narrativa

BUENOS PROPOSITOS

El niño adapta primero las cosas a sí mismo,
a su fantasía, a sus necesidades; más tarde
se adapta él y se conforma a las exigencias
las cosas. No puede someterse a seguir
el camino trazado por la experiencia de otro,
más que después de haber hecho sus experiencias personales con tal o cual objeto,
con tal o cual juego.
ANDEMARS Y LAFENDEL

Hace tres semanas que ha muerto la madre.

Los chicos, los dos primeros días, se hallaron como perdidos, tal vez con la sensación de que les hubiesen puesto una venda en los ojos. Al tercero comenzaron a ir a la escuela y volvieron a ser lo que eran: una niña de ocho años y un niño de siete que reían y jugaban sin saber por qué.

Adela, que ya iba a cumplir catorce años, no fue más a clase. Se necesitaba quien hiciere los menesteres domésticos, y ella tomó sobre sí la tarea, a la que, por otra parte, se hallaba acostumbrada: ¿No lo había hecho en todo el tiempo que duró la larga enfermedad de la madre? Se levantaba muy temprano, la primera de los cuatro, mucho antes que el padre, y hacía el desayuno, luego lavaba a los chicos, los preparaba y así se iban a la escuela, y una vez idos éstos, en tanto el padre trabajaba en una de las piezas, ella arreglaba la otra, la que hacía de dormitorio, para ella y sus hermanitos. La pieza del padre, a más de taller, era su dormitorio y servía de comedor. Ya arregladas las habitaciones, la niña preparaba el almuerzo y aún tenía tiempo de cebar mate.

¿Qué pensaría el padre? En tanto él tomaba mate, sombrío, ella quedaba contemplándolo. ¿Qué pensaría? Su padre era joven aún: cierto que algunas canas le brillaban en su cabeza renegrida, cierto que bastantes arrugas le garabateaban la frente, pero era joven aún. Joven y fuerte. ¡Ah, si no tuviese esa maldita costumbre de beber que desde dos años antes ella le descubriera! ¡Cuánto había apenado a su pobre madre esa maldita costumbre! Y Adela recordaba... En tanto el padre tomaba mate, y volvía a su trabajo, siempre silencioso y sombrío. ¿Estaba así por la muerta? ¡No! ¡Si ella no lo había visto llorar!

Por otra parte, así estaba desde algún tiempo antes de morir la madre. Era el alcohol que lo ponía así. Adela estaba segura, sombrío y silencioso. Tan áspero el humor que se tornaba brutal, rugía y tiraba cada manotón a los chicos capaces de partirles. ¡Cuánto sufriera con esto su pobre madre! Aquellas noches en que él regresaba perdido, dando traspiés en la escalera.Adela recordaba...Torturaba esto a la niña, ya mujer precoz, ama de casa a los catorce años.

Y sus cavilaciones se complicaban, desde la muerte de la madre, con otra idea fija, obsesionante para ella: ¿Se volvería a casar su padre, joven aún? ¿Traería una madrastra a sus hermanitos? ¡A sus hermanitos, no a ella! Por ella, ¡bah!, poco le hubiese importado que la trajese; pero sus hermanitos... Y la visión de una madrastra que entrase allí para mandar a gritos, para arañar a los chiquillos, para tener hijos suyos a los que preferiría sobre éstos, la perseguía.

La muchacha no podía olvidar una narración de Víctor Hugo: Pablito. La historia lamentable de un chico a quien la madrastra martiriza. Le horrorizaba pensar que sus hermanos pasaran algo parecido... Se hizo un propósito: Intentar lo posible para que su padre no notara la falta de la mujer en la casa. Y cosía, cocinaba, trajinaba el día entero, afanándose, hasta se daba tiempo para ayudar al padre, y comenzó a aprender su oficio, sin que nadie se lo dijera.

