narrativa

AMOR Y DOSCIENTOS CENTAVOS

Nada más misterioso que esos sordos
preparativos que aguardan al ser humano
en el umbral de su vida. Todo está
decidido antes que lleguemos a los doce años”.

PEGUY

Hoy Federico se ha puesto los pantalones largos. Se siente otro. Frente al espejo se contempla y se admira. Soy alto – se dice – soy fuertísimo. Saca pecho y se yergue. Sale a la calle silbando. Camina lentamente, mirando a todos, un poco sorprendido quizás de que todos no lo miren a él, de que pasen a su lado indiferentes y apresurados.
- ¡Hay tanta gente estúpida! – bisbisa
- ¡Tanta gente que no piensa más que ganar dinero en esta ciudad!... Sigue andando, alta la cabeza, provocativa la mirada. Piensa: ¿Qué me falta ahora a mí? Me falta una novia. Lo cierto que sólo tengo catorce años, pero habrá tanta chica de catorce o de quince… ¡No! De catorce, no. De catorce es una criatura… ¡Zas! ¡Pero si allí está mirándome!

Efectivamente, allí, en la esquina, está parada una chica de catorce o de quince años. Espigada, graciosa, elegante.
- ¡Qué pareja conmigo! – murmura Federico, y la mira
-. ¡Si es mi tipo! Ella también lo mira. Federico siente la mirada de sus ojos azules entrársele como un líquido cálido, recorrerle el cuerpo, llenárselo de vigor y brios.
- ¡Ya tengo novia! – piensa. Un tranvía se detiene. Ella sube. El va a subir. ¿Cómo subir al tranvía? Recuerda que no tiene un centavo. ¿Qué no daría él por tener en ese instante dos pesos, los doscientos miserables centavos que cuesta un viaje en tranvía? Echa una mirada alrededor. Una mirada de hombre que se ahoga. ¡Nadie! En esa esquina sólo él y un árbol. El tranvía ya se pone en movimiento, ya se va, ya se va con ella, ya se va con la que pudo ser su novia, con la que lo ha mirado con unos ojos azules inolvidables, con unos ojos azules que son ojos de felicidad. El tranvía ya se fue, se fue con ella. Y él, Federico, allí parado, viendo como se va el tranvía, cómo se lleva a su novia, todo porque en uno de sus bolsillos no tiene dos despreciables monedas de un peso, doscientos miserables centavos…

Ya no se ve más el tranvía, ya se perdió a lo lejos, ya se la llevó a ella, a su novia, la que lo miró con los ojos azules más lindos del mundo… Federico hunde las manos en los bolsillos de su pantalón y, oprimido por un fardo invisible, toma el camino de su casa.
- ¡La perdí para siempre! – murmura, patético
-. Todo por no tener doscientos miserables centavos. ¿Por qué no se me ocurrió pedirle a alguien, a cualquiera de los que pasaban, esos doscientos miserables centavos?
- Señor, ¿me da dos pesos? Lo asombrará que le pida, mi porte no es de mendigo, pero allí, en ese tranvía, se va a ir la que será mi novia… Y yo no tengo para pagar el tranvía. ¡Apúrese! ¡Pronto! ¡Dos pesos!... Quizá, le hubiera pedido a una mujer. Las mujeres son más caritativas, comprenden más los problemas, en este caso, los dramas del amor, las mujeres son más románticas… Pasa una semana y pasa otra semana y pasan los meses. Cada vez que Federico ocupa la esquina donde vio a aquella muchacha de los ojos azules que lo miró a él, siente un amargo de yerba quemada que le sube a la boca. ¡Perder una novia única, por no tener doscientos cochinos centavos! ¡Qué borrascosa tragedia! Hoy – es domingo – se halla otra vez parado en aquella esquina. “La esquina fatal”, como él la llama. Aburrido, se recuesta en el árbol. Contempla indiferente pasar tranvías y automóviles. De pronto la ve a ella que viene corriendo, corriendo y chistando un automóvil. Y ella lo mira otra vez, lo mira como lo miró antes, rápidamente, lo mira como diciéndole: ¡Me gustás, muchacho! Aunque él cree divisar en su boca una sonrisa rara, qizás una sonrisa de desdén. Ella pensará: es un tímido. No me siguió entonces… ¡No, no soy un tímido! – se dice Federico, resueltamente. Y llama otro automóvil.
- ¡Siga a aquel auto! – ordena.

