narrativa

¿YA ESTÁS AQUÍ?

“El primer suspiro de la
infancia es por la libertad”

VAUVENARGES

- ¿Ya estás aquí?

Gustavo no puede disimular una mueca de fastidio. Al regresar del colegio, su madre lo recibe con esa frase, todos los días: ¿Ya estás aquí?... Como diciéndole: ¿Tan pronto?, como marcándole que la molesta. Gustavo no responde. Abre un cajón, abre otro, busca…
- ¿Qué buscás? – interroga ella, y abandona un instante el auricular del teléfono.
- ¡Pan! – responde Gustavo.
- Allá lo tenés – señala ella un cajón; y continúa su charla con la amiga:
- Ya está aquí mi hijo, buscando pan. Es un hambriento. Se comería un toro vivo… Gustavo corta el pan, le da un tarascón, y sale al patio, a comerlo solo. Gustavo tiene trece años. Vive con la madre viuda, que tiene una pensión del marido. Casi no se ven. Ella por su lado, él por el suyo. Ella de compras o de visitas, a jugar a la canasta; él al colegio o a la calle, a divertirse con sus amigos del barrio. ¿Ya estás aquí?... La frase lo golpea. Lo obsede. Al entrar, sabe que la va a oir; pero no por eso deja de molestarlo. Le da la sensación de que su madre desearía no verlo o verlo poco. Decide demorarse al salir del colegio, ambular de un lado para otro, reunirse con sus amigos del barrio. El hambre lo empuja a su casa. Llega a veces una hora, dos horas después de haber salido del colegio y siempre oye la frase: ¿Ya estás aquí?... Cuando la madre no está en casa se alegra. Se alegra porque no oye la frase que lo hiere. Una tarde, al salir de la clase con un compañero, éste le dice:¡Qué linda tarde para ir al río a bañarnos! Tomamos el tren, nos bañamos y volvemos. ¿Te animás?
- ¡Vamos!
- Y se van al río. Ese día llega a su casa cuando ya está anocheciendo. La madre no está en la casa. “Mejor – reflexiona Gustavo
-; así no se da cuenta que vengo tan tarde. Pero al día siguiente llega más tarde aún y está la madre en casa, y ésta le dice, como siempre: ¿Ya estás aquí?...

