narrativa

AVENTUREROS DE TODAS LAS NOCHES

La opresión de los padres,
más dolorosa que un sablazo"...

PROVERBIO ARABE

En aquel tiempo, Alvaro Yunque, tenía veintitantos años. Ha transcurrido más de medio siglo desde entonces. Ahora, al escribir este cuento, me está permitido, pues, hablar de Yunque, de Alvaro Yunque, en tercera persona. Al fin, medio siglo o más, convierte a cualquier hombre en otro hombre.

Esa noche, 18 de junio, una noche invernal, con viento y llovizna a ratos, Yunque llega a su casa de la calle Estados Unidos. Está ansiando verse hundido entre sábanas y colchas. Empero, el destino - ¿bueno, malo? Nunca se sabe cuando el destino es malo o es bueno - ha dispuesto que le suceda una singular aventura. Yunque es distraído, lo sigue siendo. Busca la llave de la puerta de su casa y no la encuentra en sus bolsillos.

Ha cambiado el pantalón - este es el inconveniente de tener dos pantalones - y la llave ha quedado en el otro. ¿Qué hacer? Son las tres de la mañana y es invierno. En su casa, seguramente, están todos dormidos. ¿Qué hacer?

Recuerda "Il Bon Vin Tintillo", una cantina que está en las calles Sarandí e Independencia y con ese título entre italiano y porteño proclama la excelencia de su bebida báquica. Iré al "Bon Vin" - se dice. Esperaré allá a que sean las seis o siete y abran la puerta de casa. En el "Bon Vin" siempre hay con quien echar un párrafo entretenido. Se dirige a la cantina. La encuentra cerrada. Seguramente el frío, el viento y la llovizna han asustado a la habitual parroquia. Piensa en Dante A. Linyera - el vate lunfardo que vive en la calle Cochabamba. La puerta de éste no se cierra nunca con llave. Basta un empujón y da paso. "Iré a charlar con el pintoresco Dante - se dice Yunque - él no acostumbra a dormirse antes de las ocho o nueve de la mañana". Se dirige, esquivando charcos en las veredas rotosas, por la calle Sarandí, rumbo al sur. Ya no llovizna. El viento ha amainado. Antes de llegar a la calle Humberto I, una cortada, ve un pequeño bulto arrimado a la pared. El pequeño bulto llora. Se le acerca. Es una chica, la habla:

