narrativa

EL TIO DON JUAN

El asombro es el comienzo de todo conocimiento
– dice Aristóteles -. También la formación de la
psiquis infantil comienza en el asombro.

BELA AZEKELI

La Madre, un poco nerviosamente, lee el telegrama ante la expectativa de Dora y su padre: “Mañana llego, Elías”. El padre, con los anteojos caídos sobre la punta de la nariz y el gesto avinagrado, dice:
- ¿Quién? ¿Tu hermano?
- Sí.
- ¿Y va a vivir aquí, en nuestra casa?

No habla más, pero malhumorado, estira las piedras, acerca el sillón a la estufa y vuelve a la lectura del diario.

La calva se le ha enrojecido, señal que una sorda ira lo posee. Laurencio Roig, escribano, hombre de costumbres morigeradas, gordo, tranquilo, con cincuenta años hechos a no cambiar de hábitos fácilmente, mira con torcidos ojos la amenazadora presencia de su cuñado Elías en la casa. Tiene reputación de bohemio y de Don Juan. Es joven y simpático. Periodista y algo poeta, un poco por profesión y otra por ansia de movilidad, anda siempre de un lado al otro, sin detenerse mucho. La madre expone este argumento ante el enfurruñado marido.

- Ya sabés, Laurencio, que Elías es un ave de paso en todas partes. Seguramente anda pobre y no puede…
- Como de costumbre – interrumpe el marido en tono de reproche. Ella continúa:
- Anda pobre como siempre y no puede pagar hotel. Lo justo es que venga a parar aquí, en casa de sus parientes.
- ¿En nuestra casa, en mi casa? – corrige él, y sube el registro de la voz, indignado.
- La casa de su hermana – agrega la mujer, con la voz muy dulce.
- ¡Pero papá! – interviene Dora, conciliadoramente.

Laurencio Roig mira a su hija. Contempla sus catorce años frescos, rebosantes de lozanía y belleza. Calcula. Ve peligros, quizás imaginarios, recuerda las hazañas y amoríos de su cuñado Elías… rezonga:
- Con tal de que no haga como la última vez y se nos vaya con la cocinera. La mujer lanza una risotada.
- ¡Pobre Martina! ¿Pero te has fijado en Martina?
- ¡Un mono, papá! – exclama Dora.
- ¡Un mono viejo! – agrega la madre
-. Aquella otra era una linda muchacha.
- ¿Qué ocurrió, mamá? – pregunta Dora.
- ¡Nada, nada! – interviene el padre, alarmado.
- ¡Cosas de Elías! – Dice la madre
-, ¡es tan enamoradizo! La última vez que estuvo en casa, hace de esto diez años, tras de él se nos fue la cocinera, una galleguita preciosa… ¿Pero lo creés de tan mal gusto a mi hermano para fijarse en Martina?
- ¡Ese! – Grita el padre
- ¡Ese es capaz de todo! ¡Que una momia lleve polleras y arremete con la momia!
- Además, entonces tenía sólo dieciocho años, ¡un chico! Ahora tiene veintiocho, seguramente ha asentado cabeza. ¡Ya es un hombre! ¡El tiempo nos cambia tanto a todos! – concluye filosóficamente.
- Los sujetos como él – vuelve a interrumpir el marido – no asientan nunca. Preferiría pagarle el hotel y que no viniese a mi casa, a nuestra casa.
- Se ofendería. No aceptaría, estoy segura. Yo lo conozco mucho.
- te pasa, mujer, con tu Elías, que lo mirás un poco a lo madre. Tenés debilidad por ese tarambana. Seguís siendo una sentimental tonta. Y como él hace versos y como vos hiciste versos… aunque has dejado de hacerlos, por suerte; lo admirás un poco, lo querés otro poco, y le perdonás todo, ¿eh?
- Lo admiro mucho y lo quiero mucho, ¿por qué voy a negarlo? Es verdad, lo miro un poco así como si fuese mi hijo. Le llevo doce años. Lo he visto crecer, he contribuido a su educación…
- ¡A su mala educación! – grita el marido.
- ¿Por qué?
- ¿Llamás educado, instruido mejor, a un hombre que abandona sus estudios en el primer año de la universidad para dedicarse a borronear papeles? ¡Vamos, mujer! Creí que los años te hubiesen podido ajustar el juicio. Ustedes, los Sotís, siempre han sido medio chiflados. Tu padre, inventor de cien cosas raras, “¡El Edison argentino!”, como él se llamaba. ¡Sí, Edison! Edison se hizo millonario, y tu padre murió con lo puesto. Tuvimos que cotizarnos los parientes para que no lo tirasen a la fosa común. La hija mayor – y la señala con el índice, acusatoriamente
-, romántica lectora de novelas, escribiendo sentimentalerías hasta los treinta años; el otro, un pájaro errante que no para en ningún diario ni en ningún lugar, que hoy se enamora de una porque tiene los ojos así, y mañana de otra porque camina asá y pasado de otra porque sí, nada más. Pretextos a él no le faltan para enamorarse ni para desaparecer a los tres meses.

