narrativa

UN HOMBRE

¿Me engañaré al decir que no hay más
bella poesía que la salvación del niño?
FERRIANI

Lucio, jovencito de quince años, había tomado sobre sí, muy en serio, la tarea de ayudar a la madre. Esto lo decidió ya hacía ocho meses, cuando, muerto el padre, su hermano mayor, Teodoro, hombre de veintiún años, se dio por entero a la vida mala. Muerto el padre, modesto empleado, corredor de comercio, Teodoro dejó de trabajar y Lucio, que ya cursaba su tercer año de estudios se vio obligado a abandonarlos para ayudar a la madre. Se redujeron. De un departamento en que vivían fueron a parar a la sala de una casa de vecindad, se despidió a la sirvienta y ya que el mayor de los hijos hasta los había abandonado, Lucio y la madre hubieron de trabajar los dos, ella de costurera y él de empleado en un escritorio. Sintieron la desgracia, la afrontaron, confiando en sus propias fuerzas y, a no ser por Teodoro, pronto se hubieran serenado. Pero Teodoro los inquietaba, no sólo por su existencia irregular, por sus amistades equívocas, por los escándalos que provocaba en los cafetines del barrio, sino también porque, de tarde en tarde, y siempre ebrio, aparecía en la pieza de la madre exigiendo lo que le correspondía de la herencia, una herencia ilusoria, imaginada por sus fantasías de borracho, ya que el padre, al morir, sólo les dejara algunas deudas que ellos saldaron con cruentos sacrificios. La escena siempre terminaba con un escándalo y Teodoro íbase gritando las mayores injusticias a la madre y al hermano. Otras veces aparecía furtivamente cuando éste no estaba y, con arrumacos y promesas, sacaba unos pesos a la madre débil, ilusionada siempre con redimirlo. El desengaño no tardaba en llegar: no faltaba quien le trajese la noticia de haber visto al hijo en tal parte, ebrio... Lucio, a pesar de su poca edad, hubo de imponerse a aquel grandulón. Una vez en que éste amenazaba a la madre, el niño, ciego, lo tomó a puñetazos. Tuvieron que separarles algunos vecinos, porque el otro ya no veía de cólera, y lo golpeaba brutalmente. Sin embargo, esto lo contuvo bastante; probó la energía de su hermano menor y decidiose a aparecer por la casa cuando éste no estuviera. Había comprendido que más que con gritos, arrancaríale algo a la amorosa debilidad de la madre. Así, desde hacía dos meses, desde que ocurriera esa escena de golpes, Lucio ni oyó hablar de su hermano. La madre le ocultaba sus visitas. Esa noche, un sábado, el joven regresó más temprano que de costumbre y sorprendió a la madre llorando. Se lo imaginó todo: era cosa del perdido de su hermano mayor. Eso era, sí. Sorprendida llorando, la madre le narró lo ocurrido: Había estado Teodoro, más ebrio que nunca, le había exigido la herencia, la había llamado ladrona y, por fin, no teniendo nada que llevarse, porque nada de valor había en la pieza desmantelada, casi sin muebles, cogió una Biblia, la vieja Biblia que fuera de los abuelos y que la madre tanto quería, y se fue con ella. Seguramente la habría malvendido en algún cambalache de libros viejos. La madre volvió a llorar y Lucio, serio como un hombre, cejijunto como un hombre muy preocupado, comenzó a pasearse.

Se dijo: es imprescindible rescatar la Biblia. Si su madre lloraba, más angustiada que nunca, era sólo por su pérdida. Lucio sabía qué significaba para el corazón de su madre aquella Biblia amarillenta ya, de páginas borrosas y antiquísima edición. Ese libro, sobre el cual aprendiera a leer, podría decirse, había sido de sus abuelos, significaba un tesoro de recuerdos queridos, de emociones inolvidables. Y ahora, casi al final de su vida, de su vida quebrada por la viudez y la miseria, ¡perder aquel libro de su niñez, de su juventud, aquel testigo y compañero de sus emociones más recónditas!... Lucio comprendió qué significaba su pérdida para la madre. Seguramente ella había sentido desgarrársele algo al ver su Biblia en manos del pérfido que corría a malvenderla. Lucio se propuso reconquistarla y salió a la calle en busca del hermano. Ya sabía dónde hallarle, en el cafetín de costumbre, con amigotes. Allí lo encontró. Al verlo entrar, Teodoro se puso de pie, y alzando la copa, le gritó:
- ¡Si venís a darme sermones te va a costar caro; te voy a partir la cabeza con esta copa!

