narrativa

PEDIR TRABAJO

La luz que juguetea,
feliz como un niño desnudo,
entre las hojas verdes,
es ignorante de la mentira del hombre.

RABINDRANATH TAGORE

Al retirarse los últimos parientes, Felipe se halló solo frente a la abuela. Esto era la realidad. Todo lo demás, palabras lindas, palabras de consuelo, promesas. La realidad era ésta: su soledad en la vida, frente a la abuela con sus setenta y cuatro años. Esa tarde acababan de enterar al padre muerto, joven aún, inesperadamente. Felipe y la abuela hablaron:
- Estuve contando el dinero, Felipe – dijo ella -. Hay seiscientos setenta y cinco pesos.
- Está bien – respondió el muchacho -. Tiraremos con eso hasta que yo encuentre trabajo..
- ¿Y vas a dejar los estudios?
- Sí.
- ¡Oh, no! Tu padre quería que fueses médico; toda su ambición era que no fueses un empleado como él.¡ Felipe, tenés que seguir estudiando!
- Pensá bien, abuela. Yo estoy en cuarto año. Me falta mucho todavía. Un año y medio de bachillerato, después la facultad. ¿De qué vivimos? Esos seiscientos setenta y cinco pesos nos dejarán vivir con estrechez apenas unos meses. ¿Y después?
- ¿Y después? No sé. Dios dirá.

- Dios dirá que deje los estudios. Mejor que nos anticipemos a Dios, abuela. Es necesario buscar trabajo desde mañana mismo. Tengo dieciséis años. Ochenta o cien pesos me han de dar… La abuela, llorando, lamentábase:
- ¡Tu pobre padre que soñaba con verte médico!... ¡Tu pobre padre!

Fue preciso tragar lágrimas, lamentaciones y sueños. La vida es impasible. Tiene cara de piedra y mano de hierro. No se conmueve. ¡Era imprescindible dejar los estudios y trabajar! ¿Dónde? ¿A quién recurrir? La abuela levantó una exclamación de júbilo. Entre sus recuerdos había hallado un nombre: el del Dr. José María Ural del Cerro, diputado, político influyente, ex condiscípulo del padre de Felipe.

- En cuanto me vea se acordará de mí. ¡Cuántas noches ha comido en casa cuando estudiaba! Recuerdo que era loco por el chocolate y tostadas con manteca. Ellos estudiaban, pero al llegar las once, comenzaba a preguntarme: ¿Y, Misia Rosaura, esta noche no hay chocolate? ¡Le gustaba tanto el chocolate que yo hacía! Estoy segura, en cuanto me vea me reconoce. ¡Claro! Hace como quince años que no me ve; ¡pero no importa! El también ha sido pobre. ¡Cómo ha subido ahora! Recuerdo cuando mi muchacho no quiso estudiar más; él lo aconsejaba: ¡Estudiá! ¡Estudiá! Tenía razón, si… Lo iremos a ver, Felipe. Mañana mismo. Iremos al Congreso los dos. Tu padre no lo quiso ver nunca, porque tu padre era muy altivo, no le gustaba pedir nada a nadie; ¡pero habían sido tan amigos! Estuvieron en la revolución juntos, después, tu padre, dejó la política como dejaba todo; él siguió. Ya lo ves, ahora es diputado, hasta suena para ser ministro. ¿Qué le puede costar darte un empleo cualquiera? Lo iremos a ver mañana mismo. ¡Era tan sencillo, tan campechano, tan simpático! Ya verás como enseguida se acuerda de mí.

