narrativa

PUCHO

¿Cómo hay tantos niños inteligentes y tantos hombres imbéciles? DUMAS (HIJO)

Hasta los nueve años, el niño David, al que por su corta estatura llamaban Pucho, vivió con sus padres en una colonia israelita de Entre Ríos. Nació en ella, hijo de hebreos rusos, y en ella vivió hasta esa edad, en que vinieron a Buenos Aires, a una quinta que el tío Samuel poseía en los alrededores. Pucho se había criado en el campo, libre y fuerte. Tostado por el sol, recio de carnes, la salud se le hacía brillo en las pupilas celestes, de un celeste límpido y cándido. Era el mayor de los seis hijos de Abraham Pirvitz, un chacarero israelita que, sin suerte, había andado de tumbo en tumbo por las colonias, hasta parar en Buenos Aires, donde se puso bajo la protección de su hermano Samuel. Este sí había tenido suerte, o mejor: la había encontrado a fuerza de buscarla, y de buscarla con astucia. Samuel poseía un cambalache, además era prestamista. Algunos años mayor que su hermano Abraham, el prestamista parecía su padre. Pequeño, encorvado, pálido, con esa palidez repulsiva que hace ver las venas al través de la piel, hundido en un traje demasiado amplio para su armazón de piel y huesos, sólo parecía tener vida en los ojos, unos ojillos grises, pequeños, chispeantes. Samuel protegió a su hermano menor Abraham que, cargado de hijos, buscaba trabajo, cualquier trabajo, a la ventura. Su protección consistió en llevarle a su quinta, a trabajar por la comida y la casa. Al fin, si él moría, todo lo que dejase era para su hermano y sus hijos.

- No tengo a nadie más en el mundo - murmuró el prestamista con su voz opaca y su lento hablar -; no tengo más que a ustedes. Si yo muero, todo lo mío será de ustedes. Y con aquella promesa por salario, Abraham, hombre de gran fuerza muscular y gran energía en el alma, púsose a trabajar la tierra de su hermano. Samuel iba todos los domingos por la mañana, lo escrutaba todo, hundiendo las agudas miradas de sus ojillos grises por los rincones, comía con sus herederos, según él llamaba a los hijos de Abraham, y se volvía de noche a su cambalache.

Aquí vivía solo; y un domingo, contemplando a Pucho, ya de doce años, y tan fornido, se le ocurrió decirle a su hermano:
- Abraham, ¿qué te parece si me llevo a tu hijo para que me ayude? De todas maneras, si muero, será de ustedes el negocio y es conveniente que tu hijo se vaya enterando...

Al padre lo maravilló la propuesta, y la madre, aunque a regañadientes, preparó los trapitos de Pucho. Esa noche el tío Samuel se volvió con el niño a su cueva. ¡Oh, sí! ¡Pucho creyó ahogarse cuando entró allí! Torpe, acostumbrado a corretear por las campiñas, tropezaba con todos aquellos bártulos olientes a viejo, amontonados en aquella cueva semioscura. El negocio lo componía un salón al que el tío Samuel dividiera por medio de un tabique. La parte de atrás fue reservada para comedor y dormitorio. Por patio sólo tenía un cuadrado, desde el cual se veía en cielo, allá muy alto, porque aquello era el pozo de luz de una casa de varios pisos, y las paredes, que se elevaban desnudas, parecían alejar más aún el cielo. En el campo hay un punto en el que el cielo se une con la tierra y parece más accesible; allí, en aquel cuadrado, el cielo estaba tan arriba que Pucho, para verle tenía que echar la cabeza hacia atrás. ¡Y a él le gustaba tanto ver el cielo! No sólo el cielo, los árboles, la campiña, los animales. ¿Y el arroyo? Pensando en el arroyo Pucho echó a llorar, a solas, conteniéndose para no ser visto, porque tenía vergüenza de que lo viesen llorar. ¡Ah, pero que triste, que triste estaba Pucho! ¿Cómo seguir metido en aquel agujero en sombras, mal oliente? Pasaron un día, dos, tres días; Pucho anhelaba el domingo para volver a su casa, a correr, a respirar, a divertirse. ¡Cómo se hastiaba allí! Sentado en una silla, aguardaba a que llegase un parroquiano, y cuando éste entraba, haciendo sonar un cencerro, lo anunciaba a su tío. Este, dejando unos librotes gruesos, sobre los que se estaba todo el día garabateando, venía a atenderlo. Tal era su trabajo, todo su trabajo.

