narrativa

¿LA SEGUIMOS MAÑANA?

“El niño no quiere intermedios
entre él y la naturaleza”.

PESTALOZZI

Carancho SE sienta en el umbral de su casa. Tiene cara de aburrido. Carancho es muy alto para su edad, huesudo y con ojos negros vivísimos. Carancho no se llama así. Le dicen Carancho porque la nariz, larga y corva, y su aspecto general, le dan un aire de pájaro sin alas. La madre, viuda, es maestra y va al colegio de tarde. Como él va de mañana, toda la tarde queda solo en su casa o vagando en busca de algún amigo con quien jugar a los carozos o a las figuritas. Ahora, aburrido de hacer deberes, una composición sobre el ahorro, ¿pero a quién se le ocurre tal tema? Sólo al antipático de su maestro podría ocurrírsele. ¿Ahorrar? ¿Para qué ahorrar? ¿Meter las monedas en una alcancía cuando hay tan jugosas naranjas y tan ricos caramelos ofreciéndose a quien no se le ocurra la estupidez de guardar las monedas en vez de cambiarlas por caramelos o naranjas?... ¡Qué absurdo! – piensa Carancho -.Sin embargo. Preciso le fue escribir dos páginas haciendo el elogio de tal virtud. Porque, según el maestro, el ahorro es una virtud. “A mí me parece una tontería, no una virtud” - se atrevió a decir Carancho a su maestro. Y éste le respondió: “Escriba cincuenta veces: “El ahorro es una gran virtud”.

