narrativa

GORRIONES DE BUENOS AIRES

Dedico “Gorriones de Buenos Aires” a mis nietos Andrea, Carolina Leila y Michel Alvaro; tres gorriones que cantan, y me cantan. Yunque - 1972

El niño es poco inclinado a traicionar su pensamiento.
RACINE

Enrique y Emilio, por sus sobrenombres, Pipiro y Bolo, acompañan a la madre. Tales paseos en los que la madre, de compras, entra y sale de los negocios, no gustan nada a los chicos. Prefieren quedarse en la casa, o mejor en la calle, jugando a las figuritas o haciendo bailar el trompo o jugando a la rayuela. Pero la madre, al salir de compras, los necesita. Cada uno de ellos lleva una bolsa que la madre va cargando de provisiones. Por supuesto, la expedición da motivo para que Pipiro y Bolo, siempre discutan.

- La mía es más pesada que la tuya, la mía tiene papas.
- Ya pusiste en mi bolsa dos paquetes de yerba, ahora ese de trigo ponelo en la bolsa de Bolo.
- Vos sos más gordo que yo.
- ¿Y eso qué importa? Vos tenés nueve años y yo tengo siete.
- ¡No discutan más, basta! – resuelve la madre y entra al zaguán donde “Baratieri”, el zapatero remendón, que no se llama así pero que nadie en el barrio lo conoce por su apellido, tiene su mesa y su banco para arreglar zapatos.
- ¿Ya están mis zapatos, Baratieri? – pregunta la madre.
- Sí, señora.
- ¿Cuánto es?
- Barato, señora, ya sabe que Baratieri cobra barato: cinco pesos, señora, ¡baratieri!
- ¿Y a eso lo llama barato?
- ¡Ufa! – protesta Pipiro
- ¡Pagale y chau!
- ¡Acabala, mamá!
- Ya estamos cansados de hacer de changadores. ¡Cómo pesa esta bolsa!
- ¡Silencio, chicos! – ordena la madre – Tome, cóbrese los cinco pesos – y le alcanza un papel de cien pesos.
- ¿Cien pesos? ¡Oh! – exclama el remendón – si tuviera cambio de cien pesos me iba a Italia. Déjelos, señora. Después me paga. Cámbielos en el almacén del gallego de la esquina. Ese está podrido en pesos.
- ¿Me fía?, gracias. En cuanto tenga cambio le mandaré sus cinco pesos. Pero al día siguiente la madre y los dos chicos parten para pasar unos días en la casa de una parienta, en Chascomús. Y la madre, con el trajín del viaje, se olvida de la deuda que dejó a Baratieri. Al volver, pasa un día, pasa otro; de súbito, recuerda:
- ¡No le pagué a Baratieri! ¿Qué pensará de mí? Tomá, Pirino, andá a pagarle enseguida.
- ¿Por qué no lo mandás a Bolo, mamá? Yo estoy ocupado
- ¿Ocupado, en qué? – Interviene Bolo – Estás recortando figuritas. ¿A eso lo llamás estar ocupado? ¡Es un vivo éste!
- Bueno, resuelve la madre, entre salomónica y dictatorial -. ¡Ahora van los dos!
- ¡Yo llevo los cinco pesos!
- ¡No, yo!
- Tomen: dos cincuenta cada uno. ¿Están conformes? ¡Siempre tienen que discutir por todo! ¡Vayan!
- El es un haragán.
- Y él es un vago.
- ¡Vayan de una vez! ¡Baratieri ya creerá que lo quiero estafar! Los muchachos salen corriendo. No tardan en volver, atorados con la noticia, quitándose las palabras uno al otro:
- El remendón no está más en el boliche.
- Se mudó, nadie sabe dónde.
- Se fue sin decir nada, porque clavó a todos.
- Clavó al frutero, al almacenero, al mercado, a todos.
- Si él clavó a los demás, clavalo vos a él, no le pagues nada, mami.
- Guardate los cinco mangos.
- O comprá merengues de chantillí.
- Que porque el remendón es un pillo – sermonea la madre – creen ustedes que yo también voy a ser como él? ¡No! Estos cinco pesos le pertenecen o, por lo menos, no me pertenecen a mí. Se los daré a la Cooperadora del colegio que está bien pobre… Y transcurren las semanas. Transcurren un mes y días. Una tarde aparece el zapatero en la puerta de la calle.
- ¿Qué desea? – pregunta Pipiro.
- Decile a tu mamá que está Baratieri, que vengo a cobrar los cinco pesos de la compostura.
- Nosotros fuimos a pagarle, pero usted no estaba.
- Por eso estoy aquí, ando cobrando a todos los que me deben en el bario. Pipiro piensa: Te acordás de los que te deben, pero no te acordás de los clavos que dejaste. Piensa y no lo dice, por supuesto. Va Pipiro a comunicar la nueva a la madre:
