narrativa

EL AMOR SIGUE SIENDO NIÑO

Es un error hablar de la felicidad de la infancia.
Los niños están a merced de quienes los rodean.

JOHN LUBBOCK

Seguir siendo niño significa seguir siendo cándido. Eros, el dios de las alas de ángel blanquísimas, como de cisne, a pesar de su arco y de sus flechas, a pesar de la picardía que en sus hazañas quiso poner la imaginación de los antiguos helenos, la creadora de aquella fantástica y sapiente mitología; Eros, a mediados del siglo XX, que es cuando yo escribo esta página, sigue siendo cándido, sigue siendo niño: Eros sigue creyendo que belleza es sinónimo de perfección y que en una mujer bella y joven debe, por fuerza, estar simbolizada la justicia.

Este veraz relato lo demuestra:

Ignacia Campos, “la señorita Nacia”, como le dicen sus alumnos de primer grado es decididamente bella. Y evidentemente joven, apenas mayor de edad. Es alta y de majestuoso porte, tal vez un poco opulenta, lo cual significa una amenaza para su esbeltez futura. Grandes ojos castaños, cabellera oscura y rizada, una sonrisa que hace ver la salud en sus blancos dientes. Su voz, tan acariciadora como su mirada, completa la seducción que emana de ella. Tiene algo de diosa o de ídolo para Diego, su alumno que la mira y la oye extasiado.

Diego, de siete años apenas, es un chico nervioso, de salud delicada, impresionable. Gusta oír los cuentos que en la cocina de su casa la cocinera, una india, deja caer en su imaginación ardiente, relatos de fantasmas y lobisones, traídos de remotas edades. Diego al escucharlos sufre y goza. También goza y sufre con los relatos que la abuela lee en un grueso libro – Cuentos de los hermanos Grimm – donde se habla de hazañosos guerreros vencedores de grifos y monstruos, verdugos éstos de princesas rubias, y de hadas protectoras en rivalidad con brujas malvadas.

Diego, en tanto oye a una y a otra, a la abuela que lee o a la cocinera que relata, fantasea. El “Juan sin miedo”, gaucho que sale de noche, a la entrada de una salamanca o de un cementerio, sin temor a las luces malas ni a difuntos, dispuesto a enfrentar desaparecidos u hombres transformados en jaguares, tiene su cara, es él mismo. Y él mismo es el caballero valeroso que, saltando del librote de su abuela, se lanza con banderola tremolante en alto y espada al cinto, dispuesto a libertar a la princesa encantada, que en su creación se convierte de rubia en morocha, como su maestra, y tiene la bella y dulce cara de su maestra.

Por eso, en clase, mientras la señorita Nacia dibuja “oes” y “aes” en el pizarrón, Diego sueña. Se ve grande, se ve enorme, se ve gigantesco, se ve sobre un caballo con alas, poderoso, armado de un sable de fuego como los ángeles que defendieron a Macabeo, según dice la Biblia que su abuela a veces lee, y se ve entrando a mandobles ígneos contra monstruos horripilantes. Después se ve llevando a la princesa por él libertada, una princesa de cabellos oscuros y dulces ojos castaños, como los de la señorita Nacia, la cual le sonríe con la misma acariciadora sonrisa, acariciadora y brillante de blancos dientes, también como los de la señorita Nacia…

- ¿Qué hacés, Diego? ¿Por qué no te ponés a copiar lo que he puesto en el pizarrón?

Es la propia señorita Nacia - su princesa morocha – quien lo llama a la realidad. El, Diego, el corajudo, el hazañoso, no es más que un chiquillo y ella – la princesa imaginada – su maestra de primer grado. Esa es la realidad.

Diego apronta su cuaderno y, lápiz en mano, en vez de espada ígnea, escribe: o, o, o, a, a, a…

“¿Cuándo pasarán los años? – Piensa - ¿Cuándo dejaré de ser un chiquillo débil, de voz atiplada, con miedo a la oscuridad y a los perros de la calle, para convertirme en un gigantesco muchachón, más alto aún que la señorita Nacia, más alto que el director de la escuela?”

Entonces ella no le hablará para ordenarle:
- Diego, ¿qué hacés papando moscas? ¿No te he dicho que copies lo que he escrito en el pizarrón?

