narrativa

EL VESTIDO NUEVO

... el músculo blando, los huesos sin
firmeza, los ojos apagados, de aquellos
niños de los pobres que son la cosa
más triste que mira nuestro sol.
GABRIELA MISTRAL

Tucha era la mayor, tenía catorce años: dos de sus hermanos, menores que ella, la aventajaban en robustez y estatura. Era pequeñita y pálida, con los cabellos rubios ralos y dos enormes pupilas color violeta que, a poco tiempo de mirarlas, hacían creer que era linda su desteñida faz de rasgos vulgares. Tenía otros tres hermanitos, tres guiñapos puro hueso y piel, sucios y chillones. Los padres y sus seis niños se apelotonaban en una sola pieza, la que llevaba el número 96 del conventillo. ¿Moblaje? Lo habían tenido, seguramente; restos de algo que habría sido un moblaje aún adornaban el cuartucho; era una cama de matrimonio y una cómoda, ésta ahora con los cajones rotos y un ladrillo en el lugar de una de las patas. Había dos camas más, de hierro. En una, la pequeñita, acostábase Tucha, la mayor, sola, porque ya casi era una mujer. En la otra, dos en la cabecera y dos en los pies, dormían cuatro de sus hermanos. El más pequeño se arreglaba a los pies de la cama de sus padres. ¡Lo que tenía que soportar el pobrecillo! De vez en vez, el padre se emborrachaba y se ponía insufrible; si el niño se movía en la cama, él lo cogía a puntapiés, entre gritos terribles que llenaban de terror a los demás niños. La madre tenía que ponerlo junto a ella entonces, apretujándose los dos, madre e hijo, para dar el mayor espacio posible al hombre borracho.

Este, una noche, hasta llegó a expulsar a su mujer y al pequeñito del lecho, porque hacía mucho calor y lo molestaban. Ella dormitó sentada en una silla y con el niño en brazos, mientras el hombre roncaba cómodamente. Serían las dos de la madrugada, cuando Tucha se levantó; no podía dormir, dijo, y ofreció su camita a la madre y su chicuelo, no quería aceptársela ella, pero la niña comenzó a vestirse asegurando que esa noche estaba desvelada, y se acostó la madre, acostó a su niño y se durmieron. Pero como a la mañana siguiente hallaron a Tucha dormida sobre la mesa, comprendió... Comprendió y, acercándosele, le pasó una mano sobre los cabellos rubios. La niña la miró con sus enormes pupilas violetas. Nada más. No hablaron, no necesitaban hablarse aquellos dos seres sufridos, mansos y desdichados. La madre tenía sus mismas pupilas violetas y su cabello rubio; y Tucha, que ya comenzaba a componerse y encintarse, reparó cierta vez en que debía haber sido linda, tal vez muy linda, más linda que ella con toda seguridad.

¡Y ahora tan insignificante!: con arrugas como surcos, y tan marchita que parecía una de esas flores viejas de papel sobre las que ha dado mucho el sol. ¡También la vida que llevaba...! ¡Qué vida con aquel hombre, ebrio, de una brutalidad egoísta; qué vida, con aquellos apurones que se daba para poder dar de comer todos los días a sus cinco hermanos y a ella! ¡Vaya si comprendía, y no de ahora, sino desde años atrás, vaya si comprendía Tucha lo que pasaba allí! Su padre, obrero pintor, no trabajaba todos los días; y ella vio salir la máquina de coser, vio salir el vestido de paseo de la madre. De esto último hacía dos años y, desde entonces, nunca la vio pasar de la esquina, para ir hasta el almacén, desgreñada, en chancletas... ¡Y habría sido linda su madre! Cierto que ella, Tucha, tampoco llevaba una existencia muy envidiable, metida en aquel cuartucho, con aquel padre brutal y entre los hermanos suyos chillones y que se pegaban entre sí por cualquier cosa. Y esto, con regocijo del padre, a quien aquello divertía...; pero, en fin, ella se pasaba buena parte del día en el taller, aprendiendo de modista, y después "el Ruso", como le llamaban al inquilino de la pieza 107, le prestaba libros, novelas y cuentos... En fin, que su vida no era la de su madre, que se levantaba a cocinar y remendar trapos y se acostaba cocinando y remendando, siempre con olor a frito. ¡Y si fuera eso sólo! El martirio de su madre, ¡oh, si Tucha lo veía, lo palpaba minuto a minuto!, el martirio de su madre estaba en su intento de conformar al padre, gruñón, malhumorado siempre, que jamás tenía una palabra dulce para ella.

