narrativa

AMISTAD Y AMOR

El amor de los niños y el amor de las flores.
A ellos, el arte clásico había concedido muy poca importancia,
apenas lo indispensable para crecer y jugar.

OSCAR WILDE

- ¿Vamos mañana a ver el partido de Boca y estudiantes? – invita Nazario López a su amigo y compañero de banco, Alejandro Estévez.
- No puedo – responde Alejandro Estévez muy serio
-, mañana es el cumpleaños del hermano de mi novia y le prometí que no faltaría.
- ¡Tu novia! – Exclama Nazario con fastidio
- ¡Siempre tu novia! ¡En todas partes tu novia! El otro chico se sonroja un poco, hace un gesto de resignación, parece que va a hablar, pero sólo se encoge de hombros, y calla.

Nazario insiste:
- ¿Qué tiene tu novia? Parece que no hubiera otras chicas en el mundo. No hacés otra cosa que estar pensando en ella. En el libro de historia que me prestaste, leí, cada dos o tres páginas: Malvina, Malvina, Malvina…

Alejandro Estévez se disculpa:
- Estaba pensando en ella y escribí su nombre.
- ¿Qué edad tiene tu famosa Malvina? – continúa Nazario, agresivo.
- Mi edad: quince años. Es un poco menor, porque yo nací el 4 de febrero y ella el 20 de febrero a las ocho y treinta y dos minutos.
- ¿Hasta sabés la hora y los minutos del día de su nacimiento? – apunta Nazario, burlonamente
- Y… ¿Qué se le va a hacer?
- ¡La quiero!
- ¿Mucho?
- ¡Muchísimo! – y subraya el superlativo con un relampagueo de ojos revelante de su pasión.
- ¿Es linda?
- ¡Liadísima!
-¿Te quiere?
- ¡La pregunta! ¡Si no me quisiera, no sería mi novia.
- Y los padres, ¿qué dicen?
- Nada, no saben. Yo estoy en cuarto año del colegio nacional. ¡Me falta mucho para recibirme de médico, la carrera que pienso seguir! Ella podría casarse ahora con uno de veinticinco años, ya recibido. Lo rechazó. Lo rechazó porque me quiere a mí.

Y Alejandro Estévez pronuncia la última frase enfático, orgullosamente.
- Me gustaría conocer a tu Malvina – dice Nazario.
- Vení mañana a la fiesta – propone Alejandro
-. Yo le hablé mucho de vos. Le conté que estudiamos juntos, que vamos a poner los consultorios juntos cuando nos recibamos de médicos. Tanto le hablé que ella me dijo: “Lástima que no tengo una hermana para que tu amigo se casara con ella”. ¿Venís mañana a la fiesta?
- Iría, pero tengo ganas de ir a ver el partido de Boca y estudiantes… No sé qué hacer.
- El partido lo podés leer en el diario; la fiesta no. Además… ¿No te parece que por conocer a Malvina vale la pena perder un partido de fútbol? Y fueron a la fiesta.

Alejandro Estévez los presenta:
- Malvina, ¿adiviná quién es?
- ¿A que es tu amigo Nazario López?
- Sí Yo te dije que, sacándome a mí, era el muchacho más simpático del mundo – bromea.
- ¿Y por qué sacándote a vos? ¡Si es más simpático que vos! – Malvina bromea también, pero Nazario no toma muy a broma sus palabras. Sonríe, y enseguida sale a bailar con ella. Al terminar, ya está Alejandro junto a ellos, invitándola para el vals.

Nazario se sienta en un rincón, piensa:
- Es una lástima que Malvina no tenga una hermana, y que esa hermana se pareciese a ella. Podría ser mi novia – sueña
-, pero no tiene hermana y Malvina es la novia de mi amigo Alejandro, mi compañero de banco… En ese instante pasan ellos danzando frente a él. Arrobados, sonrientes, felices, los ojos en los ojos, bellos; él en su fortaleza de muchacho deportista; ella en su fragilidad rubia; él moreno; ella sonrosada… Ya se han alejado entre las demás parejas, pero ninguna como la de Malvina y su amigo Alejandro, piensa Nazario.
- Ninguna chica se le acerca. Ninguna tan linda. ¡Ni de lejos! – se susurra Nazario
-. Es la más linda de todas. ¡Tan rubia! ¡Tan pequeña y delgada! Y cuando sonríe, los ojos se le alargan y sólo queda entre los párpados una luz, y como siempre sonríe… ¡Qué linda! ¡Es preciosa!

