narrativa

EL ARBOL DE NAVIDAD

Oísteis que fue dicho: "Amarás a tu prójimo y
aborrecerás a tu enemigo". Mas yo os digo:
Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que
os maldicen, haced bien a los que os aborrecen...
Porque si amarais sólo a los que os aman, ¿qué
recompensa tendréis?
¿No hacen también los mismo los malos?
Y si abrazáis a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más?
¿No hacen también lo mismo hasta los malos?
Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco
vuestro padre os perdonará vuestras ofensas".
Jesús - El Sermón de la Montaña

Quico, o "el hijo de la cocinera", según le decían en la casa, preguntó a la madre:
- ¿Mamá, por qué hay tanta fiesta hoy?
- Porque es el día de Navidad, hijo - le respondió la madre, desplumando un pollo.
- ¿Y el día de la Navidad, es el día que nació Jesús?
- Sí.
- ¿Y para festejar ese día el patrón hace fiesta?
- Sí, porque el doctor y su señora son muy cristianos. Ya lo ves, habrá una gran comida, vendrán muchos invitados, ricos señores con sus esposas y sus hijos, y a la noche se colocará el árbol de Navidad.
- ¿El árbol de Navidad, mamita? ¡Qué lindo!
- ¡Oh, será una fiesta espléndida! Me dijo la mucama que van a venir más de cincuenta niños.
- ¡Qué lindo, mamita, qué lindo! ¡Cómo me voy a divertir! Me pondrás el traje de marinero, ese que era de Julio, y que la señora te regaló para mí.
- ¿Y para qué, hijo?
- ¡Para ir a la fiesta yo también, pues! ¿O pensás que me voy a quedar aquí, en la cocina?... ¡Allá habrá juguetes y dulces, mamá!...
- Pero no te han invitado, Quico. ¿Cómo vas a ir? Este árbol lo hacen los hijos de nuestro patrón para sus amiguitos.
- ¿Y yo no soy amigo de ellos, mamá?
- No, Quico!
- ¿No me has visto jugar a la pelota con Julito?
- Con el niño Julito, con el niño Julito; ya sabes que la señora se enojó la otra tarde porque te oyó decirle Julito a secas: el niño Julio. El niño Julito...
- ¿Bueno, no me viste jugar a la pelota con Julito, con el niño Julito?
- Sí.
- ¡Entonces, soy su amigo, pues!
- No, Quico, él es hijo del patrón, que es un señor muy rico...y vos...
La mujer se detuvo, tiró el pollo desplumado en un tacho de agua, y cogió otro.
- Y yo qué, mamá... - interrogó el niño, que se había quedado suspendido de la frase anterior, con la boca abierta y los ojos siguiendo todo lo que su madre hacía.
Tuvo que volver a preguntar porque su madre, tal vez demasiado atareada, no le respondió enseguida.
- ¿Yo, qué mamita? ¡Qué mamita, yo!...
- El hijo de la cocinera - le contestó ella al fin, en voz baja.
A Quico aquello no le aclaró nada.
- ¿Soy el hijo de la cocinera? ¡Ya lo sé! ¿Y porque soy el hijo de la cocinera... yo... acaso?
- No podés ser amigo del hijo del patrón.
Quico se quedó sin comprender todavía. Aquello era muy complicado para la lógica recta de sus once años: Si él jugaba a la pelota con Julito, ¿por qué no había de ser amigo de Julito? Quedó unos segundos en silencio y mirando a la madre. Esta seguía atareadísima desplumando pollos. Volvió a preguntarla:
- Mamá, no sé porqué yo y Julito...
- El niño Julito y yo, se dice - le corrigió la madre.
- No sé por qué yo y... el niño Julito, no vamos a ser amigos.
- ¿Pero no te lo dije, muchacho? Porque él es hijo del patrón y vos hijo de la cocinera...
- Pero yo no sé por qué...
- ¡Basta! - concluyó, impacientándose, la mujer -. ¡Andá, ayudame a pelar esas papas, y no me preguntés más! Me hacés perder tiempo y hay mucho que hacer. Quico se puso a mondar papas, resignado a no aclarar aquel enigma: ¿Por qué él, Quico, el hijo de la cocinera, que muchas veces había jugado a la pelota con Julito o con el niño Julito?... Y se le ocurrió otra pregunta:
- Mamá, ¿por qué la señora se enoja si yo le digo Julito? ¿No se llama Julito? ¿Si todos le dicen Julito?
- Se enoja porque él es hijo del patrón y vos el hijo de la cocinera...
Y calló la madre. ¡Vaya con la explicación!, pensó Quico, tan a oscuras como antes, ¡el hijo del patrón!, ¡el hijo de la cocinera!... Su madre todo lo explicaba con esto, y esto no le decía nada a él, ¡nada absolutamente! Volvió a interrogarla, tímido al principio:
- Mamá...
- ¿Qué?
- Pero acaso te enojás porque él me diga Quico a mí y no niño Quico?
Rió de buena gana la mujer.- ¡Qué muchacho éste, qué ocurrencias las tuyas, hijo! El hijo del patrón llamándole niño Quico al hijo de la cocinera... Y volvió a reír a carcajadas.
¡El hijo del patrón! ¡El hijo de la cocinera! ¡Otra vez! ¿Pero, era tonta su madre, acaso? ¿No sabía responder a sus preguntas de otro modo que con esas dos frases?... Y lo enojó verla reír:
- ¿Por qué ríes? ¡Yo no sé por qué! ¡Si no me dice niño Quico a mí, yo le diré Julito, Julito, Julito!
Gritaba. Su madre lo hizo callar, enojada también.
- ¡Fuera, vamos, fuera de la cocina!...
Quico salió corriendo. Se hizo este propósito, en voz alta: ¡No volveré hasta la noche, cuando pongan el árbol de Navidad! Y se fue a la playa, a chapuzarse en el río con otros muchachos, hijos de pescadores, sus amigos también, y a los que no debía llamarlos niño Pancho ni niña Juana ni niño Pepe; sino Pancho, Juana y Pepe, a secas, ya que sus madres no se enojaban por eso, como tampoco se enojaba la suya porque lo llamaran Quico, a secas también. ¡Vaya con las rarezas de la señora, la madre de Julito! Siempre le había sido antipática: ¡Tan seca, tan gritona! Y se vengó de ella, Quico! A solas, comenzó a gritar, hasta enronquecerse: - ¡Julito, Julito, Julito, Julito, Julitoooo!...