Noches había en que la muchacha se acostaba molida de cansancio, pero lo que se había propuesto, lo realizaría aun cuando empalideciese y enflaqueciera más aun de lo que estaba. Y si su padre, al fin, le traía madrastra a sus hermanitos, no dirían los vecinos que era porque él no tuviese todo arreglado, su ropa en orden, su comida a las horas y según su gusto... ¡Las vecinas, qué malas! ¿Por qué se complacerían en disgustarla? Habían notado en sus ojos, pues ella a nadie confiaba su secreto, habían notado en sus ojos que la cosa la disgustaba, y continuamente no dejaban de hacérsela recordar.
- Sí, Don Pedro va a casarse - afirmaba una.
- Es muy joven todavía - otra.

Y otra aún:
- Necesita una mujer en su casa, porque Adela es muy niña.
¡Ay, si supieran ellas, si hubiesen imaginado ellas cuánto sufría con aquellas conversaciones y con las bromas que daban al mismo padre, con tal o cual muchacha del barrio, no lo hubiesen hecho más, no! No lo hicieran más, porque ninguna de ellas podía ser tan mala que desease hacer tanto mal a una chica de catorce años.Desde que la madre se agravó, y de esto hacía dos meses, el padre no regresaba borracho por las noches, según acostumbraba alguna vez; pero la noche anterior, un sábado, había llegado ebrio perdido. Adela lo oyó caerse en la escalera y entrar dándose contra todo en la oscuridad, en medio de imprecaciones que la helaban. No se atrevió a moverse, sus hermanitos dormían y ella simuló dormir también, para no avergonzar con su presencia al borracho. Al otro día, éste se levantó más sombrío y brutal que nunca y su frente presentaba una herida. Pensó Adela:
- ¿Volverá mi padre a su vicio, sin freno, ahora que no tiene mujer? - Y recordó que su madre lo aguardaba por las noches, cuando él salía. Dejábale una luz en la escalera para que no tropezase si regresaba borracho, en tanto ella, con todo dispuesto para darle café, no se acostaba hasta que él llegase.

Muchas noches se lo pasaba así la pobre, hasta el alba, en que él aparecía ebrio, tumbándose, y le arrojaba las más terribles injurias porque lo aguardaba sin acostarse. Seguramente su padre había vuelto a los cafés, junto a los amigotes, con los que salía a correrla los sábados y domingos y, más libre ahora, ya que nadie la aguardaba en su casa. Resolvió esperarlo ella, sin un reproche, como no se los hacía su pobre madre. ¿Acaso ella podría impedir que él no saliese a emborracharse? Si su pobre madre no lo lograra, ¿cómo se lo impediría ella?! Bien conocía a su padre:tiránico, brutal en cuanto se echaba una copa al cuerpo!¿Qué era ella para él, sino una chiquilla? Sin embargo, resolvió esperarlo.

Le daría café para amortiguarle la ebriedad, velaría para que no se apagara la luz, pues podía caerse y lastimarse entre las sombras de la escalera. La madre hacía tales cosas, ella las haría también. ¿No estaba en su buen propósito cuanto hiciera la madre, a fin de que él no trajese una madrastra a sus hermanitos?

Y ya que no podía arrancar el maldito vicio al padre, por lo menos hacer que él, al regresar ebrio, no notase la falta de algo que antes lo recibía sin un reproche y aun lo atendía, solícitamente, tanto como si él no fuese un miserable vicioso, sino un desgraciado enfermo.

Esa noche del domingo, ni vino a comer. Adela ya sabía que significaba aquello. Significaba que el padre, con amigotes, se estaba gastando la mitad de lo que hubo ganado. Fatalmente, volvería borracho. Acostó a sus hermanitos, preparó el calentador para el café, colocó una luz en la escalera y se puso a leer, dispuesta a esperarlo. Así lo hacía la madre y así lo haría ella. Leyó hasta caerse sobre el libro, turbias las pupilas de sueño y de cansancio. Durmió sobresaltada, despertándose de vez en vez, agitada, mirando la hora... Vio así la una, la una y media, las dos y cuarto... Leía otro poco, para caer de nuevo postrada por el sueño.

