narrativa

EL MAS GRANDE DE LA CLASE

La inocencia de los niños lucha,
no sólo contra la muerte de la especie,
sino también contra la corrupción humana
y la gangrena universal del pecado.

AMIEL

Simón había nacido acobardado. No era más débil ni más pequeño que los demás; pero había nacido acobardado, y los demás, como si lo intuyeran, lo golpeaban. En el mundo infantil como en el mundo animal, el que se acoquina, paga cara su insignificancia. El instinto no conoce la misericordia.

Triste, hijo de tristes, quizás Simón sentía el peso de la vida sobre sus doce años, sin hambre y sin frío, porque era sirviente; pero también sin derechos. No tener derechos a los doce años, derecho a gritar; derecho de poder imponer algún capricho, es peor que tener frío y hambre. Silencioso y obediente, Simón había sido “sirvientito” desde los seis años. Casi había aprendido a hablar teniendo que hacerlo entre amos siempre. Su alma de humilde, hijo de humildes, concluyó por acoquinarse, trémula, mansa al golpe y al grito, utensilio dispuesto a servir a quien de ella quisiese hacer uso. Simón, como esos hombres viejos, muy aporreados por la vida, a los doce años, tenía alma despreciable de escoba o de balde. Una cosa sucia, útil y cotidiana de la que todos podían servirse, y abandonar después en un rincón cualquiera.

Era el segundo hijo de una viuda que tenía otros cuatro pequeños, todos así, silenciosos y feos, con la tristeza sucia que el conventillo infunde a las criaturas nacidas y criadas en su negro vientre. Ahora hacía de “sirvientito” en una casa del barrio; trabajaba de mañana, de tarde iba a la escuela. Iba allí como iba a todas partes: de limosna. El director de la escuela, de quien la madre había sido sirvienta antes de casarse, le concedió que enviara a su hijo Simón, después de cumplir sus obligaciones durante toda la mañana: mandados, cebar mate, lavar platos y escaleras; se ponía un delantal sobre sus ropas sucias, en zapatillas, y se largaba a aprender lo que pudiera su pobre cerebro de muchacho anémico, humillado, hijo de humillados y anémicos. Para aprender se necesita estar fuerte y alegre. El cerebro de Simón era una esponja y su alma de niño triste, pálido, enclenque, sufrido; un harapo de alma.

Obedecía por costumbre. Como obedecía a los amos, obedecía al maestro y a sus compañeros. Pero a los iguales no se obedece impunemente. Los condiscípulos le hacían pagar caro su acoquinamiento: gritos, golpes. Hasta los más chicos que él, lo gritaban y golpeaban. A Simón no se le ocurría que él hubiese podido responderle grito por grito y golpe por golpe. Ignoraba ese derecho. En todas partes se sentía el “sirvientito”, cosa blanda a la voz dura que grita, cosa fácil que se dobla a la mano ignorante que pega.

Ahora había un nuevo maestro. Un hombre canoso y pensativo. Se dio cuenta de la situación de Simón ante sus camaradas. Y habló a éstos. Aprovechó una de las frecuentes faltas de Simón, el que a veces, para cumplir con sus obligaciones, no podía ir a clase.

Les habló:
Era preciso que cambiaran de conducta con ese chico. ¿Por qué gozaban en maltratarlo? ¿No tenía suficiente con su desventura? ¡Servir! ¿Saben cuánto gana por mes? ¡Si era casi una vergüenza decirlo! ¡Cinco pesos! ¡Cinco pesos por treinta mañanas de frío y de fatiga! ¡Cinco pesos! Ellos, todos hijos de padres acomodados, ¿sabían lo que era ser sirviente? Los chicos escuchaban, silenciosos, embobados de estupefacción. Fueron malos, sí; pero no por crueldad, sino por ignorancia. Había allí dieciocho alumnos. En los dieciocho, el arrepentimiento cantaba su enternecedora canción. Sus dieciocho corazones se estremecían al oírle. El maestro siguió exponiéndoles la vida triste y dura del compañero vejado: la vida en el conventillo, la madre pobre que vivía vendiendo fósforos, casi pidiendo limosna por las calles, con dos chiquilinas colgadas de sus polleras. La otra hermanita dentro de un local frío, aspirando polvo… Uno de los chicos no pudo más: se dobló sobre el banco, ahogándose. Y lloró. Varios tenían los ojos turbios de lágrimas. El maestro se dirigió a Ignacio, el más grande de la clase:
- Pongo a ese pobre chico bajo tu protección, Ignacio. Vos debés defenderlo. Que nadie le pegue. Que en el recreo jueguen con él. ¿Vas a hacerlo así? Ignacio se puso de pie como quien va a decir un largo discurso. Era un muchacho fuerte, casi hermoso. Moreno, de facciones regulares, mentón prominente, voz hombruna ya. Estaba muy serio. Sólo dijo:
- Sí, señor…