Don Laurencio Roig se ha incorporado, está en el colmo de su cólera. Grita:
- ¿Pero son bobas las mujeres? ¿Qué le ven las mujeres a él para enamorarse?
- ¿Cómo? – protesta ella
-. ¿Hasta eso le querés negar a Elías? ¿No te parece simpático? ¡Simpatiquísimo! ¿Te has fijado en sus ojos? ¿Y en su voz? Cuando habla…
- Ah, eso sí. Dejalo hablar a él y te convence que ahora, casi a medianoche, y en invierno, hay un sol radiante y podemos salir desnudos a bañarnos en el río. A las mujeres les gusta que les mientan. Aparece un tipo así, las mira con esos ojos de ángel que Dios le ha dado… ¡No, que el demonio le ha dado! Las mira, comienza a hablar, a mentirles… ¡Adiós mi plata! ¡Se enamoraron de él! No calculan. No piensan en el mañana.
- El amor no calcula, papá – interviene Dora.

El padre frunce el gesto y calla. La madre sonríe. El se pasea por el comedor, a grandes trancos, furibundo. Se detiene y pregunta:
- ¿Te enamorarías acaso de un hombre así?

La pregunta va dirigida a Dora, pero responde la madre:
- ¿Por qué no? El padre explota:
- ¡Es inútil! ¡No tenés remedio! ¡Naciste con pájaros en la cabeza y con pájaros morirás! Me voy a dormir – da un portazo y sale.
- Hasta mañana, malo – le dice ella. Modosamente.

La tranquilidad de la mujer lo calma. Reaparece para preguntar:
- ¿A qué hora llega mi delicioso cuñado?
- No dice…
- ¡Por supuesto! ¿A qué tomarse el trabajo de poner: llego a tal hora? No. Mañana llego. ¡Bien! ¡Espérenme todo el día! Para eso soy nada menos que Elías Sotís, poeta, periodista, aventurero, Don Juan, y no sé cuántas cosas más que no sirven ni para…

Suena el timbre: Suena una, dos, tres veces. Vuelve a sonar enseguida con igual insistencia. Los tres se miran.
- ¿A que es él? – Dice Don Laurencio – Muy capaz es, ¡ya lo creo! De presentarse a estas horas… Voy a ver… El timbre continúa llamando. Cuando el marido sale, ella dice a Dora:
- ¡Qué muchacho loco! Siempre inoportuno. Es él, estoy segura… ¡Sí, es él, es él! – grita jubilosamente. Desde el vestíbulo llega la voz bien timbrada, sonoramente musical del huésped que habla con despreocupación y alegría. Dora sigue a la madre. Ve como ésta se arroja en brazos de su hermano que la estrecha efusivamente, y corre a su cuarto.
- ¡Máxima, hermanita de mi corazón! ¡Preciosa mía! – exclama el recién llegado. Y la besa, la besa, la besa.

Don Laurencio Roig, ajeno a esas efusiones, deja hacer, y al fin pregunta:
- pero tu telegrama que acabamos de recibir, dice: “Mañana llego”. ¿Cómo llegaste hoy?
- ¡No! – Protesta Elías – Dice: “Llego hoy”.
- ¡Lee! – Don Laurencio estira el telegrama.
- ¡Es verdad! Dice “mañana”. Yo hubiese jurado que había puesto “hoy”. Lo mandé esta mañana desde Rosario. El tren llegó con tres cuartos de hora de retraso. En fin, aquí me tienen. Vengo con un hambre y un sueño de gigante de las siete leguas. ¿Hay algo para comer?
- No mucho, pero te haré unos huevos fritos, hay queso… de hambre no te vas a morir, y también tendrás cama.
- ya sabés hermanita, yo me arreglo en cualquier parte, aunque sea en la pieza de servicio. Soy un buen veterano.

La frase es inoportuna. Trae recuerdos ingratos que avinagran más aún el gesto de don Laurencio Roig; pero Elías no repara en ello, olvidado seguramente por completo de lo ocurrido diez años antes y que su hermana, su cuñado sobre todo, gente establecida en su rincón, mantienen fresco en la memoria. Elías sigue hablando, siempre decidor y turbulento.

