narrativa

LA BOTELLA DE LECHE

Las mentiras de los niños
son la obra de los educadores.
ROUSSEAU

Mirín - ¿Adónde vas?
Bolo – A la lechería. Voy a comprar un litro de leche.

Bolo es un niño sirviente, ubicado por el defensor de menores. No tiene padre ni madre. Es un chico gordo y pálido, de ojos inexpresivos, redondos como los de un pez, la cabeza rubia rapada, pecoso. Al hablar, sesea. Viste un delantal azul que le baja hasta la alpargatas. Tiene las manos con sabañones, de lavar los platos con agua caliente. Mirín – Te acompaño.

Y el niño delgado, ágil, vivo, se pone a andar junto al pesado, gordote y torpe sirvientito. Conversan. Naturalmente, Mirín pregunta y Bolo responde
- ¿Te pegó hoy la señora?
- Todavía no.
- ¿Cuándo te pegó la última vez?
- Ayer a la noche.
- ¿Por qué?
- Le rompí un plato. Eran cerca de las doce de la noche. Yo me caía de sueño y dele, dele lavar platos. No se acababan nunca. Habían tenido invitados. Yo lavaba y cabeceaba. En una de esa se me resbaló un plato, ¡y zas! Se rompió. La señora oyó el ruido, y ¡pif, paf! Do cachetadas.
- ¿Fuertes?
- ¿Fuertes? No se. Ya estoy acostumbrado. Ya no me dueles.
- ¿Lloraste?
- Sí.
- Y si no te dolieron,¿por qué lloraste?
- Para que no me pegue más. Ella me pega hasta que lloro. Si lloro al primer bife, no me da más. Si no lloro me sigue dando y dando… ¡Hasta que lloro! Al principio yo no lloraba hasta que me dolían. ¡Y me llevaba cada tunda! Cachetadas, tirones de orejas, pellizcos, tirones de pelo… ¡Hasta patadas! Ahora, no… Ahora lloro en cuanto me amenaza. Y me deja tranquilo.
- ¿Aprendiste a llorar?
- Sí. Al principio no sabía; como mi mamá nunca me pegaba…
- ¿Nunca?
- ¡Nunca! ¿Y a vos te pega?
- No. A veces me grita, pero nunca me pega. Además, tengo mi abuelita que me defiende. Si mi mamá me core, yo disparo junto a mi abuelita. Allí nadie me toca. ¿Vos no tenés abuelita?
- No. Yo no tengo nada. Mi papá murió cuando yo era chiquito, mi abuelita antes que yo naciera, mi mamá el año pasado. Me recogió una vecina y me llevó al juez defensor de menores. El juez me conchabó en lo de la señora Rita.
- ¿Es mala?
- No… A veces… Grita mucho… Pero no pega mucho… Yo conocí un chico del defensor, conchabado en lo de un médico, ¡pobre!, se llamaba Lucas. ¡Viera que palizas le daban! Eran tres para pegarle: el médico, la señora del médico y la madre del médico. ¡Ah, no! Eran cuatro. La cocinera también le pegaba. Por fin se disparó. ¡Pobre!
- ¿Pobre, por qué?
- Lo hallaron muerto, destrozado por un tren.
- ¿Se suicidó?
- No se supo… Aquí está la lechería. Esperame. Entro y salgo…

* * *

- ¡Mirá qué linda la leche!
- Blanca. Parece luz de luna.
- ¡Y rica! ¿Te gusta la leche a vos?
- Sí.
- ¿Tomás leche, vos?
- Sí.
- Yo, no. No me dan. Esta leche es para la señora que está criando. A mí me dan té con un pan criollo.. El señor tampoco toma leche. El toma mate, mate amargo. La señora se toma tres litros al día. Uno a la mañana, otro a la tarde y otro a la noche, al acostarse.
- ¿Por qué no le pedís? Quizás te dé…
- ¡Sí, una cachetada!
- ¡Pobre Bolo!
- ¿Por qué me decís pobre Bolo?
- Porque tenés ganas de tomar leche y no te dan. Yo le voy a decir a mi abuelita, vos venís todas las tardes y yo te hago dar una taza. ¿Eh?
- ¿Y no se enojará tu abuelita si le pedís para mí?
- Mi abuelita no se enoja nunca…
- La señora no me da leche porque dice que estoy muy gordo, que parezco un bolo…
- ¿Vos te llamás Bolo?
- No. Yo me llamo Alberto. La señora me puso Bolo.
- ¿Y a vos no te gusta más llamarte Alberto?
- Sí. Alberto Pallarés; pero ahora me he acostumbrado a que me digan Bolo.
- Como a mí Mirín. Yo no me llamo Mirín.
-¿No?
- No. Yo me llamo Miguel Fadrique Rosti Guerra.
- ¡Cuánto nombre
- Rosti es el apellido de mi papá y Guerra el de mi mamá. Miguel es el nombre del padre de mi papá y Fadrique el del padre de mi mamá.
- Mi madre se llamaba Albertina, por eso a mí me pusieron Alberto.
- Estoy pensando una cosa.
- ¿Qué?
- ¿Por qué no te tomás un poco de esa leche?
- ¡No! La señora se va a dar cuenta que falta.
- Le echamos agua.