El rencor que sentía por la señora lo hizo meditar y, mientras se encaminaba lentamente a buscar sus amigos: Pancho, Juana y Pepe, pensó: La señora es cristiana. Quico no podía dudarlo, pues, al otro día de estar su madre conchabada en la casa, le preguntó si su hijo había hecho la primera comunión. No la había hecho: Quico creyó que la señora iba a desmayarse. Con las manos en la cabeza, gritaba:

- ¡Once años y sin hacer la comunión, oh, Dios mío! ¡Mañana mismo irá a la iglesia, a la doctrina cristiana! ¡A que lo preparen para hacer la comunión! Por eso no dudaba Quico que la señora y el señor eran cristianos. Y desde el día siguiente, por la tarde, Quico fue a la sacristía de la iglesia, donde el cura, un viejo muy simpático, le enseñó, a él y a seis chicos más, la doctrina cristiana. Primero les dijo quién fue Cristo, su vida y su muerte; luego les explicó sus hechos y milagros... A Quico, preguntón como era, se le ocurrió preguntar al cura sobre varias cosas; pero no se atrevió, le imponía respeto. El le hubiera querido preguntar, por ejemplo: - Jesús dijo:"Más liviano trabajo es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios". Entonces, ¿Jesús no era amigo de los ricos? ¿Y si no era amigo de ricos, por qué el doctor y su señora que eran tan ricos, según decían todos los sirvientes, que tenían una quinta tan hermosa, dos automóviles, muebles y trajes tan costosos, por qué eran cristianos, partidarios de Cristo que no era amigo de los ricos? El muchacho no se atrevió a hacer esta pregunta. Ni esta otra que también se le ocurrió: Jesús dice: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco nuestro Padre os perdonará vuestras ofensas". Y él había visto que el doctor, una vez que un vendedor ambulante le dijo no recordaba qué osa a la señora que lo había llamado "ladrón", no lo perdonó, como Cristo mandaba, sino que llamó al mucamo y al jardinero, y entre los dos lo hizo echar a empujones a la calle, después de hacerlo golpear. Quico no olvidaba nunca que el vendedor era un viejo y el mucamo y el jardinero lo golpearon hasta sacarle sangre de la nariz, después de tirar por el suelo su mercancía. Y no olvidaba que el señor y la señora gritaban: ¡Bien! ¡Insolente! ¡Fuera! ¿Y a pesar de eso eran cristianos, partidarios de Cristo, que enseñaba a perdonar?... Jesús predicaba pobreza, mansedumbre, y la señora era rica y soberbia. El la oía gritar a las mucamas y, cuando salía de paseo, llevaba joyas y trajes riquísimos.

