narrativa

EL AMIGO

Donde el niño no ve nada, se lo imagina todo. COMPAYRE

Hasta el día antes se había llamado Bock. Ahora era un perro de la calle, un mísero, sucio, golpeado perro de la calle. La transformación había sido demasiado rápida para que el perro pudiese hallar la causa. Hasta un día antes había vivido regalado, jugando con los niños, comiendo abundantemente sin que le faltasen ricos huesos. Una mañana, el quintero lo subió a su carricoche. Todavía no estaban despiertos los niños. Viajó varias horas. Ya en las calles del pueblo próximo, el quintero – nunca había querido a este hombre, siempre había presentido en él a un enemigo – lo tiró del carro, y siguió viaje. Bock quiso seguirle; pero el hombre le dio un fuerte latigazo. Se detuvo. Por causa del golpe le dolía una pata. Tirose sobre la acera. ¿Adónde ir?...

Pasó un niño con una señora. El los siguió, rengueando. Dijo el niño:
- Mamá, mirá ese perrito. ¿Lo llevamos a casa? Mirá como nos sigue.
- No. Mirá la llaga que tiene en la cabeza. Ha de estar… ¡Fuera! – Y lo echó, viendo que el perrito había sentido la simpatía del niño, y más resueltamente los seguía
-. ¡Fuera! Bock se detuvo. Volvió a echarse sobre la acera. Le molestaba la pata. También esa llaga en la cabeza que desde unos días antes le picaba y a la que agrandaba rascándose.

Comenzaron a abrirse las puertas. El perro se guareció en un zaguán. Pero un hombre que salió lo echó a puntapiés. Más asombrado que dolorido, el perro, en tres patas, salió calle arriba, disparando. Pensaba: ¿Por qué le ocurriría esto? Hasta entonces había pasado una vida dichosa, en aquella quinta, correteando junto a los niños que le llamaban Bock.

De pronto, la llaga en la cabeza, el quintero que lo dejaba allí, en medio de la calle de un pueblo desconocido, la mujer que lo echaba, este hombre que le pegaba… ¿Por qué le ocurría esto? La carrera había despertado su hambre. Siguió andando, lentamente. Vio una carnicería. Entró. Parado ante un hombre de delantal blanco, empezó a menear la cola, como hacía ante la cocinera. El hombre no reparó en él. Entonces, el perro, lo mismo que hacía ante la cocinera, pidiendo, exigiendo comida, empezó a ladrar. Por toda respuesta, el hombre del delantal blanco le dio un fuerte puntapié y, todavía, cuando él ya disparaba, le tiró un pesado cuchillo que le pegó en la pata enferma. Aullando de miedo y de dolor, el perro salió a la calle. Corría sin saber porqué, aturdido y espantado. Hacia él venía otro hombre; el perro se le apartó y siguió corriendo en tres patas. Acababa de cobrar un pavor tremendo a los hombres. Para él, éstos habían cambiado de pronto. Hasta el día antes, los creyera seres bondadosos, cuyas manos sólo sabían acariciar, cuya voz sólo sabía decir palabras dulces:” Pichicho”… “Bock”… ¿Por qué se habían transformado así los hombres? Siguió corriendo… corría sin saber por qué. Acababa de cobrar un miedo inexplicable a los hombres. Le parecía que todos estaban dispuestos para golpearlo, que lo perseguían. En su alma de bruto acobardado, los hombres se agigantaban, adquirían proporciones de monstruos.