Interrumpe sus cavilaciones una chica que le ofrece un vaso de bebida:
- ¿Querés?
- Gracias – Lo toma maquinalmente y mira a la muchacha que se lo ha dado. La compara con Malvina. ¿Cómo puede compararse el rubio ceniciento de ésta con el rubio solar de Malvina, la boca de anchos labios de ésta con los labios de muñeca de Malvina…
- ¿No bailás? – alguien vuelve a interrumpir sus cavilaciones. Esta vez es Alejandro que pasa con Malvina. – Bailá con Julia
-. Se detiene un instante y los presenta:
- Julia Redondo, te presento a mi amigo Nazario López. ¡Bailen! Nazario abraza a Julia y se agrega al torbellino. El piensa:
- ¡Qué mal baila esta chica! ¡Qué diferencia con Malvina, tan ágil, tan liviana! ¡Malvina tiene alas en los pies!

Pasada la medianoche, a la hermana de Alejandro se le ocurre volver a casa. Se aburre un poco, entre aquella chiquilinada menor que ella.
- Voy a acompañar a mi hermana y vuelvo – anuncia Alejandro a Malvina
-. Te dejo a Nazario, bailá con él ¡Pero con nadie más que él! – amenaza entre serio y bromista.
- ¡Otelo! – le grita ella.
- ¡Desdémona! – responde Alejandro.

El amigo cree oportuno exhibir que él también, aunque sea de oídas, conoce a Shakespeare, y agrega:
- ¡Pero yo no soy Yago, eh! ¡Yo no soy el traidor Yago! Ríen. Alejandro parte y Malvina queda en los brazos de Nazario. Bailan furiosamente. El está nervioso y precipita el ritmo. Al terminar, cansada, ella propone.
- Salgamos al jardín, a tomar fresco. Se sientan en un banco; ella vuelve a proponer:
- ¿Vamos a aquel otro? Está más en las sombras y quiero que no nos interrumpan. El la deja hacer, se deja llevar. Nazario siente una vaga inquietud. Comprende que algo debe decir, hace un esfuerzo y habla, una trivialidad:
- ¡Qué linda luna!

Ella lo mira fijamente. Hace una pausa.
- Dejemos a la luna. Quiero hablar de nosotros.
- ¿De nosotros? – pregunta él.
- ¡Sí! O mejor dicho: quiero hablar de mí y de Alejandro.
- ¡Ah! – dice él, decepcionado, aunque aliviándose de un ligero temo que lo oprimía.

Malvina rompe a hablar, nerviosamente, se confidencia:
- No sé por qué te digo esto. ¡Pero estoy tan cansada, tan cansada de Alejandro!
- El te quiere mucho – interrumpe Nazario.
- Hay cariños que matan – lo interrumpe ella a su vez
-. Y el de Alejandro es un cariño así: ¡un cariño matador! ¡Si supieras lo cansada que estoy de él! ¡Lo que daría por librarme de él! ¿Pero a quién recurrir? Mi hermano es muy chico, hoy cumple doce años. Mi padre no sabe lo que hay entre Alejandro y yo. Mi madre es enferma, no quiero darle un disgusto, porque si llegase a sospechar que Alejandro y yo… ¡Lo odia! ¡Le es antipatiquísimo! ¿No viste como lo miraba cuando bailaba conmigo?¿Viste, Nazario?
- No, Malvina – responde él, agregándole su nombre, como hacía ella, ya que aquello daba un ambiente de mayor confianza a su diálogo.
- ¡Lo odia! – continuó ella, locuaz
-. ¿Pero como librarme de Alejandro? ¡Tan celoso! Si tuviese un primo, pero todos mis primos son hombres grandes, ya casados. ¿Cómo hacerlos intervenir en esto? ¡Un amigo me haría falta! Queda en silencio.

