narrativa

EL CUADERNO MANCHADO

Observad al niño de cerca, seguid cada uno de sus movimientos;
ellos os revelarán una maravillosa potencia de imaginación, que no se encuentra
en ninguna edad de la vida. Hay más poesía en el cerebro
de estos queridos niños que en veinte poemas épicos. G. DROZ

- ¿Vamos a mancharle el cuaderno de dibujo a Bertiú?

Aunque Cornile había dicho esta frase como preguntando, su voz apagada, el tono misterioso, eran una insinuación. Buscaba un cómplice. Valladolid, a quién se había dirigido Cornile, miró a su compañero de banco sin comprender exactamente lo que le proponía, casi con indiferencia.
- ¿Para qué? – dijo.

A Cornile se le escapó un gesto de cólera. ¿Para qué va a ser? ¡La pregunta de este estúpido! ¡Para que Bertiú no tuviera el mejor cuaderno de la clase! ¿Cómo para qué? Eso pensaba Cornile, rápidamente, mirando con ira los ojos cándidos de Valladolid, que no comprendía. Este aun preguntó:
- ¿Para qué querés mancharle el cuaderno a Bertiú? A Cornile, que no comprendía la inocencia de Valladolid, la cólera le palidecía el rostro, le sacaba brillo de acero a sus pupilas pequeñas y azules, titilándole de impaciencia bajo un bosque de cabellos rojos y pecas amarillas. ¿Por qué? Pero, ¿a quién se le ocurre hacer esa pregunta? ¿Por qué? Pues, porque Bertiú tenía el mejor cuaderno de la clase y Cornile deseaba que su cuaderno fuera el mejor.

Pero sólo le dijo a su presunto cómplice:
- ¿Por qué? Porque hoy clasifican los cuadernos. Seguramente Bertiú le pondrán un diez… Calló. Esperaba que Valladolid comprendiese; pero Valladolid, tan rápido para encontrar la solución de un problema, en eso aparecía singularmente torpe. No comprendía. ¿No comprendía o no quería comprender? Cornile lo miró con desconfianza. Leyó la más absoluta inocencia en sus ojos. Le explicó, entonces…

Bertiú pertenece al otro bando… La clase estaba dividida en dos bandos: Ituzaingó y Suipacha. Bertiú era de Suipacha. Cornile y Valladolid de Ituzaingó.
- ¿Y porque es de Suipacha le querés manchar el cuaderno?
- Sí. ¿No ves que con los diez puntos que se va a sacar hoy nos llevan ventaja? Los ojillos metálicos de Cornille relampagueaban de impaciencia. Le hubiera pegado a este estúpido de Valladolid, que no comprendía o no quería comprender, inocente hasta ser idiota. ¿Qué le importaba a él, a Cornile si los de Ituzaingo o los de Suipacha iban adelante? El nunca tomó en serio la rivalidad en notas de los dos bandos. A él le interesaba él, las notas de él, no las de sus compañeros de bando.¿Valladolid ya podía guardarse sus diez puntos en aritmética e igualar a los de Suipacha! A él eso le importaba muy poco. A él sólo le importaba que su cuaderno fuese inferior al de Bertiú. ¡Y era inferior a pesar de sus esfuerzos! Hasta el mes de mayo, su cuaderno fue el mejor de la clase. Cornile era considerado un artista por sus compañeros. De súbito, la admiración de éstos, unánime, se volcó sobre el cuaderno de un niño recién entrado: Bertiú. Este era un chiquillo juguetón, nerviosísimo, mal estudiante, disipado, incapaz de permanecer diez minutos quieto escuchando al profesor. Uno de los últimos en todas las materias; pero en dibujo, el primero indiscutiblemente. Dibujaba como jugando. Dibujaba en todas partes, en todo momento. Mientras el profesor de gramática leía, él dibujaba. En tanto el de aritmética, secundado por dos o tres alumnos resolvía un complicado problema, él dibujaba. Sus cuadernos y libros se hallaban llenos de dibujos. La cancha de fútbol, las paredes del baño, mostraban las caricaturas de los profesores y compañeros. La clase de dibujo era un juguete para él. Para Cornile, era una cosa seria. Bertiú terminaba su dibujo antes que todos y mejor que todos. Aquel chico no necesitaba que le enseñaran a dibujar. Había nacido sabiéndolo. El profesor no le corregía nunca. Sus admiradores decían que dibujaba mejor que el profesor. Quizás fuese cierto.

