narrativa

LA FLOR SOÑADA

La niñez es la parte más interesante
de cualquier biografía, aún de la peor.

BERNARD SHAW

Tiene nueve años, se llama Selva. Al mirarla, sólo se le ven los ojos, unos ojos enormes, oscuros, brillantes, dos pozos de luz, sombreados por largas pestañas y bajo el arco de dos cejas como trazadas a pincel.

Después que uno la ha mirado largamente en los ojos y recibido la luz que de ellos brota, se detiene en las otras partes de su cara bellísima: En sus cabellos castaños, rizosos, en su combada frente; en su naricita que es el pellizco de un escultor inspirado; en su boca de labios quizás un poco abultados – único “pero” a sus perfecciones -; en sus dientes blanquísimos; en su barbilla redonda con un hoyuelo. ¡Y su mirada y su sonrisa! Y su voz acariciadora... Por fin, nos detenemos en sus manos gordezuelas que se mueven lánguidamente, que se posan sobre todo como si, llegando de volar, todo fuere una rama florida a la que con la brusquedad de su presencia no quisieren hacerle caer las flores.

Ahora conozco al otro protagonista, a Atanasio, Nasio, como le llaman sus amigos del fútbol. Porque Nasio, como si no tuviese otra misión que patear una pelota, en todo momento está jugando al fútbol.

Nasio es un poco mayor que Selva, pero es muchísimo mas alto y robusto. Nasio, si se quiere, es un muchacho feo. El pelambre pajizo le cae a mechones sobre el rostro soleado, lleno de pecas; la nariz le sobresale, prominente, audaz, como una proa que quisiera abrirse camino; los ojos pequeños, grises, se ocultan en una maraña de cejas incoloras; los labios se le abren en una bocaza que si no grita, come. La cabezota parece una abollada cacerola, y más contribuyen al parecido las orejas, grandes, apartadas del cráneo, a manera de asas. Todo Nasio parece hecho por un escultor apresurado y sobre piedra, así como Selva parece modelada lenta, delicada, pacientemente, sobre blanda arcilla. Nasio habla a gritos, habla para disputar, sus frases revientan, surgen como agua hirviente, a borbollones. Y enseguida de sus palabras ríspidas, mal sonantes, entran a actuar sus puños, dos enormes puños de hombre, desproporcionados para su edad, como si fuesen dos guantes de boxeo que le cuelgan de los brazos, dos musculosos brazos desprendidos de unos hombros hechos para cargar algo. En cuanto a las piernas, sin medias o con las medias caídas, son, según corresponde a unas piernas que deben llevar los pies de Nasio, unas piernas remedadoras de las columnas toscanas. Los pies, la parte de su cuerpo seguramente la más querida por Nasio, ya que con ellos patea la pelota d fútbol, se puede decir que son dos pies monstruosos, porque sus pies siempre están calzados con amplios, fuertes, rotundos botines para jugar al fútbol.

Nasio corre, patea la pelota vigorosamente, se empuja con los adversarios, grita – o ruge, mejor dicho – disputa, amenaza, yergue exclamaciones sonoras que llegarán a las nubes la vez que hace un gol, esquiva ágilmente los vehículos, sudoroso, congestionado, épico...

Porque el campo de fútbol de Nasio es la calle, la calle mal empedrada y la vereda rota, con baches de agua muchas veces, la vereda sobre la que se mueven, temerosos de los jugadores, los incautos transeúntes que por allí se arriesgan. La calle está cruzada por carros, bicicletas y automóviles a los que es preciso esquivar, no ya llevárselos por delante, pisotearlos, como se hace con los transeúntes.

Nasio juega al fútbol, patea la pelota, corre, salta, grita, pelea, sudoroso, desgarrado, sucio, pero magníficamente viril...