- ¡Querida Máxima!
- ¡Si supieses en cuántas partes he estado! Brasil, Norte América, Australia, Egipto, España, Suecia… ¡Qué se yo!
- y siempre sin mandar una línea, ingrato.
- Pero sin olvidarte, querida Máxima. ¡Te lo juro! Todas las noches antes de tirar la cabeza en la almohada te recordaba.
- ¿Me enviabas un recuerdo? ¿Y por qué no unas letras?
- El tiempo…
- ¡Mentiroso canalla! ¿En diez años no tuviste diez minutos?
-¿Han pasado diez años desde la última vez que te vi?
- Diez años y algunos meses.
- ¡Con razón ya me parece que estoy viejo!

Aparece Dora. Se ha peinado y maquillado. Levemente, se ha pasado el lápiz de labios. Levemente, ya que el padre protesta por ello. También se cambió el vestido. No escapa a la madre esta actitud de Dora. El padre no repara en su arreglo.

- Esta es tu nena ¿no? – pregunta Elías. Ha crecido. Se levanta, la besa en la frente y nada más. Sigue hablando. Habla de él, de los lugares en los que ha estado, de lo que ha hecho, de los peligros que corriera, de los proyectos con los que vuelve a la patria.

La madre fue a dar órdenes a la cocina, para que Martina prepare algo de comer. El padre, tumbado en un sillón, silencioso, escucha. Dora lo observa. Está desilusionada. ¿Y éste es el Don Juan? ¿Este es el conquistador? Ella se lo había imaginado diferente. Se encuentra con un muchacho flaco, de cabellera despeinada, desgalichado. ¿Dicen que es poeta? No parece. ¿Y la melena, y los mostachos para arriba y la corbata flotante y el chambergo? Nada de eso existe. Ni melena, ni mostachos mosqueteriles, ni corbata porque usa pulóver, ni chambergo porque anda en cabeza. ¿La voz? Sí, la voz es magnífica. Sonora y varonil, pero también musical y cálida. ¿Los ojos? ¿Qué tienen los ojos? Son raros. ¿De qué color? Dora no podría decirlo. Tienen reflejos múltiples. Son hondos, rodeados por ojeras que lo nimban de misterio. Y son bondadosos. Una mirada llena de lejanía, como si siempre tuviera el horizonte pampeano por delante. Pero no la miran a ella. Para ese don Juan de nuevo cuño, de nuevo cuño para ella que se había hecho una figura del don Juan bien diferente, ella linda – porque Dora no duda de que es linda -, ella fresca, joven y elegante, no existe. Allí, para él, sólo existe él. Sólo habla de él, de lo que ha andado, de lo que ha hecho, de lo que ha visto; sólo pasan nombres de ciudades, de países que hacen desfilar ante Dora, estudiante de tercer año, sus vagos conocimientos de geografía: París, Milán, Singapur, Viena, Yugoslavia, Grecia, Bulgaria, Sicilia…

De pronto se detiene y pregunta a su cuñado:
- Decime: ¿no tendrías un traje tuyo en mejor estado que éste? Mirá… (Señala los pantalones desflecados), mirá (el saco roto mal zurcido). Mirá qué zapatos… En Paraná les hice poner media suela, pero se están agrietando. ¿Qué querés, Laurencio? Vuelvo pobre como antes, ¡y te aseguro que he ganado mis buenos pesotes!
- ¿Y los tiraste como siempre?
- Cuando llegue a los malditos treinta años, edad de los funestos desengaños, como decía el loco Pepe Espronceda, ¡te juro, sólido y previsor cuñado!, voy a comenzar a hacerme ahorrativo. Por ahora pasame un traje que no te sirva y un par de zapatos, como la otra vez. ¿Te acordás cómo me fui?

Don Laurencio le hace un gesto imperativo. Señala a Dora, cree que va a contar su aventura con la galleguita cocinera.

Pero no es así. Elías no comprende su gesto y continúa:
- Me fui con un traje tuyo. Por supuesto, durante estos diez años, según dice Máxima, que a mí me parecen diez meses, has engordado bastante, pero entre mi hermana y esta nena pueden achicarme la cintura, porque yo ves, en tu cintura quepo dos veces. ¿Comés mucho? ¡Cuidado! Te puede dar una congestión cerebral y todo lo que guardaste lo guardaste inútilmente. No lo gozarás. ¿Cuántas casas más te compraste en estos diez años que no te veo? Por fortuna entra Máxima diciendo:
- ¡A comer, a comer!

Y la impertinente interrogación queda en el aire, sin necesidad de respuesta.

Elías pasa al comedor y los otros detrás de él. Dora queda atrás. Medita. Siente despecho y asombro, asombro particularmente, por la actitud de su tío. Casi no la ha mirado. Y ella está habituada a que la elogien, a que la miren por la calle, a que alguno, más atrevido, le diga alguna frase de admiración. Este pretendido Don Juan, al referirse a ella, así como de paso nada más, para adjudicarle un menester insignificante, el de achicarle la cintura del pantalón, dijo: “Mi hermana y esta nena”. ¿Esta nena? ¡Nena! ¿Pero este Don Juan que pide trajes y zapatos viejos no ha reparado que ella tiene ya catorce años? El asombro la entontece. Está por creer que su padre tiene razón al decir: “¡pero son bobas las mujeres!”