Su cuaderno de dibujo pasaba de mano en mano, recibiendo elogios. Era el orgullo del colegio. En cuanto llegaba un inspector, era lo primero que se le mostraba, para conquistarlo. Bertiú no se envaneció. Le costaba tan poco el triunfo, dibujaba con tal facilidad, que los elogios lo dejaban indiferente.

Detrás de Bertiú estaba Cornile. Su cuaderno era el segundo de la clase. Pero este puesto lo sostenía con trabajo, dedicándose a su cuaderno, empeñándose en corregir, borrar y rehacer, según las indicaciones del profesor, despestañándose sobre los detalles, deslomándose sobre la hoja en blanco… Y a pesar de todo, había veces que otros chicos realizaban algunos modelos mejor que él. Valladolid mismo, que a veces encontraba los rasgos de algún profesor y sacaba su caricatura cuando ponían una cara de hombre para modelo, superaba a Cornile, no en la exactitud del dibujo, sino en la expresión, más animada, aunque menos fiel.

Al comenzar la clase de dibujo, Cornile, minuciosamente, afilaba la punta de su lápiz, preparaba la goma y aguardaba, pálido, casi emocionado, a que pusiesen el modelo. Después, lentamente, abstraído en su esfuerzo, sin mirar a nadie, dibujaba, borraba, rehacía. Borraba incansablemente. ¡Y pensar que Bertiú, sólo por cumplir una apuesta, hizo un dibujo son emplear la goma! Y que fue el mejor de todos, como siempre.

Las primeras clases, Cornile, de vez en vez, echaba un rápido vistazo al dibujo de Bertiú. Ya no lo hacía. Ahora, lo sabía: el dibujo del otro siempre era superior al de él. ¿Para qué iba a mirar? Ahora simulaba indiferencia. Demostraba a Bertiú la misma indiferencia de éste; pero la de Bertiú no era indiferencia, sino despreocupación. Para él, Cornile no existía. Poniéndose a dibujar, gozaba tanto que se olvidaba de todo. Era como un chingolo al que le abren la puerta de la jaula. El dibujaba como el chingolo volaría. ¿Acaso un chingolo, volando, piensa que hay otros pájaros volando también? ¡El dibujaba! ¿Qué su dibujo era el mejor de todos? ¡Así sería! El no se preocupaba de esto. A él poco le importaba esto. El dibujaba como si jugase a la pelota, a la que tanto le gustaba jugar. Para Cornile, dibujar era un trabajo.

Cierta vez, un inspector, examinando los dibujos de los dos alumnos, dijo:
- Este niño, Cornile, es fiel, minucioso, pulido. Es un trabajador del dibujo. Este otro, Bertiú, es un inspirado… Los niños no comprendían las palabras del inspector y algunos, en el recreo, protestaron contra ellas:
- ¡Si será bárbaro ese inspector, decir que Cornile es superior a Bertiú!

Los demás chicos, no concientes de lo que pasaba en el espíritu herido de Cornile, gozaban enconándole, metiéndole palabras ácidas en la herida de su amor propio, avivándoselo hasta convertirlo en sangrante envidia. Nunca faltaba el que, al fin de la clase, parado ante su dibujo, dijera:
- ¡Está bien! ¡Te salió bien! ¡Pero el de Bertiú es mejor! ¿Viste el de Bertiú? ¡Eso es dibujar! Tampoco faltaba el que le traía el dibujo de Bertiú. Y aun, aquel inocente de Valladolid, al proponerle manchar el cuaderno del odiadísimo, envidiado rival, exclamaba: ¿Para qué? ¿Por qué?... ¡Le hubiese pegado! Salieron al recreo.

