narrativa

PICHI

El niño, sIn saberlo, recibe el influjo de los demás
y los refleja, transformándolo, según su propia naturaleza,
en su espejo de aumento…

AMIEL

Pichi – no es su nombre, sino su apodo; pero ¿quién lo conoce por su nombre y apellido tan solemne, tan inadecuado para Pichi? Se llama Celedonio Clodomiro Altafuerte -. Pichi es pequeño, movedizo, feo y gracioso a la vez. Donde está Pichi es él quien habla. Pelirrojo, salpicado de pecas como si un automóvil, al pasar por un charco de sol se las hubiese tirado a las manos y a la cara. Pichi es hijo de un yoquey. Se ha criado oyendo hablar de juegos y viendo jugar. En u casa, la madre y los tíos a la quiniela o a las barajas, el padre y sus amigos, sólo hablando de pingos y de carreras: Gané tanto o perdí tanto, y tal caballo, hijo de tal otro y nieto de aquel, dio tanto de sport o pudo dar tanto y no lo dio porque hicieron tongo. Juegos y trampas fueron la educación de Pichi hasta los ocho o nueve años. Un día la madre se sorprendió oyendo a Pichi leer el diario.

- ¿Quién te enseñó a leer?
- Nadie.
- ¡Oh! Este chico debe ir al colegio – resolvió la madre al constatar que sabía leer sin necesidad de enseñanza. Y Pichi fue al colegio, empezó a ir a una edad en que todos saben las cuatro operaciones y mucho más. Pichi sabía leer, sumar y restar. Pero pronto aventajó a sus compañeros. Saltó al segundo grado, al tercero… Y prosiguió su ascensional carrera. Pichi es una luz. Todo lo comprende de inmediato. Pequeño, vivaz, agudo, él está en todo, de todo habla, sobre todo opina. Y, como es hijo de yoquey, naturalmente, opina de carreras.. Da lecciones a os otros muchachos, los empuja a que jueguen:
- Jueguen a Rayero mañana. No puede perder. Los muchachos juntan sus pocos pesos y van a una agencia donde, subrepticiamente, se aceptan redoblonas. A veces ganan y a veces pierden. Si ganan, Pichi es un héroe, un sabio; si pierden, Pichi se encarga de dar las razones, siempre aceptadas: _ El yoquey se vendió. ¡Hay cada uno! Ahora Pichi tiene quince años y cursa en tercer año del colegio nacional. No es buen estudiante. Y no lo es por desidia, porque Pichi tiene una memoria sorprendente. Recuerda la perfomance de cien caballos y sus aprontes y el yoquey que corrió a éste y al otro y lo que dieron para ganador y para placé y mucho más, todo sobre caballos. Los otros muchachos hablan de fútbol, de boxeo, de atletismo. A él le interesan las carreras y la lotería, pues, a ejemplo de la madre, no hay jugada en la que él no tenga su billete. Y si saca terminación – hasta ahora lo más que ha sacado es terminación – hace sonar su tiempo, su suerte, su gran suerte, ante las miradas codiciosas de todos. Si se lo ve en un grupo, en el patio del colegio, allí se está jugando, seguramente. Se juega a cara o ceca con cajas de fósforos, pero se juegan , no inocentes figuras, sino monedas o pesos. Mientras aguardan la hora de entrar, Pichi ha inventado un juego. Por la calle pasan do tranvías: el 9 y el 27.
- ¿Un peso al 9? – pregunta Pichi. No falta quien responda:
- ¡Va por el 27! Y aguardan… Si pasa el 9, Pichi, ganador, vuelve a gritar:
- ¿Un peso al 9 otra vez?
- Va por el 27 – responde otro. Alguien por allí pronostica:
- ¿A que falta otra vez el profesor de historia?
- ¿A que no falta! – dice Pichi y, enseguida
-: ¡Te apuesto cincuenta centavos a que no falta! Estas dos palabras, “te apuesto”, son las que más pronuncia Pichi al cabo de un día. Todo lo que ocurre le da pretexto para apostar.