Parecía que deseaba hablar, pero volvió a sentarse. Sus negras pupilas brillaron amenazantes, recorrieron en círculo, buscando enemigos entre sus compañeros. Sólo halló caras emocionadas, ojos húmedos de ternura… Y ahora eran tres los que, doblados sobre el pupitre, lloraban.

El maestro concluyó:
- Muy bien, mis queridos muchachos…
Y también calló él, interrumpiéndose como antes lo había hecho Ignacio, al principio de lo que parecía un largo discurso.

* * *

A la tarde siguiente, al entrar Ramón, se vio rodeado por todos sus compañeros. Uno le daba una calcomanía, otros figuras de cajas de fósforos, otro, bolitas, otro le regaló un cuaderno. Se lo disputaban. Todos querían jugar con él. Al fin, Ignacio se lo llevó a la cancha.

¿Jugar a la pelota? Este había sido el sueño más deseado por Simón. Nunca se atrevió a exponerlo. Y ahora, Ignacio, poniéndole una pelota en la mano, le había dicho:
-¡Tirá!

Pero Simón no tiró. Tanta era su dicha, que no pudo jugar. Se arrimó a una pared. Era la primera vez que lo veían llorar. Ni por gritos, ni por golpes lloró nunca. Estaba acostumbrado a unos y a otros desde muy chico; pero no estaba acostumbrado a la palabras buenas, a los regalos, a la amistad, a la preferencia en el juego que ahora le brindaban sus compañeros. ¿Cómo no llorar? Cinco días duró el paraíso de Simón. Una tarde no fue a clase. El maestro explicó su falta: ya no iría más. Ahora era obrero, aprendiz en la fábrica donde estuvo el hermano mayor. Este, tuberculoso a los catorce años, había tenido que abandonar la tarea. Simón lo sustituía. Era imprescindible llevar a u casa ese jornal.
- Pueden estar alegres – terminó el maestro -; lo hicieron feliz unos días. Seguramente serán los únicos días felices que ha tenido el pobrecito. Tal vez nunca más ha de conocerlos.

Ignacio, el más grande de la clase, se había puesto de pie. Preguntaba:
- ¿Y ya no vendrá más?
- ¿Y cómo ha de venir?
- Se me ocurre… ¿Si fuésemos a ver al dueño del conventillo donde vive Simón?

El maestro no adivinaba.
- ¿Para qué?
- Podríamos hacer una comisión, yo y otros cuatro. Vamos los cinco a pedirle…

El maestro no adivinaba aún.
- ¿Qué?
- Le vamos a pedir que dé gratis la pieza a la madre de Simón. De ese modo quizás él pueda dejar la fábrica y volver a clase.
- Quizás, sí… - y de pronto el maestro se entusiasmó con la idea -. ¡Muy bien! ¡Sí! Vayan cinco de os más grandes. Hoy mismo a la salida. Yo los acompañaré hasta la esquina. Primero vamos a ver a la madre que, con el pretexto de vender fósforos, pide limosna. Averiguaremos quién es el dueño del conventillo, y lo vamos a ver. ¡Excelente idea! Vos, Ignacio, le pintás la miseria de Simón, su desgracia… Debe tener un corazón muy duro para no estremecerse…

Averiguaron: El dueño del conventillo era un doctor muy rico que vivía en el extremo norte de la ciudad. Allí se fueron los dieciocho muchachos y el maestro. Quedó éste en la esquina y la comisión de los cinco, con Ignacio delante, llegó a la puerta de la mansión. Un portero los detuvo.
- Venimos a ver al doctor – explicó Ignacio.
- ¿De parte de quién?
- Una comisión de alumnos.

