narrativa

PRIMER AMOR

Los niños son puntos de interrogación vivos.
NOVICOV

Se llama Pedro. Todos le dicen Pericón. Es un nombre más apropiado a su natural bullicioso esa terminación sonante como golpe de bombo. A nadie se le ocurriría Perico, ni aún Periquillo a este muchachote de pelo cortado al rape, de hablar turbulento., siempre en peligro de dejarse empujar por un ímpetu belicoso que se le está viendo en el brillo de sus pupilas oscuras. Sus anchas espaldas y su vozarrón le dan aspecto de hombre, pero su conducta no es la de un hombre todavía. Pericón hace muchachadas de continuo. Ahora, por ejemplo, armado de un canuto de vidrio y los bolsillos llenos de arvejas, sopla éstas por el canuto y salen como un proyectil a dar sobre el primer despreocupado transeúnte que a tiro se le ponga. En grupo aparte, otros cinco muchachos de más o menos se edad y con quienes no se habla porque con todos ha tenido una disensión, lo contemplan entre rencorosos y admirativos. La audacia de Pericón los impone. Están en la plaza, a lo lejos se oye la banda de música del pueblo que arremete con marchas, valses, tangos… Es domingo. La gente pasea plácida gozando de aquel tibio atardecer primaveral, sintiendo la acariciante dulzura de la brisa.

Las muchachas pasean del brazo. Pericón las mira. De pronto se enardece. Acaba de ver a Susa, como le dicen sus amigas. Viene con otras cuatro chicas exhibiendo, alborozadas y satisfechas, sus alegres quince años plenos de salud y hermosura. Pericón está enamorado de Susana. El, tan tosco y barullero, tan muchachote, ¿cómo no iba a enamorarse de Susa, tan delicada, tan femenilmente deliciosa? La mira pasar, riendo, alentada por sus amigas. ¿No se reirán de él, acaso?

Los ojos le relampaguean. Hace una mueca y se pone torvo. El grupo de los cinco muchachos sonríe. Todos saben – también lo sabe Susa – que Pericón se pierde por ella, rubia, sedosa, de ojazos celestes. Susa y sus amigas pasan una vez, pasan otra vez…Pericón se pone cada vez más torvo. Y a cada paseo, la rubia le parece más linda. De buena gana, llevado por uno de sus habituales ímpetus, la hubiese abrazado y besado allí, delante de todos; de buena gana, poniéndose de rodillas ante ella, como había visto hacer a los galanes del cine, le hubiese gritado, sin temor de que lo oyesen sus enemigos: ¡“Susa, te quiero, Susa, te adoro”! Susa, si me lo ordenás, hago cualquier cosa: ¡me tiro al mar desde la punta del muelle, agarro a patadas a esos cinco monigotes que me miran sonrientes porque saben que te quiero, que te adoro…!

Pericón nada dice. Traga saliva cada vez que Susa y sus compañeras, en un revoloteo de colores y risas, lo dejan mareado con su perfume a agua colonia. Pericón nada hace. Mira solamente. Mira con sus ojos brillantes y negros, más brillantes que nunca, más negros que nunca.

Ahora ella, más provocativa aún, charlando, viene a pasar por décima vez – Pericón ha contado, paciente, los paseos – delante de sus miradas codiciosas. Y Pericón tiene un ímpetu de los suyos: da un paso, se enfrenta al bullicioso ramo de chicas, saca el vozarrón más rotundo de su registro ya varonil, y ordena: - ¡No quiero que pasen más por aquí!

El grupo de chicas se desconcierta. La actitud del muchachote las atemoriza un poco. Se miran, también sorprendidas por el exabrupto. Pero la arbitrariedad es tanta, que pronto reaccionan. Y Susana, segura de su poder sobre el impositivo, responde: - ¡La facha del mandón! ¡Pasaremos todo lo que se nos de la gana! ¡Vamos, chicas!

