narrativa

LA BOLA DE CRISTAL

¡Oh, innumerables niños tristes!
Consagrémonos a hacer brotar la santa, la
loca risa de sus labios rojos, y nos salvaremos.
Perdamos nosotros toda esperanza, con tal de
que en los niños resplandezca
Barret

Esa tarde, mientras el maestro explicaba el procedimiento de la resta, Serafín anunció a su compañero de banco:
- Hoy compro la bola de cristal.

Pronto lo supieron sus vecinos, uno al otro se lo susurraban en baja voz, como si aquello fuese una misteriosa consigna:
- ¡Hoy compra la bola de cristal!
- ¡Hoy compra la bola de cristal!

Para un buen número de chicos, el maestro ya hablaba en vano. Ninguno lo escuchaba, y al concluir la clase, convertido en héroe, admirado, Serafín se dirigió a la juguetería. Quince compañeros lo acompañaban. Todos sabían cómo consiguiera el pequeño Serafín aquellos fabulosos cinco pesos que costaba la bola de cristal: Cada domingo su mamá, una mujer que trabajaba de lavandera, le daba diez centavos para que fuese a dar una vuelta en la calesita.

Serafín se privaba de ello y guardaba los diez centavos para comprar la bola de cristal. Este ahorro, aquella privación. Hacían del pequeño un héroe ante sus compañeros incapaces de uno y otra. Serafín entró solo a la juguetería, los demás se quedaron en la puerta, mirándolo con tamaños ojazos. El más atrevido se aventuró a asomar la cabeza; pero eso sí, todos oyeron cuando Serafín, con voz segura, dijo al dependiente de la juguetería:
- Déme esa bola de cristal que tienen en la vidriera.

Fue el dependiente a descolgarla, y el grupo de chicos se amontonó frente a la vidriera, a ver esa difícil operación de sacar la roja y brillante bola de cristal del gancho desde el que hacía tantos meses se exhibiera al deseo de los escolares. La descolgó el dependiente, y la puso en las temblorosas, anhelantes manos de Serafín. Sacó éste tres puñados de monedas de a diez centavos y las depositó sobre el mostrador. Dijo:
- ¡Cinco pesos!
Su voz tenía ese seguro timbre del orgullo. El dependiente comenzó a contar las monedas: cuando acabó, Serafín preguntó:
- ¿Está bien?
- Faltan diez centavos.
A Serafín le dio un vuelco el corazón- ¡Cómo es eso!... ¡No, no! ¿A ver, a ver?
El dependiente, bromista, sonrió:
- Sí, sí, está bien; son cinco pesos.
- Buenas tardes - dijo el chico, y salió de la juguetería. Los compañeros lo rodearon, ansiosos de ver y tocar.
- ¡No la toquen! ¡No la toquen!...

Y, gritando, Serafín procuraba abrirse paso entre sus camaradas. Comenzó a andar, lentamente, llevando la bola delante colgando del hilo; los demás, a su lado, detrás, saltando frente a él, atropellándose y hablando
- ¡Qué linda!
- ¡Mirá como brilla!
- ¡Ponela al sol para que brille más!
- ¡Qué colorada!
- ¿Por qué no compraste una azul?... ¿No había una azul?
Serafín no respondía. Grave y feliz, marchaba con su roja y brillante bola de cristal, contemplándola en sus manos, ¡en sus propias manos!, él, que todos los días, al pasar para la escuela, se quedaba mirándola un rato... ¿Y ahora era suya?... ¡Suya!...

Al doblar una esquina se encontraron con Gervasio, el más grande de la clase, un muchachote que, a pesar de sus trece años, no salía del grado segundo. Al ver a Serafín llevando la bola de cristal, dio un grito
- ¡La bola de cristal!... ¿La compraste?
- ¡Sí! - respondió Serafín, e intentó seguir adelante; pero el otro, el muchachote, le atajaba el paso:
- ¡A verla, a verla!, prestámela. ¡Dejámela llevar a mí un poco!...
- ¡No, no, se puede romper, no, no! - casi suplicaba Serafín.
- ¡Prestámela!
- ¡No!
- ¡Un poco nada más, así!... - y ya alargó los dedos y cogió el hilo.
-¡Nooo! - rugía Serafín, desesperadamente.