A él, a Quico, ni lo miraba siquiera. Y una vez que se le ocurrió asomarse al comedor, ella, a gritos, lo echó afuera:
- ¡A la cocina, sucio, mocoso, a la cocina con su madre!
Y la oyó comentar, indignadísima:
- ¡No faltaba más! ¡El hijo de la cocinera!
¡El hijo de la cocinera! La frase, oída con indiferencia hasta entonces, le comenzó a escocer al muchacho. ¿Qué? ¿Su madre era cocinera? ¿Pero era un delito eso? ¿No era peor ser ladrona que cocinera? Nunca se había animado a hacer tales preguntas al cura viejo. Su seriedad y su cabellera blanca lo imponían; pero en aquel momento, en que lo asaltaban sus meditaciones, en que se hallaba confuso y triste, hubiera querido tenerlo delante y preguntárselo todo... Sin embargo, la señora era cristiana. Su propia madre se lo acababa de decir: Los señores hacen el árbol de Navidad, festejan el nacimiento de Jesús, porque son cristianos. ¿Y si la señora no fuese cristiana, lo hubiera mandado aprender doctrina cristiana con el cura?...

Oyó que le gritaban- Quico! Quico!... Era Pancho, el hijo del pescador, "el gordo", como él lo llamase sin que el otro se enojase. Pancho le hablaba de lejos, a gritos:
- ¡Pronto, pronto! ¡Tengo dos anzuelos, vamos a pescar!...
¡A pescar! Quico se sintió totalmente feliz, y echó a correr hacia donde estaba su amigo, olvidado de la señora, del cura, y hasta del mismo Jesús... ¡A pescar!

Pasó el día en el río, pescando, comiendo lo que pudo, corriendo y jugando. Regresó de noche a la quinta, cansado, los pies doloridos de tanto andar por las rocas, bostezando de sueño. Al aproximarse, oyó una música que le hizo apretar el paso, hormigueándole la sangre de curiosidad. Oculto entre los árboles, cauteloso fue acercándose a la casa, toda iluminada, tan iluminada que parecía un castillo de fuego artificial. Esta comparación se le ocurrió al niño que la contemplaba embobado.

La música y las flores le turbaban la imaginación, llevándosela a países remotos, ¿dónde?... Se fue acercando más, más... ¡Miró al fin! Subido a la balaustrada del balcón, miró adentro, y creyó caer de asombro. Allí, rutilante de farolitos japoneses, fantástico de juguetes y cajas de dulces, se hallaba el árbol de Navidad, y alrededor de él, danzaban niños y niñas vestidos de mil colores, rientes, felices... Bailan, pensó Quico, y después se llevarán los juguetes y se comerán los dulces del árbol. ¿Y yo? ¿Ni uno he de tener yo? Pasaba Julito bailando y él, irreflexivo, comenzó a gritarle:
- ¡Julito, Julitoooo, dame un juguete, Julito!

Varias parejas de niños se detuvieron asombrados, aparecieron algunas madres... A Quico no le importaba, él quería un juguete. ¡Había tantos, que bien podían darle uno a él! Por ejemplo: allí había una hermosa pelota grande de varios colores... ¡Qué partido de fútbol haría con sus amigos en la playa!
- Julito, dame esa pelota...

Y oyó la voz seca de la señora que chillaba:
- ¡Abajo de ahí, pillete, abajo de ahí!

Quico no se bajó, impuso condiciones:
- Déme esa pelota y me bajo... ¡Ay!

Un lacayo celoso le había dado una palmada, luego lo tomó de un brazo fuertemente y le aplicó un golpe en la cabeza. Quico se agachó, para librarse de otro golpe, y, a la ventura, cogió una piedra. Se hallaba ciego de cólera, la transición había sido demasiado brusca: de estar contemplando el maravilloso árbol de Navidad, en aquel salón lleno de niños, flores y luces, a verse en el suelo y golpeado... Corrió un trecho, dio vuelta hacia el lacayo, tiró la piedra lo más fuerte que pudo. Y se lanzó a correr; pero oyó un estrépito de cristales y gritos que lo obligaron a correr más aún, más... Corrió hasta la playa, allí se detuvo, estaba solo, cansado... Y se tiró bajo unos árboles boca arriba, a mirar las estrellas. La noche estival era hermosa, la brisa aromada le recordaba el cisne conque la mucama se ponía polvos, él lo sabía porque una vez se lo pasó por la cara... ¡Buenos gritos se llevó! Y aquel recuerdo ingrato le trajo éste, el de ahora. ¿Qué habría pasado allá? ¿Qué habría roto?... Se quedó mirando una estrella que aparecía y desaparecía entre las hojas del árbol a las que hacía danzar la brisa. Y el río no dejaba de cantar en la playa...