Trasmitió al asunto a otro portero y éste volvió con la orden de hacerlos pasar. Apelotonándose, azorados, los chicos comenzaron a caminar detrás del portero, que los guiaba por habitaciones llenas de muebles suntuosos, cortinados y alfombras. En una de ellas hallaron al doctor. Era un hombre flaco. Las canas blanqueábanle las sienes. El resto de la cabeza brillaba de calvicie. Estaba de pie, leyendo un papel atentamente. El portero se había retirado. Los chicos, silenciosos, aguardaban. El doctor siguió leyendo como si estuviera solo. Después se quitó los lentes y miró al grupo
- ¿Qué desean?

Ignacio tenía seca la boca. Se sentía terriblemente molesto. Hubiese deseado estar bien lejos de allí; pero era preciso responder a la pregunta. ¿Y quién más que él, el más grande de la clase, podía hacerlo? Comenzó torpemente:
- Somos los condiscípulos de Simón.
- ¿Simón? – preguntó el hombre - ¿Quién es Simón?

Ignacio comprendió que acababa de hablar en vano. ¿Cómo podría saber aquel rico doctor quién era Simón? ¡Cuántos conventillos no tendría él, acaso! ¡Cómo para acordarse del nombre de sus inquilinos! La sensación de molestia aumentó en Ignacio. Miró a sus compañeros. Los vio graves, mudos, convertidos en estacas, intimidados, esperándolo todo de él, el más grande de la clase… Se dio cuenta de su responsabilidad, hizo un esfuerzo y volvió a hablar. Explicaba quién era Simón, el sirvientito, dónde vivía, su miseria, la madre que con el pretexto de vender fósforos pedía limosna, acompañadas por dos hijitas, el hijo mayor tuberculoso a los catorce años, la otra hermanita de diez haciendo la comida para todos…

Hablaba como si estuviese dando examen, exponiendo un tema que sabía bien. La dificultad del comienzo, desaparecida totalmente; hablaba con soltura, casi con elocuencia. Lo detuvo una mueca impaciente del doctor.
- Sí, sí; ¿pero por qué me vienen a contar todo esto? ¿Están haciendo una suscripción para esa familia pobre? Apúntenme con cinco pesos. Sacó la cartera.
- No – dijo Ignacio -. No estamos haciendo una colecta. Venimos a pedirle a usted, que es el dueño del conventillo… ¡de la casa donde él vive! – se corrigió – veníamos a pedirle gratis la pieza.
- ¿Gratis?
- ¡Son vente pesos por mes! – dijo Ignacio, con un gesto que subrayaba la insignificante suma frente a la suntuosidad que los circundaba.
- No son los veinte pesos mensuales – arguyó el doctor -. ¡Es el precedente! ¡La indisciplina! Hoy es esa familia pobre, mañana será otra, y pasado será otra… Además, yo no tengo que ver directamente en el asunto. Hay un encargado que corre con eso. Véanlo a él.
- ¿Dónde vive?
- En la misma casa. En la pieza que da a la calle. Pregunten por el encargado. Si él accede… ¡Pero no va a acceder! Sería el desorden. Yo hago caridad, pero en otra forma. Si doy la pieza gratis a uno de los inquilinos, todos los días voy a tener alguno aquí, llorándome y pidiéndome también… Ustedes son muy jóvenes, quizás no comprendan estas cosas… Vean a mi encargado. Buenas tardes. Los chicos salieron burlados. Comprendían, sí, a pesar de ser muy jóvenes… El maestro, al saber la repuesta del dueño, murmuró:
-¡Canalla!

Nadie pensó en ir a ver al encargado. Ya presentían la respuesta de éste. Cabizbajos, seguían al maestro que iba en silencio, sombrío como nunca.
- ¡Tengo otra idea!