Vuelven a tomarse del brazo, y siguen. Una de ellas, se da vuelta y le hace un mohín. Pericón se contiene. Mira al grupo de sus enemigos. Estos sonríen. Pericón está pálido de coraje, nervioso, iracundo. Espera. ¿Se atreverán las chicas a pasar nuevamente? ¡Sí, se atreven! ¡Ya lo creo que se atreven! Han dado vuelta al quiosco donde dos cornetas, un trombón y un par de platillos rompen el divino silencio, y aquí vienen otra vez, charla y risa, jocundas, provocadoras. Pericón las deja venir, más que nunca torvo. Y cuando las tiene a unos pocos metros, saca su canuto de vidrio, apunta al rostro de Susa y le envía una andanada de arvejas que dan en su frente. Susa da un grito. Se detiene. Llora. Sus amigas la socorren. El grupo de muchachos enemigos de Pericón acude solícito. Dos o tres chicas se encaran con él, lo injurian, lo amenazan con sus padres y hermanos, alguna habla de hacerle llevar preso. Ante el tumulto, Pericón, impasible. Se alejan las chicas. El queda mirando al grupo de sus enemigos que comentan en voz alta su salvajismo. Pericón desea que uno de ellos le diga algo, que todos le digan algo. ¡Cuánto daría por enredarse a trompadas, contra todos! Pero nadie dice nada. Le temen. Se conforman en hablar entre ellos, con mirarle de reojo. Pericón, sin pestañear, los mira a su vez, casi provocativo. No se atreve a iniciar la anhelada lucha; al fin ellos son cinco nada menos, alguno quizás mayor que él. Sabe que ya en pelea, la peor parte será para él seguramente. Y, mirándolos, queda así, de pie, afirmado en su actitud decidida. Uno de ellos habla: - ¿Vamos?

E inicia la retirada. Los demás lo siguen. Pericón queda triunfante y decepcionado. ¿Por qué decepcionado? Porque, a pesar del riesgo a correr, hubiese preferido que aquello terminase a golpes, que corriera sangre aunque ésta fuese de su propia nariz, que algún ojo quedara “empavonado”, aunque fuese uno de los suyos. Porque Pericón, ahora que ha quedado solo en la plaza, solo con su delito, se siente desgraciado hasta lo más hondo de su conciencia. Se reprueba su acción. El, que besaría la tierra donde pone sus delicados pies de Cenicienta la arrobadora Susa, ha sido capaz de herirla, ¡de hacerla llorar!, ¡él, que por verla feliz hubiese sido capaz de dar un litro de su sangre por cada uno de los preciosos lagrimones de la muy adorada!...

Al verse solo, Pericón, cabizbajo, lentamente, inicia el camino hacia su casa. Se encierra en su cuarto. ¿Qué hacer?

- ¡Porque algo tengo que hacer, carajo! – se grita a sí mismo.

¿Pero qué hacer? Porque si antes, al pasar junto a ella, él, tan osado para todo, se sentía cohibido al punto de mirarla furtivamente, ¿qué hacer ahora, después de su salvajismo?

- ¡Ahora, Susa me odiará! – se dice el muchacho. Y queda tirado en la cama, con la mirada hundida en el cielorraso, meditativo. Algo le corre por las mejillas.
- ¿Cómo? ¿Estoy llorando? – se pregunta en voz alta
-. ¿Yo? Da un salto y se pone a caminar por el cuarto. Camina como ha visto que caminan los leones enjaulados en el jardín Zoológico. ¿Qué hacer? Al fin se decide:
- ¡Le escribiré una carta!

