narrativa

UNA CARTA

La juventud se engaña fácilmente,
porque la esperanza hace fácil presa de ella.

ARISTOTELES

Rómulo escribe: “Deolinda, Deolinda, Deolinda, Deolinda, Deolinda…”

Llena la página, la arruga, la tira al papelero y, atrayendo hacia sí el libro que había apartado, vuelve a estudiar: “Un término algebraico consta de cuatro elementos: signo, coeficiente, letra y exponente…”

Pero es por poco tiempo. De pronto, allí donde su libro pone ante sus ojos números o letras, 2ª + 3ª, ligados por signos, él lee: “Deolinda, Deolinda, Deolinda, Deolinda…”

Levanta los ojos del libro, los hunde en el techo, se tira hacia atrás. En el techo ve la cara hermosa de Deolinda: ojos castaños, largas pestañas, nariz y boca perfectas, sonrisa centelleante, cabellera oscura y ondulada.

Rómulo está enamorado. Y su amor es Deolinda, por supuesto. Una tarde, aburrido de repetir en voz alta las conquistas de los romanos, se asomó a la ventana de su cuarto. Y en el jardín de la casa de al lado descubrió a Deolinda. La hermosa muchacha recogía flores. La escena le resultó impresionante. Rómulo quedó en éxtasis. Aquello no le parecía realidad sino una aparición. Desde esa tarde, pegado a las celosías de su cuarto, a fin de ver sin ser visto, olvidado de sus librotes de álgebra e historia, geografía y gramática, se dedicó a mirar el jardín de al lado. A veces, su constancia recibía el premio: veía a Deolinda. Pero Deolinda no se llama así, se llama simplemente Filomena Rodríguez, y es hija de un dentista. Rómulo supo de ella otros detalles. Los supo por una cocinera que entró a trabajar en casa de Rómulo después de haber trabajado en lo de Deolinda. Rómulo, que había bautizado por su cuenta a la hermosa muchacha, la siguió llamando Deolinda. ¿Se llama Filomena? ¡No importa! – se dijo Rómulo – es tan hermosa que merece llamarse Deolinda. También supo que la muchacha tenía catorce años y que cursaba cuarto año de la escuela Normal… Uno más que él, un año más adelantada que él, estudiante de tercer año en el Colegio Nacional. Esto lo contrarió un poco. Hubiera preferido que deslinda – nunca pensó cambiarle tan bellísimo nombre – fuera menor que él; pero aunque así no fuese ¡no importa!, la seguiría amando. Y por esto, a la semana de descubrirla y saber detalles de ella y de sus familiares, Rómulo continúa llenando páginas de su cuaderno con “Deolinda, Deolinda, Deolinda, Deolinda…” y horas de su vida con sueños, invenciones de su imaginación . veía a deslinda entrando al mar, grácil, bella, airosa, alegre, y, de súbito, arrebatada por una ola, necesariamente pérfida, hundirse entre las aguas verdes y embravecidas. Pero allí estaba él, Rómulo, que aun cuando no sabía nadar, se tiraba al mar y nadaba, tomaba a la hermosa de la ondulante cabellera y ella lo llamaba “mi salvador”. También lo besaba la madre de Deolinda. El padre lo abrazaba e invitándolo a comer, le decía: “¡Mi amigo!”.

Después de esta excursión por el mar, Rómulo vuelve a sus libros: “El uno del pronombre relativo que…”

Pero pronto se veía transportado de nuevo, y soñando: veía a la hermosa sentada en el banco de piedra de su jardín con un cuaderno sobre las rodillas y llorando. Se asomaba él, y le preguntaba: “¿Qué tienes, Deolinda? ¿Por qué lloras, Deolinda?”- (le hablaba de tú, en perfecto castizo, como había oído que hablaban los enamorados de los libros, en “Romeo y Julieta” o en “Pablo y Virginia”, por ejemplo. Hablarle de “vos”, como es costumbre en Buenos Aires, le hubiese parecido horrible. ¿Por qué? No sabría decirlo. “¿Qué desgracia te ocurre, deslinda?” – le preguntaba él.. Entonces ella, levantando los grandes, oscuros, impresionantes ojos, más bellos por las lágrimas que los humedecían: “¡Oh, Rómulo – le respondía – sólo tú puedes salvarme. Mañana tengo prueba de álgebra. Si no saco diez no me eximo. Y si no me eximo, tendré que estudiar durante las vacaciones, no iré a Córdoba. Necesito resolver esta ecuación y no puedo”… “¿Eso te aflige? – respondía él, y sin saber cómo, veíase a su lado en el banco de piedra del jardín, con el cuaderno de ella sobre las rodillas y, x + x ó y – y… ¡Ecuación resuelta! “¡Tomá, Deolinda, ya está!”. “¡Gracias, muchas gracias, me has salvado, Rómulo!” – exclamaba ella… Y Rómulo sentía que sus labios color guinda madura se apretaban contra los suyos…