Y Selva lo mira. Selva lo mira y lo admira. Sentada en el umbral de la casa se deleita viendo correr y oyendo gritar a su héroe. Porque Nasio es el héroe de Selva. Lo oye rugir, imponerse a fuerza de gritos o de empujones, cuando no de cachetadas, frente a los demás chicos de su pandilla, algunos más altos que él, y Selva, delicada y silenciosa, queda y dulce; siente que aquel muchachote despreocupado de ella, nada lindo por cierto, a quien ve como si fuese ya un hombre y a quien imagina capaz de cualquier hazaña, es un héroe, o un posible héroe, por lo menos. Y Selva lo admira. Y lo mira largo. Si pasa junto a ella, corriendo tras la pelota, Selva empalidece un poco, empalidece de emoción. Percibe el ímpetu, la fuerza, la decisión, la seguridad del muchacho sudoroso que pasa corriendo sin reparar en ella, y se emociona. A veces, cuando él, después de haber hecho un gol, después de haber vencido el arco rival señalado por una piedra y un árbol o por una chaqueta y una gorra, vuelve jubiloso, felicitado por sus camaradas, Selva aplaude. Pero Nasio no la mira. Para Nasio no existe aquella chica delicada, dulce, silenciosa. Pasa junto a ella como si pasara ante un objeto. No ve sus ojos abrillantados de emoción que lo siguen, lo siguen en su marcha triunfal. Nasio sólo ve la pelota que debe patear y los adversarios a quienes debe quitar la pelota con sus enormes pies hábiles y firmes, y el arco adversario al que debe hender con la pelota que, al impulso de sus pies salta y corre como si fuese una elástica pelota de fútbol verdadera.

En una oportunidad la pelota cayó en el zaguán de Selva. Esta la recogió y la entregó a Nasio. La puso en sus manazas, temblorosa, mirándolo arrobadoramente. Esperaba que él le agradeciese siquiera. ¡Nada!. Nasio tomó bruscamente la pelota y la pateó. Continuó jugando. Selva se volvió a su umbral, silenciosa, tal vez un poco decepcionada, pero contenta por haber servido a su héroe.

Una tarde, Selva, levantándose d dormir la siesta, me dice:

- ¡Hoy tuve un sueño muy lindo!
- ¿Qué soñaste?
- ¡Nada, nada! – y se ruboriza un poco, tal vez arrepentida de haber hablado. Yo percibo su turbación y, picada mi curiosidad, insisto:
- ¿Qué soñaste? ¡Contá! Ella dubita pero al fin, habla:
- Soñé que Nasio me regalaba una flor.
- ¿Qué flor? ¿Una rosa?
- No, ni rosa, ni clavel, ni jazmín, ni ninguna flor conocida. Era una flor rara, distinta a todas y que tenía un perfume también distinto. Yo le acababa de alcanzar la pelota que había caído en nuestro zaguán y al dársela, él, de agradecimiento, se sacó esa flor que tenía en el ojal y me la dio. ¡Eso soñé! ¡Qué lindo sueño!
- Verdaderamente, pero ¿quién es Nasio?
- Nasio es ese chico que juega al fútbol en la calle.
- ¿Ese muy gritón, con orejas de pantalla, ese feo...?

No proseguí en mis impresiones de su héroe. Selva callaba. Comprendí que la había herido. Tal vez ella veía hermoso a su héroe, a pesar de su cabezota abollada, de sus orejas enormes, de su bocaza, de su nariz de proa, de su revuelta pelambre.

Callé yo también y la vida habitual siguió su curso hasta la noche. Nos acostamos. Al día siguiente vi que, afanosa, Selva buscaba entre las sábanas, bajo las almohadas y en los cajones de la mesa de luz. Acababa de despertar. Medio dormida aún, buscaba, lo revolvía todo. Al fin, oyéndola murmurar: ¿Dónde la habré puesto?, le pregunté:

- ¿Qué buscas, Selva?
- La flor.
- ¿Qué flor?
- La flor que me regaló Nasio. La miré un instante. No bromeaba. Por el contrario, la vi muy seria, casi llorosa. Y siguió buscando.

- ¿Cómo la flor que te dio Nasio?
- Si, ayer...
- ¿Pero Nasio te dio una flor? ¿No me dijiste que lo habías soñado? Dejó de buscar. Me miró a los ojos, estupefacta. Murmuró:
- ¿Te dije que había soñado?... ¡Es verdad!
- ¡Sí, pues!
- ¡Oh, y yo buscando la flor de Nasio! Me había olvidado que era un sueño. Sonreí. Acaricié su hermosa cabellera rizada, la miré hondo en las pupilas absortas y, casi melancólicamente, más hablando conmigo que con ella, dije:
- Un poeta afirmó: “La vida es sueño”. Para vos, Selva, los sueños no son sueños, los sueños son realidad. ¡Feliz Selva! Si en verdad Nasio te hubiese dado esa flor, mañana ya estaría mustia y dentro de unos días, seca; pero la flor de tu sueño nunca se marchitará, querida Selva soñadora. Vivirá siempre. Esta es la ventaja que tienen los que creen que los sueños no son sueños, sino realidades.