El siente que le golpea el corazón y se aventura:
- ¿No tenés un amigo?
- ¡No, ni un amigo!
- exclama ella, y suspira. ¡Ni un amigo verdaderamente amigo! Nazario calla. Medita. El corazón le golpea. Malvina mira a lo alto, contempla la luna. Pero como él continúa callado vuelve de laguna, fija la mirada de sus profundos ojos azules en los del muchacho, y dice:
- Sí, tengo un amigo. Estoy segura que tengo un amigo, pero no me atrevo a pedirle. Calla.
- ¿Por qué no te atrevés? – pregunta Nazario
- Porque ese amigo mío también es amigo de Alejandro y no sé si querrá exponer por mí la amistad de él. Nazario piensa. Recorre rápidamente los muchachos de la clase que pueden ser amigos de Alejandro. Se le ocurren nombres:
- ¿Quizás Rufino?
- ¡No!
- Si no es Rufino, tal vez…
- ¡Y te aseguro, Nazario – lo interrumpe ella, apasionadamente
-¡te juro!, si ese amigo me librase de Alejandro…
- ¿Qué? – pregunta Nazario, ansioso.
- ¡Lo querría a él! ¡Y cómo lo querría! Nazario queda pensativo. Sigue buscando nombres, no acierta. ¿Si fuese Rubianes? ¡No! ¿Y Salcedo? ¡Tampoco! Los desecha. Ellos no pueden ser. Ninguno de ellos es muy amigo de Alejandro.
- ¿Qué pensás? – le pregunta de pronto Malvina.
- Pienso en qué amigo puede ser amigo tuyo y de Alejandro a la vez…
- Seguí buscando en la luna, entonces – dice ella, burlonamente, despreciativa. Y se va.
- Nazario no se atreve a seguirla. Está desconcertado. Más, está anonadado por la sorpresa. El tono de ella le acaba de revelar lo que él no se había atrevido a imaginar siquiera. Queda un rato allí, entre las sombras, recibiendo la caricia del viento. Cuando se despide de ella, Malvina lo acompaña hasta la puerta y le pregunta rápidamente, con aire de complicidad:
- ¿Adivinaste quién es ese amigo mío?
- Sí.
- Te espero mañana; así me das noticias de lo que has hecho.
- ¿Mañana? ¿Tan pronto? ¡Bueno! Ella continúa, imperativa: A las 7 voy a estar en la puerta de atrás del jardín, la que da a la calle Miraflores. Hasta mañana. El sólo mueve la cabeza y asiente. Está hipnotizado.

Nazario se tira vestido sobre la cama. Y se pone a pensar, como si delante suyo tuviera una balanza y en cada platillo de ella un nombre: Malvina, Alejandro, Malvina, Alejandro… Una vez sube el de ella y baja el de él, otra sube el de él y baja el de ella. Y sigue pensando. Allá, el amor prometido. ¿Qué será el amor? Ser mirado cariñosamente en los ojos por los ojos azules, raros, bellísimos de Malvina, sentir el contacto de su cuerpo, oler su perfume, recibir sus besos… Aquí la amistad de Alejandro: los estudios compartidos desde la escuela primaria, los juegos, las conversaciones, los paseos. Los proyectos soñados, cuántas veces, sólo por darse el gusto de proyectar. Tanto que él, Nazario, que pensaba estudiar ingeniería, había cambiado por medicina sólo porque Alejandro le propuso poner consultorio con él. Los recuerdos de su amistad desfilaban. Veía a Alejandro, conversador tumultuoso, que le explicaba:

- Mirá, vamos a poner una gran chapa, así: “Doctores Nazario López y Alejandro Estévez, médicos cirujanos”. Lo veía tirando a cara o ceca con una caja de fósforos, a ver cuál de los dos nombres debía ir en primer término. Y aunque Alejandro ganara, lo veía cediéndole el primer puesto porque el nombre de Nazario – explicó – es más atrayente que el de Alejandro, por más exótico: parece nombre de brujo, no de doctor diplomado. Con las palmas en la nuca y los ojos en el techo, Nazario piensa. Ahora desaparece la cara de su amigo, las abrillantadas pupilas de su cara dan lugar a dos ojos azules y profundos que miran como queriendo escrutar su alma. Y oye la voz delgada y dulce: “¡Y cómo lo querría!” El, Nazario López, podría ser quien recibiera el cariño de la víctima de Alejandro… “La víctima de Alejandro” – se repite Nazario, satisfecho de haber encontrado esa frase. ¿Pero por qué maltratará así a una chica tan preciosa el salvaje de Alejando? ¿Por qué la celará, hasta el punto de que ella suspira por alguien que la emancipe de él? “¡Bruto – se dice en voz alta – no sabe valorar lo que tiene. Si Malvina fuese mi novia
- continúa pensando – la trataría como si fuera de merengue, más, como si fuera de espuma…” Desaparece ella y vuelve a aparecer en su imaginación el rostro simpático, lleno de vida del amigo. Recuerda. ¡Tiene tanto que recordar de él! Hace nueve años que se conocen, más de la mitad de la vida de cada uno. Jamás hubo nada entre ellos. Ni la menor discusión. En la cancha jugaron siempre en pareja; en el equipo del colegio, en fútbol, figuraron siempre los dos de forwards derechos; en la clase se sentaban en el mismo banco para poder ayudarse en las pruebas escritas. Aquella vez que me reventaron en geometría – recuerda Nazario
-, Alejandro se pasó horas enseñándome. Y ve la alegría de su amigo al anunciarle: “¿saqué 8!”. Más alegre que él mismo. Lo abrazó. Salió corriendo a anunciar la buena nueva a quien quisiera oírle, siempre ruidoso. Ahora… Ahora Nazario vea Malvina, tan rubia y sonrosada, tan ágil y vivaz. Ve sus ojos azules. Recuerda detalles: cuando ríe se le cierran los ojos y sólo dejan ver entre los párpados una luz. Y oye su voz, arrulladora: “Estoy segura que tengo un amigo, pero no me animo a pedirle”… Ese amigo es él, Nazario, nadie más que él, sí; pero él también es amigo de Alejandro, el ogro, el opresor de Malvina. ¿Cómo proteger a ésta sin pelear con aquel? La idea de pelear lo lleva a otro recuerdo: cuando entre él y Alejandro se atrevieron a pelear con un hombre. Entonces sólo tenían catorce años. y se le impusieron. Aquel hombre se burló de Nazario porque llevaba una flor en el ojal. Y fue Alejandro quien le respondió y quien recibió del provocador el primer golpe. “Alejandro es valiente – piensa Nazario – es fuerte también…” Está sopesando la posibilidad de enredarse a golpes con él. Desecha la posibilidad, le parece monstruosa, pero de pronto, ve la figura ágil, bella, graciosa, que le sonríe, que le habla tierna, que se apoya en él, confianzuda: “Te aseguro, Nazario, ¡te juro!, que si ese amigo me librara de Alejandro…!

- Se duerme ya cuando el sol aparece en la banderola de su puerta. Mucho no ha dormido cuando lo llaman. Es su madre:
- Allí está tu amigo Estévez en el teléfono. Quiere hablar con vos. Le dije que estabas durmiendo. Insistió que te llamara, que es muy importante.
- Voy. Se levanta desganadamente. La voz enronquecida, dice:
- Hola, ¿Qué querés?
- Y oye la clara voz de Alejandro, bromista, ajeno a cuanto ocurre:
- Hola, Nazario. ¡Qué vos más rara la tuya! ¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? Yo volví enseguida a la casa de Malvina y no te encontré. ¿Por qué te fuiste tan pronto? ¿Te sentías mal? ¿Qué te pareció Malvina? ¿Verdad que es encantadora? ¿No te parece que por una novia así vale la pena perder el partido Boca y estudiantes de la Plata? ¿Qué decís? ¿Pero vos no decís nada?
- ¡Cómo voy a decir algo – grita Nazario – si no me das tiempo! Además estaba dormido, me despertaste.
- Disculpame. Bueno, ya corto, todavía no me acosté. Volví de casa de Malvina a las siete. Bailamos hasta la madrugada, Ella me preparó el desayuno. ¡Riquísimo! Le pregunté por vos y me dijo que eras un poco raro, pero atrayente. Y a vos, ¿qué te parece ella? ¿Hablaron mucho? ¿Bailaron mucho? ¿Viste que bien baila? Bueno, ella todo lo hace bien. ¡Supieras el café con leche que me preparó esta mañana! Nunca tomé uno igual. ¿Probaste la torta de chocolate? ¡La hizo ella! ¡Hola! ¡Hola! Brusco, Nazario había cortado la comunicación. La alegría de su amigo lo perturbaba.