Ignacio era el que daba el grito de júbilo. Todos se detuvieron. El la expresó, hablando a borbotones:
- Somos dieciocho. La pieza vale veinte pesos. Cada cual pedimos un peso por mes en nuestra casa. Son dieciocho pesos. El maestro pone dos. ¡Ya están los veinte pesos! Le pagamos la pieza y Simón podrá volver al colegio. ¿Qué les parece la idea?
- ¡Muy buena! – afirmó el maestro resueltamente -. ¡Muy buena! – subrayó, palmeando la espalda del niño -. Veo que sos un hombre de inventiva. No te ahogás en un vaso de agua. ¡Muy bien!

Los demás chicos aprobaron con alegría, solidarios en el anhelo de hacer bien. ¡El problema estaba resuelto! La vida no es tan blanda como el anhelo de hacer bien, brotado en el alma de un niño, lo imagina. El problema no estaba resuelto. Quién primero halló la dificultad fue Ignacio. Al sentarse a comer, expresó a su padre el pedido. Este, un hombre grueso y tosco, hizo un gesto de negativa. Ignacio detuvo su peroración, asombradísimo. ¿Cómo? ¿Su padre se negaba a darle un peso mensual para el condiscípulo pobre? ¿Su padre, rico comerciante, dueño de un negocio que ocupaba tres pisos, toda una esquina? Se detuvo, esperando que hablara, que explicase los motivos. El hombre comía inclinado sobre la mesa, con los carrillos abultados. Le preguntó al fin: - ¿Pero no vas a dar, es cierto que no vas a dar?

El padre se encolerizó. Sacándose la servilleta, tragó entero el bocado que le llenaba la boca, y empezó a gritar:
- ¿Te crees que yo estoy dispuesto a ser el hazmerreír de algún pillo? ¿Vos te crees que ese dinero va a ir a manos de la viuda? ¡Estoy seguro que el maestro se queda con la mitad, por lo menos! ¡Linda idea se le ocurrió a ese pillastre para aumentarse el sueldo!
- La idea se me ocurrió a mí – dijo Ignacio con orgullo.
- ¿Y él la aprobó, eh? – preguntó el padre, con ironía.
-¡Sí!
- ¡Cómo para no aprobarla! ¡Si había un sonso que le ponía el bocado en la boca! ¡Pues! No tenía más que abrirla. ¡Estúpido! ¿Hasta cuándo vas a ser así? Salís a tu madre. Así era tu madre. Siempre queriendo dar limosna, y dando de lo que a mí me costaba ganar. ¿Creés que yo robo lo que tengo? Si ese chico Simón no tiene plata para estudiar, ¡qué trabaje, pues! ¡Alguno tiene que ir a la fábrica! No todos pueden ser doctores. ¿Eh? ¿No te parece que tengo razón?

Ahora, el que comía a dos carrillos, inclinado sobre la mesa, era el niño. El hombre volvió a preguntar:
- ¿No te parece que tengo razón?

E insistió:
- ¿Eh?
No obtuvo respuesta.

* * *

Pero, ¿cómo decir al maestro: mi papá no quiere darme el peso mensual? ¿Cómo fallar él, al que se le había ocurrido la idea, al más grande de la clase?

Lentamente, como si tuviese que hacerlo a empujones, iba Ignacio camino del colegio. Sus tribulaciones, enredándosele en los pies, le impedían caminar. Pensaba. ¡De súbito halló la solución! Y echó a correr, como quien saliendo de un barrial salta a un camino viable. Corrió hasta el boliche de un ruso vendedor de libros.
- ¿Cuánto me da por éste? – y puso sobre el mostrador su hermoso libro de lectura, lleno de láminas en colores.

El mercader, un viejo barbudo, lo observó atentamente, lo dio vueltas, lo hojeó, y sin mirar al niño, propuso:
- ¡Noventa centavos!
¡Noventa centavos! ¡Un libro casi nuevo que costaba cinco pesos!
- ¡Si me paga un peso se lo doy!