Quico pensó: El río toca la música y las hojas bailan...
De súbito, sin saber cómo, vio ante sí una negra silueta: ¡era el cura viejo, el que le enseñaba la doctrina!
- ¡Señor cura! - gritó el niño, y se puso de pie, con la cabeza mustia, avergonzado de su acción, que el cura sabría ya, seguramente.
- Nada temas, hijito - respondió el cura -. Nada temas, ven conmigo.

El no dudó y, lo que más le asombrara, no temió tampoco. Se fue tras del cura y se hallaron en la quinta. Oyó la música que lo embelesara, vio las luces que lo habían embobado. Y al llegar él, muchos niños se le adelantaron a recibirle, y Julito y Lola, los hijos del patrón, cogiéronle uno de cada mano. Vio ante sí al doctor y a la señora rodeados de señoras y señores lujosos; todos le sonreían y lo miraban bondadosamente. Vio también, qué, Pancho, Juana y Pepe, sus amigos, los hijos de los pescadores, se hallaban allí. Descalzos como siempre, sucios y malvestidos, pero nadie reparaba en ello y los niños lujosos les daban las manos. ¿Vio, qué? ¿Pero no era su madre, esa? ¡Sí, su madre, la cocinera! Ah, pero no vestía su delantal pringoso de cocinera, llevaba un traje lila lujosísimo, un traje que él vio a la señora una vez, ¡y un collar de perlas que él también había visto a la señora! ¡Los llevaba su mamá! Quico deseo hablarla... Pero oyó al cura, al cura que con voz grave y dulce de siempre, decía:
- Jesús nos ha enseñado: "Oísteis que fue dicho: "Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo". Mas yo os digo: "Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen..."

Quico llorando, protestó:
- ¡No, no, no! Yo no soy enemigo de la señora, yo no la aborrezco; me era antipática porque me trataba mal, porque gritaba a mi madre y a los demás sirvientes; pero ahora es buena, tiene razón mi madre, la señora es cristiana... No habló más. El llanto lo impedía, un llanto copioso que le llenaba de ternura el corazón infantil. En aquel momento, si la señora se hubiese estado ahogando, él se hubiera tirado a salvarla o a morir con ella... Y el viejo cura prosiguió, recitando las palabras del Evangelio:
- “Porque si amarais sólo a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los malos? ¿Y si abrazáis a vuestros hermanos solamente, qué hacéis de más? ¿No hacen también lo mismo los malos?"

Verdad, pensó Quico, la señora amaba a sus hijitos, ¿era cristiana por eso? ¡No! ¡Ahora sí es cristiana, ahora que me ama también a mí, el hijo de la cocinera!... Y siguió oyendo al viejo cura que decía:
- "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro padre os perdonará vuestras ofensas".
Y Quico vio en sus manos la hermosa pelota de colores que tanto deseaba. Julito, el hijo del patrón, se la acababa de dar, y él dijo:
- ¡Gracias, Julito; gracias, niño Julito!...
- ¡No, niño Julito, no! ¡Llamale Julito como él te llama Quico! ¿Acaso él te dice niño Quico, por qué has de llamarle niño Julito?...

Era la señora quién así le hablaba, pero no era la señora seca y gritona de todos los días, sino una señora sonriente, de voz amable... ¿Y qué veía, qué veía? ¡La señora vistiendo el delantal de cocinera de su madre! ¡Le había dado su vestido y ella vestía su delantal!... Confuso estaba Quico, y aún oyó al señor, a quien todos los sirvientes hablaban doblándose y descubiertos; le decía:
- No llamés niño Julito y niña Lola a mis hijos; llámales Lola y Julito solamente. Nosotros somos cristianos.

¿Cristianos? ¡Sí, lo eran; sí! ¡Y él que llegó a dudar! ¡Qué arrepentido estaba! Entró entonces el lacayo, el que lo golpeara, y se llegó a él, traía una piedra en la mano, la misma piedra que él le había tirado, y se la alargó diciéndole:
- Tomá, Quico, yo te golpee, hice mal. Tomá, tirame esta piedra por la cabeza, golpeáme ahora. Me la tiraste, y en vez de golpearme a mí has roto...