Fatigado, babeante de sed, siguió corriendo, ahora más aún. Acababa de oír gritos y un pelotón de gente trotando detrás de él. Intuyó el peligro. La desgracia y el dolor de los golpes acababan de sacar en él a la bestia salvaje, inteligente y ligera de concepción que su vida fácil había adormecido. Intuyó que lo perseguían, y corrió más. Corrió desesperadamente. Así era: a su paso, una mujer gritó: ¡un perro rabioso! Enseguida tuvo diez hombres y veinte muchachos detrás de él, armados de cuchillos y garrotes, gritando: ¡Un perro rabioso!... No entendía él, sólo presentía que ese griterío era de amenaza. ¿Pero por qué habían cambiado así los hombres? Hasta ayer, en la quinta, tan buenos y cariñosos; hoy, aquí, agresivos, voces de cólera, puntapiés… Sonó un tiro. El perro nunca había oído eso. Mas la memoria ancestral habló en él, gritó en él, potente y viva. Y comprendió qué era aquello: ¡la muerte!

El bruto se estremeció. La muerte acababa de pasar junto a su oreja derecha, silbando. En ese momento él no era ya el perrillo faldero del día anterior. El peligro de la muerte acababa de sacarle a flor de ojos, a punta de colmillo, la fiera que fueron sus antepasados remotísimos. Y éstos le hablaban ahora al alma atemorizada. Ya no sentía asombro por el cambio que pudieran haber experimentado los hombres. Si los hombres no habían cambiado nada, nada absolutamente. Si fueron siempre así: feroces, brutales, astutos, implacables, temibles, poderosos. El lo había olvidado, nada más. Ahora, aquello que pasó silbando junto a él, acababa de recordárselo, nítidamente. Y en tanto corría desesperado, poniendo en sus tres patas sanas todo el terror secular que acababa de despertarse en él por los hombres todopoderosos que mataban fuera del alcance de los colmillos. Los veía como eran: peludos, altos, vigorosos, ágiles; las manos armadas de dientes y garras brillantes y más fuertes que las del tigre…

Sonó otro tiro. Siguió corriendo. No paró hasta verse fuera de las casas, en el campo. Ya no oía más el griterío. Aunque nuevo, recién despertado, su instinto de bestia perseguida no lo engañaba. Comprendió que se había librado de sus perseguidores. Y se detuvo. Se hallaba solo en medio del campo. No se veía a nadie. No se oía nada. Sí, allá lejos, un murmullo…

El perro enderezó su oreja hacia él, poniéndose todo en el oído. El murmullo se avivó. No eran voces de hombres, se dirigió hacia él. Ahora, ya sin el peligro acosándolo, comenzó a sentir el dolor en la pata, un dolor agudo, torturante. ¡Y sed! Una sed que lo quemaba, imperiosa… En tres patas, fatigosamente, el perro siguió andando hacia el murmullo que lo atraía, sin saber porqué lo atraía. El necesitaba beber, y su alma de bruta en la que acababa de despertar, súbitamente, la memoria salvaje, le decía que aquel era el murmullo del agua fresca y rica, el agua buena, deslizándose bajo los árboles, en el bosque. ¿Pero, dónde había visto esa agua y ese bosque, él, perro nacido y criado en una quinta y, hasta esa mañana, sin salir de ella? El perro no lo sabía, pero lo recordaba, como recordaba que los hombres eran peludos, altos, ágiles, vigorosos; las manos armadas de dientes y garras brillantes y más fuertes que las del tigre. Recordándoles, el perro se estremeció de espanto.

