narrativa

LA ESTILOGRAFICA

¿Por qué te burlás y me llamás patas duras? ¿Por qué juego mal al fútbol? Yo podría burlarme de vos porque no sabés resolver los problemas más sencillos. Yo podría llamarte Burro.
- ¡Te rompo el alma si me ponés ese sobrenombre!
- ¡Ah! ¿Quiere decir que vos me ponés Patas duras y yo a vos no te puedo poner Burro? ¿Por qué?
- ¡Porque sí!
- Porque sí no es una razón.
- ¡Bah! – resuelve el asunto Bonifacio Serantes, y da la espalda a Paulino Marquez, despreciativamente. Paulino insiste:
- Reflexioná.
- ¡No quiero!
- ¿Ves? Por eso, por no querer reflexionar, no resolvés los problemas.
- No sé resolver problemas, pero hago goles; y vos, en cambio sos un Patas duras que a un metro del arco chingás el tiro. ¿No te da vergüenza?
- Más vergüenza me daría haber llegado a primer año y no saber dividir por tres cifras.
- Un jugador internacional como voy a ser yo no necesita saber dividir ni por una cifra.
- Y un ingeniero como voy a ser yo no necesita saber jugar al fútbol.
- ¡Bueno! ¡Basta! Si seguís hablando soy capaz de cerrarte la boca de un trompazo. Y Bonifacio Serantes cierra los puños y se adelanta, agresivamente. Varios se interponen. Paulino Márquez no se amedrenta. Dice:
- Todo lo arreglás así: a trompadas y a patadas. ¿Por qué no arreglás a patadas y a trompadas la aritmética? ¿O la ortografía? Ayer escribiste buzón con s y sótano con z.
- ¡Basta, he dicho! Y Bonifacio Serantes vuelve a cerrar los puños, amenazador. Varios compañeros, otra vez, se interponen. Y se lo llevan. Paulino Márquez no calla:
- Está bien. No hablemos más. No me dirijas la palabra. No te contestaré.
- ¡Ja! – se burla Bonifacio
-. ¿Lo oyen? ¿Si se creerá este infeliz que yo necesito ser su amigo! ¡Chau, Patas duras! Y Bonifacio se aleja en medio de un círculo de admiradores. Porque Bonifacio, el mejor del año en fútbol – aunque mal estudiante
-, siempre está rodeado de admiradores. Paulino, buen estudiante y mal jugador de fútbol, queda solo.

Desde aquel día no se hablaron más. Paulino evitó así que el otro, burlón y barullero, siempre pronto a resolver los conflictos a insultos o a golpes, se riese, sarcástico, por su torpeza para patear la pelota. Pasa un mes.

Una tarde, al salir del colegio, Paulino, a fin de protegerse de la llovizna, se ha refugiado en un zaguán. Aguarda que despeje. Y ve llegar a Bonifacio. Este, ajeno a la llovizna que lo moja, viene pateando una lata. Ha encontrado esta lata y, llevado por su obsesión, la ha transformado en pelota. Pasa pateando la lata sin ver a Paulino, pero cuando desaparece, Paulino ve la estilográfica de Bonifacio. Es una hermosa estilográfica, regalo de un grupo de admiradores por su actuación como capitán y delantero del equipo.

Corre Paulino y la recoge. Su primer impulso es buscar a Bonifacio para devolvérsela. Pero Paulino no es como Bonifacio, atropellador y bulicioso. El es reflexivo, se contiene. Se contiene y piensa: Si se la devuelvo, nos vamos a reconciliar. Los primeros días estaremos bien, pero en seguida – yo lo conozco a Bonifacio – va a empezar como antes, con sus burlas, con el apodo que tanto me molesta porque ya otros muchachos, para halagarlo a él, me lo decían… ¡No! No le devolveré la estilográfica. Pero tampoco me puedo quedar con ella. Se la daré al celador para que se la devuelva. Sí, pero el celador, que sabe nuestro enojo y un día nos quiso reconciliar, con este pretexto va a tratar de reconciliarnos. ¡No se la daré al celador! También, si yo le devuelvo la estilográfica, Bonifacio va a creer que lo hago para reconciliarme, para adularlo; él cree que por ser un buen jugador de fútbol todos lo admiran. Y yo no lo admiro. ¿No lo admiro yo? Quizás, sí, lo admiro un poco. Quizás yo quisiera jugar la mitad de lo que él juega… pero… pero ¿qué? Paulino sigue cavilando: Pero ¿qué? Pero ¿Por qué no se decide a devolver la estilográfica a Bonifacio?

Si éste siente orgullo de ser un gran jugador y, por orgullo, se burla de los que juegan mal, como yo – piensa Paulino
-, yo también puedo tener orgullo de ser el mejor alumno de aritmética de la clase, aunque no me burlo de los que, como Bonifacio, nunca saben la solución de un problema. Mi orgullo es diferente al de él. Y es superior al de él, por supuesto. Porque no es lo mismo tener orgullo para patear una pelota que tener orgullo para resolver los problemas difíciles.

La llovizna ha parado, Paulino sale del zaguán y emprende la marcha. Piensa: Puede ser que encuentre a Bonifacio. Si lo encuentro… ¡no le devolveré la estilográfica! Si continúa por ese camino, no es difícil que lo encuentre, pues, debe pasar por la puerta de la casa de Bonifacio, y éste se hallará jugando al fútbol, como acostumbra. Decide doblar en la esquina. No pasar por la puerta del otro, evitar su encuentro.