¿Qué le ven las mujeres a él para enamorarse? Sin embargo, este muchachón flaco, despreocupado en el vestir, conversador entretenidísimo, turbulento y alegre ocupa un lugar. No pasa inadvertido. ¿Su voz, su mirada, acaso?

Dora entra en el comedor, se arrellana junto a la estufa, mira y oye. Allí sólo habla él, Elías, la madre lo contempla como en éxtasis, sonriente. El padre se resiste más, pero al fin acaba por escuchar, también complacido, las cosas que este ventarrón de palabras cuenta. Elías come y habla. Sobre la vida gris, monótona, rígidamente ordenada y correcta de aquel matrimonio y su hija, la presencia juvenil, barullera y colorida del bohemio, es algo así como si en un cuarto cerrado, de súbito, se abrieran ventanas y puertas y que entrara aire, sol primaveral, cantos de pájaros, aromas de flores, gritos de muchachos que juegan.

Los tres escuchan con satisfacción evidente al conversador de voz mágica, los tres tienen los ojos clavados brillantes, hermosas pupilas del conversador.

Este acaba de comer y pregunta, desparpajado, como hubiese podido hacerlo el dueño de casa, ya constituido en dueño de casa por derecho de conquista de corazones:

- ¿La cama? ¡Me voy a dormir! Estoy que me caigo de sueño. ¿Me tendiste la cama?
- Sí, ya está hecha.
- ¿Dónde?
- Donde dormiste la última vez, en el cuarto de huéspedes.
- ¿La última vez? ¿Hace diez años? ¡Cómo para recordar donde dormí hace diez años! Hasta mañana, muchachos. No te olvides del traje y los zapatos, Laurencio.

Y sale en pos de la hermana que va a instalarlo. Dora y su padre quedan un instante en silencio. Este pregunta:
- ¿Qué te parece? Dora piensa un segundo y deja caer en tres palabras su despecho y su asombro:
- Un mal educado.
- ¡Así es! – Aprueba el padre, satisfecho, y aún agrega
-: Un mal educado, un loco, un tipo absurdo, incorregible. Está ahora. A los 28 años, igual que cuando tenía 18. No piensa en el mañana. Dentro de otros diez años, ¡estoy seguro!, se nos aparece de nuevo por unos días, como la vez pasada, y si te he visto, no me acuerdo. ¡Adiós!... ¡Qué tipo más fuera de centro! Aparece la madre.
- Sí – dice ella -, fuera de centro, lo que quieras; ¡pero simpático, simpatiquísimo! No se le responde.

Pero no se le responde por diversos motivos. El padre porque no quiere confesar que, efectivamente, ese mal educado, loco, absurdo, incorregible sujeto, le hizo pasar un buen rato, le coloreó una hora de su existencia siempre igual, sin curvas.

Dora por otro motivo. Está llena de despecho por la poca importancia que ese don Juan tan poco donjuanesco, ha dado a su juventud y a su belleza. ¿Es despecho? No. Más es asombro. Es la primera vez que le ocurre. Ella está acostumbrada a oír frases halagadoras, a dejarse mecer por los elogios… Y este mal educado que sólo habla de sí, de sus correrías, de sus aventuras y proyectos… como ella no dice nada, la madre pregunta:
- ¿Qué me decís, Dora?
- ¿Qué me dijo? – pregunta ella, a su vez.
- ¿Cómo, te dijo algo?
- Sí, cuando mamá entró, y vos estabas encendiendo el cigarrillo, se me acercó y en voz baja, me dijo: “¡Qué bien te queda ese vestido, Dora! El padre salta:
- ¡Esto es lo que yo esperaba de ese! ¿Ves por qué no me gustaba su presencia en casa? ¿Te enterás, ahora, ingenua, boba en la luna?
- No te pongas así, Laurencio – lo detiene ella
-, mañana se va.
- ¿¡Mañana?! – pregunta Dora. Su pregunta suena a lamento. El padre comprende, y grita:
- ¡Sí, mañana! Y si no se va, yo me tomaré el trabajo de explicarle…
- ¡No hables más, Laurencio! Mañana parte para el sur. Lo envía un diario a hacer reportajes a los chacareros, y de allí a Chile… Y después, ¡vaya a saber adónde! Quizás lo volvamos a ver dentro de otros diez años, quizás no lo volvamos a ver… Su voz se estremece de sollozos, los ojos se le hermosean de lágrimas. Quedan en silencio. Dora se pone de pie y saluda. Entra a su dormitorio. Necesita estar sola. Necesito soñar… Se siente un poco triste. Y está asombrada de sentirse triste…