narrativa

EL VALOR

“…tenía la exquisita sensibilidad de los burlones,
como si la risa fácil fuera la mejor aliada de la lágrima pronta”.

ANIBAL PONCE

De este hecho verídico que sucede en el “Instituto Vértiz”, un colegio para muchachos de familias pudientes, son protagonistas Jaime Silvio Galero Bones, Tulio Zavano y Juan Alido. Es Galero Bones, un hermoso muchacho rubio, alto, fuerte, deportista, seguro de sí, no sólo porque sus dieciséis años, plenos de savia nueva rica en glóbulos rojos, lo empinan; sino porque es hijo de un coronel y nieto de un general que ocupan altos puestos. Esto le atrae la consideración de alumnos y profesores. El director mismo, un viejo español cascarrabias, no pasa a su lado sin sonreírle. Galero Bones habla alto y pisa fuerte. En los recreos, su voz se destaca. Es inteligente y estudioso. En ciertas materias, en historia por ejemplo, sobresale. Tulio Zavano es su inversa. Silencioso, meditativo, sobresale en ciencias naturales. Moreno, bajo y vigoroso también; su origen modesto lo contrae un poco al tener que alternar con esos muchachos hijos de doctores, de políticos y militares que figuran en las esferas del gobierno. Tulio Zavano es hijo de un bañero de Mar del Plata. Su padre, nadador eximio, lobo de mar, salvó a una hija del director del “instituto Vértiz”, y éste, en pago, le tiene al hijo gratis. Todos los demás alumnos están enterados de esta circunstancia. El propio Zavano se ocupó de hacerla pública. Zavano es altivo. Al comienzo de las clases, alguno de aquellos chicos envalentonados por ser hijo del Dr. X, senador, quiso ponerle un mote. Le llamó “Tano Zavano”, despectivamente. Los puños del hijo del gringo bañero lo llamaron al orden, amenazantes. Alguno, otra vez, quizás para humillarlo, y aunque ya lo sabía, le preguntó:
- ¿Vos estás gratis en el colegio?
- Gratis, no.
- ¿Cómo? ¿Pagás? Este es un colegio caro. ¿Tu padre tiene dinero para costearte este colegio?
- ¿Te parece que mi padre no le ha pagado al director más que todos los demás padres de ustedes juntos? Mi padre le salvó la vida a su hija; ¿cuánto vale la vida de su hija única para el director? Si se hace bien la cuenta, me parece que el director todavía le debe a mi padre. El otro protagonista de este hecho verídico es Juan Aledo, un celador. Es un hombre de más de sesenta años, pobremente vestido, un estrujado por la vida. Jubilado de cualquier empleo, lo que cobra no le alcanza para sostener a su mujer enferma y a su hermana mayor, anciana y viuda. Ha debido, pues, aceptar este empleo de celador, donde pasa “las de Caín” – como él dice – teniendo que tratar con aquella “traílla” – otro de sus términos – de muchachos ensoberbecidos, inmisericordes. Le han puesto un apodo. Le llaman “Basura”. El sabe que lo llaman así y se hace el desentendido. En el patio, a veces en la clase, no falta quien, con cualquier pretexto, dice la palabra “basura”. Todos ríen. El sabe por qué ríen No pregunta nada. Se hace el que ignora todo a fin de no entrar en conflicto con la mesnada pronta al ataque, segura de la debilidad del celador, ese hombre pequeño, delgado, descolorido, insignificante, sobre el que se clavan las burlas como si fuesen flechas, la mayoría de las cuales él no oye, mejor, hace como que no oye. Hoy, 22 de setiembre, ha faltado el profesor de historia. Cuando falta un profesor, Juan Aledo es el encargado de custodiar las clases. Es una de sus obligaciones, o sea uno de sus martirios. Este 22 de setiembre, la primavera hace hervir la sangre de todos esos jóvenes bien alimentado, sin preocupaciones, conociendo de la vida sólo la parte sonriente. Es un cuarto año. Aparece Juan Aledo con sus pantalones bolsas, su saco lustroso, con su corbata mal hecha, con gruesos anteojos de miope… Lo recibe un murmullo, un “pampero”. Los muchachos con las bocas cerradas producen un ruido de viento huracanado. Al principio, el celador hace como que no oye. El ruido aumenta. Al fin, pegando en el pupitre con la regla, grita:
- ¡Silencio, pues! ¡Silencio o…! – La amenaza queda en el aire. Galero Bones, ladeada la boca, burlón, deja caer la pregunta:
- ¿Silencio o qué?
- ¡Silencio o voy a llamar…!
- ¿Va a llamar a quién?
- ¡Voy a llamar al director!
- ¡Ah! Yo creí que iba a llamar al vigilante. Una carcajada hace eco a la frase insolente. Galera Bones, envalentonado, prosigue:
- Podría llamar a su papá o a su hermano que fuma. Las carcajadas se repiten. Algunos las acompañan con pateos.
- ¡Usted es un maleducado!
- Voy a esperar que usted me eduque.
- ¿Guarango!