Impetuosamente, como hace todo, Pericón se precipita sobre la mesa, corta una hoja de su cuaderno, con el revés de una mano se limpia los empañados ojos y, temblorosamente, comienza a escribir: “Requetequeridísima Susa…”
Un borrón lo detiene. Otra hoja de cuaderno. Y escribe:
“Susa de mi alma, de mi corazón, de mi vida…”
Las lágrimas borronean la frase. Otra hoja de cuaderno. Se limpia los ojos con la sábana, y escribe:
“Querida, querida, querida, queridísima Susa…”

Escribe nerviosamente, rasgando el papel. Escribe. Piensa y escribe. Firma: “Tu Pericón que te idolatra”. Se vuelve a secar los ojos y vuelve a leer la carta en voz alta: “Estoy arrepentido de lo que he hecho. Te pido perdón de rodillas. Lo hice porque te quiero mucho. Lo hice sin saber po qué lo hice.Si querés te pido perdón delante de todas tus amigas, te pido perdón delante de mis cinco enemigos. No me importa que se burlen de mí ni tus amigas ni mis cinco enemigos. Lo único que me importa es tu amor. Para que me quieras soy capaz de hacer cualquier cosa. Soy capaz de volver a estudiar y recibirme de médico o de general o de lo que vos quieras, menos de cura, porque entonces no me podría casar con vos, Susa querida, Susa de mi corazón y de mi alma. ¡Si supieras las noches que no he dormido pensando en vos, Susa mía, mía, mía… Contestame. Decime que me perdonás y seré feliz, muy feliz…”

Pericón está satisfecho de su obra, tan satisfecho como Jehová, al fin del sexto día, cuando después de crear el mundo y sus seres vivientes – menos al hombre – juzgó que todo lo creado por él era “bueno en gran manera”.
- ¡Bien! – se dice Pericón
-, ahora cuando Susa reciba mi carta y la lea… Si la lee no puede seguir enojada conmigo. ¿Pero como hacerle llegar la carta sin que el padre o la madre se enteren?
- ¡Ya está! – se dice pericón, iluminado – se la daré a La Pelota!

La Pelota es la criada de la casa de Susa, una criada de la edad de ella, a quien por su gordura conocen por ese apodo. Rápidamente, Pericón hunde su carta en un sobre y escribe: “Señorita Susana Portillo. Presente”, y del revés: “Remite Pedro Barzo”. Absoluta formalidad para nombres y apellidos, nada de sobrenombres, nada de Susa y Pericón.
- Como hacen los mayores – se dice.

Y sale a atisbar a La pelota con quien se cruza de continuo en la calle, ya que La Pelota es la mandadera. Aguarda, tal vez un poco impaciente, en la esquina de la casa de Susa. Pasan minutos, pasan horas. Pericón aguarda. Al fin aparece La Pelota. La ve salir, acompañada de Tili, la pequeña hermana de Susa, siete años de vivacidad, parlanchina e inquieta. No deja de ser un contratiempo – piensa Pericón
-, ¡pero él no aguanta más! Podría esperar a que la Pelota hiciese otro mandado, a que lo hiciese sin la molesta compañía de Tili, ¡pero él no aguanta más! Sale al encuentro de La Pelota con la carta en la mano y, alargándosela, va a decirle:
- Dele esta carta a la señorita Susa… No tiene tiempo, la chiquilla está gritando:
- ¡No le recibas la carta! ¡No le lleves el apunte! ¡Este es el sinvergüenza que hoy en la plaza, le lastimó la frente a Susa! ¡Est es! ¡Lo conozco bien! ¡Si le recibís la carta le digo a mamá! ¡Váyase de aquí!
- ¡Váyase de aquí! – repite, indignada, La Pelota. Y prosigue su marcha apresuradamente.

¿La chiquilla y ella han supuesto que él venía como pretendiente de La Pelota? Lo dirán así en la casa. Pericón, quizás por primera vez, se siente derrotado. Derrotado por completo. Sin fuerzas para afrontar el equívoco. Sabe que no será escuchado. Arruga la carta y no espera a que La Pelota y Tili salgan del almacén. Doblado por una tonelada de humillación, las manos en los bolsillos, emprende el regreso a su casa.