narrativa

ANIMALES Y NIÑOS

¡Qué importancia tienen los primeros
diálogos en lo más lejano de la niñez!

AMIEL

El mate, amargo, no sólo porque es más sano y más sabroso, sino también por economía, para no gastar azúcar; va corriendo de boca en boca. Y como no se puede matear sin conversar, los muchachos conversan. Patasnegras tiene la palabra:
- No pueden imaginarse lo alegre que estoy porque hemos salvado al perro de Sandia. Estoy más alegre, ¡se los juro!, que si fuera un ser humano el salvado.
- ¿No exagerás?
- pregunta Flauta, fisgón.
-¡No exagero!- afirma Patasnegras.
- Yo soy hijo de madre árabe. Para los árabes, el caballo y el perro no son simples animales como pueden ser otros. El árabe cree que su perro, el "saluki" como él lo llama, entrará con él en el otro mundo, y si lo ha tratado mal en éste, cuando allá lo juzguen, atestiguará contra él. Si a un cachorro de perro se le muere la madre, no faltará una mujer de la tribu que le dé su leche, como al propio hijo. Cuando un árabe va de visita y lleva al perro, éste recibe las atenciones que se le dan a su amo. Y cuando un "saluki" muere, es para su amo un día de duelo, como si hubiese muerto alguien muy querido de la familia. En mi casa, hace unos años, yo era muy chico pero lo recuerdo bien, ¡no lo olvidaré nunca!, murió un perro de caza. Mi padre y mi madre lloraron los dos, juntos, como cuando murió mi hermano. Aquel perro se llamaba "Laaman" que en árabe quiere decir "mirada rápida de mujer"...Los árabes ponen a sus perros siempre lindos nombres.

- Hablando de perros de caza - interviene Facón, rápidamente, tal vez para borrar la melancolía que enmascara la faz de Patasnegras recordando a su perro
- mi padre tenía uno que se llamaba "Piccino"... Era un perro ágil, valeroso y muy inteligente. Mi papá es un gran tirador, no era bala, y el perro estaba acostumbrado a eso. Una mañana llegó un tío a casa, de visita. Y quiso salir a cazar. Mi padre le prestó su escopeta y su perro. Yo también iba. Pasó una perdiz. Mi tío apuntó, tiró, erró.. El perro se quedó mirándolo. Qué ocurría? La escopeta de mi padre no servía ya? No daba en el blanco? Yo creo que estas cosas se preguntaría Piccino... Otra perdiz. Mi tío apuntó, tiró, erró. El perro echó a correr, a buscar la pieza. Mentira le parecería a él que la escopeta de mi padre errara un tiro. Volvió cansado, con la lengua afuera, y triste. Les aseguro que traía una mirada distinta. Piccino era un perro inteligente, pero muy inteligente. Por fin, otra perdiz cruzó volando a pocos metros. Mi tío se echó la escopeta a la cara y, casi sin apuntar, atropellado, tiró. Erró otra vez. Saben lo que hizo el perro? Se dio vuelta y se volvió a casa. Inútilmente lo llamamos. Piccino se volvió a casa. Se volvió como diciendo: yo no trabajo con chambones. Piccino era un perro muy inteligente, inteligentísimo.