Carancho, con los puños en la cabeza y los codos en las rodillas, sentado en el umbral, contempla la calle, y medita. Se dice:
- ¿Soy un chico malo…? Se responde:
- No soy un chico malo. No soy malo, pero mamá no hace más que decirme, como si me quisiera convencer, que yo soy malo… Ahora Carancho piensa en su última aventura, la que le valió ser considerado por su madre y por la directora, la amiga de su madre, como un niño malo, malísimo, perverso, un Lucifer sin garras y sin cola. Pasó esto: Aquella mañana, en tanto su madre leía el diario, a él se le ocurrió preguntar, porque a Carancho se le ocurre preguntar algo siempre, cualquier cosa:
- Mamá, ¿está muy lejos la China?
- Sí – respondió la madre.
- ¿Y el polo norte?
- También.
- Y la luna, ¿está más lejos?
- ¿Más lejos de dónde?
- Más lejos del polo sur.
- No sé.
- Una maestra tiene que saberlo.
- ¡Lo sé, pero no te lo quiero decir! – grita la madre, ya irritada.
- ¿A que no sabés quién está más lejos del polo sur, tu cumpleaños o el mío?
- ¿Pero te das cuenta, muchachón de once años, qué clase de preguntas hacés? ¡Cretino! Lo hacés de malo, lo hacés para interrumpirme, para no dejarme leer en paz. ¡Malo! ¡Canalla! ¡Me voy a morir por tu culpa de un ataque a la cabeza! ¡Andate! Carancho sale corriendo para no oír más los gritos de la madre indignada, enfurecida: pero decide vengarse. Y esa misma noche ejecuta su venganza. La madre tenía invitados a comer, un matrimonio amigo. Los había citado a las 9 de la noche. Encargó a la cocinera lo que debía preparar y se fue. Carancho, a las 7, adelantó el reloj. Lo puso en las 8. La cocinera e apresuró a preparar la comida. Sonaron las 9 – según el reloj adelantado
-. Los invitados sin llegar. La comida se pasaba. Desesperación de la madre. ¿Vendrán, no vendrán? Carancho sonreía…
- ¿De qué te reís, estúpido? ¿Te crees que esto es para reír? Ya son casi las diez… ¿Qué le pasará a esa gente?
- El asado se quema, señora – anunció la cocinera, alarmada
-. ¿Lo retiro del fuego? Al fin, tres minutos antes de las diez – según el reloj adelantado – apareció el matrimonio amigo. Hubo explicaciones. El invitado mostró su reloj: no eran las 9 de la noche todavía. ¿Y este reloj adelantado una hora?
- ¿Quién pudo adelantarlo? – preguntó la madre. Carancho siguió sonriendo. Se sentaron a comer. Ya a los postres, cuando no corría peligro de que lo dejasen sin comer, Carancho no pudo más. Confesó, siempre sonriendo:
- Yo adelanté el reloj una hora.
- ¿Por qué, canalla?
- Para hacer un chiste. Los invitados tuvieron que contener a la madre para que no le tirara un pan por la cabeza. Carancho hubiese sufrido, estoico, no el golpe de un pan, sino de una fuente. Estaba satisfecho. Se había vengado. Estaba satisfecho y sonreía. Ahora sigue recordando: Una vez, la directora le dijo delante de varias personas, porque la directora dejaba la maestra en su casa, a todas partes donde iba, hablaba como una maestra:
- ¿A ver, en qué grado estás?
- Quinto.
- Se dice: quinto, señora.
- ¡Hum!
- A ver si sabés este problema: En un corral hay , entre carneros y gallinas, cuarenta cabezas y cientoveinte patas. ¿Cuántos carneros hay y cuántas gallinas? Carancho piensa en vano.
- Muy fácil – continuó la directora
-. Pongamos dos patas a cada animal, ya tenemos ochenta patas. Luego, las 40 restantes, las repartimos nuevamente de a dos. Tendremos así veinte animales con cuatro patas, o sea veinte carneros, y vente animales con dos patas, o sea veinte gallinas. Carancho dijo:
- ¿Y si nos queda un animal con dos patas de gallina y dos de carnero? Se festejó la salida y Carancho, entonces, se atrevió a su vez, a preguntar a la directora:
- ¿Cuál es el mayor número que se pueda escribir con tres nueves?
- ¡Oh, eso es una bobaba! – exclamó la directora.
-¡Diga!
- Pues ¡999!
- ¡No! Es 9 elevado a la novena y vuelto a elevar a la novena.
- Y la directora hubo de sonrojarse un poco. Por supuesto, esa noche la madre le dio un fuerte tirón de orejas, no bien estuvieron solos. Y le repitió:
- ¡Malo, perverso, sos la piel de Judas...!
- ¿Yo seré todo eso? – se pregunta ahora Carancho, mientras observa el tumulto de la calle
-, ¿yo seré malo como dice mamá? Puede ser, pero si me sigue diciendo que soy malo, seré malo, y si me pega, seré más malo todavía! – acaba de proponerse esto cuando oye:
- ¡Hola, Carancho! ¿Querés jugar a las figuritas? Delante de él tiene a Mono, uno de sus amigos.
- No tengo figuritas. Juguemos a los carozos. Y ya están jugando a los carozos Mono y Carancho. No juegan mucho tiempo. Mono hace trampas siempre. Tiene fama de tramposo entre los chicos del barrio. Muchos no quieren jugar con él. Lo boicotean. Más de una vez, Mono lee en las paredes: “Boicó a Mono”. Carancho aceptó jugar porque estaba aburrido, porque Mono es el único desocupado como él, y par no seguir pensando si él es malo o es bueno… Porque Carancho está convencido que no es malo, aunque su madre lo sostenga, aunque lo sostenga el maestro y aun la directora.
- ¡Mono! ¡Me estás haciendo trampas! – grita
- ¡Tramposo!
- Si me llamás tramposo te voy a meter una piña.
- ¿A quién?
- ¡A vos!
- ¡Tomá! Carancho da el primer golpe y se enredan a puñetazos. Mono es más bajo, pero más recio. La lucha es equilibrada. Muchos puñetazos se pierden en el viento. Pocos llegan a su destino, la nariz o un ojo del adversario. La fatiga comienza a poseerlos. La pelea que comenzó agitada se hace lenta. Al fin, hipantes, se detienen. Mono dice:
- ¿La seguimos mañana?
- Bueno, la seguimos mañana – responde Carancho. Mono se va y él entra en su casa. Se mira al espejo: tiene un magullón en la frente y un ojo circundado por un círculo negro y violeta.
- Ahora mamá me va a decir que soy malo otra vez. Se dará cuenta que me he peleado – se dice, y corre a lavarse
-. Yo no tuve la culpa. Si Mono fuese menos tramposo, ¿por qué me voy a dejar hacer trampas? – Y se propone
-: Mañana, en cuanto lo vea, empiezo por darle un puntapié en la barriga. Me va a pagar ese ojo que me ha dejado en compota… Al otro día, no bien termina los deberes, para no quedarse solo en la casa, se va a la calle. Ya ha olvidado a Mono y su desafío, pero no bien pisa el umbral, ve a Mono y a otro muchacho, frente a frente, dispuestos a trompearse. Interviene enseguida:
- ¿Qué pasa aquí?
- Este me quiso hacer trampas – explica Mono.
- ¡Dale un castañazo! – dice Carancho, decidido. Y empuja al contendor de Mono. Aquel opta por salir disparando. Dos son muchos enemigos. Carancho y Mono lo persiguen con sus gritos burlones. Cuando el otro desaparece, quedan Mono y Carancho. Se miran, triunfantes. Mono dice:
- ¿Jugamos a los carozos?
- ¡Bueno! – responde Carancho. Y se ponen a jugar. Ninguno de los dos recuerda que estaban desafiados, que debían seguir su pelea del día anterior, aunque Carancho tiene un ojo circundado de negro y violeta, aunque Mono muestra un largo arañón que le va desde una oreja a la boca. Las huellas de su enemistad persisten solamente en las caras.