Si quedaba harto, no decía nada; pero si no quedaba harto, ¡ah!... sus gritos y sus puñetazos contra la mesa se oían hasta en el tercer patio del conventillo. La mujer y los niños aterrorizados, se acoquinaban, mudos; y el hombre, rugiendo y pateando, los llamaba: "sanguijuelas que se tragan mi trabajo", "sanguijuelas que se chupan mi sangre"... Hasta que se iba, ya sabían adónde. La mujer y Tucha lo esperaban tal como volvía: borracho, gritando de nuevo, a estrujar a los muchachos ya dormidos, para quedarse él, embrutecido y roncando... ¡Cómo compadecía Tucha a su madre! Al fin ella, Tucha, tenía sus regocijos, Por ejemplo, esa mañana regresaba del taller con la sensación de que el pecho tuviese un puñado de cascabeles: se casaba una hija de su patrona y, para que pudiese asistir a la fiesta, le había regalado un vestido. ¡Un vestido nuevo! ¡Un vestido nuevo para Tucha! Ella, que en su calidad de aprendiza, tantas veces hubo de trajinar por esas calles con vestidos nuevos en el brazo, "vestidos nuevos para otras", pensaba; ahora. Hoy, en ese momento, llevaba un vestido nuevo en el brazo, cuidadosamente envuelto en un papel, escrupulosamente doblado; pero ese vestido nuevo era como si fuese el primer vestido nuevo que existiese en el mundo, tenía una prioridad única: ¡Ese vestido nuevo era para ella, para Tucha, para la aprendiza, no para ninguna parroquiana!... Y lo llevaba con tanta delicadez, con un cuidado tan sumo como si "su vestido nuevo" - "¡su vestido nuevo!" - hubiese sido de cristal. ¡Más!: como si "su vestido nuevo" hubiese sido de espuma. Lo llevaba evitando el roce de los transeúntes y mirándolo de vez en vez, como si temiera que la brisa se lo deshiciese.

Entró hablando en su cuartucho. La madre se regocijó con ella, los hermanitos comían tan indiferentes a su júbilo como lo hubiesen permanecido ante su dolor. El padre la miró varias veces, la miró de reojo, en tanto ella volcaba sobre la madre el cantarino chorro de palabras de su regocijo. El, callado, torvo como siempre, siguió comiendo. Tucha casi no probó bocado. ¡Ella estaba tan alegre, tenía un vestido nuevo! ¿Que eso no era para alegrarse hasta el punto de no comer? Sí, eso sería para otras, para las niñas ricas, para esas parroquianas de su patrona que estrenaban varios trajes por año; pero ella, Tucha, era el primer vestido nuevo que tenía en su vida, ¡el primero a los catorce años! ¿Cómo no alegrase hasta no comer de emoción?... El padre y los hermanitos tragaban; dos de los más pequeños se iban a tomar a golpes por un trozo de pan; Tucha les repartió el suyo para que no pelearan. ¡Cómo! ¿Había alguien que pudiese pelear en ese día?

Metió su vestido, escrupulosamente estirado, en el cajón de la cómoda, el único que tenía llave, y se guardó ésta. Comió de pie dos bocados, sólo para complacer a la madre. ¡Si este día hubiese bebido para complacer al padre, si él lo hubiese querido! Este día ella necesitaba complacer a todos. Y salió para el taller, resonante el pecho de palabras sin sentido quizás, pero sonoras, musicales... Volvió casi de noche; el padre dormía, borracho hasta más no poder. Llorando, la madre le contó la escena: ¡la había llegado hasta pegar esa tarde! Uno de los chicos lo tenía una vecina en su cuarto; si no se lo saca, lo estrangula. Había estado terrible, seguramente bebió como nunca esa tarde. Tucha sintió lo que debe sentir una copa de agua pura y fresca a la que, de pronto, se le echara un montón de barro; sintió ensuciársele su alegría. Y pensó: ella en el taller, tan contenta, charlando y riendo, en tanto la madre aquí...

