narrativa

LOS CINCO MUCHACHOS

El secreto de la educación
consiste en respetar al alumno.

EMERSON

Al salir de la clase de primer año donde enseñaba matemática, el director del Instituto buscó al celador que aguardaba en el patio. - Hágase cargo de la clase – le dijo – faltan diez minutos pero no me siento bien… ¡Ah!, sobre el pupitre queda la lista de los penitenciados. El celador corrió a la clase. Su primera mirada fue para el pupitre de los profesores, a buscar la lista de los penitenciados. No estaba. Su voz tembló de cólera.

-¿Dónde está la lista de los penitenciados que el director dejó sobre el pupitre?
Y recorrió la clase con pupilas inquisidoras, palidísimo. Hubiese torturado uno a uno, a todos, a fin de arrancarles la confesión. Los muchachos callaban, burlones, despreciativos ante ese hombre demasiado simple y a quien su desmesurada cólera ponía en rid´culo. El celador gritaba sin cesar de buscar, aun, entre los papeles de la carpeta, bajo el pupitre, hasta en los cajones.
-¡Si no aparece la lista se quedan todos en penitencia, todos en penitencia!

Todos protestaron ruidosamente. Dando golpes sobre el pupitre, el celador gritaba:
- ¡Silencio! ¡Todos se quedan, todos!

Apareció el subdirector en la puerta. Los muchachos calláronse. Era un joven calvo, de ojos verdes que brillaban inteligentemente tras los cristales de los anteojos. Era hijo del director y estudiaba filosofía y letras. En el colegio tenía fama de sabio. Los alumnos de los años superiores, con quienes él conversaba amigablemente y a quienes socorría en sus dudas, se encargaban de imponer su nombre al fácil asombro de los más chicos. ¡Si lo decían los de 5º Año! ... Y lo respetaban. La admiración y el respeto, en el alma del niño, se confunden. El niño no puede admirar lo malo, como hacen los hombres. El haría justicia. La resolución del celador era demasiado vulgar para que la aceptaran: ¿Por qué hemos de pagar justos por pecadores?, había dicho uno. El lugar común les había parecido de una lógica convincente. Quince muchachos repetán la frase, obstinados.

- ¿Qué ocurre aquí, por qué gritan? – preguntó el subdirector.
Entre el celador y dos o tres alumnos le explicaron. El joven sonrió. La disputa del hombre empeñado en hacer cumplir la penitencia y el tesón de los niños, el mayor de los cuales tenía catorce años, le interesaba.
- Está bien – dijo -. No se quedará toda la clase.

Un murmullo de aprobación y de victoria se alzó como un viento, arremolinándose en torno del demudado celador. Este se debatía aún:
- Usted sabe cómo es el director. Usted sabe que quiere que se cumplan sus órdenes. Usted sabe que…
El otro comprendió que tenía miedo de jugar sus sesenta pesos mensuales, casa y comida. Tranquilizándolo, lo interrumpió:
- Déjeme a mí. Yo cargo con la responsabilidad.
- ¡Ah, si es así, está bien! – exclamó satisfecho, casi alegre, como un hombre que acaba de andar con cien kilos al hombro y de súbito halla quien se le ofrece a llevarlos por él.