Siguió su marcha penosa en busca del agua que se le ofrecía en aquel murmullo cada vez más claro. Ahora andaba sobre un camino, andaba lentamente, pero avizor: todo él puesto en las pupilas vigilantes. Al doblar el camino, se detuvo. Dio un brinco, salió de él, se agazapó entre los altos yuyos que lo orillaban. ¡Había visto un hombre! Este, la azada al hombro, siguió sin verle. El perro no salió de su escondite hasta un buen rato después. El sabía que el hombre era astuto, paciente para la caza, dueño de armas terribles que producen el fuego temido, la muerte odiada, desde muy lejos… Olfateó antes de salir al camino. Entonces volvió a reanudar, fatigosamente, su penosa marcha en tres patas, rumbo al sonido del agua que había de quitarle la sed… Siguió andando, sin confiarse, olfato, vista y oído siempre avizores, atentos a percibir al hombre enemigo. ¡Y vio el agua! El camino ascendía. Desde allí vio el agua. La oyó cantando, pero olfateó, y el viento le trajo sabor a sal, un sabor que desconocía. Siguió andando, camino adelante, buscando como llegar al agua: enorme planicie verde que se extendía hasta perderse de vista, muy lejos: el mar sonoro, bello y maligno; agua áspera que no acaricia amansando la sed como la del río. El instinto del perro comprendió la ineficacia de todo esfuerzo por llegar hasta él. Se tiró en el camino, derrotado, con los ojos puestos en aquella planicie de agua que lo había atraído para engañarlo. Ya comenzaba a dormirse, cuando vio en el camino a un animal enorme, rugiente, que se aproximaba veloz. El perro irguiese, alerta. Rápidamente, aquello se acercaba hacia él. Se alarmó; pero se tranquilizó pronto. No era un hombre. Y no siendo un hombre, ¿qué podía temer? La bestia se acercaba; él, por prudencia, enderezó hacia la orilla del camino, para dejarlo libre, en todo lo ancho que era. Pero el bruto malo, viró yéndosele encima. El perro pudo dar un salto, a fin de salvarse. Y el automóvil lo alcanzó apenas, aunque tan rudo fue el golpe que lo tiró lejos, aullando. Revolcándose de dolor, pudo oír carcajadas. ¡Eran carcajadas de hombre!

Cuando pudo levantarse, se sintió deshecho y aturdido. La sed seguía quemándole las fauces, apretándole la garganta. Caminó unos pasos. Se detuvo frente al abismo que lo separaba del agua cantora. Se detuvo postrado de fatiga y desesperanza. ¡Y se tiró allí! Todo su esfuerzo lo había puesto en el logro de aquella agua, cuya voz lo atrajera. El dolor parecía atenacearle la pata. Su alma de bruto bravo volvió a adormecerse. Fue de nuevo un débil perro, juguete de niños.

Y quedó allí, tirado, sin fuerzas, postrado por la sed, el dolor y la fatiga, mirando el agua con ojos lagrimeantes. El sol, ya amo del cielo, le quemaba el lomo. Allí abajo, lejos, inmensa hasta perderse de vista, la mar siempre cantando, agua salobre que no hubiese podido librarle de la sed que lo torturaba.

* * *

Allí lo encontraron Paco, Tulo, Manolo y Chicote. Al oírlos, el perro se alarmó. ¿Había oído voces de hombres? Hubiese querido huir… Le faltaron fuerzas para levantarse. Al verlos, se tranquilizó: no eran hombres. Recordó a sus amigos de la quinta, los niños que jugaban con él, que le daban azúcar y le llamaban Bock. Comenzó a menear la cola, cariñosamente. Los chicos se le acercaron. De súbito, Paco, el más grande de todos, abrió las pupilas, dio un paso atrás y, señalándole con dedo tembloroso, gritó con voz enronquecida por el terror:
-¡El perro rabioso, el perro rabioso! Tulo y Manolo echaban a correr ya. Chicote, el más chico, se rió de ellos:
- ¡Qué va a ser rabioso, si es perrito manso! Y se acercó a él, a acariciarle la cabeza.