Al fin, la despertaron unos pasos en la escalera. Escuchó. Sí, eran los inconfundibles, torpes pasos de su padre cuando regresaba ebrio. Miró la hora: ¡Las cuatro menos diez! El hombre llegaba hablando consigo mismo, maldiciéndose, diciéndose las más sucias palabras. Adela encendió el calentador y, ansiosa, con las pupilas en el hueco de la puerta, aguardó. La figura del padre, apareciósele. ¡Ah,cómo llegaba! ¡Qué cara, qué ojos! Si no parecía el mismo hombre, ese hombre silencioso y sombrío, sí, pero trabajador serio. El padre comenzó a reír estúpidamente y a balbucir palabras ininteligibles con estropajosa lengua. ¡Y esa risa estúpida, qué mal, qué mal, qué mal le hacía! Delante de ella no le parecía tener a su padre, sino a otro hombre, un hombre que la repugnaba y por el cual sentía una compasión infinita. Parecíale un hombre extraño al que veía por vez primera, y que este hombre extraño fuese un loco. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para hablarle.

-¡Papá! - dijo. Y se detuvo, ¿cómo? ¿Por qué había dicho esa palabra: ¡papá!, a aquel hombre extraño, a aquel loco que la miraba con esos ojos opacos y sin dejar de reír y balbucear injurias incoherentes? Hizo otro esfuerzo y volvió del todo a la realidad. Fue hacia su padre y lo tomó de una mano, le habló:
- Papá, ahí tenés café. Esta calentito...

Lo conducía, y el hombre se dejaba conducir. Lo sentó como a un chiquillo frente a la taza y se la llenó del hirviente líquido. El borracho tomó un sorbo y, de improviso, se demudó. Desapareció su risa estúpida de la cara, se le enrojecieron los ojos que, de opacos, pusiéronse brillantes. Contraída la faz por una mueca de cólera, puesto de pie, y haciendo saltar la taza de un puñetazo: - ¡Maldita! ¿Quiere decir que ahora vas a hacer lo que hacía tu madre? ¿Siempre voy a tener quién vigile lo que yo hago, eh?... ¡Yo soy libre, libre!

Y le tiró tres bofetones con todas sus fuerzas. El primero la atontó, el segundo la tomó en plena cara y la tiró al suelo. El otro lo dio al aire, perdió el equilibrio, y cayó él también. La niña, tambaleándose, aterrada por la brutalidad del borracho, amargada por la manera injusta con que interpretaba sus buenos propósitos, sólo atinó a correr hacia su alcoba. Ya le conocía ella el genio a su padre: cuando llegaba a golpear, golpeaba sin saber lo que hacía. Se refugió en su cuarto y atrancó la puerta con los dos pasadores, pero ya pasado el peligro sintió entonces la injusticia del hecho y la amargura dolorosa de esa injusticia. Como si su corazón ya no latiera, experimentó un gran vacío dentro de sí misma. Como si su corazón fuese un puño helado, sintió en su pecho un gran frío. Creyó desmayarse, pero un sollozo al fin le salió afuera, y él la salvó. Sollozando convulsivamente, se tiró sobre el lecho, a ahogarlos contra las almohadas.

En la otra pieza, el ebrio seguía monologando incoherentemente. Y de vez en vez, oía un grito de cólera y pateaba un mueble o le daba un puñetazo. - ¡Yo soy libre... libre!... ¡No quiero que nadie me espere! ¡Yo me emborracho porque soy libre! ¿Mi mujer murió? ¡Muy bien! ¡Ya no quiero más mujer! ¡Yo quiero ser libre, yo soy libre, libre! Adela dejó de sollozar. Había comprendido, y una felicidad alborozante le calentó el pecho: su padre no se casaría más... Antes que cualquier mujer, el vicioso amaba su vicio. Comprendía que este hombre ebrio, quizás viera con satisfacción la muerte de su propia mujer, ya que ella lo libraba de la única que pudo, no impedirle, pero sí fiscalizarle su vida. Su padre no traería madrastra a sus hermanitos. Otra mujer significaba, para el borracho, traer quien vigilase su vicio, tal vez quien intentara quitárselo. Y la niña sintió una infinita felicidad y a la vez un gran dolor: su padre no traería madrastra a sus hermanitos pero ¿a costa de qué? ¡Ah, de poder seguir embruteciéndose de alcohol! Y el júbilo que le daba la seguridad de que su padre no traería madrastra a sus hermanitos la armó de fuerzas y se hizo el buen propósito de nuevo: lo esperaría siempre, cada vez que él saliera, aunque al volver la quebrase a golpes.