“Deolinda, querida Deolinda, distinguida señorita…” encabezamiento de una carta. Después de muchos intentos y de papeles rasgados, al fin está la carta concluida, y la pasa en limpio. Dice:

“Distinguida señorita: Hace nueve días, cinco horas y veintitrés minutos, una tarde de primavera, un 3 de octubre, la vi por primera vez en su jardín. Usted, señorita, estaba recogiendo flores. Hizo un hermoso ramo y entró con él en su casa. Yo me quedé como si hubiese visto un hada o una princesa de los cuentos que leía cuando chico. Porque usted no parece la hija de un dentista. Usted parece la hija de un rey o de un mago. Señorita, yo a usted la quiero. Si usted me quiere la millonésima parte de lo que yo la quiero, podríamos ser novios y muy felices. Espero su respuesta con el corazón latiéndome como si hubiese corrido y ganado la carrera de maratón.

Su adorador
Rómulo Calles
(14 años – 4º. Año del Colegio Nacional)

Le parece oportuno por ahora aumentarse la edad y adelantarse en sus estudios. Después dirá la verdad. Una vez aceptado.

Hecha la carta, otro trabajo a cumplir. ¿Cómo dársela? Piensa en la cocinera, pero ésta salió enojada de la casa. Resuelve esperar a Deolinda. Jamás, ni por un instante, admite Rómulo que la beldad puede llamarse Filomena, tanto que en la carta eludió poner ese nombre, aunque no puso tampoco el creado por él. Rómulo aguarda que deslinda aparezca en el jardín para tirársela. Así lo hace. Temblándole la mano, confuso, arroja la carta en cuanto la ve a ella sentada en un banco. La carta revolotea un instante, pero en vez de caer a los pies de la muchacha, queda entre las hojas de un limonero. ¿Qué hacer? ¡Contratiempo tonto! ¿Y cómo sacarla de allí para hacer que caiga? La muchacha, hundida la cabeza entre las manos, doblada sobre el libro, no se ha enterado de lo ocurrido. Rómulo va en busca de una caña y se dispone a golpear el ramaje del árbol para hacer que la carta descienda, cuando ella, oyendo algún ruido, levanta la cabeza, ve a Rómulo con la caña y comienza a gritar:

- ¡Mamá, mamá, el chico de al lado nos está robando los limones!

Rómulo no quiere oír más. No puede oír más. Da un salto, tira la caña, y se oculta, ardido de una vergüenza terrible, anonadante. ¿Tomársele por un ladrón? ¡Y llamarle “chico”! Rómulo siente que todo está concluido. Desde ese momento está todo terminado entre él y Filomena – ahora por nada en el mundo la hubiese llamado Deolinda. “El chico de al lado nos está robando los limones…” -. ¡Palabras horribles, palabras espantosas, palabras que se le hunden en los oídos como si fueran fierros candentes! ¿Qué ha creído esa Filomena? Derrumba sobre ella epítetos anonadantes…

¿Y su carta? ¡Qué no hubiese dado por recuperarla y romperla en cien, mil, en un millón de pedazos, y quemarlos después! Su carta sigue allí, enredada en el copioso ramaje del alto limonero, ignorada por todos.

Al día siguiente se levanta, después de una mala noche. Se levanta muy temprano. Se asoma. Allí está su carta. Nadie la ha visto. Piensa mil planes para recuperarla. Todos imposibles. Saltar la pared, trepar al árbol… ¿Y si lo descubren? ¡No! Entonces sí la sospecha de que era un ladrón se tornaría certeza. Desiste. Pero allí está el papel desdichado, mensajero de su amor sin fortuna, entre las hojas y frutos del alto limonero, sin que nadie repare en él.

Y pasan los días.

Todas las mañanas, al levantarse, Rómulo se asoma al balcón y mira. Allí está su carta, ya un poco amarillenta por los fuertes soles recibidos, ya bastante arrugada. Rómulo la mira tristemente. Su carta, empero, ha vivido más que su amor. Ya no siente por Filomena, Filomena Rodríguez, ¿alguna vez pudo llamarse Deolinda?, lo que sintió días después. Ni la ve hermosa. Se dice: para serlo, no tendría que estar tan gorda. Además, ¡qué vos más desagradable la suya! Recuerda cuando gritaba: “¡Mamá, mamá, el chico de al lado nos está robando los limones!”

Pasan los días. La carta sigue amarilleando y arrugándose. Siguen pasando los días. Rómulo no deja de asomarse todas las mañanas, y la mira, la mira tristemente y con ansias de tenerla en sus manos para romperla.

Una mañana, después de una noche de lluvia y viento, ya no ve más la carta entre las hojas del árbol. La descubre en el suelo, embarrada. Siguen pasando los días. Y la carta siempre allí, en el suelo, sucia, estrujada; seguramente sus letras han sido borradas por la lluvia…

Y un día ¡por fin!, ya no la ve más. El jardinero, rastrillando la tierra, tal vez la recogió y, confundida con las hojas secas, hizo una fogata, la convirtió en humo, en olvido, igual que a loas hojas secas.