Esto lo decide: irá todas las tardes al río. ¡Se pasa tan bien allá, entre amigos ocasionales que siempre invitan con algo de comer! Las tardes de primavera, soleadas, se ofrecen para ser disfrutadas plenamente. Y un día falta al colegio. Se va al río. Y va al otro día. A pesar de sus trece años, Gustavo aún no ha terminado la primaria. Cursa un sexto grado a tropezones y, para mal de él, con un maestro cansado, canoso, que enseña a desgano, que sólo habla de su próxima jubilación. “Así no tengo que lidiar más con esta jauría” – les dice a sus alumnos. Gustavo falta frecuentemente. El maestro como si no se diese cuenta de sus faltas. Un día le pregunta:
- ¿Por qué faltó ayer? Hacía varios días que faltaba. El maestro le pregunta por la falta del día anterior solamente.
- ¿Ayer? – responde
-. Mi madre está muy enferma. No tiene quien la cuide. Tuve que ir a llamar al médico, después a la farmacia.
- Y no habla más. El maestro ya no lo escucha. Se ve que a él, como a la madre, poco le importa de Gustavo.
- Y Gustavo, al día siguiente, se va al río. Este día encuentra al Torto. Y comienza su aventura. El Torto es un hombre viejo, o mejor, envejecido. Un costurón, antiguo tajo, le cruza la cara desde la frente a la boca. Este tajo le inutilizó un ojo posiblemente. De aquí su sobrenombre… Primero sería el “Tuerto”, y derivó en “Torto”. El Torto es quien primero le habla
- ¿Qué decís, muchacho? ¿Estás solo?
- Sí, señor.
-¡¿Señor?! – se admira el Torto
- ¿Me decís señor a mí? Es la primera vez que me oigo llamar señor. A mí llamame Torto, así me llaman en la ribera los amigos. No me llamo Torto, pero ya olvidé mi nombre. Hasta perdí la libreta de enrolamiento. ¿Querés un mate?
- ¡Bueno!
- ¿Y pan criollo y queso?
- ¿Y por qué no?
- ¿Tenés ragú?
- Yo siempre tengo hambre.
- La edad. ¿Tenés once años?
- Trece.
- Demostrá menos. Sos chico y flaco. Casi servirías para yoquey. ¿Cómo te llamás?
- Gustavo Cursio – y a la manera del Torto, a Gustavo también e le desata la lengua
-. Soy huérfano de padre. Murió cuando yo tenía cinco años. Se suicidó.
- ¿Por qué?
- No se me ocurrió preguntar. Puede ser que mi madre sepa, pero no me animo a preguntarle. Capaz que me tira con algo por la cabeza. Una vez me pegó con un palo y tuvieron que llevarme a la farmacia sangrando. No me paraba la sangre.
- ¡Brava tu vieja!
- No es vieja. Tiene treinta y cuatro años.
- ¿La querés?
- No sé que decirle. Si ella me quisiera a m´, yo la querría, pero ella…
- ¿No te quiere?
- Mucho, no. Cuando vuelvo del colegio me dice: ¿Ya estás aquí?... Parece que la molesto…
- Tendrá un gavión y no quiere que lo veas…
- ¿Un gavión?...
- Sí, un amante.
- No sé. A casa sólo van amigas, a jugar a la canasta o al bridge.
- ¿Es bienuda, entonces, tu javie?
- Tiene una pensión.
- Me parece que tenés pasta de vagoneta como yo.
- ¿Vagoneta?
- Sí, de vago, de rante. No es mala vida la de vagoneta. Mirame a mí. Allá tengo mi chalé de veraneo – le señala una carpa hecha de latas y lonas
-. Me la paso allí desde octubre hasta fin de mayo. Para un poligriyo como yo es suficiente.
- ¿Sin trabajo la pasa?
- ¡Que laburen los otarios! Yo duermo y morfo. No estoy flaco. ¡Mirá que buseca! – y se da golpes en el abultado vientre, satisfecho de su gordura. Prosigue:
- Me venís bien. Necesito un secretario así; vas al pueblo a comprar las cosas de morfe, el tintiyo sobre todo. Quedate conmigo.
- No puedo.
- No seas miedoso. Si ya me di cuenta que no estás contento en tu casa. ¿No es así?
- Quizás…
- Yo me doy cuenta enseguida de todo. Aquí, o mejor dicho, allí, en el río, tenés pescado fresco: pan, cigarrillos y vino a doscientos metros de aquí. ¿Cama? Te tirás sobre unas arpilleras, como yo. Y te tapás con arpilleras. No dormirás a lo millonario, pero dormirás sin frío.
- No puedo quedarme.
- Quedate por esta noche. Si te gusta, te quedás también mañana. Si no, te rajá a tu casa, a que tu madre te diga, ¿cómo te dice?
- ¿Ya estás aquí?... Me quedo por hoy.
- Y Gustavo se queda ese día, y el siguiente. Y come con el Torto pescado cocido a la noche y asado, entre brasas, al otro día. Toma vino, y se marea con el vino y con los cigarrillos que el Torto le hace fumar, casi a la fuerza.
- Hacete hombre. ¡Fumá! Sólo los mariquitas no fuman. Gustavo ya lleva tres días con su nuevo amigo, en la ribera, haciendo vida de holganza, “veraneando”, como dice el Torto, cuando éste le habla, sigiloso:
- Escuchá, pibe. En la calle 25 de mayo 606 del pueblo hay una casa pintada de amarillo. Allí vive una mujer sola con una chiquilina de doce años. Vas esta tarde, al anochecer, y te tirás en la puerta, como si estuvieras cansado. ¿Entendés?
- Sí.
- ¿Cómo no vas a entender si sos muy inteligente! A vos, ya lo he notado, se te enciende enseguida la lámpara del mate – se interrumpe el Torto
-. ¡La gran siete los que llegan por allí! Hasta luego. Y echa a correr, agazapándose entre los yuyos. Cuando aparecen un sargento de policía y un vigilante, sólo está Gustavo.
- ¿Y el Torto? – pregunta el sargento, un indio de voz autoritaria.
- ¿Quién sos?
- El sobrino del Torto – miente Gustavo.
- No sabía que tuviese parentela ese reo. ¿Cuándo comieron gallina ustedes?
- Nosotros hace días que comemos pescado.
- ¿Pescado con plumas? Decile al Torto cuando vuelva que pase por la comisaría. Ha habido un robo de gallinas, un robo grande.
- ¿Y sospechan de él?
- No es difícil.
- Si no ha comido gallina – interviene el vigilante, con aire detectivesco – no por eso es inocente. Quizás robó y vendió lo robado.
- ¡Puede ser! ¿Vas a la escuela? – pregunta a Gustavo el sargento.
- Sí.
- Se dice: Sí, señor sargento.
- ¿Sabés la tabla de multiplicar? A Gustavo, que ya resuelve problemas de interés compuesto, lo sorprende la pregunta.
- ¿La tabla? – repite.
- Sí. La tabla pintagórica – y el sargento, por esta palabra mal dicha, recibe ofrenda de admiración del vigilante.
- La tabla pintagórica – repite.
- Sí, la sé.
- ¡cuánto es nueve por nueve?
- Ochenta y uno.
- ¡y seis por ocho?
- Cuarenta y ocho.
- Bien. Veo que vas a la escuela, sí.
- ¡Letrao el purrete! – comenta el vigilante.
- ¡Bien! Nos vamos. No te olvides. Decile al Torto que si no se presenta será perseguido por presunto robo de aves. Adiós.
- Adiós.
- Adiós, señor, señores – agrega el vigilante. Se van. Cuando aparece el Torto, Gustavo lo entera, alarmado.
- ¡No te aflijas, muchacho! Esos no ven más allá de sus narices. Si yo iba a ser tan gil que iba a robar gallinas para comerlas… Como te iba diciendo cuando apareció la cana: te vas a esa casa, te hacés el cansado y el triste…
- ¿No habrá perros en la casa?
- No, sólo hay un gato. La vieja sale, vos le inventás el grupo de que estás perdido, que vivís lejos, en Buenos Aires, que tenés ragú… ¿Me entendés?
- Sí.
- La doña te va a hacer entrar, te va a dar de comer. Si te deja dormir, y seguro que te va a dejar dormir, seguro se va a compadecer, ¡aquí está la nuestra! ¿Entendés?
- Voy entendiendo.
- ¡Si sos una luz, muchacho! Tenés porvenir conmigo. – Sigue
-: Te hacés el dormido y cuando la vieja, la chica y el gato roncan, vos… ¿Qué vas a hacer vos?
- ¿Le abro la puerta a usted?
- ¡Adivinaste! ¡Sos un púa! Yo entro…
- ¿No va a matar a la vieja, supongo?
- ¡No! Le aliviano la casa de algunas chucherías, nada más. Y mañana comemos con champán en la fonda. ¿Junás? ¿Qué decís?
- ¿Y que voy a decir? Bueno. Peligro no hay.
- Negocio seguro.
- ¿Y si la vieja no me hace entrar?
- ¡Falla el negocio! Mala suerte. Y, como dice el tango: “Cuando la suerte que es grela, fallando y fallando”… El Torto canturrea. Termina: ¡Pero no fallará! Me lo dice San Luis Gonzaga del que soy devoto. Si nos sale bien el laburo, mañana le llevo una vela al santo. La vieja se me hace que ha de tener vento empacado en algún cajón. Me han dicho que es rentista, viuda de un juez. Hace pocos días han pagado las jubilaciones. Andá, muchacho. Te tengo fe.

