narrativa

9 POR 8 IGUAL 82

"Cada niño ha de desarrollarse, cuando sea posible,
no a expensas de sus compañeros, sino en
relación con ellos, de modo que pueda contribuir
con las cualidades propias al bienestar común"

WASHBURNE Y STEARNS

Jaime Selva termina la última cuenta y tira el lápiz. Su problema está resuelto. Se cruza de brazos y mira a su alrededor. A su lado, Luis Colomo, luchando con las multiplicaciones. Jaime Selva escribe y le pasa el papel: "No te sale"?. "No", responde Luis Colomo con la cabeza, nada más.

Jaime Selva vuelve a escribir: ¿Querés copiarte? Y pone su problema resuelto de modo que el angustiado compañero copie. Luis Colomo copia rápidamente. Luis Colomo no hubiese querido copiarse. Jaime Selva, es tan superior para manejar números, tan superior a él y a todos los de la clase, que le produce un sentimiento confuso. Si no fuera por él, Luis Colomo sería el mejor de la clase. En historia, en gramática, en geografía, en todas las materias que exigen esfuerzo de la memoria, Luis Colomo no teme a nadie. En aritmética, en cambio, es uno de los peores. Suena el timbre. El maestro va recogiendo las hojas, y dice:
- Salgan al recreo, yo me quedaré revisando las soluciones. Los muchachos salen. Un abejeo de preguntas. hay quienes han resuelto el problema y quienes no. Los resultados son distintos.
- ¿Vos, lo resolviste?
- pregunta uno a Luis Colomo.
- Sí.
- ¿Cuánto te dio?
- Mil trescientos veinte.
-¡Está mal!
- Así le dio a Selva
- se ampara Luis Colomo.
- ¡No importa, está mal! Cuando vuelven a entrar a clase, el maestro dice:
- Usted, Selva, hágame esta multiplicación. Y le pone en un papel: 9X8.
- 72
- escribe Selva.
- Bien
- y pregunta a Luis Colomo
-: Cuánto es 9X8?
- 72
- responde Luis Colomo.
- Pero resulta que tanto usted, Colomo, como usted, Selva, han multiplicado 9 por 8 igual a 82. Lo que quiere decir que uno ha copiado del otro. ¿Quién copió de quién? El que copió confiese que copió
-. Pausa
-.
- ¿No contestan? Los dos van a ser calificados con cero. El que copió y no confiesa que copió, comete una doble mala acción y se arrepentirá. La primera, porque copió y la segunda, porque hace que lo califique con cero al que no copió. ¡Hablen! Luis Colomo y Jaime Selva callan. Pero Selva arroja a hurtadillas una mirada sobre Colomo. Este, impávido. Parece de piedra.
- ¿Qué dice usted, Colomo?
- pregunta el maestro.
- Yo no me copié
- responde Luis Colomo, con voz pausada, segura.
- ¡Yo fui el que copió!
- dice Jaime Selva.
- ¿Usted copió?... ¡Me asombra que sea usted!
-. Queda pensativo, observándolos. Después prosigue
-: Hubiese jurado que quien copió era Colomo y no usted. Usted es el mejor de la clase en aritmética, en tanto Colomo es uno de los más flojos. Sin embargo... Se interrumpe. Luis Colomo rompe a llorar desesperadamente. Luego se incorpora, toma a Selva de un hombro y lo sacude violentamente, ruge:
- ¡Mentira, mentira! ¡Está mintiendo! El no fue, Fui yo el que se copió
- Y se encara con Selva, la cara alterada por un odio incomprensible, quizás resumen de una contenida y larga envidia por la superioridad del otro
-: ¡No quiero que te sacrifiques por mí! ¡No necesito que nadie se sacrifique por mí! ¡Yo copié, yo! Y oculta la cabeza entre los brazos, roto por un sollozo. El maestro hace un gesto. Calla un instante, Reflexiona. Y al fin habla a Jaime Selva.
- ¿Él copió de usted?
- Sí, señor.
- Así la cosa tiene lógica. Que usted, Selva, el mejor de la clase, necesitara copiar de uno de los más flojos, no tenía lógica. Y siempre causa satisfacción, a mí por lo menos, me causa satisfacción hallar lógica en la vida. Ya ven como es la vida. Si usted no se equivoca y en lugar de 82 pone 72, nada ocurre. Me hubieran engañado. Pero la mala suerte de ustedes o la buena suerte mía, no quiso que me engañaran. Luis Colomo, siempre hundida la cabeza entre los brazos, ya no solloza. El maestro pregunta:
- ¿Él le pidió copiar?
- No, señor. Yo le ofrecí. Cuando terminé, lo vi tan desesperado... me dio lástima.
- ¡Yo no necesito que nadie me tenga lástima!
- grita Luis Colombo
-. ¡No necesito lástima de nadie, y menos la tuya!
- vuelve a sollozar.
-¡Silencio!
- ordena el maestro, y prosigue
-: ¿Por qué usted, Selva, se acusó? Jaime Selva calla. Duda en hablar; pero al fin se decide:
- Si yo llevo una mala nota a casa, mi padre sólo me dirá: Jaime, cómo te ha pasado eso? ¡Y en aritmética! Yo, entonces, le explicaría lo que sucedió. Y él, estoy seguro, se sonreiría. O quizás diría esto que siempre me dice: "¡Ah, hijo, hijo! Vos no has nacido para este mundo de lobos". Esto me lo dice siempre mi padre.
- Qué es su padre?
- Italiano, señor.
- No, le pregunto en qué trabaja.
- Es periodista y, a veces, también escribe versos.
-¡Ah!
- Mientras que si Colomo lleva una mala nota, su padre...
-¡Vos no vas a hablar mal de mi padre!
- grita Luis Colomo, alterado, y se pone de pie, amenazante.
- ¡Silencio! ¡Quédese tranquilo, Colomo! ¡Siéntese!
- ordena el maestro
- Siga, Selva.
- Yo no voy a hablar mal del padre de Colomo, voy a decir lo que sé. O lo que a mí me parece que sé: la causa por la que yo confesé haber sido el que copió. El padre de Colomo es comerciante. Tiene almacén. No es un hombre instruído como mi padre...
- ¿Creés que mi padre es un bruto?
- vuelve a interrumpir Luis Colomo
- ¡Mi padre es bien inteligente!
- No lo dudo, Colomo
- responde Jaime Selva
-; pero tu padre no tuvo tiempo de instruirse, tuvo que ganarse la vida desde chico. Tu padre, bien lo sabés vos, todo lo arregla a puñetazos, a patadas... Si él
- se dirige Selva al maestro
- lleva una mala nota, no es lo mismo que si la llevo yo.¿Comprende?
- Comprendo.
- Por eso dije que era yo quien había copiado. No es para sacrificarme. Si yo supiese que su viejo es como el mío, yo no hubiera dicho nada...
- Me hubieras acusado, ¿eh?
- pregunta Colomo, agresivo.
- No. Hubiera callado, como vos. Hubiera llevado el cero a casa
- responde Jaime Selva, muy tranquilo. El profesor se acerca a éste y, pasándole la mano por la cabeza, dice:
- ¡Bien, olvidemos, olvidemos! Qué lección tenemos hoy de historia?
- La guerra...
- comienza a decir un alumno. El maestro lo interrumpe.
- ¿Guerra? ¡No! Hoy no estamos para hablar de guerras. Les voy a leer un cuento...

Y mientras el maestro lee, Luis Colomo garabatea unas palabras en un papel. Se lo pasa a Jaime Selva: " A mí no me hablés más".