Los chicos quedaron mirándose en silencio. Bolo con la pupilas azoradas, puestas en la boca de su compañero que acababa de revelarle una verdad tan evidente, asombrado de que no se le hubiera ocurrido antes. De pronto, sin decir nada, levantó la botella y la hundió en su boca. Comenzó a tragar el codiciado líquido. Bebía como en éxtasis, ajeno al mundo que lo rodeaba, gozando una dicha ansiada demasiado tiempo. Mirín tuvo que volverlo a la realidad.
- ¡ Eh! ¡Basta! Ya has tomado mucho. Te has tomado más de la mitad.
- ¿Vamos a tu casa a echarle agua?
- Ahora no se puede, se va a notar que tiene agua. Has tomado demasiada leche.
- ¿Y entonces, qué hacemos?
- ¿Vos no tenés plata?
- ¡Qué voy a tener!
- Yo tampoco tengo… ¡No importa! ¡Ya se lo que vamos a hacer! ¡Tomate toda la leche!
- ¿Toda?
- Sí.

Bolo volvió a empinarse la botella.
- ¡Ah, ya está! No queda ni una gota.
- Bueno. Ahora tirá la botella al suelo.
- ¿La rompo?
- Sí.

Bolo estrelló la botella contra el suelo.
- ¡Bien! Ahora va y le decís a tu patrona que se te cayó la botella y se te rompió.
- No me va a creer.
- La llevás para que vea la botella rota
- Y no va a ver la leche tirada.
- Es verdad. ¿Cómo hacemos?
- Ya sé. Yo voy llorando. Si voy llorando me va a creer.
- ¿Y cómo vas a llorar?
- Dame una cachetada.
- ¡¿Yo?!
- Sí. Dame una cachetada.
- ¡Tomá!
- ¡Más fuerte!
- ¡Tomá!
- A…hora…sí… ¡Ah!

Bolo se aleja llorando y entra en la casa. Mirín vuelve a la suya pensativo.

* * *

- ¡Mirín!
- ¿Qué, mamá?
- Aquí hay una señora con un chico; dice que vos le has pegado y le has roto una botella de leche.
-¡¿Yo?!

Y Mirín, indignado, acude donde lo llaman. En el zaguán está Bolo, lacrimoso aún, está la señora que lo tiene preso de una mano y está la madre de Mirín, asombrada por la acusación que pesa sobre su hijo. No la cree. Y pregunta a éste:
- ¿Es cierto, Mirín, que vos le pegaste dos cachetadas y le rompiste la botella y le tiraste la leche?

El ama de Bolo es quien responde:
- ¿Pero cómo no va a ser cierto? ¡Mire las marcas de las cachetadas!

La madre de Mirín se resistió:
- ¿Es cierto?

Mirín está indignado y va a decir la verdad, pero Bolo, apartando el brazo con que se cubría la llorosa cara, lo mira. Mirín lee en la silencioa mirada del muchacho. Su angustia suplica. Si él dice la verdad, aquella mujerona alta que lo tiene tomado de un brazo, lo molerá a golpes; si miente, si se acusa, ¿qué le va a hacer su mamá a él? ¿Lo mandará a la cama? Ya sabe él lo que durará el castigo. No bien se quite los zapatos, su mamá, como otras veces, le dirá: “Bueno, andate a jugar, otra vez portate bien”. Es preciso contestar. Levanta los ojos, y, con resolución, dice:
- ¡Sí!
- ¿Vos le pegaste? ¿Es verdad? ¿Vos le rompiste la botella? – le pregunta la madre, que no puede creer lo que oye.
- ¡Sí!
- ¡Andá a la cama! ¡Te vas a quedar todo el día en la cama!

Mirín ya e retira; pero antes echa una ojeada a Bolo. El ama le ha soltado el brazo preso. Y los dos niños se miran. Mirín sabe lo que le cantan los ojos redondos, ahora expresivos, del sirvientito que le sonríe. Y se va a la cama.

* * *

Mirín se ha sacado un zapato y una media, nada más. Sentado en el borde de la cama, espera. Rápida, nerviosa, entra la madre. Los ojos chispeantes, colérica. Su voz es agria, y le grita:
- ¿No te has acostado todavía? ¡Perverso! ¿No tenés vergüenza pegarle a ese pobre sirvientito? ¡Acostate, pronto!

Mirín va a hablar; pero opta por sacarse, lentamente, el otro zapato y la media. La madre lo apura, grita más:
- ¡Pobre! ¡Acostate! ¡Pillo! Le he tenido que pagar la leche y la botella. Todo el día vas a estar en la cama. ¡Y sin comer!

Mirín comienza a desabrocharse la camisa. Quiere hablar; la cólera de su madre lo acobarda. A los gritos, aparece la abuelita:
- ¿Qué ocurre, qué pasa? ¿Por qué lo hacés acostar? ¿Puede haber hecho algo malo mi nene?...

Su presencia da ánimos a Mirín. Ahora es él quien grita. Interrumpe a la madre que iba a contar lo ocurrido. Canta la verdad.
- ¡Yo no le rompí la botella; yo le hice tomar la leche y él después rompió la botella! Yo le di las cachetads porque él me dijo. Paa poder llorar y mentir y librarse así de la paliza que le iba a dar la patrona…
- ¿Y por qué no dijiste la verdad ante ella? ¿Por qué dijiste que sí le habías pegado, que sí le había roto la botella de leche?

Mirín iba a responder. No pudo. Abrazada a él, llorando, besándolo, estaba su abuelita, suplicándole:
- ¡Besame hijito mío, besame mi nene, mi angelito, mi corazón de oro! ¡Besame más, otro más, otro, otro beso más!... ¡No te canses de besarme, mi niño Jesús!...
- ¿Por qué, abuelita?