- ¡Que le recontra! Ya es demasiado. El celador de pie, empuñando la regla, grita:
- ¡Si no se calla, lo voy a sacar de la clase a empujones!
- ¡Pruebe, a ver! – responde el muchacho y se incorpora, agresivo. La clase calla. Está a la expectativa.
- ¡Fuera! – grita el celador, ciego de cólera. Y se adelanta. El otro, firme, dispuesto a la resistencia, aguarda al exasperado, tranquilamente, bajo la admiración de todos. El celador se llega a él y lo toma del brazo. Galero Bones da un tirón y se desprende haciendo que el hombre trastabille. Un murmullo de aprobación acompaña esa primera escaramuza de la que el celador ha salido tan mal parado. Vuelve a intentar imponerse:
- ¡Fuera de la clase!
- ¡No quiero, sencillamente, no quiero salir! – y como el otro duda
-:¡ Sáqueme, a ver! – desafía. El celador se adelanta. El otro cierra los puños. El celador dubita… Se interpone Zavano. Enfrenta a >Galero Bones:
- Si te dice que salgas, debés salir.
- Y a vos, ¿quién te da vela en este entierro?
- ¡Potro! ¡Mal educado! ¡Insolente! – grita, ruge el celador fuera de sí, tembloroso.
- ¡A mí no me insulte! ¡Usted me está insultando! ¡Basura! – le grita al fin Galero Bones.
- ¿Qué ocurre aquí ahora? – es el director que aparece atraído por el tumulto.
- Ocurre que este señor me está insultando – explica el ofendido Galero Bones
-. Toda la clase puede decir si no me acaba de llamar guarango, potro, mal educado, y tantas cosas más. ¿No es verdad? – se dirige a la clase. Veinte voces ratifican:
- ¡Sí, sí, sí!
- ¡Usted debe respetar a los alumnos! – sermonea el director.
- Debo respetar a los alumnos que me respetan – responde el celador, ofuscado.
- ¡Usted debe respetar a los alumnos! – levanta la voz el director, ya colérico.
- ¡El me llamó basura!
- Después que él me insultó a mí, yo lo insulté a él.
- Si usted insulta al alumno – vuelve a sermonear el director – le da derecho a que el alumno lo insulte.
- Y si usted no sabe hacer que los alumnos respeten a las autoridades del colegio, yo estoy de más en su colegio.
- ¡Muy bien! ¿Usted se despide?
- ¡Sí, me despido!
- Pase por la Dirección, le pagaré sus honorarios – resuelve el director, y sale. Va a seguirlo el celador, pero desde la puerta se vuelve, recapacita un momento. La clase está silenciosa. Dice el celador dirigiéndose a Galero Bones:
- Sólo le deseo que alguna vez en su vida tenga que recordar esto que hoy ha hecho conmigo. – Va a seguir hablando, pero la voz se le quiebra. Quizás por temor de sollozar, calla. Pero no se va todavía. Llama con un ademán a Zavano y le dice, extendiéndole la diestra:
- Hasta la vista, amigo. Zavano se la aprieta. El celador sale. Aquel queda un instante de pie. Lo mira irse. Después, en silencio, se sienta frente a su pupitre. Está apesadumbrado. La clase entera calla. Galero Bones dice:
- ¡Puf! ¿Se fue? ¡Una basura menos!
- ¡Que se vaya! – dice otro. Y otro:
- ¡A la calle! Y otros:
- Para lo que servía, ¡bah!
- Buena piltrafa, ¡puaj!
- Parecía un mendigo, no un celador.
- ¡Qué celador para el Instituto Vértiz! Callan. Se ha oído un sollozo. Zavano solloza. Se pasa el pañuelo por los enrojecidos ojos, se pone de pie y, dirigiéndose a Galero Bones, le dice, lo increpa:
- ¡Podés estar orgulloso de tu hazaña!
- ¿Qué hazaña?
- La que acabás de hacer, pedazo de… Y como no acaba la frase, Galero Bones, agresivo:
- ¿Pedazo de qué?
- ¡Nada! ¿Para qué? No comprenderías.
- ¡Hablá, te digo! Zavano reflexiona un instante, y al fin se decide, habla:
- Acabás de quitarle el pan a un pobre. Quizás vos no comprendas bien lo que es esto. Sos hijo de ricos, siempre has estado en la holgura, no sabés lo que es ganarse la vida trabajando…
- ¿Y vos sabés?
- Yo lo sé porque lo he visto en mi casa. Mi padre es bañero en verano y pescador en invierno, mi madre lava y plancha. Yo he tenido la suerte de no tener que trabajar todavía, pero si en cualquier momento a mi padre lo atrapa una tormenta y queda allá, en medio del mar, yo tendré que dejar los estudios y emplearme, ponerme de peón, ya que no sé ningún oficio. Vos, en cambio, aunque tu padre muera, seguirás estudiando… Ese hombre que ustedes llaman basura porque lo ven mal vestido, tiene una mujer paralítica y una hermana vieja, lo que cobra de jubilación no le alcanza, debe trabajar. ¡Bien amargo el pan que se ganaba en este colegio, sí, bien amargo! Y vos, todavía, como sos fuerte, abusando de tu fuerza, te burlaste de él. ¡Te has portado como un cobarde y como un canalla!
