narrativa

JAUJA

Casi de súbito, una nube muy negra se apoderó del cielo azul, y comenzó a llover. Una cortina de agua tan densa que no se veía a los diez pasos. Metí mi ropa en la carpa de unos excursionistas, mis amigos ocasionales, y en traje de baño, guarecime bajo un sauce.

Pronto se me agregó un compañero, también corrido por la lluvia. Tenía sus ropas empapadas. Era un muchacho moreno y delgado. Le calculé doce años apenas; pero habló con voz hombruna, mientras escurría su gorra:
- ¡Lluvia perra! Usted tuvo suerte, lo cazó en traje de baño; a mi me cazó cuando iba a meterme al río. Tuve que vestirme de nuevo. Mire como me ha puesto. ¡Perra!

Miró hacia arriba. En aquel instante, un relámpago desnudó el cielo. Después un rayo catastrófico. El chico rió y, bromeando:
- ¡Eh, Tatadiós, no te enojés porque llamo perra a tu lluvia! ¡Que tiene mal genio Tatadiós!

Sonreí. Y él, aunque yo no había dicho palabra, como animado por mi sonrisa, entró conmigo en franca conversación; se veía que le gustaba charlar:
- Yo lo he visto a usted otra vez por acá.
- Es cierto. Yo también te he visto.
- ¿Sabe nadar?
- Sí.
- Yo también, yo aprendí en España.
- ¿Sos español?
- No, argentino. ¿No me ve la cara de indio? Pero he andado mucho…¡Oh!... Hizo un ademán amplio como si con él abarcara al mundo entero.
- Sin embargo – dije -, no has tenido tiempo de andar tanto. ¿Qué edad tenés?
- ¿Qué edad me calcula?
- Doce años.
Mi respuesta lo disgustó, evidentemente. Y dijo:
- ¡Le erró fiero! Tengo quince años cumplidos. No lo demuestro. Eso quiere decir que voy a vivir mucho.
- ¿Querés vivir mucho? – le pregunté, por seguir la conversación, ya que me era simpático - ¿Para qué querés vivir mucho?
- ¡Para ver mucho, pues! – respondió rápidamente.
Hallé justa su respuesta y se lo reconocí.
- Tenés razón.
- Yo siempre tengo razón – respondió.
Lo miré inquisitivo. Reía burlonamente. Pensé para mí: ¡Buen caradura has de servos!
- ¿Qué dice? – me preguntó.
- Nada.
- ¿Qué piensa?
- Pensaba que has de ser un gran caradura.
- Ya me parecía que pensaba eso – dijo, y agregó, filosóficamente -: La vida me ha hecho caradura.
Lo miré irónicamente, sonriendo. Me causaba gracia ver aquel chico que no me llegaba al hombro, expresarse igual que lo hubiese hecho un hombre con canas. El, perspicaz como era, adivinando otra vez mi pensamiento, exclamó:
- ¡Viera usted lo que yo he andado y pasado!
Calló, sus vivos ojos negros se habían hecho ensoñativos. Las imágenes de lo andado y pasado quizás se desarrollaban ante ellos. Le dije:
- ¿Por qué no te sacás esa ropa mojada? Te va a hacer mal.
- ¿A mí? ¡No! ¡A mí no me hace mal nada! – y recalcó la afirmación con una mueca, despreciativamente. Sin embargo, empezó a desnudarse.
Su hombría era jactanciosa y desenfadada; pero llena de ese magnetismo que constituye la simpatía entre los hombres.
La lluvia se espesaba cada vez más, había conversación para rato. Pensé preguntarle algo, cualquier cosa, con el fin de que hablara. No me dio tiempo, porque él comenzó a hacerlo, y de sí mismo.
- ¿No me cree que he andado mucho?
- ¿Y por qué no voy a creerte?
- Algunos no me creen cuando les cuento algunas de las cosas que me han pasado. ¡Pero qué hacerle! ¡Soy un yeta! Estoy solo en el mundo. Mi padre y dos hermanitos se murieron quince días antes de nacer yo. No sé de qué peste. A mi madre la salvaron en el hospital. Si no la salvan, yo no estoy aquí ahora. Hubiese sido una lástima.
- ¿Por qué?
- ¡Porque es lindo vivir! ¿A usted no le gusta vivir?

No me dio lugar a responderle, prosiguió: - A mí me gusta vivir. Con yeta y todo me gusta vivir. Mire si seré yeta que mi madre me quiso estrangular. Le digo la pura verdad. Me salvó un practicante, me sacó medio ahogado de entre las almohadas. Mi madre era alcohólica. Yo lo conozco al practicante, ahora es médico, tiene consultorio en la calle Solís esquina Cochabamba. Vaya a ver la chapa: si cree que le miento, vaya a ver la chapa. De cuando en cuando lo visito, no tengo más amigo que él en la vida. Y sin él no hubiera visto el mundo. Le estoy agradecido.

- ¿No viste más a tu madre?
- No, murió poco tiempo después, murió loca.
- ¿Cómo te llamás?
- Jauja.
- ¿Jauja? – repetí yo - ¿Jauja?
- Ese no es mi nombre, pero así me pusieron de chico en una casa donde estuve sirviendo. Me gustó el nombre. Yo tendría siete u ocho años.