* * *

- ¿Qué te ocurre, chico?
- Estoy perdido, y de cansado me senté en su puerta.
- ¿Vivís lejos?
- En Buenos Aires, por Nueva Pompeya.
- ¿Has comido?
- No, señora.
- Pasá. Algo tengo. ¿Cómo te llamás?
- José.
- ¿Y el apellido?
- Torto – sigue mintiendo Gustavo, ya con la boca llena. Enfrente le han puesto pollo, ensalada, pan, frutas. Gustavo masca a dos carrillos.
- Parece que tenés hambre…
- Desde esta mañana no como.
- ¿Y tus padres?
- Soy huérfano – sigue mintiendo, y mientras mastica, habla
-: Tengo un tío, pero, cuando se emborracha… ¡Oh, cuando se emborracha! Se pone hecho una fiera. Yo escapo. Por eso estoy aquí. Me amenazó con un revólver. Hasta que no se le pase la borrachera, no vuelvo. Esta noche me quedaré por ahí…
- Por esta noche podés dormir aquí. Allí, en aquel sofá, te daré unas frazadas.
- Muchas gracias, señora. Y sigue masticando. La anciana ha encendido la radio. Se oye una voz.
- …Su afligida madre agradecerá a quien le dé información sobre su paradero.
- Parece que no soy yo solo el que se ha perdido – comenta Gustavo
-. Según el locutor, un chico con madre, no soy yo. Mi tío no se va a tomar el trabajo de buscarme. Una vez me robaron los equilibristas de un circo, estuve un mes con ellos; cuando volví, el tío, ¿sabe lo que me dijo?: ¿Ya estás aquí otra vez? ¡Haragán! Siempre me dice haragán, y viera cómo me hace trabajar mi tío!... ¿Qué le pasa, señora?
- ¡Qué me va a pasar! ¡Una lágrima! Yo tengo un amigo juez. Le voy a hablar de vos. ¿Querés que te saquen del poder de tu tío?
- ¡Cómo no, señora! Yo quisiera ir al colegio, educarme… La radio interrumpe la música que ha estado difundiendo y la voz del locutor dice:
- Repetimos: El niño de trece años, Gustavo Cursio ha desaparecido de su hogar. Es pequeño de estatura, moreno, delgado, viste un traje azul de pantalón corto. Vive en la calle Almafuerte 10025. Su afligida madre agradecerá a quien le de información sobre su paradero.”… La radio vuelve a hacer sonar la música. La anciana dice:
- ¡Qué casualidad! Pequeño de estatura, moreno, delgado, traje azul…
- Cualquiera diría que estuvieran dando mis señas – la interrumpe Gustavo
-. ¡Oh, pero ese tiene madre, y yo sólo tengo un tío borracho que me da cada paliza!...
- Sí, voy a hablar a mi amigo el juez. Mañana mismo lo hablo. El te protegerá. ¿Terminaste de comer?
- Ahora a dormir. ¡Lola! – grita, y apaga la radio. Aparece la chica:
- ¿Me llamaba, señora?
- Arreglale una cama en el sofá a este chico.