Fueron al otro día. Abuela y nieto cohibidos, llegaron a la puerta del Congreso. Los recibió un ordenanza, les tomó el nombre. Volvió con la respuesta:
- El señor diputado está en sesión pero dice que vaya mañana a la mañana por su casa. Aquí está la tarjeta.
- ¡Muchas gracias, muchas gracias! – exclamó la viejita, alborozada. Y ya en la calle, al nieto: - ¿No te dije, Felipe? Ya ves como me ha recordado en seguida. Estoy segura que mañana mismo te emplea. Y fueron a la casa. El doctor José María Ural del Cerro vivía en un palacio. Los recibió un portero encartonado en una levita con galones. Este llamó a un mayordomo. Aguardaron unos minutos y se les hizo pasar a un salón. Allí, abuela y nieto se sentaron en sendos mullidos sillones, sin atreverse a hablar. Sin respirar, casi. Y aguardaron media hora.

Un sirviente les explicó:
- El doctor está con el peluquero.

De pronto apareció él. Era un hombre grueso, bien conservado, con un principio de calvicie. Usaba bigotes a lo Carlitos Chaplin. Vestía yaqué claro, polainas y guantes blancos. Felipe observó todo esto rápidamente. La abuela sólo atinó a ponerse de pie, emocionada hasta temblarle la voz. El diputado la recibió efusivamente, gritó desde la puerta:
- ¡Mi querida Misia Rosaura! ¡Qué alegría verla! Le juro que ayer, si no hubiese sido porque se trataba de una sesión muy importante, dejo el recinto y salgo a verla. ¡Siéntese! ¿Y este joven?

La abuela quiso hablar y no pudo. La alegría de su corazón simple se rompió en sollozos, como un cristal al fuego.
- ¿Llora Misia Rosaura? ¡No!
- Lloro de alegría – pudo explicar ésta -. Lloro de verlo tan bueno a usted. De ver que no ha olvidado a los viejos amigos.
- ¿Y cómo voy a olvidarlos, Misia Rosaura? ¡No! ¿Se acuerda del chocolate a las once con tostados con manteca?
- Sí, doctor, sí…
- ¡No me llame doctor! Ya ve cómo la llamo a usted, Misia Rosaura. Llámeme como antes: José María, nada más. José María, como cuando iba a su casa, a estudiar.
- No me atrevo, no me atrevo, doctor…
- ¡Qué Misia Rosaura, siempre tan tímida! ¿Y Juan? ¿Siempre tan chúcaro, sin dejarse ver por los amigos?
- ¿Qué? ¿No supo? ¡Murió!
- ¿Murió? ¡Pobre Juan! ¿Cuándo murió?
- Antes de ayer.
- ¿Y por qué no me dijeron nada? Hubiese querido acompañarlo. Fue mi más querido amigo de estudiante.
- Ya lo sé, doctor, ya lo sé… Yo se lo decía a Felipe, mi nieto, el hijo de Juan…Este es el hijo de Juan.
- ¡Ah, este joven!... Es la misma cara de Juan, sí.
- Yo se lo decía, doctor. En cuanto me vea, me reconoce…

Y la abuela volvió a llorar; pero ya estaba animada, y pudo comenzar a explicarse. El no la dejó concluir:
- ¿Un empleo para este joven? ¡Y cómo no! ¡Hoy mismo me ocuparé del asunto! Casualmente ahora voy a ver al ministro del interior. Le pediré el empleo. Déme su nombre y dirección. Cuando tenga algo les escribiré.
- No, doctor, yo puedo pasar por aquí…
- ¡Qué esperanza, mi querida Misia Rosaura! ¡No faltaba más que usted se molestase! Yo mismo iré a llevarle el nombramiento. Le buscaré algo para que pueda continuar los estudios. En este país, amiguito, el que quiere ser algo tienen que ser doctor.
- ¡Muchas gracias, doctor. Es demasiado bueno usted.
- ¡Qué va a ser demasiado, Misia Rosaura! ¿Vamos saliendo? ¡Estoy apurado! A la una me espera el ministro, y antes tengo que hacer otras diligencias… ¿Para dónde van? Los llevo en mi automóvil…
- No, de ninguna manera, doctor.
- Bueno, Misia Rosaura, hasta la vista. Adiós – les dio la mano fuertemente -. Este muchacho es igual al padre, callado como él. ¡Adiós!