Dobla y sigue cavilando: ¿Cómo haré para devolvérsela sin que él sepa? … ¡Ya está! ¡Ya encontré la solución! Nunca había resuelto un problema más difícil Paulino Márquez. Su solución lo alegra: ¡Ya está! Ha decidido ir al otro día muy temprano y poner la estilográfica en el pupitre de Bonifacio. Así no sabrá que es él quien se la ha devuelto.

Y al otro día se duerme. Llega al colegio cuando está sonando la campana. No puede poner la estilográfica en el pupitre de Bonifacio como lo planeara. ¿Qué hacer? Vuelve a presentarse otra dificultad a su difícil problema; pero la resuelve, Bonifacio no ha venido a clase. Posiblemente no vendrá. En el primer recreo – se propone Paulino – se la dejaré en el pupitre. Mañana, cuando él venga, la encontrará. Queda tranquilo; pero sólo unos minutos. De pronto, entra a la clase un celador y da la noticia:
- ¿Han visto por andar jugando al fútbol en la calle? ¡A Bonifacio Serantes ayer lo mató un automóvil! Y detalla:
- Iba pateando una lata en medio de la llovizna; el suelo estaba húmedo, resbaló y un auto que pasaba no pudo frenar. ¡Esa maldita costumbre de jugar al fútbol por la calle! Lo llevaron a la farmacia, después al hospital. Murió en el camino. ¿Qué me dicen? Paulino, mientras los demás alumnos se erizan de exclamaciones y comentarios, queda mudo, frío. Medita: Si yo lo hubiese llamado ayer, quizás se hubiese quedado conmigo, hubiésemos conversado hasta que pasara la llovizna. El automóvil no lo habría atropellado. ¿Yo tengo algo de culpa en su muerte? – se pregunta, al fin, desolado. Y lleva la pregunta a la madre; se confidencia con la madre. Va en busca de consuelo. Le narra a todo. Solloza sobre el pecho de la madre que le habla:
- No te pongas así, Paulino. Vos no tenés la culpa. En verdad vos deberías haberlo llamado para darle la estilográfica…
- No lo hice por orgullo, mamá.
- Llamás orgullo a la soberbia. No lo hiciste por soberbia.
- Si me reconciliaba, él iba a empezar a llamarme Patas duras, como antes, a burlarse de mí como siempre… Y ahora, ¿qué hago con la estilográfica?
- Llevásela a la madre de Bonifacio.
- No me atrevo a contarle lo que te he contado, mamá.
- Decile que la encontraste y vas a devolverla, nada más.
- ¡Bueno!

Emocionado, pálido y tembloroso, casi sin poder hablar, se presenta Paulino en la casa de Bonifacio. Ya está allí la capilla ardiente. Pide hablar con la madre. Lo llevan ante una mujer rodeada de mujeres que sollozan.
- Este niño desea hablarle – explica un hombre.
- Señora – comienza Paulino
-; yo soy compañero de Bonifacio. Le traigo esto. Y enseña la estilográfica.
- Y esto, ¿qué es? – pregunta ella
-. ¡Ah, sí! Es la estilográfica de Bonifacio.
- El me la prestó – se le ocurre decir en ese momento, pues teme que lo culpe si dice la verdad de lo ocurrido
-. El me la prestó. Se la llevé esta mañana para devolvérsela. Se la traigo a usted.
- ¡Querido! – dice la madre y lo besa en la frente
-. ¿Lo querías a mi Bonifacio? ¡Todos lo querían! Todos lo admiraban. Todos le pronosticaban un gran porvenir como jugador de fútbol. ¿Y el fútbol me lo mató, el fútbol! Llora la mujer, desesperadamente. Cuando se repone, alarga la estilográfica a Paulino:
- Tomá. Te la regalo. Llevala como recuerdo de mi hijo y como premio a mi honradez. Y lo vuelve a besar. Paulino no responde. Los sollozos lo estrangulan. Se retira. En la mano lleva la estilográfica, le pesa como si llevase una carga enorme. ¿Se va a quedar con ella, acaso? ¿Puede quedarse con ella? El le ha mentido a la madre de Bonifacio; si le hubiese dicho la verdad, si le hubiese contado su enojo con él, la soberbia que le impidió llamarlo, para devolvérsela, la madre, ¿le hubiese regalado la estilográfica? Lo creyó amigo de Bonifacio, porque él se mostró exhibiendo una honradez que no existía, porque interpretó mal su estado, lo vio allí, emocionado y trémulo, lloroso y triste; creyó que la muerte inesperada de un compañero querido así lo ponía…
- No – piensa Paulino, abocado a otro problema
-, no me puedo quedar con la estilográfica. Pero ¿qué hacer?
- Ya está en la calle. Da unos pasos. El frío de la noche lo serena. Se detiene. ¿Qué hacer? – vuelve a decirse
-. Se la regalaré a alguien. ¿A quién se la regalaré?
- De pronto se ilumina: ¡Se lo devolveré a Bonifacio! – resuelve
-. Da vuelta, vuelve a la casa. Entra a la capilla ardiente. Deja caer la estilográfica en el ataúd de Bonifacio.
- Y sale corriendo.