narrativa

TRES DOMINGOS

Infancia: período de la vida en
el cual todos aprendemos a mentir.

ADRIAN VELY

La enfermera pasa avisando, la hora de visita ya terminó:
- ¡Son las 16, señores, son las 16 horas, señores! Lorenzo saca una mano de entre las sábanas y se la estira a su amigo Conrado:
- Adiós.
- ¡Adiós, no! – dice Conrado – El próximo domingo volveré a visitarte.
- Gracias, Conrado. ¡Es tan triste el hospital! Es tan triste ver que los demás reciban visitas y uno aquí, solo, abandonado. No dejes de venir.
- Si pudiese, vendría también los jueves; pero ya sabés, Lorenzo, las lecciones son muchas…
- Comprendo, comprendo; hasta l domingo.
- Hasta el domingo
- . Y se estrecharon las manos largamente.

Al llegar a la puerta, Conrado se vuelve para sonreír a su amigo, que también le sonríe. Una sonrisa falsa, casi dolorosa, una mueca más que una sonrisa. Ya en el jardín del hospital, Conrado respira profundamente, admirado de la visión que deja: la sala, tan triste con sus lechos blancos. Y piensa en Lorenzo:
- ¡Pobre! – murmura
- ¡Pobre muchacho! Lorenzo está solo en Buenos Aires. Vive en una pensión, cursa el cuarto año.
- ¡Pobre Lorenzo! – repite
-. Solo, en una ciudad tan grande, rodeado de desconocidos, pensando siempre en sus padres, tan lejos, allá en Catamarca. Ahora, esta enfermedad que lo hace atrasar en sus estudios, quizás perder el año. ¡Pobre! Vendré a visitarlo todos los domingos – se dice resueltamente.

Conrado compara su vida con la del compañero que acaba de dejar en el hospital, blanco y frío. El es fuerte, tiene padres y hermanos mayores. Si él se enfermara, no le ocurriría lo que a Lorenzo, tener que internarse en un hospital frío y triste. El estaría bien atendido, en su casa, teniendo a su lado a la madre cariñosa, al padre solícito, a sus hermanos mayores, a su hermana Lisa que él quiere tanto… Y vuelve a pensar en Lorenzo, en su mirada al despedirse, como si se despidieran para siempre.
- Pero ¡no, no! – se dice Conrado – Para siempre ¡no! Volveré el domingo próximo. Volveré todos los domingos hasta que se cure. Porque Lorenzo se curará. Tiene que curarse, forzosamente. ¡Se curará!
- ya casi grita, y apresura el paso.