Ya en el colegio, Alejandro le pregunta:
- ¿Por qué cortaste?
- Se habrá cortado…
- miente Nazario.
- te noto raro hoy. ¿Te sentís mal?
- Cosas tuyas. A mí no me pasa absolutamente nada – responde Nazario, hosco.

Sí le pasa algo: ya tiene un plan. Ha decidido romper con su amigo, pelearse con él, pegarse con él, si es preciso. La figurita rubia se le ha impuesto. El problema se ha resuelto al fin a su favor. Entre ella y el amigo, ¡ella! No tuvo que pensar mucho para encontrar el motivo de reñir con Alejandro. En el recreo entre a clase, furtivamente, borronea su propio cuaderno y, con letra de imprenta, que al fin todas se parecen, escribe: “Envidioso, envidioso, envidioso”… Escribe en muchas páginas. Dibuja, tacha borronea, traza garabatos… ¿Por qué en el apuro escribe “envidioso”? El mismo no lo sabe, pero está envidioso, en verdad.

Al entrar de nuevo en la clase, con todos, se hace el sorprendido:
- ¿Y esto? ¿Quién me hizo esto? ¡Esto es cosa tuya, Alejandro! – lo acusa.
- ¿Mía? – exclama Alejandro. ¿Cómo creés que yo te voy a hacer eso?
- ¿Y quién otro puede ser? , tenés a mano mi cuaderno y me lo ensuciás. ¿Envidioso? ¿Por qué me escribís envidioso? ¿Envidioso de qué? ¿De tu novia?
- Te aseguro, Nazario que yo…
- explica Alejandro, aún más sorprendido – yo no fui, te aseguro.
- ¡Y yo estoy seguro que has sido vos, y nadie más que vos! Levantan las voces, el preceptor pregunta:
- ¿Qué ocurre allí?
- Que encontré mi cuaderno garabateado. ¿Y quién va a ser si no él que se sienta junto a mí? El preceptor y varios alumnos se agolpan a mirar el cuaderno. Alguno lee: Envidioso, envidioso, envidioso… Alejandro afirma:
- Le aseguro, yo no he sido.
- ¿Cómo va a ser él? – intervienen los alumnos
-. Cualquiera menos Alejandro.
- ¿Acusás a tu amigo? Entra el profesor y el tumulto se aquieta.

Nazario toma sus libros y va a sentarse en otro banco, atrás, lejos de Alejandro. Desde allí, observa. Alejandro está ceñudo, preocupado evidentemente. Aunque parece escuchar al profesor, se ve que no escucha, que piensa… Los cuarenta minutos de clase, a Nazario se le hacen horas. Está deseando dar fin a su mala acción, una felonía con su amigo Alejandro. Para continuarla, debe evocar a Malvina, intentar escucharla: “Te aseguro, Nazario, ¡te juro! ¡Y cómo lo querría”…!

Intenta ver sus ojos azules, profundos, mirándolo a él cariñosamente, su sonrisa graciosa… ¡Por fin termina la clase! Afuera del colegio, Nazario, en vez de tomar su rumbo habitual, que es el mismo de Alejandro, toma para el lado opuesto. Al doblar la esquina, oye detrás la voz de Alejandro. Lo llama:
- Nazario, escuchá. Tenemos que hablar. Nazario se da vuelta torvo. Grita:
- ¡Nada tenemos que hablar!
- Te estoy oyendo – continúa Alejandro – y me parece mentira que seas vos. Parecés otro.
- No sigas haciéndote el hipócrita porque soy capaz de pegarte…
- ¿A mí?
- ¡Sí, a vos! – y Nazario deja los libros, dispuesto a la pelea.

