narrativa

UNA MUJER, UN HOMBRE Y UN NIÑO

Los niños encuentran el todo en
la nada; los hombres la nada en el todo.

GIACOMO LEOPARDI

- ¿Sabés una cosa? Es un secreto. ¿Me prometés no decirlo a nadie? ¿Ni a tu amigo Anselmo?
- Hablá.
- ¿Me prometés?
- Sí.
- Anselmo está enamorado de mí. Edmundo da u paso atrás y clava sus pupilas en los grandes ojos de su novia ve en ellos inocencia. Entonces ríe. Ríe con ganas.
- ¿Por qué te reís así?
- ¡Pero Gerardo! ¡Como para no reír ¿Anselmo enamorado? ¿Y enamorado de mi novia?¿es ridículo!
- Si una amiga que yo quisiera mucho, una amiga a la que yo quisiera como vos querés a Anselmo, se enamorara de vos, yo no reiría.
- ¿Qué haría, entonces?
- Sufriría.
- ¿Sufrirías? ¡Bah! – exclama Edmundo. Hace una mueca. Enciende un cigarrillo, y continúa:
- Sufrirías porque sos una romántica.
- El también sufrirá.
- ¿Quién?
- Anselmo.
- Porque es un niño. ¡Bah! – Edmundo repite su mueca y da una larga pitada al cigarrillo. Luego, arrojando humo por la nariz y boca, agrega:
- Es un niño, romántico también. Todavía no le han salido los dientes de la razón. Todavía piensa con éste – y se pone un índice en el pecho
-. ¡Un pobre cándido!
- Tiene tu edad, Edmundo. Y hasta es mayor. El cumplirá los diecisiete años en enero y vos en mayo.
- la edad no importa – arguye el otro
-, el será niño hasta los cien años, mientras que yo soy hombre desde que empecé a caminar. Fuma, y se envuelve en una nube de humo. Gerardo queda en silencio. Piensa. Después de unos minutos, la chica habla:
- Y yo, con mis quince años cumplidos, ¿qué te parezco?...
- ¡Preciosa!
- No hablo del físico, hablo del alma…
- ¡Un alma de pan dulce!
- No me interrumpas. Quería preguntarte qué te parezco yo: ¿una mujer o una niña?
- ¡Una niña, pues! – responde Edmundo .. Todos los que tienen alma, y alma romántica como vos y Anselmo, son niños siempre.
- Te equivocás, sin embargo – aduce ella
-. Yo soy una mujer, no una niña. ¡Soy una mujer! Edmundo sonríe, desdeñoso. Quedan otra vez en silencio. Edmundo pregunta:
- ¿Cómo sabés que Anselmo está enamorado de vos? ¿Te ha dicho algo?
- No lo conocés a tu amigo, Edmundo. ¿Creés que él sería capaz siendo tu amigo?
- Lo defendés demasiado. No será que vos… Ella es quien lo interrumpe ahora, muy seria, los ojos brillantes de indignación:
- ¡Edmundo! ¿Qué vas a decir? ¿Sos capaz de suponer…? El, impresionado por aquella indignación, se justifica:
- Fue una broma. Ella retoma su anterior pensamiento:
- No lo conocés a tu amigo, Edmundo. No lo conocés ni a él, ni a mí. ¡Y te creés un hombre! El no sería capaz de decirme nada, solo porque es tu amigo. ¡Yo? No hablemos de mí… Te voy a hacer una pregunta. Respondeme con toda sinceridad:
- escucho.
- ¿Si vos te enamoraras de la novia de tu amigo…?
- ¡Pero, Gerarda! – la interrumpe Edmundo
-. Ya te he dicho: soy un hombre. Un hombre se lleva todo por delante. Un hombre no sufre por los otros, un hombre hace sufrir a los otros por él. Un hombre es Napoleón, un hombre es Alejandro, un hombre es César. Hombre es el conquistador, el tirano, si lo querés: Cristo, Giordano Bruno, no son hombres. ¿San Martín, renunciando, es hombre? Hombre en la historia de América es Bolívar que, en público, frente a todos, en un banquete, así mismo se llama, sin modestia, no sólo hombre, sino gran hombre. Si así lo creía, ¿por qué no decirlo, por qué no gritárselo a todos? Gerardo lo oye hablar, pensativa. Y observa: ve delante de sí a aquel muchacho de rostro pálido y flacucho, de ojos acéricos, azules, de palabra fácil, torrentosa y convincente; muchacho audaz, tal vez un poco desfachatado. Y le dice:
- No sé como vos y Anselmo son amigos. No hay nada más opuesto que vos y él. Para serlo del todo, él es un buen estudiante.
- ¿Y yo malo? ¡Lo sé! Y me enorgullezco de ser mal estudiante: ¡Todos los grandes hombres han sido malos estudiantes!
- Todos no. Algunos, quizá. Edmundo continúa el paralelo:
- El es callado y yo charlatán; él es deportista y yo me paso las horas en el café jugando al billar y al truco; él tiene alma y yo no la tengo. ¿Qué más? Yo tengo una novia macanuda y él está enamorado de una estrella…
- ¡Y de mí! – agrega Gerardo.
- Es verdad; pero me dijiste que él no te lo ha confesado, ¿cómo sabés que te quiere?
- Una mujer no necesita que un hombre, cuando éste la quiere, se lo diga como antes, hincado y poniéndose las manos en el corazón. Una mujer siempre sabe cuando un hombre la quiere.
- Suponiendo que Anselmo sea un hombre y no un niño, y vos, ¡romántica!, seas una mujer – arguye Edmundo. Pasan los días. Una noche aparece Edmundo en la puerta del jardín de Gerardo, que es donde tienen sus encuentros de novios furtivos, adolescentes, y le dice:
- Ahora sí estoy convencido que Anselmo es una criatura. ¿Sabés lo que hizo hoy? ¡Me salvó la vida el muy zonzo!
- ¿Te salvó la vida…? Edmundo, medio en broma, como si narrara algo cómico, sonriente, cuenta: se estaban bañando en el río, un calambre y se vio mal, porque era un sitio donde no hacía pie. Por suerte, no muy lejos se hallaba Anselmo, nadador eximio, con varias copas ganadas en competencias internacionales; Anselmo lo vio en peligro, nadó hacia él, lo sacó del apuro exponiendo su vida.
- ¡Y aquí estoy! ¡Vivo y coleando! Ya ves, casi sos viuda antes de casarte conmigo. Te hubieses casado con Anselmo… si el muy zonzo no me salvaba.
- ¿Te salvó la vida y lo llamás zonzo?
- Por supuesto: suponete que me hubiera dejado ahogar. ¡Me sustituye, simplemente! Hubieran podido ir juntos, vos y él, a poner flores en mi tumba, y de vuelta, comerse a besos… a la memoria del difunto. ¿Por qué ponés esa cara, esos ojos de loca? ¿No te gusta lo que digo? Muy seria, Gerardo le dice:
- Edmundo, nosotros debemos romper.
- ¿Qué decís?
- Que vamos a ser desgraciados. Somos muy distintos. Yo soy romántica, como vos decís burlonamente. Y vos… vos no tenés alma, siempre lo asegurás. Estoy creyendo que, si en vez de vos era Anselmo mi novio y él quien se ahogaba, no te hubieses expuesto para salvarle.
- Expuesto…no. Si lo pudiera salvar sin exponerme, no iba a ser tan asesino para dejar que se ahogase. Calla. Enciende un cigarrillo para hacer algo. Hay un silencio incómodo, un silencio que lo turba. Gerardo lo mira.
- ¿Qué te pasa? – pregunta él.
- No vengas más. Rompo con vos, ya te lo he dicho.
- ¡Gerardo! La toma de la mano. Ella se desprende con brusquedad, él insiste, asombrado de su resolución.
- ¿Estás loca?
- Por el contrario, ahora estoy cuerda. Resueltamente cierra la puerta del jardín, escapa. El queda inmóvil, estupefacto. Entonces decide ver a Anselmo y contarle lo ocurrido. Después de escucharlo, Anselmo dice:
- Convencete, Edmundo. Te creés hombre, siempre lo estás diciendo, sólo sos un niño. Serás un niño toda la vida. Los tipos así como vos, con demasiada confianza en sí mismos, atropelladores, charlatanes, son niños siempre. Te lo aseguro yo que soy un hombre desde mucho antes de que me pusiera los pantalones largos.
- Por supuesto – dice Edmundo, rencoroso
-, ahora irás a buscar a Gerardo… Anselmo lo detiene con un ademán, y dice:
- Eso lo harías vos, ¿verdad? Sí.
- Claro, lo harías vos porque sos un niño. Yo no lo haré, porque soy un hombre.