Un día la niña de la casa me habló de Jauja, una ciudad milagrosa en la que para entrar hay que comer una montaña de queso con tierra. Me gustó el cuento. Yo quería ir a Jauja. Siempre hablaba de Jauja. Y por fin me pusieron Jauja de sobrenombre.¡Me gusta llamarme Jauja! Me parece que llamándome así voy a ser rico. No se ría usted. ¿Usted cree que no voy a ser rico nunca? - Otra vez no me dejó responderle, según su costumbre. A él no le interesaba lo que yo podía contestarle. Se respondió a sí mismo. - ¡Rico y feliz! ¡Yo nací con yeta, pero voy a vencer mi yeta! Había ingenuidad y fuerza en su afirmación. Lo felicité.

- ¡Bien, muchacho! ¡Así se vence en la vida! ¡Hay que tenerse fe, muchacho!
- ¡Ah, lo que es por eso, yo me tengo una fe! ¡También he pasado tantas yo, y siempre he salido a flote! ¿Por qué no voy a salir igual de todas las que vengan?
- Tenés razón.
- ¡Ya lo sé!

Me dijo esto con un tono que yo traduje: no gaste palabras inútiles para darme la razón; yo siempre la tengo. La lluvia arreciaba. De improviso, cuando yo creí que sólo de él iba a hablar, me preguntó:
- ¿Y usted cómo se llama?
Le dije mi nombre. Lo repitió como haciendo memoria. Al fin, dijo:
- ¿Usted escribe en las revistas?
- Sí.
- Oh, Yo he leído un cuento suyo. Sí. Pero hace mucho tiempo. ¡Puf!, yo era chico. Un cuento en que el protagonista era un muchacho. Me gustó por valiente. Yo entonces, pensé: si me encuentro con el que hizo este cuento le diría que hiciese uno conmigo. ¡Qué casualidad! ¡Y ahora lo encuentro! Yo lo hacía otro tipo a usted, lo hacía un viejo, con una gran barba blanca. ¿Por qué no escribe un cuento con mi vida?
- Cuéntamela, entonces.
- Yo estoy solo. No tengo a nadie, ahora vivo con aquel viejo, ¿ve?, aquel chinote que está allá, debajo de aquel árbol. Yo lo llamo Vizcacha.
- ¿Por qué?
- Porque me parece que así debía ser el viejo Vizcacha.
- ¿Has leído el Martín Fierro?
- ¡Uf! Lo sé de memoria. Si una vez, yo y otro chico nos escapamos para hacer de Fierro y Cruz, queríamos ir a vivir entre los indios. Después le contaré. ¡Las locuras que uno hace de muchacho! Ahora vivo con aquel viejo en un rancho, por allá… Van para quince días, pero ya estoy aburrido. No hace otra cosa que venir aquí a tirar los espineles para pescar. ¡Estoy por irme a Rusia!
- ¿A Rusia?
- Sí, me hice amigo de un ruso peletero, un judío. ¡Me habló tan bien de Rusia que me parece que es Jauja! El estuvo hace un año, y ahora se vuelve. Me ofreció llevarme. Mañana lo voy a ver. Si lo encuentro, me voy con él a Rusia.
- ¿Y si no lo encontrás?
- Me quedo con Vizcacha, hasta que halle donde ir. ¡Qué quiere! Yo soy un muchacho pobre. Tengo que rodar por el mundo. ¡Es lindo rodar por el mundo! ¡He andado tanto yo!
- Recordá lo que dice Vizcacha al hijo de Martín Fierro: “Conservate en el rincón, donde empezó tu existencia. Vaca que cambia querencia, se atrasa en la parición”.
- Es una de las tantas macanas del viejo. ¿No le es antipático el viejo Vizcacha? ¡A mí me es antipatiquísimo! Bueno. Le voy a contar mi vida a ver si hace un cuento. Y le pone Jauja.
- Comenzá.
- Bueno, pero usted no me interrumpa. Yo le cuento pedazos de mi vida. Lo que quiero contar. Lo que me gusta. Lo que no me gusta no lo cuento. Hay cosas que no quiero que se sepan. Las hice… porque las hice. ¡No sé por qué las hice!... Pero no debía haberlas hecho… ¿Usted ha tenido hambre alguna vez? ¡Yo sí! ¡Y qué hambre!...

* * *

- Una vez, hace mucho de esto, yo era chico, tendría once años…
Lo interrumpí:
- Ahora tenés quince, no hace tanto, hace cuatro años nada más.