Habla Bocha:
- Una vez yo también salí a cazar, como vos, con un pariente que llegó a pasar unos días con nosotros. Encontró una escopeta amohosada en un mueble, la limpió, compró municiones y me dijo: "Vamos a cazar, Bocha? Me harás de perro". Acepté. " Qué vamos a cazar?, le pregunté al pariente. "Vamos a cazar gorriones" , me contestó él. Vería que yo no puse una cara muy satisfecha, porque me dijo: "Qué, acaso querrías salir a cazar pumas o tigres? Aquí no hay más que gorriones"... Salimos. Mi pariente, como el tío de tu papá, era también un gran chambón. No acertaba un tiro. Por fin, ya cuando íbamos a volvernos, hirió a un gorrión que estaba parado en un alambre. "¡Recogelo!", me ordenó, muy satisfecho de su hazaña. "Qué
- le dije
- vamos a comer un gorrión entre todos?" "No, te lo regalo", me respondió él. Yo no lo comí, por supuesto. Lo llevé a casa, lo cuidé, lo puse en una caja entre algodones. Tenía un ala y una pata rotas. Vivió tres días el pobre gorrión. Cuando murió lo enterré en el jardín y alrededor de su tumba le hice una verja con caracoles... Después de un año volvió el pariente de visita a casa. Yo lo llevé ante la tumba del gorrión. "Aquí está enterrado
- le dije
- aquel gorrión que usted mató. Se acuerda?"... "No recuerdo, me contestó, he muerto tantos gorriones!..." Quería hacerme creer que era un gran tirador. Yo estuve por decirle algunas cosas. No se las dije. Pensé que se las contaría a mi padre, y me callé. Los chicos tenemos que vivir callando. Sólo puse en la tumba del gorrión una madera con este epitafio: "Aquí yace el gorrión asesinado por Rodolfo Schulte", así se llamaba nuestro pariente. Los niños no podemos vengarnos como quisiéramos, y cuando somos grandes, o ya hemos olvidado lo que nos hicieron los grandes, o ya, como somos grandes, nosotros hacemos cosas que merecerían venganza de los nuevos chicos.
- Volviendo a hablar de perros - dice Gol- yo tuve uno que se llamaba Chocho. Era un perro lanudo, chico, de ojos como dos puntas, negros y relucientes. Cuando lo lavaba que era cuando necesitaba dinero...

- Por qué?
- pregunta alguno, asombrado.
- Ya lo sabrás. Tené paciencia. Cuando lo lavaba, digo, era, ¡les aseguro!, un perro muy lindo. Yo usaba su belleza: salía con el perro bien lavado, hecho una espuma, y con una cinta de color en el pescuezo. Vivía entonces en Mar del Plata, ciudad veraniega, como ustedes saben, adonde van los que pueden. Me paraba en una esquina, pronto pasaba un niño con su mamá. Yo le ofrecía mi perro. Barato, baratísimo: un peso. El niño se encaprichaba. La mamá le compraba el perro como si le comprase un paquete de bombones. El niño se llevaba mi perro. " Cómo se llama?", a veces me preguntaba el niño. "No tiene nombre", contestaba yo. "Es muy cachorro todavía". El niño allí mismo lo bautizaba. A "Chocho" yo he oído ponerle "Blanco", "Nieve", "Lulú"... Yo me decía: "Ponele nombre, nomás. No te durará mucho". Así era. Mi "Chocho", vivísimo, en cuanto veía la puerta de la nueva casa sin cerrar, ¡a la calle!; ¡y a casa!... Yo lo vendía de nuevo.
- Qué se te hizo "Chocho"?
- Un día no volvió más. Seguramente, el último niño al que lo vendí, ya era a fines de marzo, al terminar la temporada veraniega, se vino a Buenos Aires y trajo a "Chocho". Yo no pierdo la esperanza. Algún día encontraré a mi perro...
- Tu perro?
- interviene Tambor
-. Si lo vendiste ya no es tuyo.
- Si lo hubiera vendido por mil pesos, sí, no sería mío; pero por un peso... ¡No! El que me lo compró tan barato es un ladrón, un verdadero ladrón... Se abusó de mi necesidad.
- Y hace mucho que lo perdiste?
- Dos años, pero lo encontraré, ¡lo encontraré! Algunas tardes, cuando vienen automóviles al puerto de Laureles, yo me paseo mirando, mirando... Estoy seguro que cualquier día, ¡zas! vuelvo a encontrar mi perro. ¡Qué abrazo nos vamos a dar con "Chocho"!
- Terminaste?
- pregunta Flauta.
- Sí.
- Yo voy a hablar de los gorriones. A mí me son muy simpáticos.
- A mí, también
- interrumpe Aldo
- mi papá dice que los gorriones son comunistas. Se unen y, aunque son muy chicos, así unidos pelean contra aves mayores que no saben unirse, y los desalojan de los árboles.
- Dicen que a los gorriones los trajo Sarmiento, que también trajo maestros y maestras...
- apunta Cuatrojos
-. Y Sarmiento sabía bien lo que traía al país.
- Me quieren dejar que cuente lo que aprendí de los gorriones?
- pregunta Flauta, impaciente.
- Contá, contá.