Abuela y nieto quedaron en la acera viendo desaparecer el automóvil.
- ¿Qué te había dicho, Felipe? ¿Tenía razón o no? ¿Has visto qué bueno, qué cariñoso? ¡Y qué simpático!
- A mí me es antipático, abuela.
- ¡Oh, no digas disparates, muchacho! Ya verás, mañana mismo estás empleado. ¡Vení!
- ¿Adónde vas?
- Voy a la capilla, a darle gracias a Dios.
- Vamos a casa…
- Vos no recés, vos quedate de pie. Yo voy a rezar por los dos. ¡Vení!
Felipe se arrimó a una columna. La abuela, de rodillas en el suelo, rezando, lloraba otra vez.

* * *

Transcurrió una semana. El cartero siempre pasó de largo. A veces, parado en la puerta, Felipe lo veía aproximarse, casi estiraba la mano al llegar él; pero el cartero nunca tenía nada para ellos. Siguió yendo a clase. El doctor le había prometido un empleo con el cual podría estudiar. Todas las mañanas llegaba Felipe preguntando:
- ¿Y, abuela?
- Nada, hijito.

Silenciosos, se sentaban a comer. Silenciosos y apesadumbrados. ¿Por qué ocurría aquello?
- ¿Se habrá olvidado el doctor, abuela?
-¡Imposible!
- ¿Y entonces?
- No se.

Decidieron ir a verle. Los recibió el mayordomo, quien, a cabo de esperar un largo rato, les dijo que el doctor no podía recibirles, que estaba con varios senadores y diputados, ocupadísimo, que ya había pedido el empleo, que volvieran dentro de quince días… Salieron otra vez, abuela y nieto, con el corazón caliente de esperanza. A la abuela, la ilusión no la dejaba reflexionar; entregábase a ella, sencillamente. Felipe, que iba meditando, dijo:
- Esta vez no nos prometió escribir, nos dice que volvamos.
- ¡Pero, hijo! – protestó la abuela -. Todavía que te va a dar empleo, exigís…
- No, yo no exijo nada, abuela. Volvamos dentro de quince días…

Y volvieron. Pero el doctor no estaba. Fueron a verle al Congreso, les mandó decir con un ordenanza que no tenía novedad. Salieron desolados, aturdidos. Y Felipe, en la esquina del Congreso, gritó:
- ¡Yo no vuelvo más!
- ¡Hay que tener paciencia!
- ¡Yo no vuelvo más!
- Vendré yo sola, entonces.
- No vengas más, abuela.
- ¿Y qué vamos a hacer? Al fin nos quedaremos sin un centavo…la plata se gasta, y…
- ¡Yo sé, abuela! ¡Ya verás!
- ¿Qué, qué?...

Y el muchacho le confidenció su plan: ya no iría más al colegio. Esa misma tarde, en el taller del padre de un condiscípulo, entraría de linotipista… La abuela se dobló a llorar.

- ¡No, no, Felipe, no! ¡Si te viese tu padre, él quería hacerte médico! ¡Si te viese tu padre!
- Quizás le gustaría más verme de linotipista que verme yendo a mendigarle a ese doctor… ¡Es una vergüenza pedir trabajo como si se pidiera limosna!
- ¡No importa! Yo seguiré yendo. Yo no tengo vergüenza. ¡Yo iré! Y ya verás como ha de cumplir. Si no te ha dado, estoy segura, es porque no ha podido. ¡Estoy segura!
-¿Cómo no va a poder, un diputado oficialista, que va todos los días a la Casa de Gobierno?... ¡No me da porque no le importa nada de nosotros!
- Tendrá muchos pedidos y pocos puestos…
- Y los que tiene serán para satisfacer sus compromisos del comité… ¡Qué le importa a él de la madre y del hijo del que fue su compañero de estudios!
- ¡Cómo hablás, Felipe, parecés un viejo! Ya ves yo: tengo setenta y cuatro años y tengo esperanzas…Creo que los hombres no han de ser tan malos como vos lo suponés…
- ¡Abuelita, abuelita! Vos tenés setenta y cuatro años pero sólo has vivido quince.
- ¡No te entiendo, chico! - Yo, desde que lo vi al doctor, no esperé nada de él.
- Pero, ¿por qué?
- No sé, no sabría decirte.
- Ya verás como te has engañado, yo volveré.