Paco gritó:
- ¡Te va a morder! ¡Está rabioso!
-¡Cuidado!
-¡Chicote, vení! Gritaron los otros, apelotonados en un grupo expectante. Chicote, sin hacerles caso, acariciaba al perrito, que ahora le lamía las manos. El niño no lo había reconocido. El perro, sí. ¡Este era el mismo chico que, paseando con la madre, lo había llamado! El animal intuía un amigo en él. Sentía simpatía hacia él, y se la demostraba en la inquietud de la cola, agitándose alegremente. Los otros se acercaron. Paco aún dijo:
- Es el perro que corrimos esta mañana.
- ¡Sí, pero no está rabioso! – Respondió Chicote
-, Está herido. Mirá, tiene sangre. Ya sin ningún recelo, los otros se acercaron. Quisieron ponerlo de pie. Fue inútil. El perro, extenuado y herido, se caía.
- ¿Qué hacemos? – preguntó Paco.
- Vamos a traerle agua y carne – propuso Chicote.
- ¡No! El pueblo está muy lejos…
- Hay que caminar mucho…
- respondieron Tulo y Manolo. Paco se animó. Acababa de darle utilidad a aquel pingajo de perro ensangrentado que no podía jugar, corriendo y ladrando tras de ellos, camino adelante.
- ¡Ya se – dijo – vamos a jugar a la Inquisición! Su faz se había iluminado en tal forma, que los otros dos presintieron una diversión inusitada, nueva. Le preguntaron, hechos dos ascuas de ansiedad:
- ¿Qué es eso?
- ¿Qué juego es?
- ¿No saben? La Inquisición quemaba a los herejes. ¡Quemamos al perro! ¿Quieren?
- ¡Sí!
- ¡Sí!
- Y mientras se quema, nosotros bailamos alrededor. ¿Quieren?
- ¡Sí!
- ¡Sí!
- ¡No!, no quiero, yo no quiero que quemen a mi perro! – Era Chicote, el más chico, el que protestaba.
- ¿Tu perro? – Preguntó Paco
- ¿Por qué va a ser tu perro? ¡Si es un perro de la calle! ¡Un perro de todos!...
- ¡Pobrecito! – imploró Chicote.
- ¡Andate! ¡Si vos no querés jugar, andate!
- ¡No, no me voy, no! Yo no quiero que lo quemen. ¡Pobrecito! – imploró casi sollozando, Chicote.

Manolo se burló de él:
- ¡Pobrecito!... ¿Por qué no te ponés a llorar, como una mujercita? Su burla tuvo más eficacia que la brutalidad de Tulo. Chicote guardó silencio, vencido. Pero resolvió:
- Vamos a traer ramas y papeles. ¡Yo tengo fósforos! Los tres se desbandaron. Chicote quedó solo con el perro. Y se acercó a él, tembloroso, a acariciarle la cabeza llagada. El perro y el niño se miraron largamente, sellando en aquella mirada una amistad eterna. Chicote lo habló, sin dejar de acariciarlo:
- ¡Pobre Pichicho, te quieren quemar! – dijo, y, puesto de pie, con la resolución heroica encendiéndole el rostro y brillándole las pupilas, se desató el cinturón. Corrió y, tambaleándose por su peso, trajo una gran piedra que ató al cuello de animal. Después, lentamente, comenzó a empujar a éste hacia el abismo. El perro gemía de dolor. El niño acariciándole, explicaba su acto, se justificaba:
- ¡Es para que no te quemen, pichicho, es para que no te quemen!... ¡Pichicho!... Ya en el borde del barranco, lo acarició por última vez, le besó la cabeza. El perrito le lamió la mano, también por última vez. El perro comprendía que el niño era su amigo, que de él no podía esperar nada malo. Así se despidieron. La fatalidad los separaba… Chicote empujó al perro. Lo vio desaparecer, tirado por la pesada piedra, y hundirse en el agua del océano, blanco de olas que se despedazaban ruidosamente contra las peñas. Asomado al abismo, quedó mirando sobre sus manos. Y siguió llorando en silencio. Llegaron sus compañeros cargados de ramas, bulliciosos, alegres por la perspectiva del espectáculo nuevo que se prometían. Preguntaron:
- ¿Dónde está, dónde está el perro? Chicote les señaló el mar:
- ¡Se cayó al agua! Los otros se miraron, disgustados por ver malograda su diversión. Tulo se burló de él:
- ¿Estás llorando? ¡Mujercita!