Se sentó a presenciar el espectáculo: a ver cómo se las compondría el subdirector para conformar aquel montón de muchachos que a sí mismos se adjudicaban todos los derechos del hombre, sin dejar de portarse como chicos. ¡A ver cómo hacía para hacer cumplir la penitencia!... El subdirector lo llamó aparte, a la puerta de la clase, y le enseñó la libreta de calificaciones:
- No sé cómo no se le ha ocurrido, es muy fácil averiguar quiénes son los penitenciados. Mire, son: Fernández, Peri, Portela y Rando. Mi padre tiene la costumbre de hacer copiar la lección al que no la sabe.
- ¡Es verdad! ¡No se me había ocurrido! – exclamó el celador, abriendo los ojos. Su mirada envolvió al joven en una nube de admiración y reconocimiento. Y gozoso:
- ¡Qué chasco se van a dar ahora cuando diga: Fernández, Portela, Peri y Rando se quedan a copiar la lección! ¡Los demás salgan! – y rio de gozo; pero volvió adusto:
- ¡Ah! ¿Y quién robó el papel? ¿Cómo haremos para descubrir quién robó el papel? ¡Porque uno de esos cuatro ha robado el papel! ¡El que robó el papel debe copiar dos veces la lección, en lugar de una! ¿eh? ¿Qué le parece? ¿Cómo haremos para descubrir quién robó el papel? Porque ellos no van a confesar… El joven no lo escuchaba, lo interrumpió:
- Déjeme a mí. Quiero hacer un experimento. Usted no les diga nada que ya sabemos quienes son los penitenciados. Uno a uno, por lista, los va a ir mandando a mi escritorio, con sus útiles y u gorra, como para salir. Cada vez que yo toque la campanilla, me manda uno. Los voy a interrogar. Y se alejó hacia su escritorio, a tiempo que el celador entrando en la clase, decía:
- Alvarez, tome su gorra y sus útiles y pase al despacho del subdirector
-. Al llegar Alvarez al despacho del subdirector, éste le dijo:
- Váyase a su casa. Tocó la campanilla. Pronto apareció otro alumno, al que despachó también. Y fueron desfilando hasta Fernández, uno de los que seguramente figurarían en la lista de los penitenciados. El subdirector le habló:
- Usted era uno de los penitenciados. El niño hizo un ademán negativo.
- No niegue porque lo sabemos. Si confiesa quienes eran los otros, usted queda libre. El niño agachó la cabeza.
- ¿No confiesa?
- Yo estaba, sí.
- Eso ya lo sabemos; los otros, deme el nombre de los otros. Lentamente, deletreando, el niño comenzó:
- Por… Por… Portela. Y calló.
- Muy bien. Portela es uno, ¿y los otros? El niño callaba. Sólo había podido decir un nombre. “Seguramente – pensó el subdirector – el del condiscípulo que le es antipático”. A los demás le era imposible delatarlos. El subdirector interrogó otra vez:
- ¿Usted no lo quiere a Portela?
- ¡No! Siempre está pegando a los demás chicos.
- ¿Y no quiere decir los otros nombres? El niño volvió a agachar la cabeza.
- Está bien. Vaya a la clase y espere.

* * *

Volvieron a desfilar los niños, que el subdirector despachaba. Llegó Peri, otro de los presuntos castigados. Cohibido, como Fernández, se presentó al subdirector dando vuelta a la gorra.
- Usted era uno de los penitenciados. El chico se irguió. Agresivo, por sus pupilas cruzó un relámpago de odio. Dijo:
- ¡Fernández también Fernández tampoco supo la lección! El subdirector sonrió, presintiendo lo que acababa de pasar por el alma del niño. Este, al ver que Fernández había vuelto a la clase, y no los otros creía que lo había denunciado. Era imprescindible sacarlo del error:
- ¿Usted cree que Fernández lo ha denunciado, verdad?
- Sí, señor.
- Está equivocado. Mire cómo lo hemos sabido. ¿Ve la libreta? Fernández, Portela, usted y Rando tienen cero.
- ¡Ah! – dijo el chico. Evidentemente, saber que el compañero no lo había denunciado, lo alegraba.
- ¿Estos son los penitenciados?
- Sí, señor.
- ¿No hay otros?
- No, señor.
- Está bien, vaya a la clase y espere.