Le dicen solícitos, y como disculpándose, sus dos interruptores. Flauta:
- Una vez, un amigo de papá que tiene una quinta en Laureles, nos dijo a mi hermano y a mí: tomen dos canastas, a ver si las traen llenas de duraznos, antes que anochezca. Tengo invitados a comer; pero apúrense porque no tienen mucho tiempo. Salimos a la disparada. Cuando volvimos, traíamos las canastas llenas. El amigo comenzó a separar de la canasta de mi hermano, las frutas maduras de las verdes. Al llegar a la mía, notó que todos los duraznos que yo traía eran maduros.
- Cómo has hecho
- me preguntó
- para acertar siempre y sacar sólo duraznos maduros? Le contesté:
- Como estábamos apurados y no tenía tiempo de andar tocando los duraznos para elegirlos, sacaba solamente los que estaban picados por los gorriones. Los pájaros no se equivocan, y menos si son gorriones. El amigo de mi padre sonrió y dijo: "Este chico va a ser algo en la vida, es observador".
- Los animales no se equivocan nunca
- deja caer, sentenciosamente, Tarro
-. La prueba está que cuando un gaucho, y no un gaucho cualquiera, un baquiano, es decir, uno de esos gauchos que conocen la pampa como yo conozco las calles de este pueblo, pierde el camino, de noche, afloja las riendas al caballo. Este lo lleva a su casa, seguro. Cómo, entonces, un gaucho no va a querer a su caballo más que a su misma mujer? Mi papá me contó que cuando él vivía afuera, cerca de Río Negro, conoció un gaucho que se llamaba Nicomedes. Era un hombre como de cincuenta años. Una noche, un mozo le robó la mujer, que era joven. El gaucho Nicomedes se desesperó, pero se desesperó porque la mujer se le escapó en su mejor caballo, en el más ligero, un overo tostado que él quería y cuidaba como si fuese su hijo único. Persiguió a los fugitivos. Los alcanzó. Les quitó su caballo y se volvio a su rancho él solo. A la mujer ni la miró siquiera.

Flauta entona:
Mi mujer y mi caballo
se han ido a Salta;
¡mi caballo es lo que quiero
mi mujer no me hace falta!

- Una vez
- comienza Sandia
- yo me empleé en la casa de un yanqui. Era para barrerle el jardín. El yanqui tenía un perro atado. Un perro de esos que llaman "policías". Yo le dije al yanqui, al verlo: "Diga, mister, sabe que ese perro no me inspira confianza?..."¡ Oh!, no tener miedo"
- dijo el yanqui
-. "No acercarse a él, pero si se acerca, decirle: ¡Fuera!... El perro se irá". Yo no me acercaba al perro. Una vez, olvidado, me acerqué y el perro me saltó. Yo comencé a gritarle: "¡Fuera, fuera, fuera!" Nada. El perro me había atrapado del pantalón y tiraba, tiraba... Tiró hasta que me sacó un pedazo, y yo disparé. Disparé pensando que en vez de un pedazo de pantalón podría haberme sacado uno de carne. Encontré al yanqui que me había oído, y venía. Le expliqué: "Yo le dije ¡fuera! a su perro, como usted me enseñó; pero ya ve, no ha hecho caso. Me rompió el pantalón"... " Cómo dice que le ha dicho?" preguntó él... Fuera?¡ Con razón no le hizo caso!. Mi perro sólo comprende el inglés. Le hubiera dicho: ¡Guetaut!" Yo me quedé mirándolo a ver si se burlaba de mí. El yanqui estaba serio, muy serio, como siempre. Me dio unos pesos para que me comprara otro pantalón. No volví más a su casa. Yo estoy seguro que se burló de mí.
- ¡Guetaut! quiere decir ¡fuera! en inglés
- explica Aldo
- se escribe: get out...
- Pero a quién se le ocurre tener un perro argentino y no enseñarle el idioma de su tierra?
- Y a quién se le va a ocurrir? ¡A un yanqui, pues!
- dice Aldo
-. Yo conozco un viejo, hace diez años vive en la Argentina, y no sabe hablar más que inglés.
- Ustedes hablan de perros, de caballos, de gorriones, y qué me dicen de los gallos? Es el animal que más quiero
- afirma Boinablanca
-. No hay animal más lindo ni más bravo que un gallo de riña. Es capaz de hacerle frente a un cóndor. Mi abuelo antes tenía gallos de riña.
- Las riñas de gallos están prohibidas, como las corridas de toros. Y hacen bien en prohibirlas
- opina Bocha
-, son crueles.
- Debieran entonces prohibir las peleas de hombres, el boxeo.
- Los hombres saben lo que hacen, los animales no.
- Crees que dos boxeadores, que se hacen boxeadores para ganarse la vida, saben lo que hacen, mucho más que un toro o un gallo? La pregunta de Aldo queda sin responder. Boinablanca continúa:
- Los gallos siempre comen poco. Las gallinas, en tanto, siempre comiendo. Cuando un gallo encuentra una lombriz o algo comestible, llama a las gallinas y les cede lo que encontró, generosamente. Las cobardes gallinas, glotonas, se atropellan y se pican para disputarse lo que el gallo les regalara. El gallo por eso es valiente, porque es generoso. Los egoístas son siempre cobardes. Una vez, en nuestro gallinero había un gallo cobarde, hasta los pavos y los patos lo corrían. Y era un gallo comilón. Disputaba a las gallinas lo que éstas encontraban. Mi abuelo lo degolló. "¡No quiero que nadie coma la carne de ese canalla!" - dijo mi abuelo, y lo tiró a la basura.
- Yo voy a volver a hablar de perros
- dice Caroso, y cuenta
-: Una vez yo tenía un perro que se llamaba "Moucho". Es una palabra gallega. Creo que quiere decir lechuza o mochuelo. Era un perro bastante bravo. Como yo estaba peleado con un muchacho más grande, no salía sin mi perro. El muchacho que me veía con él no se acercaba. Pero un día me salió al paso trayendo otro perro, según creí yo al principio. Lo trae, pensé, para pelear a mi perro. Y chumbé al mío. Pero el mío no atacó al del otro. Empezó a hacer cosas raras a su alrededor y a mover la cola. Comprendí. El muchacho se había venido con una perra. Salió ésta disparando y mi perro detrás, lo más enamorado. El muchacho grande aprovechó para pegarme un par de cachetadas. Qué me dicen de esto? No es una traición? ¡Y hablen ahora de los perros!
- Mirá
- sentenció Bocha
- eso que te ocurrió con un perro te hubiese ocurrido también con un hombre.