- Si me insultás…
- amenaza Galero Bones, y da un paso adelante.
- ¡Sos un canalla y un cobarde! Galero Bones se le va encima. Lo atajan otros alumnos.
- Aquí no peleen.
- En la cancha – no falta quien propone, solazándose con el futuro espectáculo de la lucha.
- Parece que andás con ganas de que te rompa la jeta – dice Galero Bones.
- No será tan fácil como suponés – contesta Zavano
-. Si el celador no se animó a sacarte a empujones como merecías, yo te voy a bajar la cresta, a pesar de tus espolones.
- ¿Vos? ¿Vos a mí? ¡Desgraciado!
- ¡Sí, yo, yo a vos, hijo de papá!
- ¡Mírenlo al gallo de riña! Nos vemos más tarde en la cancha.
- ¡Cómo no! Queda en pie el desafío. De pronto entra el profesor de historia natural, e inicia su clase. Explica inútilmente. Los muchachos, silenciosos, no escuchan. Galero Bones, ensimismado, piensa. Termina la lección y salen al patio. Zavano se encamina a la cancha de pelota que está en el fondo del caserón, del viejo caserón colonial que es el Instituto Vértiz. Se quita el saco, se arremanga la camisa, y espera. Alguno tiene que ir a buscar a Galero Bones.
- Te está esperando, le dicen, ¿vas a ir o no?
- ¿Cómo no voy a ir? Y va. Va seguido por un grupo de admiradores. Justamente, Galero Bones, se quita el saco y comienza a arremangarse las mangas de la camisa. De pronto, habla a Zavano:
- ¿Vos crees que te tengo miedo?
- ¿Y por qué voy a creer que me tenés miedo?
- ¿Entonces vos no crees que yo pueda tenerte miedo?
- ¡Por supuesto, eh! ¿Por qué me preguntás?
- Por esto, Zavano. Yo estuve pensando mucho en lo que me dijiste. En eso que yo le quité el pan a un hombre casi en la miseria, con dos ancianas a las que sostiene. Nunca había pensado en cosas así. Y pensar en eso me quitó las ganas de pelear. Ahora, si crees que yo pueda tenerte miedo, ¡peleamos! Si no crees que yo pueda decirte esto por tener miedo…
- ¿Quién va a creer que vos podés tenerme miedo?
- Bien, Zavano. Entonces… Prefiero ser tu amigo – y extiende la mano que el otro aprieta efusivamente. Es una conclusión que enfría a muchos. Algunos murmuran algo. Galero Bones presiente lo que murmuran. Levanta la voz.
- El que crea que yo he tenido miedo, no tiene más que hablar… Nadie acepta el desafío. Ya el honor, su honor de muchacho fuerte, a salvo, Galero Bones habla al otro:
- Yo puedo hacer algo por el celador. Puedo hablar a mi padre, buscar un empleo. Si yo se lo pido, estoy seguro, mi padre le encontrará trabajo. Quiero volver a darle el pan que le quité, como vos dijiste…
- Eso está bien – responde Zavano
-; pero si querés hacer completa tu buena acción, vamos a ver al señor Aledo. ¿Te imaginás cómo estará él ahora? Lo has humillado delante de todos. Lo llamaste basura.
- ¿Verlo? ¡No! Me es imposible, todavía.
- ¿Todavía?
- Después. Cuando mi padre le consiga otro empleo, un día, si me animo, iremos juntos, ¿qué te parece? Ahora me da vergüenza. Me da mucha vergüenza. Hoy mismo le hablaré a mi padre por lo del empleo.
- Como quieras, pero más que la falta de su trabajo como celador, lo ha de hacer sufrir lo que le dijiste… Si vinieras…
- Ya iré, algún día… ¡Pero se necesita mucho valor para hacer lo que me pedís!
- Sí, se necesita verdadero valor, un valor distinto del tuyo.
- Distinto, sí, pero un valor más difícil que el de agarrarse a trompadas. ¡Qué fácil es agarrarse a trompadas! ¡Y qué difícil es decir: estoy avergonzado, yo hice mal. ¡Ya lo creo que es difícil!
- Cuando puedas hacer eso, tener ese valor, te lo aseguro, entonces podrás decir que sos un valiente, un valiente verdadero.
- Puede ser.
- Escuchá. Te voy a poner un ejemplo. Para decir lo que me dijiste delante de todos los muchachos, necesitaste más valor que para agarrarte a trompadas conmigo.
- ¿Qué te dije? Ya no recuerdo.
- Me dijiste: Prefiero ser tu amigo.
- Me costó decirlo, sí, me costó mucho.
- Ya lo sé; pero por suerte tuviste el valor de decirlo.
- Hubiese deseado que me respondieses: Sí, te creo un cobarde y que nos hubiésemos trompeado, a terminar como terminamos este asunto.
- Este asunto no está terminado. El día que vayas a ver al celador, entonces…
- Dejámelo pensar…
- Pensalo y cuando estés decidido, me decís: ¿Vamos? Ese día, para mí, serás el valiente de los valientes.