* * *

… Sonó el timbre. Inmediatamente se presentó Portela. Era un niño de aspecto simpático, ojos muy vivos. No se presentó temeroso y balbuceando, como los otros dos. Sonreía y miraba de frente al subdirector.
- ¡Usted es uno de los penitenciados!
- ¡No, señor! Y quedaron mirándose. No pestañeó el muchacho sonriente. Y dijo: ¡Ja! El subdirector se mordió el labio. De buena gana le hubiese limpiado la sonrisa de un bofetón. Se contuvo, naturalmente. Le dio la espalda, caminó unos pasos y, una vez que hubo recobrado la serenidad:
- Yo se que usted es uno de los penitenciados.
- ¡No, señor! – respondió el otro
-. El que se lo ha dicho, ¡miente!
- ¡Cállese! No me interrumpa. Nadie me lo ha dicho. Yo sé que usted es uno de los penitenciados. (El niño no dejaba de negar con la cabeza). Si usted me dice quienes son los otros, queda libre. El muchacho respondió con toda seguridad, como si dijese la cosa más sencilla:
- Yo, Rando, Fernández y Peri teníamos que copiar la lección, porque no la supimos. Rosas tenía que copiar la de mañana, por mala conducta. Rosas fue el que sacó el papel y lo rompió. Siempre sonriendo, se quedó mirando al subdirector, que lo observaba. Hubo una pausa.
- Vaya a la clase. El chico protestó:
- Usted me dijo que si yo daba los nombres de los penitenciados… y ahora… ¿Si yo hubiera sabido que usted no iba a cumplir su palabra, no decía nada!
- El subdirector tuvo un gesto de ira:
-¡Sí, váyase nomás, váyase a su casa!
- Hasta mañana, señor. Y se alejó alegremente.

Antes de tocar la campanilla, el hombre quedó un rato pensativo. Una arruga de disgusto le partía la frente… ¡Trin! Apareció Rando. Era delgadito y rubio, de aspecto insignificante. Se presentó con una evidente timidez.
- ¿Usted es uno de los penitenciados? El niño callaba. El subdirector aseguró: Usted es uno de los penitenciados por no saber la lección. ¿Eh? El chico levantó la cabeza.
- Sí, sí, señor.
- ¡Bien! Si usted me dice quienes son los otros, queda libre. El niño volvió a bajar la cabeza, confuso. El subdirector lo vio enrojecer, ponerse pálido. Comprendió que en aquella alma infantil luchaba alguien contra algo. Quiso ir hasta el fondo de su experimento; insistió:
- ¿Usted sabe el nombre de los otros? El niño calló un segundo. De pronto irguiese, transformado. Había perdido toda su timidez. Con voz fuerte, respondió:
- ¡Sí!

El subdirector observó para consigo mismo que le había dejado de llamar “señor”.
- Bueno, si sabe los nombres de…
- ¡No! – lo interrumpió enérgicamente el chiquillo, siempre mirandole a la cara, casi desafiante.
-… Usted quedará libre…
- ¡Yo no acuso! Los ojos le chispeaban. Ya era otro chico. Había perdido su aspecto insignificante. El subdirector comprendió que ante él no tenía un niño de doce Años, temeroso de su autoridad; frente a él se había erguido un espíritu, como una llama que se ocultase en aquel cuerpecillo frágil. Y sentía su calor, veía su luz. Quiso hablar aún, pero el niño no le dejó hablar:
- ¡Yo no acuso! – Repetía
- ¡Yo no acuso, yo no acuso! El subdirector vio en la mirada, en el rictus de la boca del niño, pintado el desprecio. El desprecio hacia él, hacia el hombre que pretendía arrancarle una delación a cambio de un beneficio. Y experimentó vergüenza. Necesitó recuperar la estimación que el chiquillo ya no sentía por él. Le alargó la mano:
- ¡Muy bien, amigo! ¡No acuse, muy bien! Y comprendió que volvía a engrandecerse ante el niño, porque éste recuperaba su timidez.
- Vaya a la clase.
- Sí, señor. Este “señor” reconquistado, alegró al hombre. Volvió a tocar el timbre.

