narrativa

EL NUEVO

El hombre lleva dentro de sí sus miedos
de la infancia para toda la vida.

ITALO CALVINO

Como un mes de enfermedad lo ha atrasado mucho, apenas salido de la convalecencia, Bernardino es enviado a un colegio particular, el “Instituto Vertiz”, para que intente no perder el año. Entra así a mitad de curso. Su abuelo lo acompaña el primer día. Durante el camino, conversan:
- No me gusta ser nuevo – dice el chico.
- Comprendo. Estabas acostumbrado al colegio Nacional, a tus compañeros y profesores, pero un mes de atraso es mucho. Aquí se ocuparán de vos, hay menos alumnos. Tenés trece años y estás en primer año. Otros, a tu edad, ya están en tercero. Tu primo Cosme…
- ¡Ese es un tragalibros! Ese no sabe lo que es una pelota de fútbol. Es capaz de dispararle a una laucha. Es una nena. El abuelo sonríe. Ambos piensan lo mismo, aquél habla:
- Sí, es incómodo ser nuevo. Los muchachos tienen la costumbre de farrear al nuevo. Rompele la jeta al primero que te diga algo. Hacete respetar de entrada. Honrá a tu apellido. ¿Para qué te llamás Guerrero? Además, muchacho, sos nieto mío, ¿eh?

El abuelo calla y Bernardino piensa. Sabe quién es su abuelo. Ha visto las medallas que ganó en la guerra del 14 cuando se fue a Francia, a pelear de voluntario. Y lo que hizo en 1936, cuando la guerra civil española, a la que también fue de voluntario y volvió rengo. Que no fue a mirar cómo peleaban los otros, lo dice también una cicatriz que le baja desde la frente a una mejilla. Y cuando se pone a recordar el pasado, ¡las cosas que cuenta! Y más lo que de él cuentan algunos de los que con él se hallaron en la defensa de Madrid. Continúan andando, silenciosos y pensativos. En silencio, llegan al Instituto Vieytes.
- ¿Querés que te acompañe?
- ¿Para qué? – gallea Bernardino, y entra solo. El abuelo sonríe, satisfecho. El director lo presenta al maestro de primer año:
- Este es el nuevo alumno, Bernardino Guerrero. Está un poco atrasado… Sigue hablando con el maestro. Entretanto, Bernardino observa a sus futuros compañeros y los cuenta: son quince. Estos lo observan también, ¿agresivos, solamente curiosos?...

El director ale y el maestro señala su sitio al nuevo alumno:
- Siéntese allí, al lado de Ibáñez. Y sigue explicando la lección, un teorema de aritmética. Ibáñez, un muchacho morrudo, de greñas cayéndole sobre la estrecha frente, moreno, habla por lo bajo a Bernardino:
- ¿Sabés quién soy yo? Yo soy hijo de Jesús Ibáñez, el diputado. ¿Lo conocés?
- No.
- ¿De dónde venís que no conocés a mi viejo? ¿Te caíste de la luna? ¿O del catre, nada más?
- Yo soy nieto de Ángel Guerrero, el que estuvo en la guerra del 14 y en la guerra civil española. No fue a la del 39 porque quedó rengo de un balazo.
- ¿Es general?
- No. Es teniente voluntario.
- ¡Bah, teniente! – exclama el otro, despectivo.
- Mi abuelo es un héroe.
- ¿Tiene guita? Mi padre, en la última guerra, se hizo millonario. El día menos pensado es ministro.
- Mi abuelo…
- va a explicar Bernardino.
- ¿Quién habla por allí? – pregunta el maestro.
- Este, el nuevo – responde Ibáñez, y lo señala.

El maestro se vuelve al pizarrón, después de una pausa, y continúa el desarrollo del tema. Bernardino está asombrado. Esto de acusar, como acaba de hacerlo su compañero de banco, le es desconocido. En el colegio nacional de donde viene, una acusación así hubiera mancillado al acusador. Se le aparta, como de algo que puede mancharlo. El otro comprende su actitud, lo mira de soslayo, hostil. Por último, en una hoja de papel escribe algo. Y se lo alarga. Bernardino lee: “Aquí a los nuevos los dejamos como nuevos entre todos”.

Debajo Bernardino escribe: “Todos contra uno, son unos cobardes”. El otro lee y torna a escribir: “¡Ya verás en el recreo como te bajamos la parada compadrona”! Y cuchichea algo con el vecino y éste con el otro. Bernardino Se da cuenta que se está tramando una conspiración. Seguramente sus palabras han sido deformadas ya, porque el alumno de atrás le pasa un papel que dice: “¡Ya verás quién es el cobarde, si vos o nosotros! ¡No te va a quedar un hueso sano! ¡Te vamos a romper los dientes! Amenazas todas con signos de admiración, como para darles fuerza.

Suena la campana. Ha llegado la hora del recreo. Salen. Ya en la fila, los conjurados comienzan a actuar. Uno le tira del saco, otro le da un puntapié, otro le muestra el puño, otro le susurra:
- ¡Tenés la nariz grande, te la vamos a dejar ñata! Al disolver la fila, Bernardino, prudentemente, y también atemorizado, se cobija a la sombra del maestro. No se aparta de él. Allá, en un grupo amenazante, los otros quince, crispados de miradas, lo observan. La actitud del nuevo ha frustrado su plan. Esto los excita.
- ¡Ya verás en la calle! – le susurra uno, cuando están en la fila, de retorno al aula.