¿Cómo pagará el automóvil? No lo sabe. Saca la billetera. Tiene un peso y treinta centavos… Pronto el taxímetro marca quince pesos, veinte pesos… El automóvil sigue andando detrás del otro. Cuando se aproximan, Federico ve la nuca de ella, oro puro, sol radiante. ¡Mujer! Un oro, un sol hecho rizos. Se detiene el automóvil de ella. La ve bajar, despedir el coche, entrar a una tienda, rumorosa.
- ¡Pare! – ordena al chofer
- ¡Espere!
- No puedo esperar aquí. Está prohibido. Me harán la boleta.
- Espéreme en la otra calle. – Y sin querer oír lo que el chofer rezonga, se zambulle apresuradamente en la rumorosa tienda. Busca, sigue buscando. Baja por una escalera. Pregunta. Nadie ha visto esa chica rubia de ojos azules, vestida de blanco y verde… ¿Habrá salido por otra puerta? Y se ve de nuevo en la calle. Está desolado. ¿Y el chofer? ¡Que espere! Cuando él bajó marcaba ya cincuenta pesos, sólo tiene un peso y treinta centavos… Decide clavar al chofer. Y vuelve a entrar en la tienda, a seguir buscando… Transcurre una semana, transcurren dos semanas. No la ha visto más. A veces, se para en la esquina, la esquina fatal, se recuesta en el árbol. Aguarda… Pero, ¿seré tan desgraciado que la habré perdido para siempre? ¡No! Aquí aparece de nuevo ella. Y otra vez aguardando el tranvía. ¡Maldición! Y otra vez él sin los imprescindibles dos pesos, otra vez sólo cuarenta centavos en el bolsillo. ¿Qué hacer? No lo sabe. Ella sube ya al tranvía, éste ya se mueve…
- Me ha mirado otra vez – se dice, y salta al tranvía en movimiento. Se sienta al lado de ella. ¡Esta vez – se jura – la seguiré hasta el fin del mundo!
- ¡Boleto! – grita el guarda
- ¡Boleto! Federico queda impasible. El guarda pasa junto a él, lo observa. El no se inmuta. El guarda sigue. ¡Me he salvado! – piensa. No, todavía no se ha salvado. El guarda vuelve, desconfiado, le pregunta:
- ¿Usted tiene boleto?
- Sí – responde, muy serio. El guarda sigue.
- ¡Me he salvado! – piensa otra vez Federico… No, no se ha salvado. Aquí está el guarda de nuevo:
- ¿Quiere mostrarme su boleto? Federico mete la mano en su bolsillo, en otro, se incorpora, busca afanosamente. ¡Nada!
- ¡Lo he perdido! – dice.
- No puede viajar sin boleto. Si viene el inspector… le daré otro. – El guarda dice esto sonriente, Federico se da cuenta que no lo ha engañado, pero el guarda es un indio calmoso. No se irrita.
- Le daré otro, ¿eh? – y se dispone a cortar otro boleto.
- No, espere. Federico busca. Por fin, se decide, valeroso:
- Señorita – dice a la rubia, su compañera de banco
-, ¿quiere pagarme el boleto? Perdí la cartera…No me quedan más que centavos – y hace sonar los níqueles en el bolsillo. Ella pone dos pesos en la mano del guarda que se retira. Federico inicia su disculpa:
- ¡Qué atrevimiento, dirá usted! Sin conocerla… Pero yo la conozco a usted
- La he visto dos veces, la segunda vez usted tomó un auto, yo tomé otro y la seguí. Usted entró en una tienda, yo entré en la tienda… ¡Y se me perdió! ¡Qué desdicha!
- ¿Y por qué me seguía?
- Por la misma razón que la sigo ahora. ¿No adivina? – Ella calla y él insiste
-: ¿Adivina? – vuelve a insistir
-: ¿Adivina?
- Me parece que es muy fácil adivinarlo – responde ella. Y ríe. Federico también río, dichoso… Siguen pasando los días. Una tarde, Federico y ella, del brazo por la calle Ayacucho, ven que ante ellos se detiene un automóvil, un taxi, y que de él se larga el chofer.
- ¡Zas! – dice Federico
-. El chofer que yo clavé el día que te seguí a la tienda.
- Joven – increpa el chofer plantado frente a ellos como para detenerles el paso
-. Me parece que no es la primera vez que nos vemos, ¿eh?
- En efecto.
- ¿Me reconoce?
- Sí.
- ¿Y reconoce que usted tiene una deuda?
- ¿Cuánto? – pregunta Federico y saca la cartera.
- Son cincuenta y tres pesos.
- Cuando yo bajé, sólo llegaba a cuarenta pesos.
- ¿Cuándo usted bajó? Pero yo estuve esperando un buen rato hasta que me convencí de que usted…
- ¡Chit! – lo interrumpe Federico
-. Aquí tiene ocho pesos, si va por mi casa le daré lo demás. No tengo ahora…
- ¡No acepto! Si usted no me paga llamo a aquel policía.
- Aquí están los cuarenta y cinco pesos que faltan – dice ella, y se los entrega al chofer.
- Bueno… y otra vez… otra vez… Se ve que el chofer quiere decir algo; no está muy conforme quizás, pero ellos se han vuelto a tomar del brazo y siguen su camino. El chofer murmura:
- ¡Linda manera de vivir! De esta manera es fácil tener novia. Yo lo hago y ella lo paga…
- ¿Qué te parece? – pregunta Federico
- ¿Me doy vuelta y le pego un par de sopapos o me hago el que no ha oído?
- Hacete el que no has oído – resuelve ella -. Es uno más de los que nos miran en la calle con ojos de envidia. Siguen su camino.