Quico recordó entonces que algo había roto, no sabía qué, ni veía qué, todo se hallaba sano. Interrumpió al lacayo, rechazándole la piedra:
- Yo te perdono los golpes, porque soy cristiano y Jesús nos ha dicho: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas".

Y habló por última vez el viejo cura, habló en tanto abrazaba a Quico; decía estas otras palabras de Jesús:
- "Dejad a los niños, y no les impidáis de venir a mí; porque de los niños es el reino de los cielos".

Oyose la música otra vez, y todos comenzaron a danzar en torno del árbol de Navidad. Quico bailaba con Juana, ¿bailaba?... El no sabía bailar ni Juana tampoco, pero tomados de la mano, saltaban, saltaban riendo, felices, y así, saltando y riendo, salieron hasta la playa. Ya era de día, un día hermoso de sol, y allí comenzaron a jugar con la pelota de colores, jugaban al fútbol; y reían cada vez que la pelota caía al agua, y ellos entraban en ella, jugando carreras a ver quién la cogía.
- ¡Aquí está el pillete!

Quico sintió que una mano enérgica lo aferraba de un brazo. Despertó y, restregándose los ojos, dijo:
- ¿Eh?
- ¿Eh? ¡Que debía hacerte llevar preso!

Era el doctor quien lo hablaba, tenía duros el ceño y los ojos. De un tirón lo puso de pie.
- ¡Vamos! Quico, aún sin salir del todo de su sueño, se dejó conducir, llegaron hasta el automóvil que los esperaba.

Y el señor dijo al chofer:
- ¡Aquí está este pillo, este sinvergüenza! De un empujón lo subió al pescante, y el coche comenzó a andar. Quico, humillado y triste, acurrucábase lo más posible en el asiento, junto al chofer. Se hallaba temeroso y asombrado. Casi no se atrevía a pensar. ¡Había sido solo un sueño todo lo que había visto, todo eso tan hermoso! ¿Por qué las gentes son tan buenas en los sueños y tan malas en la vida?

De vez en vez, desde atrás, le venía la voz áspera del amo:
- ¡Pillo, sinvergüenza; vas a parar en ladrón si sigues así!

Y el chofer lo secundaba:
- ¡Oh, está hecho con la pasta de los que van a dejar los huesos en una cárcel! ¡Es un bandido!
- ¿Sabes bien lo que has hecho? - le preguntó el amo, zamarreándole, y más colérico aún: ¿sabes lo que has hecho? ¡Has roto el espejo del salón! ¡Un espejo que vale muchos cientos de pesos, muchos!...

Y el chofer:
- Tu madre tendrá que trabajar varios años para poder pagarlo...
¡Había roto el espejo del salón, aquel magnífico espejo que ocupaba toda la pared, desde el zócalo hasta la cornisa! Quico quedó anonadado. ¿Qué había hecho? Necesitó disculparse, y como no se atreviera a hablar al amo, habló al chofer:
- Yo no lo hice a propósito... yo...
- ¿Qué dice? - preguntó el señor.
- Dice que no lo hizo a propósito - explicó el chofer.
- ¡Calla! ¡Calla! - gritó el amo enfurecido -: ¡calla, porque te voy a dar un bastonazo!

Y se lo dio, en la cabeza, no fuerte, pero le hizo doler. Quico lo miró de reojo, con una mano tocándose la cabeza dolorida, a ver si le sangraba, con ese terror instintivo que sienten los niños al ver sangre propia.
- ¡Vea cómo me mira! ¡Con qué ojos! - rugió el amo.
- ¡Con ojos de criminal! - subraya el chofer.
¡Qué odio sintió Quico hacia éste! Al fin, al amo le había roto el espejo del salón, pero a éste, ¿qué le había hecho?, ¿por qué lo injuriaba él también? Y lo miró con más ojos de odio.