No se acordó ya de su vestido nuevo, aunque ella venía lo más apresuradamente posible para sacarlo del cajón, estirarlo, contemplarlo otra vez... Comió sin hambre y se acostó. Se acostó a soñar: primero con los ojos bien grandes, con las hermosas pupilas violetas hundidas en un punto del techo; después, dormida, pensando en que a la otra noche, a esa misma hora, vestida con su vestido nuevo... ¡Cómo soñó en voz alta esa noche, cómo rió a carcajadas!

Despertó al otro día, un poco más tarde que de costumbre. Su padre ya había salido, sus hermanos también; sólo la madre estaba allí, dando de comer al más pequeño. Ella se tiró en camisa de la cama y corrió al cajón, a mirar y tocar su vestido nuevo. Al verla, la madre dio un grito terrible, un grito de angustia que la paralizó de asombro:
-¡Tucha!
- Eh?... ¿Qué?
- ¿Dónde vas, dónde vas?...
- Pero mamá, voy a ver mi vestido nuevo...

Y se detuvo saboreando el posesivo.
-¡Tu...!

Dijo la madre; y no pudo hablar una palabra más. Tucha había abierto el cajón y, vuelta hacia ella, la interrogaba:
- ¿Mamá, y mi vestido? ¿Y mi vestido nuevo, mamá?

La madre sólo lloraba; y el chiquillo, a quien ella había dejado de darle de comer, lloraba y gritaba también, para que se le diera. ¿Qué le importaba a él de nada? El estaba comiendo y, para llorar, su madre había dejado de darle de comer. ¡Y él quería comer! Lloraba y gritaba. Tucha, lentamente, se acercó a la madre. ¿Por qué lloraba? Algo terrible, algo espantoso, algo que no se atrevía ni a imaginar, había ocurrido.
-¡Mamá!... - habló.

Y la madre, levantando la cabeza desgreñada, canosa ya, entre sollozos, le contó lo ocurrido:
- ¡Tucha, hija mía, yo soy una desgraciada, todos somos muy desgraciados! ¡Yo quisiera morirme de una vez, yo y todos, para que ninguno se quedara a sufrir!
- ¿Qué ha pasado, mamá?
- No bien te fuiste, tu padre hizo saltar la cerradura del cajón, yo se lo quise impedir y se puso furioso hasta pegarme. Sacó tu vestido y se fue con él; cuando volvió, venía borracho; le pegó a Manuelito... ¡Yo soy una desgraciada, yo no se porqué soy tan desgraciada! El se acostó, por fin; en uno de sus bolsillos hallé la papeleta. Aquí está. Fue al cajón donde guardaba las papeletas de empeño, donde estaban las de los muebles y ropas ya perdidos por no pagar las mensualidades, y de él sacó la papeleta y se la dio a Tucha. Esta leyó: ocho pesos...
- ¡Ocho pesos! - dijo en voz alta; y los ojos se le nublaron.
-¡Se los bebió! - continuó la madre -. Cuando volvió no traía nada.

Tucha tuvo que sentarse en el borde de su lecho para no caer, con la papeleta que le temblaba en las manos como el ala de una mariposa agónica... ¡Y lloró por fin! Tirada boca abajo, ahogando los gritos contra las almohadas, lloró, lloró, como fuera de sí, sin fuerzas ni aun para pensar, lloró... El niño había callado; la madre, sollozando siempre, le daba de comer, y el niño tragaba, satisfecho.

¿Cuánto tiempo lloró? Tucha no lo sabía. ¿Cómo saberlo si había perdido toda noción de tiempo y de lugar? Ni aun sabía donde estaba. Oyó voces confusamente, la voz de su madre, la voz del "ruso", como llamaban al inquilino de la pieza 107. ¡Todo tan vago!... ¿Tal vez se desmayara?... Y por fin, oyó a la madre, sentada en el lecho, a su lado:
- Tucha, hija mía: ya tengo los ocho pesos. Aquí están. Así sacás el vestido del empeño. Aquí están. Me los ha dado el "ruso", el tipógrafo de la pieza 107.