- Te apuesto a que mañana llueve.
- Te apuesto a que Boca le gana a San Lorenzo. Y los ojos, dos puntos de luz verde, le brincan en la faz pálida, salpimentada de pecas. Los ojillos llenos de luz y la voz, una voz agudísima, chillona, casi molesta, son las características de Pichi, tan pequeño y tan imprescindible. Otro, con su figura, sería insignificante. Pichi, en cambio, tiene importancia. Se le consulta, como a una adivina:
- ¿Qué te parece, Pichi, en qué número terminará la grande mañana?
- En 6 – responde Pichi, seguro.
- ¿En 6? Mirá que la pasada salió en 6.
- ¡Te apuesto treinta centavos que sale en 6! El otro no acepta la apuesta, la seguridad de Pichi lo impresiona:
- Está bien. Le voy a jugar al 6. Porque Pichi contagia. Por todas las clases donde él pasó, ha llevado el juego como si fuera una peste. Contagió a chicos y grandes. En todas partes hizo prosélitos y admiradores. Hasta un jefe de celadores se le hizo adepto.
- El jefe es hincha mío – aseguraba Pichi, y lo era. Ocurrió esto: Al pasar, Pichi vio que el jefe estaba leyendo en un diario la página de carreras. Le dijo: Juegue mañana en la quinta a Pajuerano.
- ¡Qué sabés vos, chico! – exclamó el jefe, despectivamente.
- ¿Qué se? Le apuesto…
- ¡Basta o te pongo diez amonestaciones! – lo interrumpe el jefe.
- Está bien, pero recuerde esto: En la quinta, Pajuerano. Por lo menos va a dar cincuenta pesos a ganador. ¡Es un tapado ese burro! Fue así. El jefe no jugó a Pajuerano y Pajuerano dio sesenta y ocho pesos a ganador. Desde entonces, su desprecio por Pichi se hizo admiración. Y le consulta. Pichi se transformó en un privilegiado. Falta y no queda libre. Si algún profesor lo amonesta, las amonestaciones no figuran en el haber de Pichi, el ahijado de la fortuna y del jefe de celadores. El profesor de gramática es un hombre pesado y gordo, de hablar sin elocuencia. Su clase es un martirio de aburrimiento para los muchachos. A Pichi le es antipático, tan antipático como Pichi le es al profesor.
- ¿Otra vez se ha venido en blanco? ¿Cuándo va a traer una lección bien sabida?
- ¡Quién sabe!
- ¿Cómo quién sabe?
- ¡Le apuesto a que mañana la traigo!
- ¿Le apuesto? ¿Se cree usted ¡chiquilín!, que un profesor se va a poner a apostar con un alumno? ¡Si mañana no sabe la lección le pongo un cero más grande que su cabeza! – amenaza – que su cabezota de zapallo.
- No será un cero tan grande porque mi cabeza es chica – la clase ríe
-. Si fuese grande como su cabeza…
- la clase estalla.
- ¡Afuera! ¡Tiene diez amonestaciones! Pichi, saliendo:
- Para lo que yo voy a ser, no necesito saber gramática.
- ¿Qué va a ser? ¿Criminal?
- Yoquey, ¡un gran yoquey, como mi padre!

¡Y lo dice con orgullo, con tanto orgullo! El profesor lo mira un poco impresionado.

En clase de este profesor de gramática, Pichi encontró la manera de no aburrirse. El profesor tiene una muletilla. Intercala continuamente un “da a entender”. Pichi ha lanzado el juego del cual toda la clase participa: contar las veces que el profesor dice “da a entender”. Si el número de veces es par, ganan los que apostaron a pares; si es impar, ganan los que apostaron a impares. El profesor habla, expone, enuncia las monótonas reglas. Los muchachos atentos, cada cual con su papel y un lápiz, escriben. El profesor cree que toman apuntes. ¡No! Constatan las veces que él dice “da a entender”, porque toda la clase, contagiada por Pichi el jugador, ha apostado…