Cuando suena la campana que señala el fin de la clase, Bernardino duda. ¿Dirá al maestro lo que ocurre? Tiene miedo, es verdad, pero también vergüenza de confesarlo. Retarda su salida del colegio, y sale pensando, receloso: ¿Qué sucederá? ¡Oh! Allí está su abuelo. Lo espera. Los otros no se atreven a atacarlo. Además, su abuelo acostumbra a llevar un impresionante garrote nudoso en el cual se apoya. Tranquilamente, pasa entre el grupo de los conjurados, que se desgrana.
- ¿Cómo te fue? – pregunta el abuelo.
- ¿Cómo me fue? No muy bien, abuelo. En el recreo tuve que estar al lado del maestro. ¡Son quince! Uno decía que me iban a romper los dientes, otro que no me iban a dejar un hueso sano, otro que me iban a achatar la nariz… Ahora me estaban esperando en la calle. Suerte que me viniste a buscar, si no…
- ¿Tenés miedo?
- Son quince contra mí, abuelo.
- Está bien, muchacho. Lo más fácil sería que yo fuese al director y le contara lo que ocurre. Pero el camino más fácil no es el mejor. Vamos a hacer otro. Mañana vas a ir con un cuchillo en la cintura.
- ¿Con un cuchillo?
- Sí, éste. – Y el abuelo levanta el saco y le enseña la empuñadura
-. Este, que ya sabe el gusto que tiene la sangre humana. Con éste abrí más de un ojal en la piel de los bandidos fascistas de Franco. Mañana lo llevás, salís al recreo. Y al que se te acerque para querer manosearte… Recordá el consejo de Vizcacha: “Debés llevarlo de modo, que al salir salga cortando”… ¿Te animás?
- ¿Me lo pregunta, abuelo?
- ¡Así me gusta, Chacho! De esto no digas nada a tu abuela ni a tus padres. Ellos son diferentes a mí. Vos dejate educar por mí y vas a salir un hombrón. Si en la infancia se tiene miedo, ese miedo se lleva hasta la muerte. El miedo es la peor enfermedad. No hay medicina que la cure. Con un cuchillo en la mano y un corazón como el tuyo, ¡ah, criollo! ¿Ellos son quince?
- ¡Yo seré quince mil, abuelo!

El abuelo sonríe y le aprieta la mano. Al otro día, no bien Bernardino se sienta, Ibáñez le alarga un papel. Dice: “Hoy no te nos escapás. Ni tu madre te va a conocer cuando te vea”! Bernardino contesta: “¡¡¡¡¡Veremos!!!!!”. Así, con cinco admiraciones, como para exhibir su coraje. Nada más. El papel con la respuesta corre de mano en mano. Ya en el patio, Bernardino se aparta del maestro, y los otros se le vienen encima. Ibáñez a la cabeza.
- ¿Y ahora? – dice Ibáñez, y cierra los puños.
- Y ahora, ¿qué? – responde Bernardino. Lo rodean. Su actitud es tan decidida que los otros se impresionan, se detienen.
- ¡Ahora te vamos a romper todo! – grita uno.
-¡Vengan!

Ibáñez se adelanta. Bernardino, rápidamente, saca el cuchillo y tira a cortar. Le rasga el saco. Pero ya Ibáñez está disparando y tras de él, los otros.
- ¡Vengan, pues! – les grita Bernardino, desafiante. Esto no lo esperaban. Cuchichean. Lo miran hostiles; pero temerosos, no se acercan. Bernardino guarda su cuchillo. Ya en la clase, uno se levanta:
- Señor – dice al maestro
-: ese alumno está armado. Tiene cuchillo.
- Mire – agrega Ibáñez
- me quiso matar. ¿Ve? Me tajeó el saco.
- ¿Es verdad? – pregunta el maestro.
- Sí, señor – se para Bernardino, y explica
-: Como soy nuevo, entre todos me quisieron pegar. Yo se lo conté a mi abuelo y él me dio su cuchillo: “Al que quiera manosearte, ¡lo liquidás!” Mi abuelo es un héroe de la guerra civil española.
- ¿Así que entre todos quisieron pegarle a uno? – pregunta el maestro
- ¿No tienen vergüenza? Quince contra uno.
- Nos llamó cobardes.
- Y lo son cuando necesitan juntarse quince contra uno. Lo conozco a su abuelo, sí. Sé lo que hizo. ¿Quién no conoce a Don Ángel Guerrero? Y usted, siga usando su cuchillo. Yo hablaré con el director de este asunto. Siga usando su cuchillo mientras lo necesite.

No por mucho tiempo hubiera necesitado usarlo Bernardino. Pronto, uno a uno, Ibáñez el primero, los demás se fueron acercando en busca de su amistad. Al fin, era nieto de un héroe a quién hasta el maestro lo conocía. Pero la empuñadura del cuchillo no deja de asomarse en la cintura de Bernardino, no bien se le levanta el chaleco. Pasan semanas. Un día, el abuelo, alargándole un cuchillo con hoja de madera, pero que ostenta una empuñadura semejante a la del otro, le dice:
- Por lo que sé, ya no necesitás llevar cuchillo. Ya no sos “el nuevo”. Ahora te respetan. Tomá este cuchillo y dame el otro. Que sigan viendo que lo tenés siempre. Por las dudas. Por eso, otro día, uno de los compañeros, al cabo de forcejear con el nudo de una correa que no quiere desatarse, pide ayuda a Bernardino.
- Vos que tenés cuchillo, cortámela. ¿Cómo sacar un cuchillo con hoja de madera, su cuchillo pura empuñadura?
- No. responde Bernardino, muy grave -. Este cuchillo, dice mi abuelo, sólo debo usarlo para pelear.