* * *

Apareció un chico, después otro. El subdirector quedó pensando. Rando había borrado en él, como un viento que barre las nubes, la impresión penosa que había dejado Portela. No deseaba volver a experimentarla. Bien hubiese querido dejar allí la prueba…. Al fin se presentó Rosas: el acusado de haber escondido el papel. Era un muchacho recio, de facciones toscas, desgreñado.
- ¿Usted sacó el papel, verdad? El muchacho bajó los ojos, dudó y, por último, negó con señas. Nada más.
- Es inútil que niegue; Portela me dijo que usted lo había sacado. El recio muchacho apretó los puños y por sus negras pupilas pasó el odio iluminándolas.
- Confiese, ¿usted sacó el papel?
- Sí, señor.
- Supondrá lo que esto significa. Usted será penitenciado una semana entera. Pero si usted me dice quienes eran los otros de la lista, no tendrá penitencia. ¿Quiénes eran? El muchacho, con los ojos en el vacío, luchaba; se le veía en la contracción de los labios. El hombre volvió a inistir:
- Diga quienes eran los otros, sino… El muchacho se había llevado las manos a la cara, y, ocultándola en ellas, lloraba. El hombre no esperaba esto.
- ¿Por qué llora? No es para llorar. Dígalos… Limpiándose los ojos, sin mirarlo, el chico balbuceó:
- ¿Y ellos…, ellos van a saber que yo?... Se detuvo y volvió a llorar más fuerte que antes.
- A ver, amigo, no llore. Si no quiere, no diga.
- Pero… pero… ¿Me voy a quedar una semana si no digo? El subdirector no comprendía. Algo ocurría a ese niño. Luchaban en él fuerzas extrañas. No quería denunciar, le repugnaba aparecer como delator ante sus compañeros. No presentaba el descaro de Portela, que ante la perspectiva de quedar libre no dudó absolutamente. Este otro luchaba. Quiso hundirse en él por completo. Le respondió:
- ¡Ah, sí! Su acción es grave. Si no dice quienes son, tendrá para una semana de penitencia.
- Son… son… son… Portela… Fernández… Peri… Y volvió a llorar inconteniblemente.
- ¿Y Rando? Ahora el chico realizó un esfuerzo:
- No sé… creo que no… no sé. Quedó anonadado.

Para el subdirector, esta alma seguía siendo un enigma. Denunciaba repugnado, comenzando por el que menos quería, y no haciéndolo con Rando. Pero se veía también que la amenaza de la penitencia por una semana le hubiese hecho decir cualquier cosa, acusar a cualquiera, hasta mentir. El miedo presionaba en él. Inquirió:
- ¿Por qué no quería que sus compañeros supiesen?... Súbitamente, el muchacho desnudó su alma:
- Yo no hubiese dicho nada. No me gusta acusar… Pero si me ponen en penitencia, mi papá me mata a palos. ¡Por favor! No les diga a ellos que yo… Si no fuese porque papá… ¡No les diga, señor!
- No diré nada. ¡Pero no llore más, amigo! ¡A ver! ¡Levante la cabeza! ¡No llore! ¿Quedan más alumnos?
- Sí, señor.
- Dígale al celador que los haga ir y que cuando yo toque el timbre venga con Fernández, Peri y Rando. Usted vuelva también. Salió. Pronto apareció con los otros chicos y el celador. Rosas, abandonado sobre la silla, miraba el vacío, fuera de sí, absorto.
- Amigos – dijo el subdirector – Se van a ir como se fue Portela. El se fue porque dijo quienes eran los penitenciados. El fue el único que acusó. Pueden retirarse.
- Si el director se entera…
- No se enterará. Y, por otra parte, le aseguro que Rosas ha pasado un momento que más le hubiese valido quedarse un mes en penitencia.
- Usted sabrá – dijo el celador, encogiéndose de hombros. Y alejose, disgustadísimo, murmurando
-: ¡Esto es una indisciplina! Fernández, Peri y Rando habían dicho “hasta mañana” y ya salían. Rosas no se movió. El subdirector, al hablar, le había puesto una mano en la cabeza. Y el chico estaba allí aún, con los ojos sin mirar nada.
- Esté tranquilo, amiguito – le habló el subdirector
-. Usted no ha denunciado, su miedo es el que habló, y su miedo no es usted, es una cosa que está fuera de usted, lejos de su espíritu. ¿Me entiende?
- No, señor.
- Bueno, hasta mañana. Váyase pronto, no sea que su padre… Yo tengo que hablar con su padre. Hasta mañana. En la puerta encontró a Rando que lo esperaba. Ya Fernández y Peri se alejaban juntos, hacia la derecha. El, con Rando, acostumbraba a salir para el mismo lado. Dejaba en la puerta de la casa al otro, y él seguía. Ahora su amigo lo aguardaba, para ir juntos, como todas las tardes.
- ¿Vamos? – Dijo al verlo
- ¿Vos lloraste? Rosas no sabía qué pasaba por él. Hubiese necesitado decirle todo, tal como ocurrió, decirle que él los había denunciado por miedo a la paliza del padre… No se atrevió. Pero tampoco podía ir al lado del otro. Sentía vergüenza de ir con él, necesitaba estar solo… Rando insistía:
- Se te conoce que has llorado. ¿Por qué lloraste?
- ¡Qué se yo!
- ¿Vamos?
- No.
-¿Por qué? Rosas mintió:
- Ya no vivo de ese lado. Hoy nos mudamos. Ahora vivo para allá. Hasta mañana. Y se fue precipitadamente. El chiquillo quedó mirándolo alejarse, y exclamó:
-¡Qué lástima!