Cada quince días la abuela se presentaba en el palacio del doctor. Nunca consiguió verle. El portero engalonado le respondía invariablemente:
- El doctor no está.

Felipe seguía yendo al taller como aprendiz.
- ¿Pero a qué hora está el doctor? – preguntó la abuela, ya cansada de recibir por cuarta vez la invariable respuesta.
- ¿A qué hora? – dijo el portero -. No sé. No tiene horas fijas. Vaya a verle al Congreso.

La abuela fue al Congreso inútilmente. Allí no podía recibirla, estaba muy ocupado. Decidió escribirle una carta. Con su letra torpe y temblorosa, le escribió una larga esquela. No le hacía reproche alguno. Súplicas y recuerdos la coloreaban. Pintábale su situación, cómo veía diariamente desaparecer aquellos seiscientos setenta y cinco pesos que dejó el hijo al morir. El abismo de zozobra que se abría ante ellos. Le narraba cómo se había estrechado, mudándose a una pieza…

No le decía ni una palabra del nieto, estudiando de linotipista. Esto la avergonzaba. ¡Ella que lo ensoñara médico! Se le apretaba el corazón cuando lo veía regresar con las manos manchadas, descuidado el traje. De esto no podría decirle nada. Hubiese sido demasiado. Y terminaba la carta olvidando el tratamiento de doctor: “José María, piense en Dios, piense en mi hijo Juan que lo está viendo y le está suplicando, piense que usted es toda la esperanza de un pobre muchacho que comienza a vivir y de una pobre vieja ue pronto ha de morirse. Contésteme dos lineas. Déjesela al portero, yo iré a buscarlas, deme una ilusión…”

Entregó la carta al portero, recomendándosela:
- Désela en propias manos, al mismo doctor…

Volvió una semana después:
- El doctor no está.
- ¿Pero no ha dejado una carta para mí?
- No, señora.
- ¿Le dio usted la mía en propias manos?
- Sí, señora.
- ¿Y que dijo?
- Nada. La leyó y no dijo nada.

La abuela no pudo más. Lloró. Hallábase como delante de un muro de piedra, alto y frío. Y buscaba una salida inútilmente. Lloró. Apoyándose sobre el portero para no caer, porque se sentía caer, no de debilidad, de desesperanza, lloró.

El portero compadeciese. Despojándose de aquella levita galoneada que lo hacía un ser impasible, sacó de él al hombre, y le habló:
- Escúcheme, señora. No me comprometa, pero yo le voy a decir: ¡No venga más, señora! ¿Usted viene para pedir un empleo?
- Sí, un empleo que me ofreció para mi nieto…
- No venga más, señora. Es inútil. No me comprometa; pero yo le digo porque me da mucha lástima verla venir y venir con sus años, inútilmente. Yo tengo orden de decirle que no está. Ahora, por ejemplo, el doctor está, pero yo tengo que decirle a usted que no está. Muchas veces, cuando usted se alejaba, despacito, triste, yo tenía ganas de llamarla, decirle la verdad; pero tenía miedo de comprometerme. Yo soy pobre también.