- Ya ves que no es muy pesado - le había dicho el tío Samuel al dárselo. ¡Si el hubiera preferido trabajar, trabajar mucho, cansarse trabajando y no quedarse allí, aburrido, dormitando a la espera de que alguien entrara! ¿La calle? La calle le producía un malestar indefinible al niño. Aquel ir y venir de gentes y vehículos apresurados, ruidosos, lo mareaba. En sus pupilas cándida de campesino dejaba una visión borrosa, movible y multicolor que durante los primeros días, al irse a dormir, pasábale y repasábale frente a los ojos cerrados. ¡Cómo se aburría allí Pucho, cómo se aburría! Sus músculos tostados, sus nervios fuertes, su sangre rica de animal joven y asoleado, sus pulmones amplios de respirar el aire puro, le exigían movimiento. Y él tenía que estarse allí, bostezando, hasta que, cuando entraba alguno, ¡trin, trin, trin, trin! llamar a su tío... Pucho experimentaba la sensación de que lo hubiesen atado y amordazado con ligaduras y mordazas invisibles. Porque éste era otro sufrimiento: su tío no quería oírlo hablar siquiera. Los primeros días intentó cantar en voz baja, silbar para entretenerse, pero el ¡Chat! seco del prestamista le llegaba desde el otro lado del tabique para hacerlo callar. Y él callaba, temeroso. Aquel hombre pequeñín, sucio, encorvado, silencioso y del cual oyera hablar con respeto a sus padres a causa de su riqueza, le inspiraba temor, temor y también repugnancia. ¡Cuánto deseaba el domingo Pucho! Iría a su casa, a correr por las campiñas, a subirse a los árboles, a bañarse en el arroyo, a comer fruta... ¡Cómo extrañaba las frutas! El tío Samuel hacíase traer la comida de una fonda cercana; y aquellos guisotes grasientos, ¡qué mal le sabían a Pucho, acostumbrado a hartarse de frutas frescas en las quintas!... ¡Cuánto deseaba el domingo! El sábado por la noche se acostó, anhelante de júbilo, y al otro día se levantó antes que el tío.

Este comenzó a vestirse y le dijo:
- Hijo, hoy iré a ver a tus padres. Tu te quedarás a cuidar el negocio. ¿Quieres que les diga algo? ¿Quieres que les diga que estás contento?
- Sí - respondió Pucho; y no pudo decir más, agarrotado por el llanto, como si se hubiese tragado la lengua.

¡Qué dolor! Se fue el tío Samuel y quedose Pucho en la cueva medio en sombras, rodeado de muebles y trapos viejos. Y por el cuadro del patio se veía un cielo tan azul, entraba un haz de sol, sólo un haz, ¡pero de un sol tan dorado! Pucho se tiró al suelo, a recibirlo en la cara; luego, a medida que el haz de sol iba alzándose, se puso de rodillas, después de pie, hasta que el haz de sol fue subiendo, subiendo hasta desaparecer. Y él quedó mirando siempre, y cuando ya no lo vio más se quedó mirando el cielo azul. Fue ese día que allá en lo alto, en una de las ventanas del último piso que daban al patio, descubrió un tiesto con una enredadera muy verde. ¡Qué alegría! Mirándola, se olvidó de llorar, porque Pucho se había tirado a recibir aquel haz de sol, poseído de unas ganas terribles de llorar, llorar ahora que estaba solo, llorar, llorar sin vergüenza de que lo viese nadie...

¡Tres meses así, tres meses con sus domingos! ¡Tres meses! ¡Qué bostezos daba Pucho allí dentro! ¡Si le parecía que el cambalache en sombra era una boca enorme, abierta en un bostezo inacabable! Pucho comenzó a marchitarse, a languidecer como una planta:- ¡Trin, trin, trin, trin!