Me miró irritado, se encogió de hombros:
- No hará mucho, pero a mí me parece que hace mucho. Cuando pasa un año, a mi me parece que han pasado diez…Bueno. ¡Y no me interrumpa! Porque si me interrumpe… Dejó unos amenazantes puntos suspensivos. Quise provocarlo:
- Si te interrumpo, ¿qué?
- ¿Qué? Peor para usted.
- ¿Por qué?
- Porque sí. ¡Y basta! Escuche: una vez, cuando tenía once años, estaba de sirviente en una casa… De pronto, dejando en suspenso el relato, exclamó:
- ¡Ayer hice un robo! A mí no me gusta robar. ¿Para qué? Uno se expone a que lo lleven preso. Yo pido. ¿Tengo hambre? Entro en una panadería: ¡Eh, panadero, déme un pedazo de pan que tengo hambre! Después entro en un almacén: ¡Eh, almacenero, déme un pedazo de queso que tengo hambre! Y me dan. Tienen que darme. ¿Quién me va a negar de comer? Sólo una vez un panadero me dijo: “Yo no alimento a haraganes”. Le dije de todo. Le dije tantas cosas, que para hacerme callar me dio un pan entero. Yo se lo tiré por la cabeza y me fui. No hubiera podido tragar el pan de ese cochino. Me hubiese indigestado. ¡Mire que negarle un pedazo de pan a un hombre que tiene hambre!
- ¿El hombre eras vos? Comprendió la ironía de mi pregunta y, súbitamente, afirmó, muy serio, recalcando la palabra hombre:
-¡Sí, el hombre era yo! ¿Y qué se cree usted? Quizás yo con sólo quince años y así bajito y delgadito, quizás sea más hombre que usted, que puede ser mi padre y es tan alto.
- Quizás – dije yo burlón. Me placía irritarlo, verlo defender bravamente su virilidad prematura.
- ¡He pasado tantas yo! Quizás usted no ha pasado ni la mitad de las que yo he pasado.
-Quizás… Me miró a los ojos, desconfiado. No sabía si enojarse o no. Al fin, comprendiendo que si se enojaba se privaría del placer de hablar de él mismo, decidió no enojarse. Sonrió.
- Le estaba contando que ayer hice un robo. Me parece que hice un robo justo. Usted dirá. Fue en la Chacarita. Vi en un diario que en un escritorio pedían un joven. Al llegar yo, ya habían tomado; como el escritorio estaba cerca de la Chacarita, fui a pasear por allá. ¿No le gusta pasear por el cementerio? A mí sí me gusta. Me entristece, pero es una tristeza linda. Es como cuando uno toma una sola copa de guindado. No se emborracha, pero queda como medio en el aire. Así me pasa cuando salgo de pasear por un cementerio. Me parece que vivo y que no vivo. ¡Los hombres son estúpidos! Hasta en el cementerio hay tumbas lujosas para unos y tumbas pobres para otros. Yo vi una lujosa, de mármol negro, con lindos bronces y estatuas de ángeles. Estaba llena de flores. Al lado había una tumba fea, sucia, con el mármol roto. ¡Y sin una flor! ¿Sabe lo que hice? Saqué Todas las flores de la tumba lujosa y las puse en la tumba pobre. ¡Todas! ¡No le dejé ni una flor, ni una hoja! ¡Nada! ¡Pero mire qué egoísta es la gente! A los que llevaban flores al rico muerto,¿qué les costaba tirar una sola en la tumba de ese pobre, del que nadie se acordaba ya! ¡Pues, nada! ¡Todo era para el rico, nada para el pobre! ¿En la muerte igual que en la vida? ¡No! En la muere tiene que haber más justicia que en la vida, ¿verdad?
- ¡Sí!
- ¿Le parece que hice un robo justo?
- Sí.

Quedó en silencio. Al fin, habló otra vez:
- ¿Sabe que me es simpático usted? A pesar de que a veces se quiere burlar de mí, me es simpático.
- ¿Sí? Me alegro porque vos también me sos simpático.
- ¿Y por qué le soy simpático?
- ¿Por qué? Primero, por la manera cómo mirás. Después, porque pensás como yo. Después, porque sí, porque me sos simpático. ¿Y yo, por qué te soy simpático?
- Por esta última razón, porque sí, porque me es simpático. ¿Por qué nos gusta el agua? ¡Porque nos gusta! ¿Quiere que le siga contando más de mi vida?
- ¿Y cómo no?

