narrativa

UN CLAVEL Y LA YAPA

Cuando hablamos del amor de un niño,
la palabra “niño” nos engaña.
Nada menos infantil, en realidad.

FRANCOIS PORCHE

Con voz sonora, ademán resuelto y una sonrisa de seguridad en los labios, Facundo dice:

María Eugenia, yo te voy a decir una cosa que no necesitarías que te dijese. Y es esta: Yo te quiero, yo te quiero mucho, yo te quiero muchísimo. Yo te quiero desde hace tres meses, te quiero desde que te vi. ¿Te acordás, en aquel cumpleaños de tu prima Isabel? Cuando entraste, ya no vi una chica más. Ya sólo te vi a vos entre todas. Y eso que había muchas lindas. Estaba Raquel con sus rizos de trigo maduro, estaba Leonor con esos ojos que cuando mira hace pestañear, estaba tu prima Isabel, tan simpática, con esa sonrisa que es como si a uno le echasen un balde de miel; un poco gorda, es verdad, pero con que deje de comer tantos dulces, durante dos o tres meses, rebaja los siete u ocho kilos que le sobran. Bien, yo no he venido a hablar de ellas sino de vos. Me pareciste tan hermosa en cuanto entraste que es como cuando sale la luna, de pronto, detrás de una nube, y ya no se ven las estrellas. Así me pasó con las demás chicas en cuanto, al abrir la puerta que era la nube que te ocultaba, vos apareciste. Me enamoré de pronto, que es el verdadero amor. ¿No te parece? ¿Qué contestás, María Eugenia?

María Eugenia, naturalmente, no responde. ¿Cómo va a responder si no está allí, si facundo está frente al espejo ensayando la declaración de amor que después, frente a María Eugenia, no se atreverá a decir? Porque esto le ha ocurrido varias veces ya. Dice su discurso frente al espejo, ensaya gestos y actitudes: después, a ella le habla de otras cosas, y de esto, ¡ni una palabra! ¿Por qué? Facundo se justifica: Temo que ella me diga: “Sos muy bajo para ser mi novio”. No quiero que me ocurra lo que al gordo Félix. Se declaró a Felisa y ésta le dijo:”No me gustan los gordos”. Y chau el gordo Félix, ¡a otra cosa! Es claro, al gordo Félix no lo afligió mucho el rechazo. El gordo no es capaz de enamorarse como yo; pero si a mí. María Eugenia me dijese:”Sos muy bajo para ser mi novio”, sería capaz de dormir colgado del techo con pesas en los pies para que se me alargasen las piernas. ¡Muy bajo! Tan bajo no soy. Soy de la misma estatura que ella. Es cierto, yo tengo catorce años y ella sólo trece. Pero yo estoy haciendo ejercicios para crecer y ella, no. Además, los zapatos de mujer siempre tienen más taco que los de hombre. También podría decirle, una vez que me aceptara como novio, que ella usase tacos bajos y yo agregarle a mis zapatos tacos de goma y doble suela… En fin, todo se arreglaría si yo me animase a hablarle de amor y ella me dijese: “Sí” ¡tan fácil como es decir: Sí! Bueno, pero tan fácil como decir ¡Sí! Es decir: ¡No!...

Y Facundo se pone a contemplar una fotografía que tiene en su mesa de estudiante. Sobre el libro de latín, colocada en un marco, obra de las manos de ella, está la fotografía. Allí se ven una chica y un muchacho. La chica es María Eugenia, sonriente, fina, esbelta – a pesar de estar sentada -, llenando de luz el paisaje de Palermo con la mirada de sus ojos plácidos; el muchacho es él, Facundo, muy serio, mirando al fotógrafo que los sacó aquella tarde en que, como ella raboneó al Liceo, él no fue a clase tampoco y salieron a pasear, al jardín Zoológico, a ver las fieras lo mismo que cuando eran chiquilines. Ella en la fotografía está sentada en un banco de piedra y él, a su lado, de pie, con una mano en el respaldo del banco de piedra, en actitud de estar protegiéndola. Recuerda facundo que él la hizo sentar, a propósito, para que no quedase aquel documento de la igualdad de sus estaturas, él con catorce años y ella sólo con trece: María Eugenia tiene una flor en el pelo, es una flor roja, un clavel; siempre lleva una flor en la cabellera. ¡Y qué bien detona esa mancha roja sobre el dorado de sus cabellos! Es una amapola en un trigal, se dice, y repite un verso, ya olvidó de quién, de un poeta español: Amapolita, amapola: ¿te quieres casar conmigo?... ¡Qué feliz sería facundo si se atreviese a pedirle una de aquellas flores que María Eugenia perfuma con su cabellera! Pero pedirle una flor, la flor que ella pone en sus cabellos, es como decirle: “te quiero”; si ella le responde: no? Vuelve facundo a presentarse la escena de su amigo, el gordo Félix, oyendo aquel “No me gustan los gordos” que a él le hubiese hecho morir de vergüenza y que el bonachón del gordo Félix, en rueda de amigos, narraba frescamente, como si contara una proeza. ¡Qué felicidad ser como el gordo Félix, tan despreocupado! Pero él, Facundo, a la inversa: es de la misma estatura que María Eugenia y, sin embargo, no se atreve de miedo a que ella le diga: sos muy bajo para ser mi novio”.