Y mientras la chica trae frazadas, Gustavo sigue hablando ininterrumpidamente, como para distraer a la anciana de su posible sospecha:
- Yo siempre le digo a mi tío: Quiero ir a la escuela; él me dice: Los libros están de más, ya ves yo: No sé ni leer siquiera y aquí me tenés, lo más feliz. ¿No hay dinero? ¡Trabajo de peón! ¿Hay dinero? ¡Me emborracho! Yo no quiero ser peón como mi tío. Yo qiero ser… No sé, pero me gustaría aprender historia, atravesar Los Andes como San Martín, saber muchas cosas como Sarmiento… Sigue hablando. La anciana lo escucha conmovida, los ojos lacrimosos.

La chica dice:
- Ya está la cama.
- Bien. ¡A dormir, muchacho! Mañana serás otro.
- Gracias.
- Hasta mañana, José. ¿No rezás antes de dormir?
- Nadie me enseñó a rezar.
- ¡Qué mundo en el que has vivido! Hasta mañana. Gustavo, lentamente, pensativo, comienza a desnudarse. Pregunta:
- ¿No cierra la puerta de calle?
- ¡Cómo no! Andá, cerrá la puerta, Lola.
- ¿Con llave?
- No Hay necesidad. En este pueblo nunca se habla de robar. Hasta mañana. Mañana se te cambiará la suerte. Verás como el juez, mi amigo, te va a sacar de las garras de ese borracho que te martiriza.
- Muchas gracias, señora.

Ya Gustavo ronca, o hace como que ronca. No duerme. Está nervioso. Piensa: ¿Y si el Torto mata a esta pobre vieja y a la chica? Se da vuelta para un lado, para otro. El sueño no llega. ¿Y por qué va a robar? Parece una buena mujer. Me dio pollo, me dejó dormir en su casa. Lloró cuando yo le conté la mentira de mi tío… Vuelve a darse vuelta… Se duerme. No por mucho tiempo. Da un salto. Se incorpora. Por la ventana mira el cielo. Hay todavía estrellas. Aguza el oído. No se oye nada.

Todos duermen, tranquilos. No saben que él está allí para abrirle la puerta al Torto. Seguramente ya anda rondando la casa. Sería fácil abrirle. La puerta está sin llave. ¿Le abriré? ¡No le abriré! – decide. Y se tira sobre la almohada. Se cubre la cabeza. Quiere dormir. Se duerme. Otra vez se despierta. Se sienta de un salto. ¡Qué sueño ha tenido! Una pesadilla. Vio un cuchillo rojo de sangre que se le acercaba, amenazándolo. ¿Y si el Torto matase a la anciana, a la chica, al gato? Se acuesta de nuevo. Vuelve a dormirse. Cuando despierta ve el sol dorando los vidrios de la ventana. Oye pasos. La anciana llega, solícita:
- ¿Te despertaste ya? ¿Has dormido bien?
- Sí, señora.
- Vení a la cocina; te voy a dar café con leche. Vestite.

Gustavo se vite; pero no va a la cocina, corre a la puerta. Se asoma a la calle. Por supuesto, no está el Torto. Seguramente, cansado de esperar, se fue a su rancho de latas en el río, a esperarlo. Gustavo echa a correr, va a la estación. Volverá a su casa. ¿Y s la madre lo recibe esta vez como siempre: ¿Ya estás aquí?... En el tren, mirando distraídamente el paisaje que corre hacia atrás, Gustavo continúa su pensamiento: Mamá, supongo, esta vez no me recibirá: ¿”Ya estás aquí”?, como siempre. ¿Y s me recibe así? ¡Ah, me vuelvo con el Torto! Al Torto le invento una mentira; le digo que me dormí por eso no le pude abrir la puerta. ¿Y si me quiere mandar otra vez a la casa?... El tren, rápidamente, va acercándolo a Buenos Aires. Ya se ve el hipódromo y las primeras casas. Gustavo piensa. Ahora le parece que el tren, rodando, le dice: ¿Ya estás aquí?...