Entonces ella le hablará para decirle… ¿Qué? No sabe qué, precisamente; pero sabe que no le hablará para ordenarle que escriba oes y aes. Entonces le hablará para decirle, por ejemplo: “¡Gracias por haberme salvado de las garras del dragón! ¡Gracias querido, por haber muerto con tu lanza al brujo que me había encadenado en su cueva llena de escuerzo y de víboras!”

Y entonces hablará y lo mirará como él ve que la señorita habla y mira al director de la escuela cuando éste visita la clase. Pero, ¿para qué vendrá tan seguido el antipático director? Es verdad que es joven, alto y fuerte como un guerrero del libro de la abuela, aunque no puede ser un guerrero porque tiene anteojos. Diego no se imagina nunca un vencedor de dragones y grifos con anteojos. ¿Y qué viene a hacer en la clase de la señorita Nacia? ¿Acaso cree que a ella allí la aprisiona algún monstruo o algún mago?

Diego odia al director. Lo odia y lo envidia. Cuando él aparece, la señorita Nacia, olvidándose de todo, le dedica sus miradas más dulces, sus sonrisas más encantadoras, su voz más divina… y no pocas veces, como alejada de la clase, conversa con él largamente y en voz baja, dichosa, sonriendo, y más que nunca, bella.

Teresa, una chiquilla rubia y pecosa, de ojillos verdes agrandados por gruesos cristales de miope, que comparte el banco de Diego, lo codea y, señalándole con la cabeza a la señorita y al director, susurra, picarescamente:
- Son novios…

Diego palidece como si acabara de ver ante sí uno de aquellos monstruos o fantasmas con que los relatos de la cocinera y las lecturas de la abuela han poblado su mente impresionable. Se enciende en súbita cólera. Mira al director y a la señorita Nacia, observa y deduce:

“¿Tendrá razón la pecosa? Es verdad que hablan como si fuesen novios. El habla muy bajo y ella escucha, complacida, feliz, radiante”.

Teresa insiste:
- Me lo dijo Mara, mi prima de 5°. El director y la señorita Nacia se van a casar a fin de año…
- ¡Oh! – dice él, y le da la espalda -. ¡Qué me importa!
Teresa, implacable, porque intuye que se noticia perturba a Diego:
- ¡Fea! ¡Pecosa! ¡Anteojuda! ¡Cuatrojos!
- ¡Señorita, señorita Nacia! – chilla Teresa- , Diego me pegó.
- ¿Cómo es eso? – grita la maestra - ¿Pegándole a una niña? ¡Vení para acá! ¡Cobarde! ¡A las mujeres no se les pega!

Lo coloca en un rincón de cara a la pared y continúa conversando con el director. ¡Qué injusticia! Sin averiguar, la señorita Nacia lo pone de cara a la pared. ¡Y lo ha llamado cobarde a él, Diego! ¡Cobarde a él, que tantas veces lanza o cuchillo en mano, imaginó salvarla a ella del poder de un monstruo! ¿La señorita Nacia ha creído la mentira de la pecosa? ¿Pero entonces, la señorita Nacia, no lo sabe todo como él suponía? ¿Y es capaz de hacer lo que acaba de hacer? Imposible le parece a Diego que una mujer tan linda sea injusta. La mira de reojo. Y ya no la ve como antes. Ya no le parece la de antes, es inútil que ella sonría. La señorita Nacia no es la que era hace un momento. No la ve fea, pero no es tan linda. Además, no parece ser una princesa, no sirve para ser princesa de uno de los cuentos del libro de la abuela, porque la señorita Nacia tiene el cabello oscuro y los ojos castaños y las princesas salvadas por los guerreros de la servidumbre de magos o dragones, son todas de ojos azules y cabelleras de oro y sol. Además, continúa diciéndose Diego, la señorita Nacia es demasiado grande y gorda. Las princesas deben ser pequeñas, un poco más altas que un gnomo, nada más, así se las puede cargar y subir a la grupa del caballo. ¿Cómo cargar a la señorita Nacia, tan grande? Porque la señorita Nacia – ahora parece haberlo descubierto -, es gorda, es muy gorda, ¡es gordísima!

- Andá a tu asiento y no lo hagas más. ¿No te parece una vergüenza, un hombre, pegarle a una niña?