* * *

Y el cuaderno de Bertiú apareció manchado. Al abrir éste su pupitre, dio un grito. Y levantó el cuaderno del que aún goteaba, fresca, la tinta. Sobre él habían volcado un tintero y, al cerrarlo, las manchas, extendiéndose, parecían raros moluscos negros sobre las bellas líneas de los dibujos. Bertiú quiso hablar; pero un llanto nervioso, convulsionándolo, se apoderó de él. Lloraba el pequeño artista sobre su obra profanada. Hubo que sacarlo de clase, atenderlo en la dirección.

- ¡Qué canallada! – dijo el profesor, alteradísimo
-. ¡Qué canallada! Y quedó un rato en silencio, paseándose por e aula. Los niños, atónitos, después del tumulto que provocara la vista del cuaderno manchado, habían quedado silenciosos, casi tristes. Sobre ellos sentían volar un monstruo invisible y asqueroso, nacido en el corazón de uno de ellos. ¿De cuál?...

Valladolid, al ver el cuaderno manchado, miró a Cornile, escrutándolo: Cornile, imperturbable, frío, había quedado en silencio, como los demás, con los brazos cruzados sobre el pupitre y tan tranquilo, que Valladolid dudó de que pudiera ser él. Buscó su mirada. No la encontró. Le dio con el codo y lo miró interrogante, en las pupilas metálicas. No vio nada en ellas: Cornile lo miró indiferente, hizo un vago gesto de ignorancia y volvió a su postura de antes, silencioso y tranquilo. Valladolid dudó: ¿Sería inocente?