* * *

Al día siguiente, Rosas llegó un poco tarde. Encontró a sus compañeros en conciliábulo. Le participaron lo resuelto: darle una paliza a Portela.,entre los cuatro, al salir de la clase. La idea se le había ocurrido a Fernández, que era el más entusiasmado y el que la introdujera en la intención de los otros. El habló a Rosas:
- Sí, tenemos que darle una buena paliza. Por chismoso. Así aprenderá a no delatar. Esta tarde lo seguimos, lo agarramos en la cortada y le damos una buena tunda entre los cuatro.
- No.
- ¡QUÉ?
- Yo, no – dijo Rosas.
- ¿Por qué?
- ¿Tenés miedo? – preguntó Fernández.
- Nosotros te ayudamos – insistió Peri.
- No.
- ¿Por qué?
- No.
- ¡No importa! ¡Entre nosotros tres se la damos! No te creíamos tan…
- ¿Tan qué? – interrogó Rosas, agresivo. El otro calló intimidado.
- Bueno, si no querés pelear, no pelees…
- ¿Entonces?
- Nada.
- ¿Pero te parece lindo lo que ha hecho? – preguntó, a su vez, Rando
-. ¿Te parece lindo? Uno que delata así a los compañeros, se merece, no digo una paliza, ¡trescientas sesenta y cinco palizas al año! ¡Una paliza por día! ¿No te parece?
- ¡Claro que sí! – agregó Peri. Rosas callaba. Pero vio el aire despreciativo de los otros tres. Ellos no podían ver lo que pasaba en su espíritu conturbado. Por fin se resolvió, alegre de poder conciliar su conciencia y su instinto, que no quería aparecer como cobarde frente a sus compañeros más débiles y gritó:
-¡Ya está!
- ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?...
- Yo lo voy a pelear; pero yo solo, ¡solo!
- ¿Y por qué vos solo?
- ¡Porque sí!
- El nos denunció a todos. Todos le tenemos que dar la paliza.
- No. ¡Es feo cuatro contra uno! Yo solo. Vayan a decirle que luego, a la salida, me espere. Los tres salieron a la disparada, con el desafío en las bocas palpitantes y en las pupilas abiertas. Y se lo metieron al otro, por los oídos, por los ojos, por la boca, a gritos:
- ¡Rosas te pelea!
- Que lo esperes luego en la cortada.
- ¡Va a ver lo que es bueno!... Portela aceptó con énfasis:
- Sí, díganle que sí, cuando quiera. Ahora mismo, si quiere.
- No, luego.
- En la cortada.
- A la salida de clase.