Flauta, siempre con una copla a flor, canta:
Ante la mujer no hay leyes,
de ella te has de precaver;
tira un pelo de mujer
más que una yunta de bueyes.

- Muchachos
- dice Cuatrojos
- ya no hay yerba, y el agua se está enfriando y va siendo la hora de comer. Antes de irnos, les voy a contar el último cuento: En mi casa había dos perros. Uno se llamaba "Diógenes", como el filósofo griego, el maestro de todos los atorrantes, y el otro "Flirt", que viene a ser algo así como amorío en inglés. Mi mamá que es literata les había puesto esos nombres adecuados. "Diógenes" era un perro sin raza, de gruesa pelambre, deforme y sin belleza alguna, era un perro de la calle. "Flirt" era un joven perro brioso, de casta danesa, de brillante pelo, con gran musculatura, ligero y temido. Jugaba por todos y todos lo acariciaban. Cuando se les daba de comer, "Flirt" engullía vorazmente, despreocupado. "Diógenes", no. Cachaciento, cogía un trozo y se iba a comerlo a un rincón apartado. Mi mamá observó esto y dijo: "Por qué un perro se entrega, confiado, a su voracidad, y el otro, recelosamente, se aleja? No es temor, pues nunca se lo ha castigado... Papá dio esta explicación: "Flirt" es un perro de raza, criado por el hombre entre mimos que se vienen repitiendo hace muchas generaciones. Es un objeto de lujo que halaga al dueño. El y sus ascendientes no conocen del hombre más que las caricias. "Diógenes" en cambio, es hijo de parias: sus padres y abuelos seguramente supieron lo que es el hambre, el frío y los palos: conocen bien la maldad del hombre. Son como esos niños que hace precoces la miseria. Por eso "Flirt" come confiadamente y "Diógenes" se aparta. Es la experiencia de muchas generaciones muertas de hambre, de frío y de cansancio, que han sabido de palos y puntapiés, la que le dice al oído: ¡Desconfiá del hombre!... Qué les parece la explicación de mi papá?

- ¡Muy buena!
- ¡Sí, mi papá es de inteligente!
- himna Cuatrojos, semi en broma -. ¡Es tan inteligente que es padre mío! ¡Hasta mañana, criaturas! Echa a correr. Todos se desbandan.