El mercader sacó un peso y lo puso delante del niño. Ignacio salió corriendo, hirviéndole de alegría la generosa sangre juvenil. Llegó tarde al colegio; ya estaban en clase. Entró como un viento de primavera, enarbolando el papel de un peso. Lo puso en el pupitre del maestro.
- ¡Aquí está!
El maestro lo acogió fríamente:
- Guardalo.
- ¿Por qué?
- Ha fracasado tu idea. Con vos serían cuatro los que han conseguido el peso, más los dos míos son seis. Faltan catorce. Ha fracasado tu idea. Ignacio lo miró como si no comprendiese. Después murmuró, antes de ir a su banco:
- Yo sé lo que voy a hacer.
- ¿Y qué vas a hacer? – exclamó el maestro melancólicamente -. ¿Qué vas a hacer? El destino quiere que el pobrecito no siga estudiando. Nos queda la satisfacción de pensar que hemos hecho lo posible para salvarlo de la fábrica. ¡Qué vamos a hacer!
- Yo sé lo que voy a hacer – murmuró de nuevo Ignacio.
En el recreo, los chicos lo acosaron a preguntas.
- ¿Qué vas a hacer?
- ¡Yo sé! – respondía misteriosamente.
- ¿Qué vas a hacer?
- ¡Ya verán! ¡Ya verán cuando salgamos a las doce! ¡Ya verán!

Al salir, todos se fueron tras de él, haciendo cálculos sobre lo que haría. Ignacio, muy grave, poseídos de la importancia de su situación, seguía adelante, sin contestar a las preguntas de los impacientes. Sobre sí, había cargado la responsabilidad de hacer justicia. ¿Era el más grande la clase o no lo era? ¡Lo era, sí! ¡Bien! ¡Haría justicia, entonces! Plena justicia bilateral, como la entiende el niño: premiar al desventurado y castigar al perverso.

Entró a la librería del ruso. Tirando sobre el mostrador todos los libros, preguntó:
- ¿Cuánto me da por todo?
El viejo los examinó detenidamente. Y propuso:
- ¿Tres pesos y cincuenta centavos?
- Sí.

Recibió el dinero y volvió a salir, grave y silencioso siempre; seguido del grupo cada vez más intrigado de sus compañeros que ya lo admiraban. Su gravedad, su silencio, el acto que acababa de realizar, sencillamente con actitud heroica, en las imaginaciones infantiles, donde la luz de una bujía se hace arco iris, tomaba contornos de sacrificio. Ignacio anduvo hasta llegar a la esquina donde la madre de Simón, sentada en un umbral, con su cajón de fósfotros delante y sus dos desgreñadas, sucias y harapientas chiquillas al lado, vendía o pedía limosna.

- Deme una caja de fósforos – pidió Ignacio. La recibió, guardola y dejó en la mano de la mujer los cuatro pesos y medio que llevaba. Se alejó. La mujer le gritaba:
- ¿Gracias, niño! ¡Dios se lo pague, niño!

Y calló asombrada. Uno después de otro, los tres chicos que habían llevado el peso, también le decían:
- Deme una caja de fósforos.

Y le entregaban un peso cada uno.
- ¡Gracias, hijitos, muchas gracias todos! ¡Dios los va a premiar! – gritaba la mujer, lastimeramente.

Ya Ignacio iba veinte metros adelante, solo. Tuvieron que correr para alcanzarlo. Los chicos que habían dado el peso se le colocaron a los lados, los demás siguiendo a los cuatro héroes.
- ¿Y ahora?
- ¿Ahora? ¡Yo sé! ¡Vengan! ¡Ahora va a ver lo lindo!

Recogió dos piedras del suelo y siguió andando, siempre grave, en silencio y misterioso. Uno de los chicos que también había dado el peso, también tomó dos piedras. Recogió dos piedras otro. Y enseguida los demás, todos recogieron dos piedras, sin saber por qué, ni porqué dos y no tres ni una. Y siguieron andando, animosamente, poseídos de que algo harían. Porque un niño que lleva dos piedras en los bolsillos y sigue al más grande de la clase, es capaz de enfrentarse con un dragón, de esos de los cuentos mentirosos de las abuelas… Ignacio había llegado a la casa del rico doctor, el dueño del conventillo. Sacó sus piedras y, resueltamente, tiró a un cristal. La erró. Tiró la otra. El cristal partiose y cayó estrepitosamente. Una andanada de piedras cayó sobre los demás cristales de las ventanas. Ahora los dieciocho muchachos corrían. Ignacio, como siempre, iba adelante.