El sonido del cencerro lo tenía en el oído siempre, como si fuese un insecto que se le hubiese entrado en él. Lo obsesionaba. Eso, y el imperioso ¡chit! seco del tío, que le llegaba del otro lado del tabique en cuanto él, inconsciente, poníase a canturrear en voz baja; era todo lo que oía. Desde la calle, sí, llegábale el opaco rumor de los vehículos que pasaban, cortado por el sonar de las bocinas de los automóviles, las campanas de los tranvías, los gritos de los pregoneros; pero la calle le producía aturdimiento al niño campesino. Lo rechazaba. ¿Y dónde refugiarse? En su silla, en el fondo de la cueva, allí entre un montón de trajes usados y otro de sillas viejas, a bostezar en un sueño interrumpido por la entrada de algún parroquiano: ¡Trin, trin, trin, trin!

Una tarde, después del almuerzo, el tío Samuel no se puso a escribir en sus librotes como acostumbraba y, vestido, se tiró en el lecho. Quejábase de dolor de cabeza y malestar. Hizo cerrar el negocio. Pucho pasó esa tarde en el patio, boca arriba y con los brazos por almohada en la posición en que acostumbraba dormir sobre las parvas de trigo, mirando el cielo azul y la enredadera verde allá en lo alto, tan alto como si estuviese sobre el mismo cielo. El tío Samuel despertó delirando de fiebre, diciendo cosas incomprensibles. Hacía cuentas. Pucho, asustado, corrió a la fonda, a avisar que su tío había enloquecido. El fondero llamó a la Asistencia Pública y mandó una carta al padre. Al otro día llegó éste y, por exigirlo el tío Samuel, se le condujo a un hospital. Tenía fiebre tifus, la enfermedad iba a ser muy larga. Pucho fue otra vez llevado a la quinta con sus padres y sus hermanos, a correr al sol, a brincar por las zanjas, a bañarse en el arroyo, a hartarse de frutas cogidas saltando los alambrados. El niño no se cansaba de correr, de cantar. Alocadamente, silbaba fuerte, lo más fuerte posible, y luego remedaba el ¡chit! imperioso de su tío; lo recordaba para saborearlo y echarse a reír a carcajadas de puro feliz. Una vez pensó en la enredadera verde que tomaba sol allá arriba, asomada al patio. ¡De buena gana hubiese traído a la pobre! La recordaba tal como si la enredadera estuviese allá sintiendo lo mismo que él sintiera. Otra vez, estando bebiendo en el arroyo claro y fresco, como si fuese un cachorro de animal, en cuatro patas y con la cabeza hundida, se acordó del gusto del agua tibia y turbia de las canillas. Y esa vez bebió tanta agua de arroyo, agua clara y fresca, agua con gusto a trébol, que salió pasado de beber. ¡Cómo corría Pucho, como cantaba y silbaba! Aunque era el mayor de sus hermanos, era el más barullero de todos y los conducía para dar furtivos asaltos a las quintas y entintarse el rostro con la carne de las sandías y los melones.

Muy vaga, muy lejanamente, presentábase a Pucho la idea de volver junto al tío, a su cueva odiosa. Su tío moriría, él estaba seguro de ello; la muerte por él tan anunciado y por la que su padre se vería rico, ya había llegado, él estaba seguro de ello, ¡tan seguro!...

Y no sentía placer con este pensamiento, no guardaba para el viejo Samuel rencor alguno. Era una figura borrosa ya, una figura de pesadilla, de una pesadilla quizás demasiado larga, pero que ya no vería. Nada más. Y Pucho corría, saltaba, silbaba, cantaba todo lo más fuerte, lo más violento posible, como para vengarse del silencio y la inmovilidad pasados en aquellos tres horribles meses de pesadilla. Un domingo, día en que su padre iba al hospital a visitar al enfermo, un domingo por la noche, al volver de allí, oyóle decir a su madre- Prepara la ropa a Pucho, mañana lo llevo a la ciudad con el tío otra vez. Está sano y mañana vuelve a su negocio.

