!
-¡Viva!
-¡Para Iberá, tres vivas!
- dice Sandia.
-¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!

II

Al día siguiente:
Bocha: Anoche estuve desvelado. No podía dormir.
Cuatrojos: ¿Estarás enamorado, che? Los sonsos que se enamoran no duermen ni comen.
Bocha: No estoy enamorado. No podía dormir pensando si soy un ladrón o no soy un ladrón.
Tambor: ¿Todavía la tenés con eso?
Facón: ¡Cómo hacés largas las cosas!
Cuatrojos: Aprendé de Caroso. El robó, ¡y tan tranquilo! Le dimos para que devolviera el dinero, ¡y tan tranquilo! ¡Supongo que lo devolviste!
Caroso: ¿A que te pego un cachetazo y te tragás la lengua?
Cuatrojos: Pudiendo...estaba una mosca en la tela de una araña. Aldo (golpea el tacho de la presidencia):
- ¡Silencio! Vamos a tratar el asunto de Bocha. ¿Es un robo o no es un robo lo que cometió Bocha vendiendo el libro?
Flauta: El libro era de él, era un regalo que le habían hecho a él. ¡No es un robo!
Tarro: Pero, ¿un menor de edad puede tener algo? Según el inglés, que ha de saber de leyes, todo lo que es de un menor de edad es de su padre.
Cuatrojos: Aquí no se trata de leyes. Aquí se trata de conciencia.
Bocha: ¡Eso! ¡Conciencia!
Aldo: ¿Qué te dice tu conciencia?
Bocha: A veces me dice que no es un robo, y a veces me dice que es un robo.
Cuatrojos: Será según el oído con que la oigas. Si la oís con el derecho, no es un robo; si la oís con el izquierdo, sí es un robo. Tapate las orejas...
Bocha: ¡No quiero chistes!
Aldo: Jacobo, si volvés a hacer chistes me voy a ver obligado a expulsarte. ¡Cuidado!
Patasnegras: Mi conciencia me diría que no es un robo.
Tambor: Yo también creo que no es un robo.
Sandia: Y yo... Gol: Y yo...
Bocha: Gracias, amigos. Carozo: Yo en cambio opino que el de Bocha es tan robo como el mío.
Flauta: Tal vez vos, Carozo, no seas sincero.
Tarro: Tal vez opines así para limpiarte un poco.
Aldo: El asunto es éste: ¿tiene un niño derecho a algo? ¿Lo que le regalan a él es de él o es de sus padres? Varias voces, tumultuosamente: ¡Es de él! ¡Es de él!
Flauta: ¿Qué opinás vos, Aldo?
Aldo: Yo opino que así como antes tenían los padres derecho hasta de matar a sus hijos y ahora no lo tienen, ¿por qué ahora los niños no han de tener derecho a poseer lo que les regalen? Todo cambia en la vida.
Flauta: ¡Muy bien, Aldo! Todo cambia.
Cuatrojos: Nosotros no debemos guiarnos por lo que opina Mister Williams. El es un viejo. Y los viejos no cambian.
Aldo: Eso decía papá ayer. Los viejos son de piedra.
Bocha: Volvamos a mi asunto. Opinen de una vez. ¿Soy un ladrón o no soy un ladrón?
Tarro: No.
Carozo: Sí, sos ladrón.
Aldo: ¡Silencio! (Y retumba su tacho presidencial.) Los que opinen que Bocha es ladrón, levanten la mano... ¡Dos manos arriba!
Cuatrojos: No, una sola. Caroso levanta las dos manos.
Aldo: ¡Bien! Está resuelto que Bocha no ha robado.
Bocha: ¡Ah! (Se sienta, gozosamente).
Caroso: ¿Entonces yo... yo soy un ladrón? ¿Pero por qué robé yo? ¡Para salvar tu perro, Sandia! ¿Y ahora vos votás contra mí? ¡Desagradecido!
Aldo: No compliquen esto. Yo opino que tampoco es ladrón Caroso. No sé si esto lo leí en un libro de Gorki o si lo oí a mi papá: cuando uno no roba para sí, no es robo, cuando uno le saca a un rico para darle a un pobre, no es robo, es una buena acción.
Caroso: ¡Lo saqué para salvar al perro de Sandia!
Tarro: ¡Pero le sacaste a tu propio padre, Caroso! Es distinto.
Facón: Hubieras asaltado a alguno en la calle para salvarlo a Iberá. Y no era robo...
Flauta: ¿Para qué insistir tanto? Ya devolvió los cincuenta centavos, no fue un robo...
Cuatrojos: ¿Fue un préstamo?
Aldo: ¡Así es! Quedamos en que ni Bocha ni Caroso son ladrones.
Flauta: Para que Bocha duerma más tranquilo esta noche, yo propongo que se le den los cinco pesos, que él se los lleve al padre...
Bocha: Si ustedes fueran tan buenos...
Boinablanca: Yo, como tesorero del club, me opongo. El dinero del club es sagrado. ¡El club antes que nada!
Varias voces: ¡Votemos! ¡Votemos!
Aldo: ¿Los que no estén por la devolución de los cinco pesos?
Boinablanca solamente levanta el brazo.
Bocha: Gracias, amigos.
Gol: Otra proposición: ¿Y si le llevamos los cinco pesos a Don Ramiro, el librero, y le contamos lo sucedido?...
Bocha: No se ablandará, yo lo conozco.
Gol: Con probar no se pierde nada.
Aldo: Tiene razón. Probemos. ¿Qué les parece si van Bocha y Gol? Se aprueba, y ya están en camino Gol y Bocha a ver el librero. Regresan desolados.
Bocha: ¿No les decía yo? Dice que el libro lo vende a quince pesos.
Facón: ¡Canalla! ¿Qué les parece romperle las vidrieras a ese ladrón? ¡Usurero!
Tambor: ¡Vamos! (comienza a llenarse los bolsillos de piedras)
Aldo: ¡Un momento! Ese es un asunto que se tratará. Por lo pronto, Bocha...
Bocha: Yo le llevaré los cinco pesos a mi padre... Facón y Tambor hablan por lo bajo. Se confabulan.
Tarro: Yo, para decirte la verdad, Bocha no hacía eso. Uno no sabe nunca qué hacer con los grandes. ¡Son tan raros los grandes! Yo dejaría en cualquier parte los cinco pesos y que tu papá o tu mamá los encontraran...
Bocha: ¡No! Yo le llevaré los cinco pesos a mi padre. ¡Y le confesaré todo!

III

Al día siguiente:
Flauta: ¿Y Bocha?
Gol: Ayer no lo vi en todo el día.
Patasnegras: Yo tampoco.
Aldo: A Bocha...
Cuatrojos: A Bocha le pasó algo malo, creo.
Tarro: Allá viene.
Flauta: ¿Y ayer?...
Bocha: Estuve en la cama, sin comer todo el día, en penitencia.
Tarro: ¿Por lo del libro?
Bocha: Sí. Mi padre se puso furioso. Si no es por mamá, me rompe un hueso...Tenía razón Tarro. Uno no sabe qué hacer con los grandes...
Tambor: ¿Con los grandes? Hacer lo que hicimos Facón y yo con ese librero canalla.
Facón: Vengan a ver la vidriera. Le rajamos el vidrio a pedradas, anoche. ¡Canalla!
Cuatrojos: Si todos anduvieran haciendo la justicia de ustedes, queriendo controlar las ganancias, no queda un solo vidrio sano.