Se volvió con las pupilas violetas desmesuradamente grandes, borrosas de lágrimas aún:
- ¿Eh? ¿Qué?... ¿Qué?...

La madre siguió hablando:
- El ruso" me ha dado los ocho pesos. Aquí están.
- ¿Te ha dado los ocho pesos? ¿Y por qué?
- Pasaba y te oyó llorar; me preguntó y se lo dije todo. El sacó los ocho pesos y me los dio. Yo no quería recibirlos; le dije que no se los podría pagar nunca. Me los regaló. Aquí están. Sacá el vestido del empeño. Aquí están. Le metió los ocho pesos en el puño que aun apretaba la papeleta. Tucha, de un salto, se puso de pie. Sentía como si nueva sangre le calentara el cuerpo. ¡Tenía otra vez su vestido! ¡Ah, cuando hallara al "ruso", las cosas que le diría! ¿Cómo le daría las gracias? Otra vez era suyo su vestido nuevo, ¡su vestido nuevo!, al que ya creyó perdido para siempre; ¡y podría ir a la fiesta esa noche, y eso cuando ella creyó que ya no iría!... Otra vez el puñado de cascabeles de su juventud ilusionada comenzó a cantarle en el pecho feliz. ¡Oh!, pero su madre seguía triste. ¿Por qué seguía triste? Bien se le veía en el ceño grave de su faz marchita, en la mirada sin brillo de sus ojos. Le preguntó:
- ¿Que tenés, mamá?
-¡Nada, hija, nada! ¿Qué voy a tener? Andá pronto, sacá tu vestido, hija...
- ¡Sí, sí!...

Y empezó a arreglarse apresurada, aunque observando a la madre. Ya iba a salir cuando se volvió:
- ¿Qué tenés, mamá? ¡Estás triste!
- ¡Nada, hija, nada!

Pero rompió a llorar desesperadamente, con los dos puños en la cara y, sin poderse contener, necesitando echarse sobre alguno, para que alguno compartiera su dolor; inconsciente casi de lo que hacía, pero sintiendo algún alivio al hacerlo, contó a la hija su pena dura, esa que la entristecía más aún la faz agrietada: El padre, todavía borracho, había salido sin darle ni un centavo con qué comprar el puchero. A las doce vendrían los niños... ¿Qué les daría de comer? Fiar, no le iban a fiar; ya no tenía crédito, y a la mujer de un borracho le desconfían los comerciantes...
-¡No tengo ni para un kilo de pan!

Tucha la interrumpió:
-¡Tomá!

Y le puso los ocho pesos en la mano. La mujer levantó la cabeza:
- ¿Y tu vestido Tucha, y tu vestido nuevo?
- Lo sacaré cuando haya plata.
- Sí, pero la fiesta es hoy; no vas a poder ir...

¡No ir a la fiesta! Tucha no había pensado en eso. ¿No ir a la fiesta?
- ¡No voy, no importa, no voy! ¡Bah!... ¡Puf!...

Lo dijo de tal modo, encogiéndose de hombros de manera tan despectiva, que la madre creyó que a su hija, poco acostumbrada a fiestas, no le importaba ir o no ir.
- ¿Pero para qué me das los ocho pesos? Con uno basta para la comida de hoy; mañana tal vez...
- De todas maneras, con siete pesos no podré sacar el vestido. El plazo para renovar es de tres meses; de aquí a tres meses quizás me los puedas devolver. Entonces lo saco. Mañana tampoco tendrás para la comida, ya sabés que cuando papá anda así, no trabaja. ¡Guardate todo! ¡Bah! Dentro de tres meses saco el vestido.

Y ella bien sabía que su madre nunca más podría tener aquellos ocho pesos juntos para gastarlos en una cosa tan superflua como un vestido nuevo; pero dobló la papeleta en dos, la dobló en cuatro, la dobló en ocho. Y se la metió en el seno tan delicadamente como si la papeleta hubiese sido una flor, como si hubiese sido una flor seca.