Lucio lo miró calmosamente, y le repuso:
- ¿Vendiste la Biblia?
-¡Sí, sí, la vendí! - gritó el otro -. La vendí porque necesitaba dinero. ¿Qué hay?
- Nada - respondió Lucio - ¿dónde la vendiste?
- Allí, en la librería de la vuelta. Podés comprarla todavía; la acabo de ver en la vidriera.
- ¿Por cuánto la vendiste?
- Por cuatro pesos.

Lucio dio vuelta y salió. ¿Cuatro pesos? No era una suma inaccesible. ¡Y por cuatro pesos aquel miserable había dado tal disgusto a la madre!... El muchacho corrió a la librería, miró ansioso. Sí, allí estaba la vieja Biblia, tras del cristal, mirándole a él, mirándolo a él se supuso, mirándole a él y diciéndole: ¡Llevame, llevame!...

¡Ah, pero era preciso conseguir los cuatro pesos! ¿Cuatro pesos? No, seguramente el librero la vendería a cinco pesos ahora. ¿A quién pedírselos? ¿Cómo pedírselos? Para qué pedírselos ¡Lo humillaba tanto tener que confesar la verdad! Ir al encargado de la casa, por ejemplo, y decirle: "Mi hermano el borracho robó ese libro que mi madre tanto quiere; necesito cinco pesos para rescatarlo, ya ve usted cómo sufre"... El encargado de la casa, que era un buen hombre, se los prestaría, ¿pero cómo pedírselo? ¿Acaso él no ocultaba a cuantos podía la desgracia de su hermano? Llegó a la casa y contó a la madre lo que había hecho. ¡Cómo se regocijó la pobre! ¡Recuperar la Biblia! Ella sólo tenía tres pesos, se los dio. Una vecina prestó los otros dos pesos, y Lucio salió camino de la librería, porque su madre lo apuraba:
- ¡Corre, corre, hijito, corre; no vaya a ser que vendan mi Biblia, corre, corre!...

Casi sin aliento, Lucio llegó ante la vidriera de la librería y volvió a mirar, ansioso. ¡Ah!, respiró. Allí estaba la Biblia. Entró. Un hombre anciano ya, acercósele:
- ¿Qué desea, joven?
- Esa Biblia que tiene en la vidriera - contestó Lucio. El librero fue a buscarla y la trajo.
- ¿Cuánto vale? - interrogó el muchacho, a tiempo que sacaba los billetes del bolsillo.
- Quince pesos - respondió el librero.
-¡Quince pesos! ¿Quince pesos? - balbuceó Lucio, espantado -; ¡quince pesos!...
-¡Sí, quince pesos! - aseguró el hombre.

Lucio aún quedó un instante en silencio. El anciano lo observaba. Al fin murmuró:
- No me alcanza - y se dio vuelta, confuso, dispuesto a salir.

Pero al llegar a la puerta de calle se detuvo. El librero, que no había dejado de observarle, le dijo:
- ¿Cuánto trae?
- Cinco pesos.
- ¿Cinco pesos nada más? Es poco. Faltan diez pesos. Lucio pensó darse vuelta, irse, largarse a buscar los diez pesos que faltaban. ¡Diez pesos! Suma fabulosa. ¿Cómo conseguirla? ¿A quién pedírsela?... Miró a la cara del librero, y creyó ver bondad en sus ojos grises. Volvió a él:
- Usted acaba de comprar esta Biblia por cuatro pesos... - y se detuvo sin fuerzas para proseguir.
- Sí, me la acaba de vender un mozo...
-¡Era mi hermano! - lo interrumpió Lucio, y sin saber porqué se lo decía, desconociéndose a sí mismo por su audacia, se lo contó al librero: Quién era su hermano, el robo de la Biblia, el dolor de la madre, la pena de ésta si él no se la llevaba... Callaba el hombre. Lucio no dejó de hablar por un buen rato; habló con la voz rota por la emoción y la vergüenza, temblándole los labios secos... Y al fin propuso:
- Yo le doy estos cinco pesos que traigo aquí. Los diez que faltan me comprometo a traérselos después...
- ¿Se compromete? - preguntó el anciano.
- Sí - aseguró el niño, resueltamente.
Hubo un silencio, el hombre lo observó largamente, como escrutándole los ojos limpios, como si le hundiera la mirada en la tersa frente. Lucio volvió a hablar, explicándole:
- Yo estoy empleado en un escritorio, gano treinta pesos por mes. De eso no podré darle nada, porque mi madre los necesita, pero los domingos a la tarde voy a jugar al fútbol y mamá me da un peso para que vaya... Bien, yo no le diré nada a ella para que no se apene, pero no iré a jugar al fútbol, me guardaré ese peso, y el lunes, al ir para el escritorio, se lo traeré. Son diez pesos, en diez domingos se los pago. ¿Quiere?
- Bueno - respondió el anciano y recibió los cinco pesos. Entregó la Biblia a Lucio. El niño, apretándola contra su pecho, en cuyas paredes parecíale rebotarle el corazón de gozo, salió de la librería, corriendo, corriendo y pensando en el grito de júbilo que daría la madre al verse de nuevo en posesión del libro...