Pensó un rato, y dijo:
- Le voy a contar cómo descubrí que no hay Reyes Magos. Lo descubrí en esa casa donde le dije que estuve de sirviente. ¡Yo era un pibe! ¡Tendría ocho años!
- ¿Y ya estabas de sirviente?
- Sí, pero me trataban bien. La señora era una buena mujer. Se le morían todos los hijos y entonces criaba chicos pobres. Yo lo único que hacía era regar las planas con otro compañero que se llamaba Juan. La noche víspera del día de Reyes, Juan puso su zapato en la estufa del comedor. Yo no lo puse; pero sin decir nada, a medianoche, cuando todos dormían, lo puse en el fogón de la cocina. A la mañana siguiente, el zapato de Juan tenía una caja de soldados. En el mío no había nada, pero la señora me regaló una caja igual a la de Juan y me dijo que los Reyes Magos, al no encontrar mi zapato, se la habían dado a ella, para que me la diese. Yo pensé: “Son mentiras”. Si hubiese habido Reyes Mago, así como bajaron por el caño de la estufa, hubieran bajado por el fogón de la cocina. ¿Qué le parece cómo lo descubrí? No le dije nada a la señora. ¿Para qué? La pobre señora se habría entristecido. ¡Pobre señora Angela! S llamaba Angela. ¡Las cosas que descubre uno en la vida! Antes de venirme a vivir con el viejo Vizcacha, descubrí que hay gente muy falsa. Va a ver cómo: Leí una vez en La Prensa que en el escritorio de un escribano necesitaban un empleado. El diario decía así: Joven, si hubiese dicho muchacho, como en otros avisos, yo no iba.
- ¿Por qué?
- Porque yo no soy un muchacho, yo soy un joven. Fui. Me tomaron. Salía yo muy contento, para volver al otro día. De pronto oí que me chistaban. Era una mujer. Llorando me contó una historia que me partió el alma. Su hijo, “Jenaro” le decía ella, también quería ese empleo. Nos habían tomado a los dos, a prueba, el que mejor sirviese de los dos, se quedaría, “pero mi Jenaro es tuberculoso”. Seguramente el escribano le va a preferir a usted, decía ella, y lloraba, gemía, se mordía los dedos. Yo no le entendía bien porque hablaba medio en napolitano. Por fin nos entendimos. Me pedía que yo no concurriese al día siguiente; de esa manera tomarían a su hijo. “Vuelva al mes usted, me decía, seguramente mi hijo ya habrá muerto, el pobre, y usted ocupará su puesto”. Le prometí dejarle el campo libre. Me besó las manos, se hincó delante de mí. La tuve que levantar y salí disparando de vergüenza, porque la gente se empezaba a juntar. Volví a la semana por el escritorio, pensando quizás que el pobre tuberculoso ya estaría muerto. Hallé un muchachote grande y fuerte que estaba limpiando la chapa. Pensé que habrían tomado a otro. Le pregunté: ¿Che, desde cuándo trabajás aquí? Hace una semana, me contestó él. ¿Vos te llamás Jenaro?, le volví a preguntar. Sí, me contestó él. Decime, le dije otra vez, tu mamá es napolitana y es así y así… le di las señas. Sí, me volvió a contestar… ¡Me entró una rabia, viera qué rabia! De buena gana le hubiera dado una patada en el vientre. No se la di.
- ¿Por qué?
- Por no armar escándalo… ¡Y porque era demasiado grande! ¡Pero viese qué hipopótamo! ¡Pesaba noventa kilos el muy bruto! ¡Y yo no llego a los cincuenta! ¡La mujer me había hecho el cuento del tuberculoso! ¿No le digo que soy yeta? Cuando iba a encontrar empleo, ¡zas! Me lo escamotean con el cuento del tuberculoso. ¡Todo por tener buen corazón! Si es otro dice: ¡Y bueno, si su hijo está tuberculoso, que se muera! ¡Yo casi me pongo a llorar con la napolitana!
- Pero hiciste una buena acción – intervine -. Suponé que hubiera sido cierto…
- ¿Buena acción o zoncera? – reflexionó él -. Nunca se puede saber bien cuando se hace una buena acción o una zoncera…Mire. Ya está parando de llover. Y vea, allá va a salir el sol. Por eso me gusta el clima de Buenos Aires, porque cambia. Yo no serviría para casado. A mí me gusta cambiar. ¿Quiete que le cuente cómo me enamoré?
- Cómo no, ¡interesantísimo!
- Yo tenía diez años y mi novia veinte; no se ría, porque no es cosa de reír. ¡Si supiera cómo he sufrido!... Vea allá, por el sur, ya se está despejando el cielo. ¡Vamos a tener dos horas de sol! ¡Lindo! ¡Viera usted cómo lo quiero al sol! ¡Pero al sol de Buenos Aires! Una vez en Santiago del Estero le tomé odio. Tuvimos un mes entero de sol, con cuarenta y tantos grados, sin agua. ¡Qué calores he pasado yo en mi vida! ¡Y qué fríos también! Me acuerdo de un frío que tomé en la Pampa, en Quemú-quemú…
- ¡Pero mirá que has andado!
- ¡Uf! ¡Si he andado yo! Y volvió a hacer el gesto amplio, abarcador de todo el mundo, jactancioso.
- Contame tu amor.
- Antes le voy a contar otra aventura. Le voy a contar cuando Juan, el otro sirvientito y yo, quisimos hace de Fierro y Cruz y largarnos a vivir con los indios. ¡Oiga! Va a ver las locuras que uno hace cuando es muchacho. ¡También! Teníamos once años. ¿Quién no hace locuras a esa edad? Ya sabíamos leer. Nos había enseñado una señorita de enfrente que se llamaba María del Pilar: mi novia. Es decir, yo era novio de ella, pero ella no lo sabía. Una vez, entre mi compañero y yo compramos Martín Fierro. Leíamos de noche, cuando todos se acostaban. Lo leímos, lo volvimos a leer, tanto que al fin lo sabíamos de memoria. Una noche, estaba yo leyendo la pelea de Martín Fierro con el indio. Juan escuchaba. De pronto, él me dice: - Jauja, ¿querés que nos vayamos por ahí, haciendo de Martín Fierro y Cruz? – Bueno, le contesté yo. - ¿Cuándo nos vamos? – Mañana mismo. Así fue. Al otro día, no bien comenzó a amanecer, hicimos un bulto con nuestras pocas cosas y nos largamos. ¡Mire lo que uno hace cuando es chico! Entre los dos teníamos cincuenta centavos. Empezamos a caminar por la calle Callao, rumbo al sur. Al principio íbamos ligero. Yo recordé que Fierro y Cruz andaban al tranquito de sus caballos, sin apurarse; y entonces empezamos a andar así, despacio y conversando. De pronto, Juan me pregunta: ¿Para dónde vamos a ir? -¡Para Jauja! -¡Ah!, me contestó él, ¡a Jauja yo no voy! ¿Dónde has visto que Fierro y Cruz vayan a Jauja? Recuerdo que le encontré un poco de razón, ¡pero era tanto mi deseo de ir a Jauja! Le dije: -¿Y adónde querés ir, entonces? - ¡Pues a vivir entre los indios como Fierro y Cruz!, me respondió él. –Tené cuidado, le respondí, no te vayas a morir de viruela como se murió Cruz. ¡Pobre Juan! El argumento lo impresionó mucho, quizás presentía que pronto se iba a morir, porque se murió a los dos o tres meses, no de viruela, sino de fiebre tifus. El pobre Juan me miró asustado. Yo le dije: -¡Vamos a Jauja, allí no hay viruelas, allí no se muere nadie! No lo convencí.

