narrativa

HAMBRE Y AMOR

…¿Pero el niño que yo era sobrevive en mí todavía?
No, él ya es un extraño para mí. Comprendo que puedo amarlo sin egoismo
y llorarlo sin afeminarme. El ha muerto, se ha perdido,
y con él mis inocentes simplicidades y mis ilimitadas esperanzas…

ANATOLE FRANCE

El doctor Jiménez Latino me mira muy serio. No sonríe burlonamente, como tantos otros, personas maduras y reputadas, a quienes yo les había dicho lo que a él acababa de decirle:
- Doctor, vengo a hacerle un reportaje para la revista “Nocturno”. Vengo a que usted me hable de su primer amor.
- Mi primer amor…
- repitió melancólicamente
-. Mi primer amor. El rostro del doctor Jiménez Latino – calvo, canoso, obeso, arado por el tiempo destructor – se cubre con una pátina de tristeza. Sus ojos, mirando por encima de mí a más de cincuenta años atrás, divisan tal vez la figura de una chiquilla leve, graciosa, bella, movediza…
- Mi primer amor… Mi primer amor es un fracaso – confidencia. Y calla. Lo animo:
- Mejor todavía. El fracaso es poético. Ya ve, todos los romances que han tenido éxito editorial: Ofelia y Hamlet, Julieta y Romeo, Werther y Carlota, Pablo y Virginia, Abelardo y Eloísa, Amalia y Belgrano, María y Efraín… todos fracasos, todos tristes y, por eso románticos, exitosos. A la gente le gusta llorar con el dolor.
- Con el dolor ajeno – agrega el doctor Jiménez latino
-, ¿pero cómo voy a hablarle de mi primer amor aquí, en mi estudio de abogado, y rodeado de ésos? – y señala los anchos libros de leyes y ciencias del Derecho que pueblan los anaqueles de su biblioteca desde el techo hasta el piso
-. ¿No teme que los circunspectos y sesudos autores de esos libros, se nos aparezcan y nos estrangulen, indignados? Además, ¿olvida usted que soy abuelo?
- No temo a los Vélez Sarsfield y otros aburridos – respondo irreverente
-, ya que ellos, cuando no eran sombras, también amarían. Además, el ser usted sólo abuelo es una lástima, quisiera que fuese usted ya tatarabuelo. ¡Entonces tendría más interés el recuerdo de su primer amor! Se hace un silencio expectativo. El doctor enciende un cigarrillo y habla:
- Bien. Voy a contarle mi primer amor. Hace de esto más de medio siglo. Pongamos medio siglo largo, ¡bien largo! Yo tendría siete años a lo mucho. ¿Cómo era yo? Porque es importante reconstruir el aspecto físico de los protagonistas. En amor, el físico es importante. Tengo fotografías de aquel tiempo: yo era un chico gordo. Lo he seguido siendo, ya me ve. Porque siempre he sido un comilón. Este detalle es fundamental para la evocación amorosa provocada por usted. No sonría. Yo era un chico gordo posesionado por la gula. ¡Qué hambre la mía! Recuerdo que hasta con fiebre comía. Cuando me daba cuenta de que, como resultado de un atracón tenía fiebre, no lo decía hasta después de haber comido. Entonces ya sabía yo las consecuencias: aceite de ricino y ayuno. Yo era por esto un chico gordo. Gordo y enamorado. ¡Qué terrible ser gordo y enamorado! ¿Concibe usted un Mariano José de Larra, el romántico fígaro, gordo y pegándose un tiro porque lo abandona la mujer amada? Romanticismo es amor, parece sinónimo de magrura. De palidez, de tragedia y de melancolía. Pues yo era romántico, o sea, enamoradísimo, y a la vez gordo, rubicundo y jacarandoso. Me poseían estos dos demonios; más bien diría, un demonio y un ángel: hambre y amor. Mientras los filósofos razonan – ha dicho el gran Schiller, también romántico – “el hambre y el amor mueven el mundo”. Así es, sí. El hambre y amor, cualidades juveniles o sea salud, fuerza, ¡vida!, en una palabra, eran mis cualidades a los siete años. Ahora, que casi he decuplicado esa edad, sólo me queda el demonio, o sea el hambre… y la voz de mi médico advirtiendo, amenazador: ¡hígado, hígado! Volvamos a cuando yo tenía siete años. Ella, ¡qué encantadora chica, qué gorjeos los de su voz, qué hoguera chispeante la de sus miradas!
- Doctor, ¿lo llamo al orden? ¿Ha bebido usted agua de Juvencio?
- Beber recuerdos ¿no es lo mismo? Se llamaba Pantaleona. ¡Feo nombre, lo sé!, pero la llamaban Leona. Y como yo me llamo Leoncio, se me puso, locuras de los siete años, que ella era la mujer de mi destino. Por supuesto, yo no empleaba entonces esta frase, pero la vivía. Me enamoré perdidamente de leona. En cuanto a ella, no lo sabía…
- ¿Jamás lo supo?
- Sí, lo supo varias décadas después, siendo ella casi una viejecilla. La casualidad me la puso delante; no la reconocí, por supuesto. Nos identificamos por los nombres y le conté lo que ahora le estoy contando a usted.
- ¡Cómo habrá reído!
- Por el contrario, se puso a lagrimear… Dejemos el presente. Remonto el río del tiempo, como diría un autor clásico, y me veo nuevamente de siete años yo y Leona de nueve. Ella animosa, charlatana, decidida, estaba siempre rodeada de chicos y chicas a quienes acaudillaba. Yo, tímido, impuesto por su modalidad avasalladora y por los dos años que me llevaba. ¿Cómo habría de amarla sino en silencio? La amaba y sufría. Al fin le confidencié mis tribulaciones a un primo, mayor que yo, un muchacho de diez años, muy estudioso y serio, que no jugaba como los demás chicos, que se pasaba los recreos con un libro, gran lector. Era Rodolfo Ibarra, el que después fuera…
-¿El filósofo?
- Precisamente.
- ¡Gran erudito!
- Un pozo de conocimientos. Ya murió. Rodolfo Rofo, como le llamábamos, me aconsejó que hiciese algo por la cual llamara la atención de ella, que no reparaba en mí, llevada por su temperamento bullicioso y avasallante. ¿Qué hacer? ¿Si Leona se estuviese ahogando y yo la salvara?:¡pero no sabía nadar!¡Si se incendiara su casa y yo la sacara en brazos?; pero, ¿me animaría a entrar en una casa que se incendia? Si lo peleara a Jico, uno de sus secuaces, el más distinguido por ella, pues Jico era también arremetedor y alegre, pero, ¿cómo animarme a enfrentar a Jico, tres años mayor y a quien yo veía del tamaño de un gigante? ¿Qué hacer? El mismo Rofo me sugirió lo que debía hacer. He aquí su plan: había habido inundaciones en el sur de la provincia de Buenos Aires, muchas familias quedaron a la intemperie, destruidos sus ranchos, sin una pilcha. Diarios y revistas abrían suscripciones a favor de los damnificados y de los familiares de las víctimas. Una publicación semanal: “El Gladiador”, adonde Rofo había llevado su alcancía con cinco pesos, sacó su retrato y un elogio. “Si llevás algo – me explicó Rofo
-, aunque sea un peso, te van a retratar y van a poner debajo: “El niño Leoncio Jiménez, que nos ha traído un peso para las víctimas de la inundación...” ¿Qué te parece? Leona lo verá, yo se lo mostraré, y…
- ¿Y qué? – se me ocurrió preguntarle.
- No sé… Un chico de tu edad que sale retratado en una revista no es un muchacho cualquiera – argumentó Rofo.