Los días de la semana van pasando, lentos. El sábado a la noche, al acostarse, Conrado dice a la madre:
- Mañana iré al hospital. Visitaré a Lorenzo. ¡Se alegra tanto al verme! El pobre está solo, no tiene quien lo visite. Los padres están lejos, en su provincia.
- ¿Vas a salir mañana? – pregunta la madre, y agrega
-: Estás muy resfriado. Quizás no te convenga salir. Está lloviznando, hay viento.
- ¿Cómo voy a dejar de ir, mamá? Lorenzo me espera. Vieses con qué voz me decía: “No dejes de venir”. Pero el día amanece lluvioso. Conrado no se siente bien. Se pone el termómetro. No llega a 37 grados. No tiene fiebre; pero si sale con este viento y esta lluvia, su catarro puede convertirse en pulmonía. Se quedará en casa. Escuchará radio, estudiará, leerá una novela de aventuras que tiene comenzada. Todo esto es mejor que salir a la calle con viento y lluvia, y que ir al hospital frío y triste, que ver al pobre Lorenzo, pálido, exangúe, hablando de sus padres lejanos, de su provincia lejana… Y ese domingo Conrado decide no ir al hospital.
- Iré el próximo, ¡sin falta! – se propone
-. Sin falta. Sería una infamia no ir a ver al pobre Lorenzo. Si yo no voy, ¿quién va a ir? ¡Nadie! No me tiene más que a mí en el mundo. Los demás compañeros de clase no van a perder una tarde de domingo yendo al hospital. ¡Iré sin falta! – termina. Vuelven a pasar los días de la semana, lentos, monótonos, y llega el domingo.
- Hoy iré a ver a Lorenzo – se dice Conrado mientras comienza a vestirse. Suena el teléfono:
- ¡Hola! ¿Quién es?
- ¡Gabriela! – responde la voz cantarina de la muchacha
-. Esta tarde voy a ir a tu casa, a que cumplas la promesa que me hiciste.
- ¿La promesa?
- ¿Cómo? ¿Ya te olvidaste? ¿No te acordás que me habías prometido enseñarme a jugar al ajedrez?
- Sí, me acuerdo, pero…
- ¡No hay pero que valga! Esta tarde después de almorzar, estaré en tu casa – impone Gabriela.
- Bueno – responde Conrado, y cuelga el tubo
-. Medita: ¿Qué hacer? “No puedo hacer las dos cosas a la vez… Además, a Gabriela le prometí antes que a Lorenzo… Me quedaré. El otro domingo iré a ver a Lorenzo. Si la desairo diciéndole que no, Gabriela puede ofenderse, enojarse, no hablarme más. ¡Yo la conozco! Y se pone tan linda cuando se enoja, más lindo de lo que es ella. Los ojos le echan llamas, las mejillas se le enrojecen… ¡Si será linda Gabriela!” Y ese domingo lo pasa enseñándole a jugar al ajedrez a esa linda chica, oyendo su voz musical, sintiendo el delicioso perfume de su cabellera. Qué diferente a estar allá, en la sala fría y triste, junto a Lorenzo quejoso, pesimista, oyéndolo decir:
- Acordate, Conrado, me parece que no vuelvo más a Catamarca. No veré más a mi madre.
- ¡No digas disparates, Lorenzo!
- Puede ser que exagere, pero lo que yo tengo es grave, ¡gravísimo! Se le ve en los ojos al médico cuando me revisa. Yo lo miro como preguntándole. El mira para otro lado… Ahora no es a Lorenzo a quien oye, es a Gabriela. Oye sus carcajadas, sus exclamaciones de asombro. Por momentos, Conrado se arrepiente de no haber ido al hospital. Sacude la cabeza, mira a la linda muchacha que tiene allí delante, piensa en otra cosa… Y se jura:
- El próximo domingo iré sin falta. Y pasan los días, lentos. Se levanta el domingo dispuesto a hacer su visita al hospital. Pero lo llama otro compañero:
- ¡Hola! ¿A que no sabés por qué te hablo?
- No se.
- Tengo dos entradas para ver el partido de Boca y River. Te llamo para invitarte.
- No puedo.
- ¿Cómo no podés? No son entradas para la popular. Son entradas de palco. ¿Has visto alguna vez un partido así desde un palco? Mirá que hoy se define el campeonato…
- Escuchá. Tengo que ir al hospital, a ver a Lorenzo.
- Vas otro día, y le contás el partido.
- Pero…
- ¿Te lo vas a perder?
- Sí, pero…
- Es el mejor partido del año, ¿eh? Conrado duda. El otro insiste. Expone las posibles incidencias, le seguridad de que ha de ganar Boca, y ellos son hinchas de Boca.
- ¿Te das cuenta lo que será, cuando Boca salga campeón?
- Bueno, voy.

Conrado cuelga y piensa. Conrado está triste. Se ha dejada tentar, ha sido débil. Y el pobre Lorenzo allá en su cama, esperándolo.
- El domingo que viene iré sin falta. Aunque llueva, caigan rayos, aunque venga un ángel para que le enseñe a jugar al ajedrez, aunque juegue quien juegue, ¡iré a verlo! – se propone. Y vuelven a pasar, lentos, los días de la semana. Esta vez le parece que pasan más lentos ÚN. Está ansioso. Jueves, viernes, sábado. ¡Por fin! ¡El domingo! Despierta a las seis. Quisiera empujar las horas, que llegase pronto la tarde para estar en el hospital, junto a la cama de Lorenzo, explicándole por qué ha faltado los otros domingos, justificándose… Al mediodía ya está en la puerta del hospital, y entra corriendo. Se dirige a la sala. ¡Busca! En la cama donde estaba su amigo hay otro enfermo.
- Lo habrán cambiado de sala – se dice. Pregunta a una enfermera:
- ¿Y el chico que estaba en esa cama?
- ¿El 55? – responde la enfermera
- ¿Un muchacho morocho?
- Sí.
- Murió.
- ¿Cuándo?
- Lo enterraron ayer.
- ¿Ayer?
- ¿Qué te pasa?
- Nada. Conrado, tambaleante, sintiendo como que se fuera a desmayar, se apoya en una silla.
- ¿Te sentís mal?
- Nada, nada.
- ¿Era tu amigo? ¿Tu pariente?

No contesta y sale. Todo da vueltas a su alrededor. Se sienta en un banco del jardín. Está atontado. Es como si hubiese recibido un golpe en la frente, un dolor agudísimo se la perfora. Y allí se queda un rato. Respira hondo. Después comienza a andar, tan turbado aún, que sobre el banco del jardín olvida el paquete de naranjas que traía para Lorenzo…