¡Chas!... La roja y brillante bola de cristal se había aplastado contra el suelo. De tanto tirar uno y otro, el hilo cortóse, y la bola, hecha mil diminutos pedazos, allí estaba en el suelo, brillando al sol los rojos pedacitos. Diríase gotas de sangre.

Transcurrieron unos segundos de estupor, y al cabo de ellos, Serafín, volviendo a la realidad terrible que era su querida bola de cristal deshecha en el suelo, alzó un alarido de dolor.
- ¡Ah!... - Y se arrimó contra la pared, a llorar convulsivamente, inconsolable.

Todos estaban confusos, y Gervasio lo estaba más que todos, quizás era el más dolorido también. Se arrimó al chiquillo que lloraba:
- No llores Serafín, yo...

No tuvo tiempo de terminar la frase, en su desesperación, el otro lo había arremetido a puñetazos y mordiscones, sin reparar en la diferencia de fuerza y edades. Gervasio sólo atinaba a defenderse y gritarle:
- ¡Si yo te la voy a pagar!... ¡Si yo te la voy a pagar!... Papá me da un peso todos los domingos, yo te los daré...

Serafín no escuchaba. Ciego, seguía arremetiéndole a puñetazos. Con uno de ellos le alcanzó en la cara, y a Gervasio se le coloreó la nariz. Oyó que algunos comentaban:
- ¡Le sacó sangre!
- ¡Le sacó sangre de la nariz!

Rápidamente, el muchachote se pasó el dorso de la mano por la nariz, y lo vio manchado de sangre. Aquello lo enardeció, dio unos pasos atrás, tiró la gorra y apretó los puños. Furioso, le gritó:
- ¡Ahora no te pago nada!... ¡Ahora no te pago nada! ¡Vamos a pelear!

Y esperó la arremetida del otro, pero Serafín, intimidado por la actitud como por las gotas de sangre que veía sobre su boca, se contuvo:
- ¿Me vas a pagar mi bola de cristal? - le preguntó.
-¡No! - contestó el muchachote - ¡No te pago nada, ahora no te pago nada!

Sintió el chiquillo que nuevamente la cólera volvía a apoderarse de él, de buena gana se hubiera echado sobre aquel grandote y lo hubiera estrangulado; pero bien veía en su actitud que ahora éste se hallaba dispuesto a pelear, furioso él también, y no se animó. Bajó al suelo los ojos, y ante los trozos menuditos, colorados como gotas de sangre, esparcidos por el suelo y que antes habían sido una hermosa bola de cristal, deshízose en sollozos nuevamente. Gervasio cogió su gorra y se aprestó a irse.
- ¡Me la vas a pagar! Eh?...
- ¡No te pago nada! - respondió el otro, limpiándose la nariz, y desapareció.

El chiquillo, desconsolado, se tiró de bruces en el suelo, a llorar sobre los pedazos de lo que fuera su roja, brillante, querida bola de cristal. Trabajo les costó a algunos de sus compañeros sacarle de allí y arrastrarlo hasta su casa. Al otro día Serafín faltó a clase. Un camarada que vivía en el mismo conventillo, explicó: "Está enfermo, ha amanecido con fiebre". Gervasio, al oírle, bajó la cabeza, confuso, como sintiendo las miradas que sus compañeros le hundían de soslayo. Serafín faltó dos, tres días, y el camarada, que vivía en su mismo conventillo, dio la nueva al maestro: "Había enfermado de fiebre tifoidea; esta tarde lo llevarían al hospital".
- ¡Pobre chico! - exclamó el maestro -. ¡Qué lástima, tan estudioso!
- ¿Es grave esa enfermedad? - preguntó alguno.
- ¡Gravísima! - respondió el maestro -. ¡Gravísima! No es el primero que muere; más si la contrae un niño débil como él...

¡Morirse! La palabra le dio en la frente a Gervasio con más fuerza que si hubiese recibido un golpe. ¡Morirse! Hundió la cabeza en el libro que tenía delante, aunque no leía nada. No hubiese podido leer nada, atento sólo a los comentarios del maestro. Este siguió:
- ¡Pobre Serafín!... Vamos a hacer esto, muchachos: El jueves, día de visita en el hospital, vamos todos. Se va a alegrar mucho al vernos.

Los niños acogieron con júbilo la proposición.
- ¡Sí sí, vamos, vamos!...

