narrativa

El PATO CIEGO

Los niños saben crear todo de la nada... Goethe

Josefina es una desmedrada indiecilla de once años. Fea. Su fealdad no inspira lástima. Su debilidad no le atrae compasiones. Sus ojos gachos y turbios, la madeja de sus cabellos enmarañados y el amarillento color de su piel, la hacen repulsiva. Su hurañez concluye por alejarla de todos, y se le allegan sólo para golpearla. Tímida, no protesta, llora en silencio; su llanto no escandaliza, y la pobre ni esa postrer arma posee. Cuando la zurran, se esconde para llorar como si a quien le pegó quisiese ahorrarle el espectáculo de sus lágrimas. Trabaja de sirvienta; la señora la golpea, el señor la grita, la cocinera la estruja. Mansamente, Josefina soporta todo de aquellos tres seres agrios y viejos que no comprenden su tímida dulzura ni su niñez amedrentada.

Mas la indiecilla tenía un amigo. Era un pato a quien el señor le sacara los ojos, porque pensaba convertirlo en paté de fois gras. Josefina amaba al pato ciego, un pato gordo que no se podía mover, casi, y a quien hubo que sacar del gallinero para que no lo mataran a picotazos las demás aves. La chica vio en aquel pato, indefenso como ella, un camarada: los unía la desventura propia y la injusticia ajena. Cuando los señores salían, cuando la cocinera quedábase dormitando frente al fogón, ella corría al fondo, a hablar con el pato ciego. Llevábale migajas y, mientras se las ponía en el ancho pico, le hablaba dulcemente, con el cariño inmenso que escondía en sus entrañas:

- Patito, patito mío, patito ciego; patito, patito. Te gusta, eh? Te gusta, eh? ¿Te gusta, patito?
-¡Cuá, cuá!... - hacía el pato, y tragaba.
- ¡Ah!, ¿me das las gracias? ¿Gracias me decís, patito, patito gordo? Tomá, comé, comé más, comé...
- ¡Cuá, cuá!... - hacía el pato, y tragaba.

Luego que el pato había comido, lo acariciaba sin dejar de hablarle:
- Pobre patito, patito querido, ¿decís cuá, cuá?, ¿decís que me querés, cuá, cuá?
- ¡Cuá, cuá!... - le respondía el pato.

Ella reía y continuaba:
- ¡Ja, ja, ja!, cuá, cuá, patito ciego; ¿te han quitado los ojos, patito? ¡Pobre pato! Quieren que engordés, pato, no engordés.
- ¡Cuá, cuá!... - parecía responder afectuosamente el pato, que se dejaba acariciar.

A veces interrumpía el idilio la áspera voz de la señora o el chillido de la cocinera, que la llamaban:
- ¡Josefina!, ¿dónde te has metido, india bribona?

Josefina entonces rápidamente, daba un fuerte beso en la cabeza del pato y salía corriendo y gritando:
- ¡Aquí estoy, aquí estoy!...

Eran Leda y el Cisne mitológicos, aunque la Leda estaba reducida a una fea chinita y el Cisne a un gordo y sucio pato.

Varios meses duró el idilio; pero una noche, mientras comía, entró la señora a hablar con la cocinera, dijo:
- Mañana va a matar el pato, ya está bastante gordo, ¿no le parece?
- Si, señora, está demasiado gordo y se puede morir si no lo matamos.
- Recoja la sangre.
- Esta bien, señora.

Se fue el ama, y Josefina no pudo tragar un bocado más. Se le había formado un nudo en la garganta, otro nudo en el estómago; le faltaban las fuerzas, parecíale que iba a desmayarse. No pudo ni llorar. Terminada la comida, como era verano, se puso al fresco. Le ardía la cabeza, las manos le temblaban. Hacía dos años que muriera su madre, ella había llorado mucho; pero sin sentir lo que ahora, esa desgana mortal, esa desazón que ni llorar le permitía.

Si mataban a su amigo, su pobre pato ciego, ¿a quién iba a querer ella? ¿Al gallo? ¡No! El gallo picaba. ¿A las gallinas? ¡Eran tan esquivas! ¿A los pollitos? ¡Su madre era tan brava!... ¡No, ella no quería a nadie más! Muerto su pobre pato, ya con nadie más podía charlar, ya no podía besar a nadie más, ¡a nadie!...

Josefina sintiose desdichada, enormemente desdichada; hubiera querido morir ella en vez del pobre pato ciego. ¿Cómo salvarlo? ¿Se arrodillaría ante la señora, pidiéndole que no matara al pato? Inútil, bien conocía ella a la señora, ¡qué pellizcos no la daría! ¿Le pediría al señor? ¿Acaso el señor, por no amargarla a ella, renunciaría a ese paté de fois gras con el que se saboreaba de antemano? Josefina se resignó a que su pato, su amigo ciego, muriera. Ya resignada, lloró. Ya resignada, lloró; lloró con un llanto apacible que la consolaba; sin gemir, sin gritos, larga y silenciosamente... De improviso tomó una resolución: despedirse de su amigo, hablarlo, besarlo por última vez; y se dirigió al fondo.