El borracho ya no hablaba, seguramente se había dejado caer sobre el lecho, y dormía. Insomne, la muchacha se puso a pensar. ¿Era malo su padre? y se respondía: ¡No, no es malo! No es malo y comete injusticias y a veces es brutal y hace desgraciados a todos. ¡Si no bebiera! ¿Qué hacer para que no beba? ¿Cómo conseguir que no beba? ¡Qué hombre tan distinto sería! En las temporadas en que no tomaba, era un hombre cordial y generoso, capaz de darle el importe de su salario de algunos días al primero que se le acercara a llorar necesidades. Todos sus amigotes, abusando de su generosidad, ¿no le debían dinero que él no les cobraba? Cuando no bebía, ¿no era cariñoso con sus hijos? ¿Por qué bebía? ¿Por qué? ¿Qué podría hacer ella para impedirlo? ¿Podría impedirlo? Eso que no pudo hacer la pobre madre con toda su santa paciencia, ¿lo podría realizar la hija? Adela se hizo de nuevo el propósito de intentar, por lo menos, y de no omitir sacrificio para lograrlo.

Al día siguiente se levantó, como de costumbre, la primera de todos. El ojo derecho le dolía terriblemente y fue a mirarse al espejo. ¡Cómo lo tenía! Hinchado y violeta, causaba impresión verlo; parecía que fuera a reventar. Le colocó unos paños fríos que le amortiguaron el dolor. Se puso a hacer sus trabajos como todos los días. Después se levantaron los hermanitos, se levantó el padre y, silencioso, fue a trabajar. Cuando aquellos se fueron, ella se puso a cebar mate al padre, como si nada hubiera ocurrido. Le presentó el primer mate. Atareado, el hombre, se hallaba inclinado sobre sus géneros. Ella tuvo que hablarle:
- El mate, papá.

El hombre levantó la cabeza; y la cara se le descompuso. Sus ojos se habían clavado en aquel ojo derecho de la niña, violeta, hinchado, terrible... No pudo mirarlo y bajó la cabeza, mustio, estiró la mano y se afanó en chupar la bombilla, hasta que ésta rezongó. Entonces devolvió el mate a la niña, y dijo, en voz muy baja:
- No tomo más, hoy no tengo ganas.

Evidentemente, no quería tener allí, tan cerca de él, la visión de aquel ojo de su hija, porque era como una acusación que lo avergonzaba. La niña habló:
- Papá, yo anoche te esperé, pero no para vigilarte, yo te esperé para que no se apagara la luz de la escalera y tropezases como tropezaste el sábado. También te quería dar café...

El hombre seguía atareado, gacha la cabeza, como si no escuchara. Ella prosiguió:
- Te quería dar café... Mamá hacía todo eso también, y mamá tampoco lo hacía para...

Calló. El hombre, impetuoso, había tomado con ambas manos la cabeza de la niña y la miraba fijo, hundiéndole la mirada de sus ojos adustos, adentro, muy adentro de las pupilas candorosas... Iba a hablar. De súbito, soltándola, volvió otra vez a su trabajo. La niña quedó un instante mirándolo silenciosa; comprendía que estaba arrepentido. Lo habló otra vez:
- Papá, ¿te doy otro mate? Te voy a dar otro mate. ¿Eh?
- ¡Sí! - dijo él, sin levantar la cabeza, avergonzado.

Ella salió corriendo, alegre. ¡Tan alegre!... Porque la esperanza había comenzado a aletearle en el pecho, como si fuese un aleteo cada latido de su corazón agitado.