Insistió en ir a los indios porque Fierro y Cruz habían ido a los indios. Yo no cedía, ¡ahora que se me presentaba la ocasión de conocer a Jauja! Nos paramos a discutir. Por último, yo dije: “Bueno, tiramos una moneda. Si sale cara vamos a los indios, si sale ceca vamos a Jauja”. Salio cara y seguimos viaje a los indios, aunque siempre por la misma calle y en la misma dirección, como antes, cuando íbamos a Jauja. Eso lo reparé yo mucho después. Entonces ni él ni yo nos dimos cuenta de eso. ¿Pero acaso él y yo sabíamos dónde estaba Jauja y dónde estaban los indios? Caminamos. De pronto él dijo: “A esta hora estaríamos tomando nuestro café con leche”. El recuerdo me entristeció, porque ya había comenzado a sentir hambre. Pero había que economizar. Sólo teníamos cincuenta centavos. Seguimos. Después de andar toda la mañana, llegamos al puente que hay sobre el Riachuelo, donde termina la ciudad de Buenos Aires, y nos sentamos a descansar y a comer pan y salame. Veinte de pan y veinte de salame. ¡Cansadísimos! ¡Qué caminata! Ya estábamos terminando, y él dijo: -¿Quién es Martín Fierro de los dos? – Yo, le respondí. Protestó enseguida.– No, yo quiero ser Fierro. Le quise dar razones. - ¿No ves que yo soy mayor, que te llevo dos meses? No quiso saber nada: - No, yo no quiero ser Cruz, porque Cruz se murió de viruela. ¿No le digo? El pobre presentía que pronto se iba a morir. Bueno, yo tampoco quería ser Cruz. -¡Si yo no soy Fierro, me amenazó él, me vuelvo! -¡Volvete!, le contesté yo. Y se fue. Se fue enojado conmigo el pobre. No lo vi nunca más. ¡Tan amigos que habíamos sido siempre! ¿Pero por qué no se nos ocurrió tirar a cara o ceca a ver quién era Cruz y quién era Fierro? ¡No se nos ocurrió! Yo me quedé solo, con diez centavos de capital. ¡Pues ahora sí que voy a Jauja!, me dije, y seguí caminando… Todavía sigo caminando… ¿Qué le parece esta aventura? ¿Una macana, no? Pero si uno no hace macanas de muchacho, ¿cuándo va a hacer macanas? ¡Yo he hecho tantas! A veces me tiro en el pasto, de noche, y me pongo a mirar las estrellas…

Recité los versos de Fierro:
“Que le parecen más bellas
Cuando uno es más desgraciao”…
- Así es, me pongo a mirar las estrellas y a recordar todas las macanas que he hecho en mi vida. ¡Y me divierto! Es una diversión barata.

* * *

- ¡Ya tenemos el sol otra vez! – dijo jubilosamente.
-¿Te gusta el sol? – le pregunté.
- Es lo segundo que me gusta en la vida
- ¿Y los primero qué es?

Me miró picaresco, esperando que yo adivinara, y dijo:
-¡La mujer!... ¿quiere que nos vayamos a sentar en aquella roca?... Así nos secamos al sol. Allí le contaré cuando estuve enamorado de María del Pilar. Nos ubicamos en la roca, él comenzó a hablar, dichoso de haber hallado un oyente con tanta paciencia.

- ¿Sabe que me gusta hablar con usted?
-¿Sí? ¿Por qué?
- Porque usted habla poco, me deja hablar a mí. Hablar es la tercera cosa que me gusta en la vida. ¡Y qué pocos hombres lo dejan hablar a uno! Todos quieren hablar. Con el viejo Vizcacha no hablamos nada, porque en cuanto yo le empiezo a contar algo de mi vida, él me quiere contar la suya. ¡Y a mí qué me importa la vida de él, a mí me importa la mía! Escuche: le voy a contar cuando yo estuve enamorado, a los diez años, de una chica de veinte. ¡María del Pilar! ¡Qué lindo nombre! Si alguna vez me caso y tengo una hija, le voy a poner María del Pilar. Ya le dije que yo soy un hombre de yeta; ¿pero puede pedirse más yeta que la de enamorarse, que la de enamorarse a los diez años de una mujer de veinte, que no se da cuenta que uno está allí? ¡Esa yeta la he conocido yo! Enfrente de la casa de la señora Angela, vivía María del Pilar. Era baja, de pelo rubio, de ojos color del mar a las siete de la tarde, en verano…
- ¿Y por qué a esa hora y en verano?
- Porque los ojos de ella tenían el color del mar a esa hora, cuando todavía no es de noche ni es de día. Y ella era así, o a lo menos así me lo parecía- No era mujer y no era chica tampoco. Muy seria, casi triste. ¿Sabe por qué me enamoré de ella? Porque era baja. Era un poco más alta qu yo, y yo tenía diez años y ella veinte. Si hubiese sido alta no me enamoro. Las mujeres altas me parece que no son mujeres, y las mujeres altas y gordas, me parecen hombres disfrazados de mujeres.
- ¿Era linda ella?-
- ¡Preciosa! A mí me parecía que era la mujer más linda del mundo; pero no siempre me pareció así. Al principio, cuando ella todavía no me enseñaba, yo la veía en el balcón. No me fijaba más en ella que en el farol de la esquina. Y después, cuando me fui enamorando, me fue pareciendo más, más linda; ¡tan linda! ¡Mire que es raro el amor! ¡Como pinta las cosas diferentes de lo que son! ¿Eh? Después, cuando a uno se le va, entonces vuelve a ver las cosas tal como son. Yo, cuando me fui desenamorando, la fui viendo menos linda, menos linda… Al fin, cuando me fui olvidando de ella, la vi. Hacía cuatro años que no la veía. No me pareció nada extraordinario. Me pareció como todas. ¡Qué loco es el amor! ¿Pero qué lindo que es también! ¡Uno se pone tan valiente! Me acuerdo que una vez, para que ella me viese pelear, me agarré a trompadas con un muchachote grande, casi un hombre. ¡Yo tenía un miedo! ¡Y sin embargo, me pelié! Lo más triste fue que ella, en vez de felicitarme por valiente, me retó, me llamó atorrante, “muchacho de la calle”. Es una de las pocas veces que he llorado en mi vida. Pero le estoy contando por el final, en vez de contarle por el principio. María del Pilar nos empezó a dar lecciones a Juan, a mí y a una chica que tenían de sirvienta en su casa. ¡Más burra era! ¡No le entraban las letras! Se llamaba Celestina. Yo era el más inteligente. Aprendí enseguida. ¿Pero sabe por qué? Porque me estaba enamorando. Si no me hubiese estado enamorando, no hubiese aprendido tan pronto. ¿Ve las cosas del amor? ¡Pero algo más curioso todavía! Mientras me estaba enamorando, yo aprendía fácil; cuando ya estaba enamorado, no aprendí más. Y al último, cuando ya estaba muy enamorado, era el más burro de los tres, más burro que la misma Celestina.