Mira el reloj y da un brinco:
- ¡Las doce menos cuarto y a las doce sale ella del Liceo!
Se viste apresuradamente y echa a correr. Llega agitado. Ya está maría Eugenia caminando por la Avenida santa fe. Se le pone al lado:
- ¿Salieron más temprano hoy?
- ¿O vos llegaste más tarde?

Siguen conversando. ¿De qué? De cualquier cosa. ¡Hay tanto que conversar! Pero, ¿por qué él no se atreve y le dice: “María Eugenia, te voy a decir una cosa que no necesitaría que te dijese…? ¿Se lo dice? En ese instante pasan frente a una vidriera; de soslayo, facundo mira sus figuras, iguales. Pero él tiene catorce años y ella trece… No se atreve. Ya se sabe de memoria la declaración. ¡La ha repetido tantas veces frente al espejo! Siguen andando, ella alegre. De súbito, los sorprende un grito. Un automóvil ha atropellado a una niña. La madre gime y grita desesperada. Corren. El automóvil agresor huye.

Se arremolina la gente. La niña está desmayada. Se acerca otro automóvil, un gran automóvil lujoso, un señor viejo, de lentes, lo maneja. La madre, auxiliada por algunos comedidos, lleva su niña desmayada a ese auto. Suplica:
- Señor, hágame el favor. Lleve a mi hija a un hospital, a una farmacia…
- ¡No soy taxista! – responde, airado el dueño del automóvil, y hace sonar la bocina repetidamente.
- ¡Canalla! – lo apostrofa María Eugenia, roja de indignación, fulgurantes los ojos celestes que Facundo siempre vio plácidos.

El dueño del automóvil no contesta. Hace sonar la bocina para que los curiosos se aparten y arranca, aun con peligro de atropellar a alguno:
- ¡Miserable! ¡Egoísta! – lo increpa otra vez la chica, echada por algunos presentes.

El auto arranca a pesar de todo; pero sólo camina unos metros. Un neumático se aplasta sobre el suelo, convertido en un harapo.

Tiene un cortaplumas clavado con fuerza, hasta el mango, el cual le abre un largo boquete. Alguno de los que presencian la escena ha hecho ejecutivo el sentimiento de todos. Allí queda. Otro automóvil carga a la chica y a la madre. La gente se desovilla y continúa su camino. El tumulto de vehículos vuelve a andar. María Eugenia busca a facundo. No lo encuentra. Pero ha visto su cortaplumas clavado en el neumático, y por eso se siente feliz, siente ansias de abrazarlo, felicitarlo por lo que ha hecho. Cuando llega a la esquina de su casa lo ve allí parado, esperándola. Corre hacia él:
- ¡Muy bien, Facundo! Así ese canalla aprende a no ser egoísta. ¡Miserable! ¡Ricachón!

Facundo se justifica. Disparé por si me hubiese visto algún vigilante. Era daño intencional. Siento el cortaplumas. Me lo había regalado mi madre en mi último cumpleaños… Calla. María Eugenia, quizás adivinando su deseo, se acaba de sacar el clavel de la cabeza y, como si lo condecorara, se lo pone en el ojal: ¡Tomá! Facundo no tiene ni tiempo de agradecérselo, porque ella le dice ¡Y la yapa! Lo estremece con un sonoro beso en la boca. Enseguida corre hasta desaparecer tras la puerta de su casa. Facundo ya no lamenta haber perdido el cortaplumas.