narrativa

ROSAS PARA LA MAESTRA DE SEGUNDO GRADO

Recuerdo: me decían que la niñez
era la edad más feliz de la vida...
(Una mentira lisa y llana en aquella época.)

BERTRAND RUSSELL

El padre de Hugo Homero es poeta. Hugo Homero tiene nueve años aún no cumplidos. Va a ser también poeta, seguramente. Así lo afirma el padre, que reconoce su infancia - las modalidades de su infancia - en la de su hijo. Hugo Homero es un niño raro al decir de todos: maestros, parientes, amigos.

Su padre, en cambio, lo encuentra un ser normal, perfectamente normal...

- Señor Álvarez Junco - es Bruno Andón quien habla así, solemne y grave. Bruno Andón es un hombre alto, seco, bilioso, de apergaminada faz color aceituna, ojos escondidos por los párpados y las anchas cejas. Bruno Andón, vecino del padre de Hugo Homero, jubilado del Ministerio de Hacienda, tiene una hermosa quinta y en ella, una variada colección de rosales, de los cuales se enorgullece.

- Señor Álvarez Junco - dice Bruno Andón - tengo el pesar de comunicarle que su hijo es un ladrón.

El padre del acusado no se inmuta:
- ¿Tiene la bondad de explicarme el motivo de esta afirmación, estimado vecino?
- ¡Cómo no! Hela aquí: Desde hace algún tiempo noté que alguien cortaba flores de mis rosales. Me puse en observación. Como soy jubilado del Ministerio de Hacienda, tengo suficiente tiempo para consagrarme a la pesquisa. Primero creí que el ladrón operaría de noche. Comprobé que no, después de pasar más de una noche en vela. El ladrón, pude comprobarlo, operaba de día. Y precisé la hora: poco antes de las ocho de la mañana. Me puse en acecho. Mi constancia me dio sus frutos, como siempre los da la constancia. Hoy, a las siete y cuarenta y siete minutos, sorprendí a su hijo llamado Hugo Homero, cortando una rosa blanca del rosal plantado junto al cerco. Le grité: “¿Por qué me corta mis rosas?". Su hijo, señor Álvarez Junco, y permita que me exprese así aunque le duela a usted en el alma, dando muestras de una delincuencia precoz e inaudita, no se turbó. Por el contrario. Sonriente, algo me contestó. No lo oí porque padezco un principio de sordera, pero, sonriente, me saludó cortés y siguió su camino. ¡Y se llevó la rosa!
- ¿Usted vio a mi hijo Hugo Homero...?
-¡Con mis propios ojos, señor, con mis propios ojos que, a Dios gracias, aún ven con toda claridad, a pesar de mis sesenta y cinco años! ¡Con mis propios ojos!
- grita, alzando bastante la voz
- ¿Duda usted de mi palabra acaso?
- De ninguna manera, estimado vecino. Llamaré a mi hijo y delante de usted lo interrogaremos. Le aseguro que el hecho me perturba un poco...
- Me explico, seños, tener un hijo de tan tierna edad y ya un...
-¡No pronuncie la palabra!
- lo interrumpe Álvarez Junco
-. Concédame, vecino, que antes de condenar a mi hijo, lo oigamos. El hecho me perturba un poco...
- A mí, en su caso
- interrumpe Bruno Andón
- me perturbaría mucho, ¡muchísimo!
- Me perturba un poco
- prosigue, siempre serenamente el padre de Hugo Homero
- porque mi hijo es respetuoso y sensible, educado y propenso a los buenos sentimientos...
- ¡Interróguelo, Señor Álvarez Junco!
- casi ordena el irritado Bruno Andón.
- Así lo haré. El padre se asoma a la casa y llama:
-¡Hugo Homero! Aparece Hugo Homero, ojos y sonrisa luminosos.
- ¿Qué papá? Buenas tardes, señor
- saluda a Bruno Andón. Este no responde. El padre expone la acusación y termina con la pregunta:
- ¿Qué decís a esto?
- Digo que sí, papá.
- ¿Que robaste la rosa del jardín del vecino?
- Yo no digo que robé, papá. Yo digo que corté la rosa del jardín del señor Andón. Este interviene, furioso:
- ¿No es lo mismo, acaso?
- No, señor. La rosa salía de su cerco y, saliendo de él, ya no le pertenecía a usted. Ya era cosa de la calle. Pertenecía a los que pasaran por la calle. Yo nunca he saltado su cerco para robarle. Todas las rosas que corté fueron rosas que se asomaban por encima de su cerco, a la calle.
-¡Linda justificación!
- grita, ahogado por la cólera, el propietario.
-No creo que mi hijo trate de justificarse
- dice el padre.
- ¿Qué?
- ruge el propietario, y no habla más, pues, con las venas de la frente hinchadas, iracundo, no atina a encontrar palabras.
- ¿Y para qué cortabas esas rosas?
- pregunta el padre del niño.
- Para regalárselas a mi antigua maestra de segundo grado, la señorita Mora. ¡Es tan linda! Tiene una voz tan dulce, como si siempre tuviera un caramelo de miel en la boca. Mira con unos ojos que parecen estrellas, pero no estrellas vulgares, sino estrellas como son los luceros de la mañana. Además, ¡Fue tan buena conmigo! Me ha regalado libros hermosos cuando yo era su alumno. Ahora, porque yo estoy en cuarto grado,¿ voy a olvidarla?