No me entraba nada. No podía leer. No veía ni las letras. Hasta en la ele, que es una letra tan alta y flaca, veía algo de María del Pilar, que era bajita y regordeta. En cuanto tropezaba con una i ya estaba perdido, la i me parecía que era ella y ya olvidaba todo y me ponía a pensar en ella… ¡No se imagina lo que he sufrido! Claro, todo esto lo vi mucho tiempo después, cuando me tiraba sobre el pasto a mirar las estrellas y a pensar. Entonces no veía nada. Entonces era y no era yo. No sé si me entiende. ¿Usted no se enamoró nunca? Porque si no se enamoró nunca, no puede entenderme. ¡Y todo no era sufrir, qué diablos! ¡Hay que decir la verdad! Yo también gozaba. Era una cosa rarísima. Por ejemplo: cuando uno chupa pasta de orozú, que es dulce y amarga… yo gozaba y sufría, ¿me entiende? Yo no sé si eso le pasará a todos, pero me parece que si uno se enamora de una mujer de su misma edad, y ella le corresponde, la pasta de orozú se transforma en un merengue de chantilly. ¡Todo es dulce! ¿Le gustan los merengues de chantilly? ¿Son ricos, eh? Yo la quería a María del Pilar, al principio sólo la quería, después le fui tomando rabia también. ¡Qué raro! Me gustaba hacerla enojar, hubiese querido que sufriera, pero que sufriera por culpa mía, no de los otros. ¡Si la hubiese podido hacer llorar por algo, qué felicidad! Pero ella me trataba igual que a Juan y a Celestina, igual qu al Brujo, un perrito de lanas. Yo me daba cuenta, y sufría. De buenas ganas la hubiese atado de pies y manos y le hubiese sacado pelos, uno por uno, a tironcitos.

Oírla decir: ¡Ay!, y pedirme que la dejara, ¡qué feliz hubiera sido! Y si otro cualquiera la hubiese pisado sin querer, yo lo hubiese muerto. ¡Se lo juro! Si ella me hubiera mandado matar, yo mataba. Una vez se enfermó, estuvo con fiebre varios días. ¡Qué días pasé yo! Si ella e hubiera muerto, yo me suicido. ¡Se lo juro! Me enseñó cerca de un año. A los pocos meses yo leía y escribía de corrido, cuando Juan todavía deletreaba y Celestina no había salido de la o. Después me empaqué. No sólo no veía nada y no podía pensar en nada más que en ella, sino que me gustaba hacerla enojar. Y también me gustaba que me gritase, que me amenazara con penitenciarme. ¿No podía conseguir que me besase, que me abrazase y me hiciera cariños, como yo deseaba?... ¡Bueno! ¡Que se ocupase de mí ¡ En cualquier forma, pero que se ocupase de mí.¡Y la hacía enojar! A propósito, leía mal, escribía con letras torcidas, borroneaba el cuaderno. Ella me gritaba y yo era feliz. Una tarde, después de la clase, me dejó parado en un rincón, en penitencia. ¡Cómo gozaba yo! Le dije que me iba a escapar. ¡Mentira! ¿Qué más deseaba yo, estar allí, sólo con ella, y poderla mirar, mirar mucho? Entonces se sentó en una silla a cuidarme. Ella leía un diario y yo la miraba, la miraba… ¡Qué felicidad! Al salir quiso que le prometiera ser obediente y aplicado. Yo no le prometí nada. Me dio un tironcito de orejas, despacio. ¡Qué me iba a doler a mí, acostumbrado a trompearme con los demás muchachos! Hice como que me dolía mucho. Ella empezó a acariciarme. Yo le agarré la mano, se la agarré para besarla, porque yo hubiese estado todo el día besándole la mano, sin cansarme; y cuando tuve su mano en mi boca, no sé por qué, vaya a saber uno porqué, en vez de besársela, se la mordí… ¿Qué raro, no? Desde ese día, ella aseguraba que yo era un chico perverso, que debía ser hijo de algún criminal… A veces, de noche, pensando en ella, no podía dormir. Y me ponía a pensar en cosas raras. Por ejemplo: pensaba que en ese momento se incendiaba la casa de ella.