Y el jueves, por la tarde, todos, con el maestro a la cabeza, fueron a visitar al enfermo. Faltaba uno: Gervasio. El maestro reparó en la falta, y al otro día, en clase, le preguntó:
- ¿Por qué no fuiste ayer al hospital, a visitar a Serafín?

Gervasio agachó la cabeza, roja; y no hubo forma de hacerle responder. El maestro, un hombre ya canoso, sereno, no insistió más.
- Bien -dijo - iras el jueves próximo, porque nosotros pensamos ir todos los jueves a verlo, ¿verdad, muchachos?
- ¡Sí, sí, sí! - respondieron los chicos, alborozadamente.

Y al otro jueves, todos, con el maestro a la cabeza, fueron al hospital. Gervasio tampoco fue; el maestro, que desde el primer instante reparó en su falta, lo interrogó al otro día.
- Por qué no fuiste ayer, Gervasio?
Este hundió la cabeza, mudo y rojo.
- ¿Estás enojado con Serafín?
- ¡No!
- ¿Y entonces, por qué no vas a verlo?

No hubo forma de hacerlo hablar. Y el otro jueves faltó también. Al maestro comenzó a preocuparle la actitud del muchachote, su obstinación en no ir. Y en clase, a la mañana siguiente, volvió a interrogarlo:
- ¿Por qué no fuiste ayer, tampoco, a visitar al pobrecito? ¿Estás enojado con él? Pues él no lo está; me preguntó por ti; me preguntó por qué no ibas a visitarlo como iban los demás compañeros. Por qué no vas, Gervasio? Mira que Serafín tiene una enfermedad muy grave, y si llega a morir vas a tener un gran remordimiento... Gervasio, hundida la cabezota en los hombros, turbias las pupilas, callaba, y un chiquillo, haciendo latiguear sus dedos en el aire, gritó:
- ¡Señor!

Se veía en su ademán que estaba dispuesto a decir al maestro todo lo que había ocurrido y por qué no iba Gervasio; pero éste lo miró de una manera tan dura que el chiquillo intimidose. El maestro, pensativo, no había reparado en él, e intentó arrancar una promesa al obstinado:
- ¡Si, irás! ¿Verdad que irás? ¡Estoy seguro que irás! ¡Si Serafín muere vas a tener un remordimiento tan grande!...
Pero Gervasio faltó ese jueves también. Y el maestro, tan bondadoso y sereno, acabó por irritarse. No lo habló en toda la semana, hizo como si no estuviera: pero el otro jueves, a la terminación de la clase matinal, lo llamó:
- Gervasio, ¿vas a ir esta tarde al hospital?
- ¡Sí!...
- ¡Ah!, ¡qué contento se va a poner el pobre Serafín, qué contento! Siempre nos pregunta por ti. Verdad, chicos, que siempre nos pregunta por Gervasio?
- ¡Sí, sí, sí! - respondieron varias vocecillas.
- ¡Y está tan mal el pobre! Vas a ver, hoy cuando lo veas, no lo vas a conocer de flaco y ojeroso que está. ¡Ya sabés! ¿No faltes, eh? ¿No vas a faltar?
- ¡No!
- A la una, en la Dirección del hospital. Allí nos reunimos todos, y vamos juntos a verlo. Lo miramos desde el vidrio de la ventana, porque no nos dejan entrar. Es una enfermedad contagiosa. Lo miramos, lo saludamos. Nada más. El nos saludó también, ¡tan contento!... Ese jueves, pocos minutos después de la hora indicada, llegó Gervasio a la puerta del hospital. Tembloroso, visiblemente emocionado, entró en la sala de la Dirección. Ya estaba allí el maestro y un buen número de camaradas. Al entrar él, uno de éstos se apresuró a darle la noticia:
- ¡Ha muerto!
- ¿Eh? - hizo Gervasio, dio un paso atrás, abrió desmesuradamente los ojos, con el espanto en la boca que se le torcía en una mueca horrible. Otro dijo:
- Murió anoche.
- Anoche a las diez y cuarto - confirmó otro, precisando los detalles, gozándose en precisarlos, al ver el efecto que hacían.
¡Chas!...

De las temblorosas manos del muchachote había rodado hasta el suelo una roja y brillante bola de cristal que traía oculta en la capa, y que se deshizo en menudos pedacitos: Diríase gotas de sangre.