El lunes próximo, muy temprano, el librero acababa de sacar los postigos de la vidriera, cuando se le presentó Lucio.
- Buenos días. Aquí está el peso.
- Muy bien.
- Hasta el otro lunes - dijo el muchacho, y salió.

El lunes siguiente se repitió la escena, y el otro, y el otro. Un lunes, ya Lucio llevaba el sexto peso de su deuda, el anciano le habló, preguntándole de su vida. Y el niño contó por qué había dejado los estudios y por qué no los continuaba. Su trabajo de todo el día en el escritorio lo fatigaba mucho y salía de allí con ganas de caminar y correr, no de irse a quemar los ojos en los libros. Desde ese lunes, el siguiente y el otro, hablaron largo. El librero también le contó su vida, no muy afortunada tampoco... El lunes que Lucio llevaba el noveno peso de su deuda, hablaron como de costumbre, y al despedirse, Lucio le dijo:
- Hasta el próximo lunes y es el último.
- ¿Cómo? ¿Y no vendrá más, aunque sea a conversar un rato?
- Sí, volveré...

Al otro lunes, el muchacho entró resueltamente, sacó el billete y lo puso sobre el mostrador, cantando:
- ¡Aquí tiene! ¡Ya están los diez pesos!...

Y calló, sorprendido. El librero le había tomado la mano y lo miraba largamente en los ojos limpios, en la tersa frente.
-¡Usted es un hombre! ¡Usted es un hombre honrado! - le dijo, y le apretó la diestra.

Miráronse anciano y niño, emocionados los dos hasta no poder hablar. Y dijo el librero, lentamente y tuteándole, cosa que antes no había hecho.
- Oye, yo acepté tu propuesta de pagarme los diez pesos así, de lunes a lunes, sin creer que me los pagarías. Me dije: Al fin y al cabo, por cinco Quince pesos, no está mal vendido ese librote. Me sorprendió verte entrar el primer lunes, y el otro, y cuando me trajiste el sexto peso tuve impulsos de regalarte todo, pero me contuve y dije: no, lleguemos hasta el fin. Ya que comenzamos la prueba, acabémosla. Y bien, hijo, ya hemos llegado al fin... Yo quería decirte esto: Tú eres un hombre honrado, yo necesito un hombre honrado aquí, en mi librería, para que me ayude. ¿Quieres emplearte aquí? No soy rico; ya lo ves, no puedo darte un gran sueldo. Te pagaré diez pesos más que en ese escritorio: cuarenta pesos; pero sólo trabajaras de tarde; por la mañana podrás ir al colegio nacional a continuar tus estudios, a abrirte un porvenir. ¿Quieres?... Lucio respondió que sí, moviendo la cabeza muchas veces de arriba para abajo, y respondió así porque la voz se le cortaba en la garganta.
- Bien, hijo mío - prosiguió el anciano -, bien; ahora vete a decirle a tu madre todo lo ocurrido, dile que vas a proseguir tus estudios y ¡toma! ¡Toma estos quince pesos! (Lucio hizo una mueca). ¡Ah, no me los rechaces, te lo pido por favor, no me los rechaces!... De paso, compra con ellos cualquier cosa para tu madre y se la regalas en mi nombre. Al regalársela, le dices así: "El librero te regala ésto porque tienes un hijo que es un hombre honrado". Nada más. Hasta mañana... Y se dio vuelta el anciano, se metió tras una alta pila de libros. Lucio dudó un instante, se vio con los quince pesos en la mano trémula y con ganas de ir hasta el librero y abrazarlo muy fuerte, ¡muy fuerte!; pero temió echarse a llorar, porque desde hacía un buen rato sentía picarle los ojos, apretársele la garganta... ¿Y cómo iba a llorar él? Decidió salir de la librería, correr a su casa. Porque si se quedaba allí, lloraba de seguro. Y él no debía llorar más, porque él, Lucio, ya no era un chiquillo, él era un hombre. ¡Un hombre, sí! ¿No se lo acababa de decir el anciano librero? ¡Usted es un hombre! ¡Usted es un hombre honrado!