Pucho ya estaba en la cama, durmiéndose, cuando oyó aquello. Y aquello lo sobresaltó tanto que hubo de abrir las pupilas y clavarlas en el techo, tal era su estupor. Ya no pudo dormir. Le quemaban las ropas como si tuviera fiebre. ¡Volver allá, a la cueva horrible! Revolvíase como si multitud de alfileres se le clavasen en el cuerpo. ¡Volver allí, a aquella vida de pesadilla! La cabeza pesábale como si le hubiesen echado plomo adentro. ¡Volver allá, a oír el trin, trin del cencerro y aquel ¡chít! seco, imperioso, que lo obligaba a estarse mudo y quieto! ¿Por qué no se animaba y le decía a su padre, llorando a gritos?: -"¡No, no, papá, no, no, papá; no me lleves allí porque allí me voy a morir de aburrimiento!" ¿Por qué no se animaba?

¡No se animó! ¡Era tan hosco su padre!... Y Pucho, al día siguiente, se vio de nuevo sentado en su silla, quieto y mudo, aguardando a que entrase un parroquiano para hacer sonar el ¡trin, trin, trin, trin! del cencerro odioso. Todo estaba igual, exactamente igual: allá arriba, la enredadera verde que se asomaba; ahí del otro lado del tabique, encorvado sobre sus librotes, más viejo y más flaco, la figura estropajosa del tío Samuel, silencioso y dispuesto a tirarle aquel ¡chit! seco con que le anudaba los cantos en la garganta. ¡Y pensó Pucho que esta era la vida que habría de vivir siempre, ¡siempre!, y que la otra, aquella pasada en el campo, corriendo al sol, junto al arroyo fresco y sobre los árboles cargados de frutas, sólo era un sueño, un sueño huido! ¡Se sintió más desgraciado! Pasó un día, pasaron dos, pasaron tres días. ¡Qué tedio! Y de pronto, una tarde del cuarto día, estando en su silla soñoliento, volando con el recuerdo hacia las verdes campiñas y con los ojos puestos en la acera de enfrente, llena de sol, Pucho sintió como si toda la sangre se le agolpara en el corazón y allí, en una ola, se le subiese a la cara. ¡Qué ganas de llorar! ¿Pero había de llorar, él? ¡No! ¡No iba a llorar, pero algo tenía que hacer, porque si no hacía algo, cualquier cosa, era capaz de quedarse muerto allí! De un salto se puso de pie, dio una patada a la silla, y echó a andar. Resuelto, atravesó la calle y se sentó en la acera de enfrente, a tomar sol.

El tío Samuel había salido tras de él, asombrado de oír ruido, estupefacto de ver aquella actitud. Y se acercó a preguntarle:
- ¿Qué te pasa? Por qué vienes aquí y abandonas el negocio. ¿Qué tienes?
-¡Nada! - respondió el muchacho - ¡No tengo nada! Tengo ganas de tomar sol.
-¡Tomar el sol! - exclamó el prestamista con los brazos al cielo, como si acabase de oír una blasfemia y, temblándole de ira la voz - ¿Tomar el sol y abandonar el negocio? ¿Estás loco, muchacho? ¡Vamos!
-¡No quiero! - respondió el niño, y se quedó allí, al sol, sentado en un umbral.
El tío Samuel se vio obligado a regresar solo a su cueva; fue inútil cuanto exhortara al niño. Este volvió a las dos horas, cuando el sol ya se había ido, y oyó al vejete, iracundo:
-¡Hoy es el último día que estás conmigo! Ya escribí a tu padre para que te venga a buscar. ¡Hoy es el último día que estás conmigo, sí; y te desheredaré por rebelde! ¡Ni un centavo mío vas a ver, rebelde!
¡Qué le importaba de herencias a Pucho! Lo único que le interesaba, ahora, era saber que no estaría más allí, que vendría su padre a buscarlo para llevárselo allá, al campo, donde podría correr y gritar. Cogió un trozo de pan y se puso a comerlo vorazmente: después se acostó, cascabeleante de júbilo.

Ya de día, las voces de su tío y su padre despertáronle. Hablaban en idish, lengua que él casi no entendía. Hablaban atropelladamente. De seguro, su tío narrábale su rebelión y su padre rugía y blasfemaba. También oía la voz dulce de su madre, la que procuraba serenarlo. Y de súbito, oyó a su padre acercársele y se sintió cogido de un brazo, sacado del lecho y golpeado brutalmente en las narices, en la cabeza: golpeado con los puños hasta caer y, una vez en el suelo, golpeado con los recios zapatones en las costillas, en la espalda. Su padre rugía y golpeábalo. Lo golpeó hasta verlo sangrante y hecho un guiñapo. La madre intervino para alejarle.