Al oír su voz:
-¡Patito, patito ciego!
- ¡Cuá, cuá!... - le respondió el condenado a muerte. La chiquilla fue a él y, entretanto le hablaba, lo besó ardientemente en el pico, en la cabeza, en los ojos.
- Querido patito, patito ciego, vas a morir; te matan mañana, patito, ya no te veré más, patito querido, ya no te daré más pan; te van a comer, patito mío, pobre patito ciego...
Y lo besaba, lo besaba enloquecidamente.
- ¿Qué decís, querido? ¿Sabés que vas a morir? ¿No llorás, patito?
- ¡Cuá, cuá, cuá, cuá! - le respondía el pato.

Ella, sollozante, lo seguía besando...
De la calleja, a la cual daban los fondos de la casa, llegaban las voces de unos chicos que jugaban.
- ¿Pescador, pescador, me dejará pasar?
- ¡Pasará, pasará, pero el último se quedará!

Josefina reconoció en el que habló último la voz de Ruperto. ¡Tuvo una corazonada!
Ruperto era un muchachote de su edad; pero sano y hermoso. Era bueno. Josefina lo suponía porque una vez en que dos muchachos la estaban pegando, Ruperto la defendió. Se había golpeado con los otros hasta hacerlos huir; después dialogaron:
- ¿Y no tenías miedo de esos? - preguntó ella, admirada.
- ¿Miedo, yo? Papá dice que no debo tener miedo a nadie.
- ¿Ni al diablo?
- ¡Ni al diablo!
- ¿Es bueno tu papá?
- Sí, y mamá también es muy buena.
- ¿No te pegan nunca?
- ¡Nunca! ¿No te digo que son buenos?
Desde esa vez, Josefina no volvió a hablar con su salvador; lo veía jugando siempre con los chicos, gritón, fuerte, ¡y dábale un gusto verlo tan alegre y tan hermoso! Ruperto salvará mi pato - pensó la atribulada criatura; lo salvará como me salvó a mí.
Se asomó por una rendija del cercado:
- ¡Ruperto, Ruperto!...

Acudió el muchacho.
- ¿Eh, quién me llama? ¡Ah, Josefina! ¿Para qué me llamás? ¿Querés jugar con nosotros?
- ¡No! Te llamo para ofrecerte un pato. ¿Querés un pato?
- ¿Un pato? ¡Bueno!
- Esperá.

La chica cogió el pato, tan gordo estaba que a duras penas pudo alcanzarle por encima del cercado.
- ¡Tomá!
Ruperto se subió a unas piedras y estiró las manos:
- ¡Adiós, adiós, patito, adiós! - lo despedía la amante - ¡Adiós, adiós, patito ciego, adiós! - y lo besaba interminablemente en el pico, en la cabeza...
- ¡Te vas, te vas con Ruperto! ¡Ruperto es bueno, patito: tiene papás buenos que no le pegan, adiós, adiós, patito, adiós!
- ¡Cuá, cuá, cuá!... - hacía el pato, como si se despidiera.
Ruperto lo cogió y, balanceándose con su peso, echó a correr.

¡Qué bien durmió Josefina aquella noche! ¡Que sueño más descansado el suyo! ¡Cómo veía feliz a su pato en casa de Ruperto, junto a sus padres, a quienes ella no conocía, pero a los que suponía buenos y sonrientes! Interrumpió su sueño la cocinera, a gritos- ¡Bribona, haragana, durmiendo todavía, y se han robado el pato!

La levantó de un brinco. Mientras se vestía, oyó los alaridos de la señora, enterada por la cocinera del robo. Luego los rugidos del amo, furioso... Josefina temblaba, los dientes se le golpeaban de terror: ¡si llegasen a descubrirla!... Pero los otros ni pensaron en ella. El señor se fue a la comisaría, la señora a averiguar por el vecindario, la cocinera salió también de averiguaciones, y Josefina quedó sola, pensando en el pato ciego que ella salvara de la muerte. ¡Y qué feliz se sentía! ¡Oh, si le parecía que el pecho se le abría y el corazón iba a salírsele de él, saltando como una pelota!

Hasta dos días después no vio a Ruperto. Ella iba a un mandado y lo halló en la calle, correteando con otros chicos. Se le acercó a preguntarle:
- ¿Y el pato, Ruperto?
- ¿El pato? ¡Aquí está! - respondió él, y se golpeaba el estómago - ¡Aquí está!
Ella presintió lo horrible; pero quiso convencerse.
- ¿Qué, qué, qué?...
- ¿Qué? ¡Que lo comimos!
- ¿Lo comieron? - aún tuvo valor para preguntar, desolada, aturdida, como cuando la golpeaban en la cabeza.
- ¡Y bien rico que estaba, bien rico y bien gordo! ¡Ja, ja, ja!...

Rieron los otros chicos. Rieron sin saber por qué, quizás de sus ojos espantados, del dolor que se traslucía por ellos. Nada dijo la indiecilla. ¡Estaba tan acostumbrada a sufrir, a soportarlo todo en silencio! Dio vuelta y emprendió el camino de su casa. Sentía otra vez aquella desazón aplastante, aniquiladora, de la noche en que supo que iban a matar a su amigo.

¡Y ahora su amigo había muerto! No lo lloró Josefina, ya resignada a no verlo más; su desconsuelo era otro. Desconsolábala pensar que Ruperto era malo, que eran malos también los padres de Ruperto, malos como todos, como la señora, como el señor, como la cocinera, como los chicos de la calle, malos como todos los que ella conocía... Desconsolábala su engaño y, quizás también, pensar que, ¡infeliz! debía vivir en un mundo de malos que se comían a los pobres patos ciegos como su amigo, y les pegaban a las chicas débiles como ella.