* * *

A la salida, todos se fueron detrás de los desafiados, a la cortada: una callejuela por la que casi no pasaba nadie y a la que daban los fondos de un convento y de una fábrica. Era el sitio obligado para los partidos de fútbol y para las peleas. ¡Ya estaban allí! Portela y Rosas se quitaron las gorras, éste se abrochó el saco. Aquel se lo quitó; arremangándose los puños de la camisa, tiró una bravata, antes de comenzar:
- Ajustate la nariz, che, no se te vaya a caer del primer trompazo, la tenés muy grande. Rosas rechinó los dientes y apretó más todavía los puños. Los otros los rodearon, ansiosos unos, temblando de emoción, con los animalitos ancestrales salido a los ojos, que se abrían mucho, temerosos de perder el menor detalle. Los más, felices de contemplar el espectáculo, el más deseado: ver como se iban a pegar los dos muchachos más grandes y más fuertes de la clase.
- ¿Vamos? – preguntó Portela, burlón, simulando una serenidad que su lividez desmentía. Rosas no respondió nada; pero se hizo una tromba de puñetazos. El otro respondió corajudamente. Los cuatro puños danzaban dándose contra las caras y los cuerpos, como si fuesen cuatro pájaros ciegos, golpeándose por querer salir a volar. Los demás chicos gritaban, azuzándoles. La mayoría a Rosas, alguien también a Portela. El combate era equilibrado. Los dos se pegaban adelantando o retrocediendo, abrazándose o deshaciéndose, sin hablar. Eran los otros quienes gritaban:
- ¡Dale, Rosas!
- ¡Dale, Portela!
- ¡Ya lo tenés!
- ¡Metele!
- ¡En la jeta!
- ¡Así, lindo! En una separada, se adelantó Fernández y, cantando, jubiloso señalaba a Portela:
- ¡La chicha, te sacó la chicha! Portela se demudó. Rápidamente, pasó el revés de una mano por la nariz. Miró: ¡sangre! Peri empujó a Rosas, que se había detenido.
- ¡Ya se la estás dando! ¡No lo dejés! Rosas volvió a atropellar envalentonado. Portela sólo se defendía. Evidentemente, el hecho de estar perdiendo sangre, preocupábale, lo impresionaba, le quitaba bríos. El otro, aprovechando la situación, atacaba sin descanso, siempre a la nariz. Otro puñetazo aumentó la hemorragia.
- ¡Ya se la das, ya se la das! – gritaban Fernández y Pieri. A rosas, esos gritos lo enardecían. El otro, que ya no tenía quien lo animase, perdía terreno y valor.
- ¡La cana! – gritó uno
- ¡La cana, la cana! – corearon otras voces alarmadas. Todos miraron. Llegaba un vigilante corriendo, atraído por el griterío. Dispararon todos hacia el lado opuesto. Y en la esquina se desbandaron.

* * *

Rosas corrió un trecho, allí se paró a preguntar:
- ¿Y mi gorra?
- Aquí está – le dijo Rando, alcanzándosela. Se detuvieron a comentar la pelea. Había ocho muchachos. Todos estaban de acuerdo: Rosas ganaba, si no llegaba el vigilante. El otro ya no podía más. La visión de la sangre, sobretodo, los obsesionaba.
- Perdía mucha sangre – aseguró uno, con aire trágico.
- Miren – mostró Rosas
-, miren cómo tengo las manos.
- ¡Y la camisa!
- ¡Y el pantalón! ¡Hasta en el pantalón tenés sangre!
- ¡Oh!
- Yo le daba en la nariz, nada más. Por último se despidieron. Rosas y Rando se fueron juntos. La excitación hizo que aquél se confidenciara:
- Te voy a decir una cosa: no me he mudado.
- ¿No? ¡Qué lindo! – exclamó el otro, y se le prendió de un brazo, apretándose a él.
- Ayer te mentí. Tenía vergüenza de ir con vos. Yo también los denuncié.
- ¿Vos?
- A vos, no. A los otros. ¿Qué querés? Si no, me quedaba una semana en penitencia. ¡Y papá me hubiese roto a palos! ¡Supieses lo bruto que es! ¡Y cómo pega sin ver dónde pega! Yo los denuncié para no quedarme, no por miedo de quedarme, sino por miedo a papá…
- ¡Qué diferencia con el mío! Ayer le conté lo que había pasado y que yo no quise denunciar…
- ¿Y qué te dijo?
- Nada. No me dijo nada. Me dio un beso en la frente, nada más; pero se le veía en los ojos que estaba contento.
- ¡Qué diferencia con el mío! ¡Ah, pero a vos no te denuncié! ¿Cómo querías que le pegase con ustedes a Portela, si yo también los había denunciado? ¡Así es otra cosa!... ¡Uno contra uno es otra cosa!
- ¿Entonces no te mudaste? ¿Vamos a salir juntos como antes, para el mismo lado?
- Sí.
- ¡Qué lindo, qué lindo!