El director ya se ha ido. Diego no se defiende. No tiene fuerzas para defenderse. No le importa defenderse. Algo muy doloroso lo aplasta. No le importa la mentira de Teresa. Le importa y lo hace sufrir que la señorita Nacia no sea ya la que era antes, hace unos pocos minutos. ¿Ella creyendo la mentira de Teresa y cometiendo una injusticia? ¿Para qué defenderse, para qué gritar?:
- ¡No es cierto, señorita! ¡Yo no le pegué! Yo le dije fea, pecosa, anteojuda, Cuatrojos, y ella, rabiando me acusó de pegarle. Ella dijo una mentira y usted fue injusta. Usted creyó su mentira. Usted no es la señorita Nacia de antes, una princesa encadenada por un brujo en un castillo encantado, usted no es rubia y usted… ¡Usted es la novia del director!

La clase continúa:
- Dos más dos son cuatro – dice la señorita Nacia. ¿Pero ha enronquecido de pronto la novia del director? Porque la voz de la señorita Nacia a ya, a Diego, no le parece una música divina. ¿Y le han salido bigotes, acaso? Porque él, ahora ve sobre su labio superior una sombra… Una sombra que es un comienzo de bigotes. Cierra los ojos y ya la ve con dos largos bigotes negros – como los de su tío Lucio -. ¡Qué horror, una mujer bigotuda! Va a haber que exhibirla en un circo igual que a la mujer con barbas que vio hace unos meses en el circo que se instaló a la vuelta de su casa. Y ya la ve con bigotes de medio metro, en una tarima, expuesta a la curiosidad del público…

¿Por qué volver a la escuela ahora que la señorita Nacia no es más la de antes? – piensa Diego en camino a su casa -. Su ídolo se le ha derrumbado. Mejor: su ídolo ha quedado sin pedestal, sin el pedestal sobre el que lo alzaba su admiración. Ha quedado a su altura, con los pies sobre la tierra, como él mismo. ¿Qué es ahora la señorita Nacia? Una maestra igual que las demás. De princesa para cuentos de hadas se ha convertido en una maestra que creyó una mentira y lo castigó injustamente. Además, es la novia del director, ese hombre que, si en vez de estar afeitado tuviese barba y en vez de ser joven fuera viejo, sería un perfecto brujo.

Diego llega a su casa y dice a la abuela:
- ¿Sabés lo que vi hoy en la clase, abuela? El director y la maestra se estaban besando.
- ¿Qué dice esta criatura? – grita la abuela, escandalizada, con los anteojos caídos en la punta de la nariz.
- Sí, abuela. El director y la maestra son novios. Me lo dijo una chica, me lo dijo Teresa.
(Mientras miente, Diego piensa: ya que la señorita Nacia creyó en la mentira de Teresa, yo también puedo mentir).

La madre acude, pregunta:
- ¿Vos los viste besarse al director y a la maestra?
- Sí, mamá. Se metieron atrás de la puerta y se besaron. Yo los vi porque…

No necesita buscar motivos. Las exclamaciones de la abuela y de la madre lo interrumpen. Están espantadas. Una habla de ir a exponer su queja a la inspección. La otra de pedir una audiencia al ministro de instrucción pública. El padre, también presente, más práctico, da la solución:
- ¿Para qué complicarse la vida? Con sacar al chico del colegio y ponerlo en otro…

Esto esperaba Diego. Su mentira da el codiciado fruto: no ir más a la escuela, no ver más a la señorita Nacia, la novia del director. Meses después, Diego halla a Teresa en la calle. Corre por detrás y le da un fuerte tirón del pelo. Teresa pega un grito y rompe a llorar. Diego denuesta a la que llora. Ruge:
- ¡Fea, pecosa, anteojuda, Cuatrojos! ¡Andá, decile a la señorita Nacia que yo te pegué! ¡Ahora sí se lo podés decir! ¡Fea, pecosa, anteojuda, Cuatrojos como el director!

Teresa llora más fuerte. Diego huye.
¿Se ha vengado?

Hasta mucho tiempo más tarde, hasta muchos años después, Diego no sabrá que si ha pegado e injuriado a Teresa, no ha sido por vengarse de su mentira; ha sido porque Teresa con su mentira ha sido la causante de que la señorita Nacia, ídolo o diosa, se derrumbara. Fue porque Teresa le había roto su ilusión.

Pero esto no lo sabría Diego hasta muchos años más tarde, cuando ya fuera hombre, un hombre pensativo, dado a pasar horas llenando papeles con renglones de igual número de sílabas y palabras cuyas terminaciones se hermanasen en algo semejante a la música.