-¡Pide perdón! ¡Pide perdón al tío Samuel! - le rugió el padre, y apretaba los puños, feroz, brillantes de cólera los ojos, convulso el rostro -. ¡Pide perdón! Pucho se sentía desfallecer, humillado y dolorido, pero no lloraba. Su padre no dejaba de rugirle:
-¡Pide perdón! ¡Pide perdón!
-¡No! - respondió él -. ¡No, no, no!

La madre y aun el tío tuvieron que intervenir para que el hombrachote no lo quebrase a golpes. Y el tío lo alejó:
- Si es inútil cuanto hagas; es inútil cuanto hagas. ¡Es un rebelde, un maldito rebelde! ¡Jehová te ha castigado, hermano, haciendo que engendraras un rebelde! - y lo empujó hasta sacarlo afuera. La madre acostó a su niño y se quedó junto a él, limpiándole la sangre, hablándole tristemente con voz dulce:
-¡Ah, hijo mío, que disgusto nos das! ¡Qué disgusto! Cuando ya creíamos que nuestras miserias iban a terminar, vienes a echarlo todo por el suelo. ¿No sabes? Tu tío te deshereda. Por ahora dice que sólo a tí, pero no conoces a tu tía Samuel; es rencoroso y malo. Es capaz de desheredarnos a todos. ¿Y por qué hemos de pagar todos? ¡Anda a decírselo a él! Tu padre que ha trabajado sin suerte toda su vida, yo, tus hermanitos, todos quedaremos en la calle, porque, ¿quién te dice que tu tío no nos eche de la quinta? No lo conoces bien, es malo, muy malo y rencoroso. No olvida las ofensas y siempre quiere vengarse. ¡Y se venga! ¡Si supieses las cosas que ha hecho, si supieses! Una vez... ¡Pero no! ¿Para qué voy a contarte cosas viejas? ¡No! Anda, hijito mío, pídele perdón, pídele perdón. Por tus hermanitos que se quedaran en la calle; por tus hermanitos. ¡Pide perdón! Por mí, por tu madre, hijo. ¡Si supieras todo lo que yo he pasado! Y la única esperanza que teníamos para salir de la miseria era ésta, ésta que ahora nos quitas. ¡No nos quites la esperanza, hijito mío! ¡Pide perdón! ¡Pide perdón!...

Y, hablándole, lo besaba, lo besaba...
- Pide perdón, yo sé que es muy feo vivir aquí. ¡Tu estas acostumbrado a correr y saltar libre por los campos, tener que estar metido aquí! Sopórtalo, hijo, resígnate. Hazlo por tus hermanitos, por mí, por tu padre también. ¡Ha trabajado tanto toda su vida, el pobre! Yo le pediré al tío Samuel que te lleve los domingos a la quinta; iras los domingos, hijito. ¡Pide perdón! ¡Pide perdón! Pucho sin llorar, aunque sintiendo una onda caliente que le quemaba las pupilas cándidas, concentrándose, pensaba: ¡Quedarse allí para siempre, para siempre! Y oía el ¡trin, trin, trin, trin! del cencerro y el ¡chit! del tío encorvado sobre los librotes. ¡Para siempre allí, entre aquellas ropas y muebles viejos, mal olientes! ¡El, que ya había pensado irse de allí, para no volver más, irse al campo, al sol, al arroyo!... ¿Quedarse allí? ¿Y si no se quedaba?

La madre seguía hablándole:
- ¿Quién te dice que el tío Samuel no saca un pretexto y nos eche de su quinta? ¡No sabes como es de vengativo y malo! ¿Adónde iremos con tantos hijos? ¿De qué trabajará tu pobre padre para poder alimentarlos? Hazlo por mí, hijito, por tu madre...
Pucho no oyó más, dio un salto, corrió al negocio donde su padre y su tío hablaban; plantóse ante éste, y habló, gimió más bien, gimió entrecortadamente, ahogado: -¡Per... per... dón! ¡Perdón!