¡No venga más, señora! No se lo quise decir, pero el otro día, leyó la carta suya, y dijo: “¡Puff! ¿Si yo fuera a dar empleos a todos los hijos de mis compañeros de estudios! No hay día que no se me presente alguien que me conoció hace veinte años”… No dijo más. Y tiró la carta. ¡No vuelva! ¿Para qué va a venir? Así hace con todos, hasta que se cansan y no vienen más.
- Bueno, bueno, muchas gracias… No volveré.
- Pero no me comprometa… Yo soy pobre también.
- No, no… ¿Pero por qué me ha prometido?
- El promete a todos.
- ¿A todos? Bueno. Muchas gracias. No volveré. Adiós…

Y la abuela se alejó, más lentamente, más agachada. Y tan aturdida que no atinaba a reflexionar. ¿Pero, por qué? – preguntábase - ¿por qué? – preguntábase sin saber lo que se preguntaba. No djo nada al nieto.

Y pasaron otros quince días. Una mañana, contando el dinero que aún les quedaba, sintió miedo de que se terminara. Y dudó – o necesitó dudar – de que fuese cierto lo que ocurría: de que al doctor no le importase nada de la madre y del hijo de su compañero de estudios, de su más querido amigo de la juventud. Decidió verlo, intentar otra vez, quizás la última. Fue al Congreso. Recibió la habitual respuesta del ordenanza:
- El diputado Ural del Cerro está sesionando. No puede recibirla.

La abuela salió a esperarlo en la acera. Dos horas estuvo allí, arrimada contra la pared, apenas sostenida por sus piernas que le temblaban de cansancio. De pronto lo vio. Salía él con otros dos señores, hablando ruidosamente, riendo.
-¡Doctor, doctor, doctor!...

Exclamó ella y, extendiendo los brazos, dio un paso adelante… El la vio y la oyó. Ella tuvo la conciencia nítida de esto, mas siguió derecho, hablando fuerte.
-¡Doctor, doctor, doctor!

Dijo ella otra vez y, adelantándose, resuelta, le cortó el paso. El la apartó suavemente y quiso seguir; pero la viejita, armada de su último valor, no se movía.
- ¡Doctor, doctor!... ¡Escúcheme, doctor!

Rápidamente, él sacó un papel del bolsillo y se lo puso en la mano, la apartó, ahora no suavemente, y subió al automóvil, que partió.
La abuela, temblando, se miró la mano: en ella palpitaba al viento un papel de cinco pesos. Y lo dejó volar. Un ordenanza corrió tras él y se lo alcanzó.
- ¡No, no lo quiero!
- ¡Son cinco pesos! – dijo el ordenanza, asombrado.
- Yo no soy una pordiosera – gritó la viejita -.¡ El doctor Ural del Cerro es un canalla, un canalla!

Tomó el billete y lo partió. El ordenanza tomó un pedazo y un muchacho el otro. Comenzaron a disputar. La abuela se alejó. Caminaba derecha y casi ligero. Tampoco dijo nada a Felipe. Alguna vez éste le preguntaba:
- ¿No fuiste más a lo del doctor?
- Sí, pero no voy a ir más.
- Hacés bien.

Una tarde, al entrar Felipe, sacó algunos billetes del bolsillo.
- ¿Y este dinero?
- Mío, abuela. Lo he ganado yo. Es la primera quincena que cobro. Por ahora gano medio jornal; pero vas a ver, pronto ganaré jornal entero. ¡Y que se guarde su empleo el doctor! Ya no necesitarás tocar el dinero que dejó papá. Guardalo para algún imprevisto, una enfermedad. Yo ganaré para los dos. ¿Qué hacés, abuelita?

Esta se había arrodillado y rezaba. El la dejó. Cuando e irguió, volvió a preguntarle:
- ¿Para qué rezabas?
- Para darle gracias a Dios.
- ¿Y no llorás? ¡Qué raro! Porque vos todo lo arreglás llorando.
- No, hijito. No lloro. Vos me has enseñado a no llorar. ¡Vos me has enseñado tantas cosas!...
- ¿Yo, abuela? ¿Y qué te he enseñado? A ver…
- ¡Tantas cosas!...
- ¡A ver, decime una! Porque yo no adivino…
- Me has enseñado… - comenzó la abuela, pero no pudo continuar. Porque ahora lloraba.