Hallé admirable su razonamiento. Sólo había una dificultad: era preciso hacerme del peso. Mi madre, viuda y pobre, no estaba para tales lujos. Yo tenía un amigo vendedor de tarjetas postales, en auge entonces. Valían diez centavos, él ganaba cinco en cada tarjeta. Yo me hice su revendedor. El me las fiaba y yo las revendía a quince centavos. Me quedaban cinco para mí. Junté cincuenta centavos después de muchos días de andar ofreciendo tarjetas a los transeúntes. Y decidí llevar los cincuenta centavos a “El Gladiador”. Mi impaciencia era mucha. Ansiaba ser visto por leona. Una tarde, sin decir nada a Rofo, me dirigí a la revista. Los cincuenta centavos que conté y reconté rebosante de ilusiones, la efigie de leona flotando ante mis ojos, sonriéndome…

Iba yo a buen paso, pero, ¡Oh, tentación! En la vidriera de una confitería veo este cartel: “Merengues frescos de chantillí: 10 centavos cada uno”. Quedé frente al desbordado cuentón de inflados merengues, incitantes, con la crema chantillí cayendo de los bordes. Y ese adjetivo “frescos”, seductor, despertando en mis deseos de muchacho goloso, las visiones del paraíso del gusto. Pasé un buen rato allí, la frente pegada a la vidriera, en éxtasis, embriagándome pon la vista. Olvidé a los damnificados de las inundaciones, olvidé a la misma Leona. Entré a la confitería y compré un merengue. Lo comí en la vereda. ¡Qué delicia! Su goce despertó en mí nuevas ansias de goce. Compré otro. Lo comí. Y enseguida otro. Terminado éste, ya casi satisfecho, reflexioné. Y me arrepentí, pero era tarde. Sólo me quedaban veinte centavos. ¿Llevaría sólo veinte centavos? ¿Por veinte centavos me retratarían? Me convencí que no me retratarían por tan poco. Y si no me retrataban, ¿a qué llevarlos? El objeto era que leona me viese… Compré otros dos merengues, los comí, y al otro día: aceite de castor y ayuno. Por supuesto, seguí siendo para Leona el chiquillo invisible de siempre, en quién ella casi no reparaba y que se conformó con seguir mirándola desde lejos, silenciosa y melancólicamente. Otra sensación aumentaba esta melancolía: la certeza de mi fracaso. Mi hambre había vencido a mi amor, el demonio al ángel.