- ¡Señor!
- grita Bruno Andón. Se dirige de usted al niño
- Está bien que no olvide a esa joven buena y linda, su ex maestra de segundo grado. ¿Pero por qué para demostrarle su afecto lo hace a costa mía? ¿Por qué le regala mis rosas?
- Señor, ya le dije que esas rosas salían de su cerco.
- Y por eso crees
- lo tutea porque se ha enfurecido nuevamente
-¿ por eso crees que no son mías?
- Sí, señor.
- Así no opinarían los jueces, ¡ladronzuelo!
- Señor Bruno Andón
- interviene el padre
-, le ruego que usted no hiera a mi hijo. Ya ve, se ha puesto pálido. Los labios le tiemblan, sus ojos humedecidos le demuestran que está a punto de llorar.
- ¿Pero usted, señor Álvarez Junco, usted, que según tengo entendido es un escritor, no califica de cínico a este muchachito de nueve años que se justifica inventando una teoría absurda?
- No, vecino, el equivocado es usted: mi hijo no inventa ninguna teoría para justificarse, él no intenta justificarse. El cree con toda sinceridad, con toda la pureza de su alma, que esas rosas, por salirse de su cerco, ya no eran de usted. Además, él no ha cortado sus rosas para venderlas. Si las hubiese vendido, entonces sí sería un ladrón. Las ha regalado. Más aún: Si las hubiese regalado a su actual maestra, la maestra de cuarto grado, para congraciarse con ella, yo también diría, como usted, que mi hijo ha cometido un robo. Pero las regaló a la linda, simpática, sonriente, graciosa, atrayente, bondadosa maestra de segundo grado de la cual ya no espera nada, ni necesita nada. Las rosas fueron usadas para reavivar un recuerdo encantador, lleno de poesía, tal vez de amor...
- ¿Quiere decir
- grita el irritado Bruno Andón
- que yo, según usted, tendría que dar las gracias a su hijo por haberme cortado las rosas y habérselas regalado a su maestra? Pues sepa, señor Álvarez Junco, que aun cuando su hijo hubiese llevado mis rosas a un altar y las hubiera ofrendado a San Bruno, el fundador de la orden de los Cartujos de quien llevo el nombre y a quien venero, seguiría creyendo que su hijo ha robado mis rosas. ¿No opina así, señor?
- No, vecino.
- ¿Usted comparte, entonces, las descabelladas, absurdas, delictuosas ideas de su hijo de nueve años? Eso que en él puede ser calificado... ¡No sé cómo calificarlo! En usted, señor Álvarez Junco, no dudo en calificarlo de criminal. ¡Excelente educación la que da usted a su hijo, a su pobre hijo! ¡Buenas tardes, señor! Bruno Andón se va, pero aparece nuevamente, con la faz congestionada, dice:
- Le voy a rogar, señor, que a partir de ahora no se moleste en saludarme. No le responderé.
- Bien, vecino.
- Además, le advierto que si su hijo vuelve a robarme una rosa, soy capaz de aplicarle por mis propias manos el castigo que a usted, padre sin principios, correspondería aplicar.
- ¿Amenazas?
- Sí, pero haré algo mejor: ahora mismo arrancaré el rosal que está junto al cerco y así evitaré que se tienten los ladrones que pasan por la calle.
- ¡No, señor!
- grita el niño
- ¡Es tan hermoso su rosal! ¡No lo arranque! Le prometo no cortar una rosa más...
-¡Lo arrancaré! ¡Lo arrancaré!
- ruge Bruno Andón y saliendo, da un portazo.
- ¡Pero este hombre es un loco!
- exclama Hugo Homero.
- El se cree normal, seguramente
- comenta el padre. El y otros, quizás la mayoría de las personas que tienen un exagerado concepto acerca de la propiedad, nos suponen locos a nosotros... Bien, pero a fin de evitarnos estas cosas, ¿no te parece mejor, hijo, que no arranques las rosas de los jardines ajenos?
- ¿Aunque esas rosas se salgan del cerco de los jardines?
- pregunta aún Hugo Homero.
- Sí, hijo, aunque esas rosas se salgan del cerco. Yo en cambio, todas las semanas te daré el dinero que necesites para comprar una rosa, así se las llevás a tu linda maestra de segundo grado.
- Bueno, papá. Porque... Se contiene. El padre pregunta:
- ¿Qué ibas a decir?
- Porque cuando yo le doy la rosa, ella me pone la cara y yo le beso la mejilla. Y es como si besara una rosa de terciopelo, de terciopelo tibio y perfumado. Papá... Vuelve a contenerse.
- Habla, hijo. ¿Qué ibas a decirme?
- Papá, ¿cuándo yo tenga veinte años podré casarme con la maestra?
- Te faltan once, hijo. Ella, ¿cuántos tiene ahora?
- Veintitrés, yo se lo pregunté.
- Entonces, cuando vos tengas veinte años, ella tendrá treinta y cuatro. Quizás será mejor que te cases con la hija de tu maestra. ¿Qué te parece?
- Y la hija,¿ será linda como ella?
- Seguramente.
- Bueno papá, entonces me casaré con la hija.