- Mami, allí está el sinvergüenza del zapatero. Viene a cobrar los cinco pesos.
- ¿Cómo viene a cobrar? – salta indignado Bolo
- ¿El quiere cobrar y no paga? ¡No le pagues nada, mami!
- Yo les he dicho que él puede ser sinvergüenza, pero yo no lo soy. Tomá Pipiro, llevale sus cinco pesos.
- Si ya le diste a la Cooperadora, ¿por qué le vas a pagar? ¿Te sobra la plata?
- Andá y hacé lo que te mando. Llevale sus cinco pesos a ese hombre. Pipiro y Bolo van a llevar los cinco pesos al zapatero remendón, pero el camino es largo. Desde la cocina, en el fondo de la casa donde está la madre, hasta la puerta de calle, se deben atravesar dos patios y hay tiempo para reflexionar y discutir:
- Yo no le daría los cinco pesos a ese ladrón – dice Bolo.
- Yo tampoco se los daría, pero mamá…
- Guardalos, no se los des, Pipiro.
- ¿Voy a robar?
- El que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón – recita Bolo un refrán que a oído mucho y a muchos, seguramente. El refrán hace mella en Pipiro:
- ¡De veras, sí! Ese Baratieri le debe al portero, al mercado, a la fiambrería…¿Y todavía el muy caradura se atreve a venir a cobrarnos a nosotros?
- ¡Eso es no tener una gota de vergüenza!
- ¡ Es un malandrín, un gangster!
- ¡Dejame a mí, Pipiro. ¡No le des la plata! Y Bolo, resuelto, se adelanta a hablar con el hombre:
- Dice mamá que venga otro día, que no tiene cambio.
- ¿No tiene cambio? ¿Todavía no tuvo tiempo de cambiar los cien pesos? Bien… Decile a tu mamá que el lunes a las diez de la mañana estoy aquí otra vez, que para entonces tenga cambio. Hoy es sábado. Tiene dos días para cambiar los cien pesos. Hasta el lunes. A las diez, no olviden. Se va el zapatero y quedan los chicos mirándose. Enseguida hablan:
- ¿Y ahora?
- ¿Ahora qué, Pipiro?
- ¿Qué hacemos con esta plata?
- ¡Gastarla, pues! ¡Compremos merengue de chantillí.
- ¿Y el lunes cuando venga el zapatero a cobrar? ¿Qué le decimos a mamá?
- Guardémosla, después veremos.
- Yo preferiría guardarla y el lunes…
- El lunes ¿qué? ¿El lunes pagarle a ese sinvergüenza? ¡No!
- Se me ocurrió una idea: ¡Yo lo arreglo! Vamos a comprar los merengues. Dejáme a mí. Yo lo arreglo todo.
- ¿Te hacés responsable?
- ¡Sí!
- El lunes, cuando él venga a cobrar, si mamá se entera…
- Yo digo que los gasté yo. Vení. Vamos a comprar los merengues. Dame a mí los cinco pesos. Yo los gasto. Vení. Te convido con merengues de chantillí. ¡Son de ricos! La crema sale de los costados, primero se les pasa la lengua, después se muerden… Pipiro deja hacer a Bolo. La descripción que acaba de hacer elimina todos sus escrúpulos. Y va detrás de su hermano, camino de la confitería. Pasa el sábado, pasa el domingo… El lunes, a las diez de la mañana, están en la puerta Pipiro y Bolo; pero también se hallan allí el almacenero, el carbonero y el verdulero. Bolo ha puesto en acción su idea, la que le hizo decir: “¡Se me ocurrió una idea!” La idea de Bolo era citar para el lunes a las diez de la mañana a los acreedores, los “clavados” por el zapatero. Por eso están allí esperando, alertas, el almacenero, el carbonero y el verdulero.
- ¿Cuánto les debe a ustedes ese canalla? – pregunta el almacenero.
- A mí doscientos cincuenta pesos – dice el verdulero.
- A mí trescientos veinte – dice el carbonero.
- ¿Quién iba a pensar que Baratieri iba a hacer esto?
- Sí, yo le fié durante tres años, siempre pagó.
- ¡Qué manera de emporcarse!
- ¡Clavarme a mí que soy su paisano, del mismo pueblo! Nuestras familias se conocen desde no se cuándo… Hasta somos parientes…
- ¡Allí está! – grita Bolo. En la esquina ha aparecido Baratieri; pero no bien ve al almacenero, al carbonero y al frutero, da vuelta y desaparece.
- ¡Corran, corran, se va, se escapa! Los tres echan a correr detrás del fugitivo. Bolo dice a su hermano:
- ¿Qué te parece? ¿Resultó mi idea?