El chofer, comprendiendo, lo amenazó- ¡Conmigo no vas a jugar, eh, atorrantito! ¡Yo te doy una cachetada que te tumbo!... Y Quico se sintió a merced de aquellos dos hombres amenazantes, los que ahora sonreían como estúpidos y sin dejar de injuriarlo:
- ¡Pillo!
- ¡De lástima no te hago llevar a la cárcel, ladronzuelo! ¿Ladronzuelo?, ¡pero si él nunca le había robado nada a aquel señor! Deseos tenía de preguntar qué le había robado; temió que le respondiese con otro golpe... Intentó abrir la portezuela del automóvil, y escapar. Dos garras lo cogieron: el señor de la espalda y el chofer de un brazo.
- Déjelo nomás, déjelo - dijo el doctor al chofer; ¡ya lo tengo seguro! - Y lo dijo con un tono de vencedor satisfecho, que no escapó a la precocidad aguda del niño. ¡Valiente hazaña hacía el señorón aquél! ¡No dejar moverse a un chiquillo flaco!... Y así anduvieron, el señor sin soltarle, hasta que el automóvil se detuvo frente a la quinta.
- ¡Bajá, pillo, ladrón! - le dijo el amo y a empellones lo tiró del automóvil al suelo -. ¡Bajá! Tomá! - le largó un puntapié que Quico esquivó y echóse a correr instintivamente hacia la cocina. Oyó al doctor que le gritaba:
- ¡Andá con tu madre, pillo, y a la calle, a la calle los dos!...
Llegó a la cocina. Su madre, sentada y cabizbaja, con el bulto de sus pocas ropas a un lado, lo esperaba a él seguramente, porque al verlo entrar irguióse:

- ¡Vamos! - le dijo.

Y echaron a andar hasta salir por la puerta de atrás de la quinta. El esperaba una fuerte reprensión de su madre, y ésta nada le había dicho, no se atrevía ni a interrogarla a dónde iban. Caminaron hasta llegar a la estación. Un empleado a quien la madre preguntó cuánto faltaba para el tren que iba a la ciudad, le respondió:
- Faltan diez minutos.

Quico supo así que volvían a Buenos Aires a vivir en el conventillo sucio en el que vivían antes de ir a esa hermosa quinta de Olivos... ¡Y allá no había río para correr, bañarse y pescar! ¿Y sus amigos Paco, Juana, Pepe?... Preguntó a su madre sin saber por qué le preguntaba, tal vez necesitando hablar a fin de entretener sus pensamientos:
- ¿Mamá, por qué nos vamos? - ¿Y me lo preguntás todavía, hijo? - le respondió la madre, con acento muy triste -. Nos vamos por culpa tuya, has roto el espejo del salón.
- Yo no lo hice a propósito, mamá, el lacayo me pegó... y yo le tiré la piedra a él, no al espejo...
- Andá a decirle a la señora eso; la vieras como estaba, lo que me decía. Me dijo de todo; y yo sin saber qué había pasado. Me echó anoche mismo, sin pagarme un centavo. Ya lo ves, he trabajado gratis quince días. Todo por tu culpa...

Quico ya no pudo más, y tiró la cabeza sobre el regazo de la madre, a llorar, a llorar... Lloraba sin consuelo, ¡se sentía tan desgraciado! De buena gana se hubiera acostado sobre los rieles del tren... La madre comenzó a acariciarlo y a hablarle:
- Vamos hijo mío, pobre hijo mío, no llorés más. Ellos te han dicho muchas cosas, pero yo sé que no sos malo, Quico. Tu mamita sabe que no sos malo, que rompiste sin querer el espejo... Y lo besaba, lo besaba en la cabeza dolorida, en los ojos cegados de tanto llorar, lo besaba, lo besaba. Quico no lloró más. Sintió que el corazón se le hinchaba de consuelo; ¿qué le importaba al fin si los demás lo creían malo, si su madre sabía que era bueno?...

Quedó apoyado contra ella, sin llorar, dejándose acariciar la cabeza... Así estuvo unos minutos, y habló de pronto, vuelto a su locuacidad y a sus razonamientos de niño precoz:
- Mamá: ni el señor ni la señora son cristianos.
- ¿Por qué, hijo? - le preguntó la madre- Porque ellos no debían haberte echado, y sin pagarte. Ellos no son cristianos, entonces. Si fueran cristianos nos hubieran perdonado a los dos. El cura me enseñó en la doctrina cristiana que Jesús dijo: "Si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco el Padre os perdonará vuestras ofensas".
- Y sin embargo, son cristianos - arguyó la mansa mujer -, ya ves como festejan el nacimiento de Cristo, cómo hacen un árbol de Navidad... Quico no se dejó convencer por ese argumento. Replicó:
- Sí, pero Jesús...
- ¡Dejame, nene - lo interrumpió la madre cogiendo el bulto de sus ropas -, dejame, ahí viene el tren! ¡Vamos!...
- ¡Vamos!...Pero Jesús dijo... Jesús...