Veía los bomberos, el humo, el fuego, la gente. Y de pronto Celestina empezaba a gritar que la señorita estaba adentro, quemándose. Nadie se animaba a entrar. ¡Ni los bomberos! ¡Y mire que yo admiraba a los bomberos; los creía los hombres más valientes del mundo! Nadie se animaba. Entonces yo entraba para salir con la señorita María del Pilar, desmayada. Después ella me decía su salvador y me abrazaba y me besaba mucho. ¡Por qué todas mis imaginaciones terminaban así: que ella me abrazaba y besaba, pero no una vez, muchas. También pensaba en que de pronto oía la voz de ella pidiendo auxilio; yo corría a la calle y la veía en el balcón. Me explicaba: ¡Ladrones! No uno, ¡Cinco, diez, quince ladrones! Yo entraba por el balcón, me armaba de un cuchillo y empezaba a matar a los ladrones. Mataba seis, siete. Los demás disparaban y yo detrás corriéndolos hasta la calle, donde todavía ayudaba a los vigilantes para apresarlos a todos, sin que se escapase ninguno. Por fin, como siempre, ella me abrazaba y me besaba mucho. Otra vez ella había ido a Quilmes, con la señora Angela, otras amigas y nosotros. Entraba a bañarse en el río furioso, casi se ahogaba y yo la salvaba. Lo más lindo era que yo, en aquel tiempo, no sabía nadar. ¡Pero la salvaba! Y ella allí, en la playa, delante de todos…

- ¿Te abrazaba y te besaba mucho?
- ¡Naturalmente, pues! ¿Qué le parecen las macanas que me hacían pensar el amor? Bueno, pero hay que tener en cuenta: ¡yo era un chico!
-¿Si hubiera sido ahora? – le pregunté.
- ¡Sería otra cosa! – respondió con seguridad absoluta -. Ahora no andaría con tantos rodeos. ¡Diez años, figúrese! ¡Ahora tengo quince cumplidos!
Prosiguió su narración, apresuradamente, con miedo tal vez de que yo introdujera comentarios, y le impidiera hablar de él, que tanto le gustaba – hablar de su propia vida, de sus aventuras, de su amor sobretodo – el más importante de los temas:
- Nos daba clase en la sala; sobre el piano tenía un retrato de ella. ¡Lo que yo hubiera dado por él! Hubiese dado una pierna. Hubiese dado cincuenta años de mi vida, porque entonces yo pensaba que iba a vivir mucho. ¡Y lo sigo pensando! Estoy seguro que voy a vivir mucho.
-¿Por qué?
- Porque sí, pero déjeme contarle. No me haga preguntas. ¡Si yo hubiese tenido ese retrato para ponerlo debajo de la almohada! Pensé robárselo. ¿Pero cómo? ¿Si me ayudara Celestina, ofreciéndole algo? Temí que me vendiera, que se lo dijese a ella y ella maliciase que yo la quería. Porque, ¡Cosa rara el amor!, yo hubiese querido decírselo a ella y al mismo tiempo tenía miedo de decírselo. ¡Cosa rara! No pudiendo robarle el retrato, le robaba los lápices. Ella tenía la costumbre de mojar la punta antes de escribir, yo los robaba por eso, y una vez en la cama, de noche, me ponía a besar y a besar la punta del lápiz. Otra vez le robé un pañuelo. Me acosaba con el pañuelo y lo olía fuerte, pensando en ella…¡Las estupideces que uno hace enamorado! Ella se quejaba porque desaparecían sus lápices. Celestina me acusó. Me revisó y me lo quitó, llamándome ladrón. ¡Qué injusticia! Le aseguro que esa fue otra de las pocas veces que lloré.

En aquel año lloré como cinco veces. Después no me acuerdo de haber llorado nunca. ¡Yo soy muy fuerte! ¡Y eso que he pasado tantas yo! Otra vez oí que le daban unas bromas con un primo de ella, recién llegado de Europa. ¡Entonces sí lloré, lloré como un loco, desesperado! La cocinera, asustada, llamó a la señora Angela. Yo dije que me dolía una muela. Me llevaron a la botica. El boticario me revisó, y lo más cómico fue que salió diciendo que sí, que tenía una muela picada. Y me dio un remedio. Yo no sé si lo hizo para vender el remedio o porque él no entendía nada. ¿Usted no le tiene antipatía a los boticarios? ¡Yo sí! Me parece que no saben nada y que se dan ínfulas de médico. Y además, el primo de María del Pilar era boticario. Por suerte eso del primo sólo fue una broma. María del Pilar nunca tuvo novio. ¡Suerte!