El profesor continuaba paseándose, excitado. Se detuvo, y dijo:
- Vamos a hacer una votación. Aquí están los cinco mejores cuadernos de la clase (y los colocó sobre su pupitre). Cada uno de ustedes va a escribir en un papel cuál le parece el mejor, y firma. Hay que votar por uno de estos cinco: Juárez, Peretti, Bertiú, Cornile y Barreiro… Los niños comenzaron a entregar sus votos al profesor. Este, sonriendo, los leía. Dio el resultado:
- Veo con satisfacción – dijo – que en ustedes hay espíritu de justicia. Todos han votado por Bertiú. Hay un solo voto a favor de Cornile, pero lo curioso es que está firmado por el mismo Cornile – y preguntó a éste
-: ¿por qué votó por usted? Muy tranquilo, Cornile respondió:
- Porque mi cuaderno me parece el mejor.
- ¿Y no le parece que el de Bertiú es superior al suyo?
- El de Bertiú está manchado. ¡Ya no sirve!
- ¿Ya no sirve?... – repitió el profesor, mirándole hasta hundir su mirada en la faz blanca, imperturbable del chico
-. ¿Ya no sirve porque está manchado? Pero así no opina ninguno de sus compañeros. Ya lo ve. Todos han votado por Bertiú. Cornile se encogió de hombros y dibujó en su boca una muestra despreciativa hacia sus compañeros. El profesor quedó un momento mirándolo. El niño sostuvo la mirada. Y aquél dijo, muy serio:
-¿Usted es el que manchó el cuaderno de Bertiú! Cornile no protestó ruidosamente. Sin perturbarse, siempre tranquilo, se limitó a decir:
-¡No!
-¡Usted es el que manchó el cuaderno de Bertiú! – volvió a afirmar el profesor, más fuerte, con voz alterada por la cólera
-. Usted es un vanidoso. Y sólo el vanidoso, el que tiene un exagerado concepto de sí mismo, es capaz de la envidia. ¡Usted envidia a Bertiú!
- ¡No!
- ¡Usted envidia a Bertiú! No es un descubrimiento que hago ahora. Hace mucho que lo he observado. Usted lo envidia desde el primer día, desde que vio su primer dibujo.
- No.
- Puede negarlo. Es inútil. No sólo yo; todos sus compañeros lo saben.
- ¡Sí, sí, le tiene envidia porque dibuja mejor que él! – saltó un chiquillo desde el fondo de la clase, indignado. El profesor lo hizo callar.
- ¡Silencio! Todos sus compañeros ven su envidia. Usted es el único que no la ve, pero la siente, la sufre. ¡Usted, sólo usted puede haber manchado el cuaderno de Bertiú!
-¡Pruébemelo! – dijo Cornile, desafiante.
- ¿Y qué más prueba que esta votación? Todos sus compañeros han votado por Bertiú, a pesar de que su cuaderno esté manchado. Usted es el único que se acordó de esto y no votó por él, para votar por usted. ¿Qué más pruebas? Usted creyó inutilizar el cuaderno de Bertiú volcándole un tintero. Creyó descartar al adversario. Ya ve que no ha sido así. Todos sus compañeros, votando por él, se lo dicen. ¡Se equivocó! Ha cometido un crimen inútil, porque la superioridad de Bertiú está en la conciencia de todos… Confiese que ha sido usted. No lo castigaré. Redímase de su culpa siendo valiente. ¿Ha sido usted?
- No. El profesor hizo un gesto de impaciencia. Se dominó:
- Veo que usted es más culpable de lo que parecía, se le ofrece la oportunidad de redimirse y no la acepta por cobardía…
- y se dirigió a todos
-: A ver, los que crean que Cornile es quien manchó el cuaderno, pónganse de pie. Todos se pararon, excepto uno: Valladolid. El profesor lo interrogó:
- Usted, Valladolid, ¿no cree que Cornile sea culpable?
- No, señor.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué?... No sé por qué… Porque si él fuese quien manchó el cuaderno lo diría… Creo yo…
- ¿Usted lo diría?
- ¡Yo, sí! – afirmó con vehemencia. El profesor, que estaba próximo a él, cariñosamente, le pasó la mano y le palmeó la mejilla.
- Mal juez sería usted, mi amigo – le dijo
-. Usted tiene el alma blanca y como todo lo ve al través de su alma, todo lo ve blanco… ¡Bien! Terminemos. A pesar de su cuaderno manchado, Bertiú tendrá diez puntos. ¡Dibujen!...

Ya en la calle, Valladolid, que acababa de dejar a su compañero de ruta en la puerta de su casa, iba solo. Oyó correr detrás de él y sintió una mano que lo detenía: era Cornile.
- ¿Vos acá? ¡No vivís para el otro lado?
- Sí.
- ¿Y por qué? Cornile lo interrumpió:
- Te seguí para hablarte… Te quería preguntar… ¿Vos creés que yo no manché el cuaderno?...
- ¡Estoy seguro que fuiste vos! ¡Qué casualidad hubiese sido! Me lo acababas de proponer…
- ¡Sí, fui yo!... ¡Supongo que no vas a ir con el cuento!
- ¡Eh! ¿Por quién me has tomado, che?
- ¡Ya se, ya se que no vas a contar nada!... Decía no más… Y por qué dijiste que no creías que fuese yo?
- De lástima. No se por qué, pero me diste lástima. El profesor te decía vanidoso, envidioso, cobarde. ¿Por qué no dijiste la verdad?
- ¿Vos la hubieras dicho?
- Si.
- Lo decís ahora, acá, porque vos no manchaste el cuaderno; pero si hubieras sido vos… ¡No hubieses dicho nada, nada, nada!... Y de improviso rompió a llorar, ahogándose, desesperado, mordiéndose los puños, pateando el suelo… Valladolid lo miraba estupefacto.