Ha pensado. Verdad que Alejandro es fuerte, que quizás de la pelea saque un ojo negro, ¡mejor! Irá a verla a Malvina con el ojo negro, le hará ver que es por ella… Ella lo curará. No están solos. Se agrupan otros muchachos. No solamente deseosos de presenciar una pelea, magnífico espectáculo para ellos, sino ver que quienes van a pelear son Alejandro y Nazario, los inseparables amigos. Con los puños cerrados, los ojos chispeándole, Nazario está frente a Alejandro. Este no ha dejado sus libros. Lo mira, su asombro es muy grande. No comprende la actitud de su amigo.

Nazario insiste:
- ¿o crees que no soy capaz de romperte las muelas?
- ¿Estás loco, Nazario?

Se miran un momento. Alejandro le busca los ojos. Quiere leer en ellos. Nazario, desviando la vista, la clava en otra parte. La estupefacción de Alejandro lo perturba.
- ¡No estoy loco, no! ¿Querés pelear? ¡Cuándo quieras!
- No quiero pelear – responde Alejandro.
- ¡Tiene miedo! – dice alguno del grupo, decepcionado, para azuzarle.
- No tengo miedo de pelear – explica Alejandro
-. No quiero pelear con él. Y si no, el que dijo que tengo miedo, que salga, lo peleo. ¿Vamos? Nadie responde.

- ¡Bueno! – ahora habla Nazario – ya que no querés pelear, a mí no me hablés más. Toma sus libros y se aleja, apresuradamente. La actitud, sobretodo la mirada de Alejandro, lo lastiman. No puede soportarlas. Siente ganas de echarse a llorar, de decirle la verdad, de pedirle perdón. Solo se aleja apresuradamente. Al llegar a la esquina echa a correr, como si un fantasma, el de su propio delito, lo persiguiera.

Diez minutos hace que Nazario aguarda junto a la puerta del jardín de Malvina. Está nervioso. La impaciencia lo hace pasear como un tigre enjaulado. Cavila. ¿Vendrá ella? ¿Se habrá ido con Alejandro? ¿El le habrá contado todo? ¿Ella no habrá decidido…? Se acaba de entreabrir, sigilosamente, la puerta…

- ¡Malvina! – exclama Nazario, como si saludase la aparición del sol
-, ¡Malvina! Y corre hacia ella. Malvina le sonríe.
- ¿Y?
- pregunta.
- ¡Nos enojamos! – explica Nazario atropelladamente
-. Ya no nos hablamos más. Yo quise pelear, pero no aceptó. Tuvo miedo.
- Quizás – dice ella
-, quizás no es porque haya tenido miedo, quizás haya sido por no pelear con un amigo. Yo lo conozco bien a Alejandro. Es muy noble. Nazario la mira, no comprende. Ela pregunta:
- ¿Entonces ustedes ya han dejado de ser amigos? Antes de responder, Nazario traga saliva.
- Sí, hemos roto, nos enojamos. Yo quise pelear a trompadas, lo desafié… Ella lo interrumpe:
- ¿Han roto para siempre?
- ¡Para siempre! Ella da un paso atrás, entorna la puerta y dice:
- ¡Eso es lo que yo quería!
- ¿Qué?
- Que rompieran. Alejandro me debe querer sólo a mí, sólo a mí. ¡Adiós!

Cierra con un portazo. La llave rechina en la cerradura. Nazario siente como si las dos vueltas de llave fuesen un tornillo que gira metiéndosele en el pecho. Queda un instante frente a la puerta cerrada. ¿Qué hacer? Se da cuenta: ¡ha sido burlado! Terriblemente burlado por aquella chiquilla frágil. Burlado ¿él?

Enciende un cigarrillo. Lentamente, se aleja. ¿Es él quien se aleja? Le parece que él no es él, que es otro. No puede ni pensar siquiera. Como si hubiese quedado vacío. Camina como si lo empujaran. Tira el cigarrillo. Sigue andando. La calle no es la calle. Mira todo como si la realidad fuese una pantalla de cine, como si él no estuviera en la vida. Saca otro cigarrillo, lo enciende. Continúa andando…