- ¿Para quién, para usted?
- No, para el novio, pues. Usted se cree que yo no lo mato? Hasta pensé esperar al primo una noche detrás de la esquina y darle un palo por la cabeza. Pero el primo no la visitó más. Una noche soñé que María del Pilar me besaba. Hasta entonces sólo lo había pensado, esa noche lo soñé. Sentí los besos. Me desperté. ¡Qué rabia! Hice fuerza para volver a dormirme, para volver a soñar lo mismo. ¡Y nada, no me dormía! Empecé a contar de cien para atrás. Me dormí, pero no soñé lo mismo. ¿Por qué será que cuando uno sueña cosas lindas, se despierta, y cuando sueña cosas malas, no? Después me lo dice. Ahora déjeme seguir. Cuando yo le pregunto no es para que me conteste. Le pregunto porque esa es mi manera de hablar. Siga oyendo. Yo esperé contarle mi sueño a ella. De ese modo, sin decírselo, le iba a decir que la quería. ¿Nunca me animaba! A propósito, para que me penitenciase y quedarme solo con ella, me portaba mal. Me quedaba solo con ella y en el momento que yo iba a decírselo, no me salía la voz. Por fin pensé que más fácil que contarle lo soñado sería darle un beso. Cuando estaba lejos, pensaba cómo iba a hacer; pero cuando estaba con ella, allí solos los dos, ella tan seria, leyendo… ¡Si más fácil me hubiese sido tirarme de la azotea! Sin embargo, ella una vez estaba dándome la espalda. Me animé. En puntas de pie me iba acercando, me oyó. Alarmada, dio un salto y comenzó a gritar. Vino la madre de ella, el padre, una cuñada. Ella decía: ¡Este chico me odia! ¿Vieran qué cara tenía! Estoy segura que se acercaba para estrangularme por la espalda. Grité de miedo al verle los ojos. ¡No se imaginan qué ojos!... Ella creía que la odiaba, y yo, en cambio… Una tarde llegamos, pero ella no estaba; según nos dijo la madre, una tía la había invitado a veranear en su quinta, en el Tigre. Yo me quedé como cuando una vez, de golpe, me tomé un litro de vino. Después se nos ocurrió a Juan y a mí irnos de Cruz y Fierro. No volví más a la casa, porque en la Boca hallé el capitán de un buque español, que me llevó con él por ahí… Cuatro años después, hará tres meses de esto, se me ocurrió pasar por su casa, por si la veía. La hallé en el balcón. Ella me dijo lo de la muerte de Juan. Ya no me parecía linda. Mientras hablábamos, yo pensaba si ésta no era otra… A veces pienso que hay dos María del Pilar: ésta, la que yo vi ahora, de hombre, y la otra, la que yo quise cuando era un mocoso. ¿Será así? ¡No me conteste! Yo no le pregunto para que usted me conteste. Le pregunto porque tengo la costumbre de hablar preguntando. Nada más. ¿Le gustó el cuento?
- ¡Mucho!
-¿quiere que le siga contando otras aventuras de mi vida? ¡Ya está el viejo Vizcacha llamándome desde el bote! ¿Lo ve? Es para que le ayude a tirar los espineles. ¡Hágase el que no lo ve! Débil por la distancia, la brisa traía los gritos del viejo:
- ¡Jauuu…jaaa!...
- ¡Hágase el que no lo oye! – me decía el muchacho, mirándome de reojo -, ¡Allí se nos viene! ¡No hay más remedio, lo voy a tener que dejar!

El viejo, lentamente, había comenzado a remar hacia nosotros.
- Es una lástima que nos interrumpa, si no, le hubiese contado muchas cosas más. Por ejemplo, cómo en Alaska, le salvé la vida a un hombre. Era un doctor japonés, un hombre muy enfermo. No podía comer carne, y nos hallábamos en un sitio donde sólo teníamos carne en conservas. A él le hacía mucho mal. Se enfermó terriblemente. Yo vi que una vaca comía un grupo de hojas grandes, y pensé: si eso no le hace mal a una vaca, tampoco le puede hacer mal a un hombre. Corté de esos yuyos y le preparé una ensalada al doctor japonés. ¡Santo remedio! Empezó a comer de eso y se sanó. El siempre decía que yo lo había salvado. Otra vez… ¡pero dejémosla para mañana! No voy a tener tiempo… Le iba a contar otra aventura, pero es un cuento largo…

De improviso, le pregunté:
- ¿Si te consigo un empleo, lo tomás?
- Si es empleo, sí. En fábrica, no. Los que trabajan en fábrica se mueren jóvenes. Y ya le he dicho: yo quiero vivir mucho. En empleo, sí; pero no se afane por encontrarme empleo. ¿Usted cree que yo soy desgraciado? ¡No! A mí me gusta andar de un lado para otro. Y ya ve. Nunca he robado. No me gusta robar. ¿Para qué robar? Si uno pide de comer, siempre halla quién le dé. La gente no es buena, pero no es mala. Lo que sí, cuando yo pido, me gusta que me crean. Una vez me había pasado un día sin comer. Era en el campo. Llegué a una cosa y pedí. Dije que hacía más de veinte horas que no probaba bocado. Me dieron carne y pan, pero sin creerme. Yo se lo conocí en la cara en la mujer que me daba. Le pregunté: “¿No me cree?” Ella se rió y me dijo: “No”. Yo le contesté: “Entonces no me de nada”. Le devolví su pan y su carne y seguí sin comer. Yo pido, pero con orgullo.
- ¿Por qué?
- Porque pido sólo cuando necesito; y si pido cuando necesito, los demás tienen la obligación de darme. Por eso pido con orgullo.¿Qué le parece? Yo no robo. ¿Para qué robar? Lo llevan a la comisaría y de allí al reformatorio de menores. ¿Sabe lo que hacen en el reformatorio de menores? Le meten las manos en una prensa y le rompen los dedos. Yo conocí un muchacho que lo habían mandado allí por robar una caja de sardinas en un almacén…
- ¡Jauuu…jaaa! – nos llegó la voz del viejo, ya próxima.

Era imposible no oír. Jauja se levantó de la roca.
- ¡Ya voy! – dijo al viejo -, y se volvió a mí: - Mañana voy a buscar al ruso peletero, si lo hallo me voy a Rusia. Si no lo hallo me quedo aquí y me lleva a ese empleo que usted dice… ¿Eh?Ç
- ¡Jauuu…jaaa! – llegó impaciente la voz del viejo desde el bote.
- ¡Ya voy, pues! – le gritó el muchacho, también impacientemente - ¿No ve que estoy hablando con un amigo?

Saltó al bote y lo vi alejarse rumbo al horizonte, remando briosamente… Sin saber por qué, yo quedé allí mirándolo, hasta que la lejanía le borró las facciones. Al otro día pregunté por él. Volví a preguntar al día siguiente. Nadie me supo decir nada. No lo vi más.