- ¿Qué hacés aquí a esta hora, y llorando?...
- Mi papá
- solloza
- mi papá me echó de casa. Yunque piensa nuevamente. ¿Qué hacer? Porque algo hay que hacer. Cómo dejar a esta chica de doce o trece años, aquí, en la calle, con este frío. Resuelve: la llevaré conmigo a lo de Dante Linyera:
- Vení. Te llevaré a una casa donde pasar la noche. Te haré dar una leche caliente. Después veremos. No bien ha pronunciado estas palabras, oye detrás de él:
-¡Arriba las manos! Y siente un frío en la nuca. Es el caño de un revólver; ¡qué broma! Levanta las manos. Siente que le revisan los bolsillos del sobretodo, del saco, de los pantalones. Una voz juvenil exclama:
-¡Chau! Este anda más seco que nosotros.
- ¿No tiene armas?
- pregunta otra voz juvenil.
- Ni armas ni billetera
- contesta el otro, y ordena: ¡Bajá las manos! Yunque, en verdad, no las tiene todas consigo, pero ya más sereno, da vuelta y, a la luz de un farol lejano, ve que sus asaltantes son dos jóvenes, muy jóvenes, no más de dieciséis o diecisiete años. Les dice:
- A mal puerto han venido por leña, muchachos. ¿Cómo se les ocurre asaltar a un poeta?
- ¡Ah! ¿Usted es poeta?
- dice el mayor de ellos
- ¿Cómo se llama?
- Alvaro Yunque.
-¿Usted es el autor de un libro? A ver, olvidé el nombre. El otro muchacho se lo da:
- "Versos de la calle"
- Sí, "Versos de la calle". Yo también soy poeta.
- Tanto gusto en conocerlo.
- Soy admirador de usted.
- Me alegro de ello.
- ¿Usted no ha colaborado en "La Pampa Argentina"?
- A veces.
- Yo también colaboro en esa revista. ¿No recuerda haber leído algo de Bonifacio Boni? Yunque no recuerda, pero exclama:
-¡Cómo no! El muchacho sonríe, satisfecho. Y explica:
- Bonifacio Boni soy yo. Y éste
- por el otro
- es Casildo Luces. El también ha leído sus "Versos de la Calle".
- ¿Y esta chica?
- pregunta Yunque.
- Esta es la carnada que tenemos para pescar otarios.
- ¿Como yo?
- Sí
- responde Bonifacio, francamente
-.
- Ella llora, el turro se acerca a consolarla, nosotros aparecemos de atrás, ¡y venga la plata! ¿Pero qué hace usted a esta hora, por estas calles, con este frío? Yunque repara que el ladronzuelo ya no lo tutea. Responde:
- Te diré lo que pasa: Olvidé la llave de la puerta de calle, iba a hacer la noche hasta amanecer en lo de Dante Linyera...
- ¡Ah, lo conocemos!
- exclama uno
- ¡Es un poetazo!
- ¡Un poetazo!
- ecoa el otro. Yunque continúa:
- Ahora veo que también he olvidado la cartera. Si ustedes no la han encontrado en mi bolsillo, menos la encontraré yo, me parece.
- Délo por seguro. ¿Qué opina si en vez de ir a lo de Dante, se viene a pasar lo que alta de la noche con nosotros?
- Acepto la invitación.
- Vivimos aquí cerca. Tomaremos un vino caliente, recitaremos poesías de Almafuerte, de Carriego, de Maturana...
- Y de Guiraldo
- agrega Casildo.
- ¿Son anarquistas ustedes?
- No lo vamos a negar. ¡Somos!
- responde Bonifacio.
-¡Somos!
- afirma rotundamente orgulloso Casildo
- ¿Vamos?
- ¡Vamos! Comienza a andar; la chica, adelante. Bonifacio ordena:
- Corré Mariposa, decile a Misia Celeste que prepare mate y vino, que vamos con un poeta...
-¡Un gran poeta!
- corrige Casildo. La chica echa a correr por la calle Humberto I.
- ¿Y esa chica?
- pregunta Yunque.
- Es un varón
- responde Bonifacio
- lo vestimos de chica para que inspire más confianza. Le decimos "Mariposa", pero se llama Alex Peralta Barrios. La abuela es Misia Celeste, es quien nos hace el puchero y nos lava la ropa.
- Es como si fuese nuestra madre.
- ¿Son huérfanos ustedes?
- No, pero como si lo fuésemos. Ya le vamos a contar nuestras vidas. Quizás con ellas usted haga un cuento.
- Como los de "Barcos de Papel"
- agrega Casildo. Yunque lo mira, un poco asombrado.
- Ha leído, parece.
- Casildo
- explica Bonifacio
- es una biblioteca ambulante. Le viene de familia. ¿Ha oído hablar de Andrés Cepeda?
- ¡Cómo no! Sí, lo he conocido. Hasta sé una décima suya de memoria
- y la recita
-:
-"Tiene muy lindos colores/ la mariposa liviana/ mil encantos la mañana/ tiene la estrella fulgores/ perfume tienen las flores/ misterio la fuente pura/ el campo tiene frescura/ el viento canciones suaves/ gorjeos tienen las aves/ ¡Sólo yo tengo amargura!".
- ¡Fenómena!
- ¡Bárbara! Gritan entusiasmados. Yunque continúa:
- Hubo un tiempo que yo tenía un libro de él, "Gorjeos". Lo presté...
- ¿Y no lo vio más?
- Así es.
- No se puede prestar libros
- sentencia Bonifacio.
- Yo no presto más. Estoy cansado de que no me los devuelvan
- epiloga Casildo.
- Cepeda...
- ¿Qué?
- ¿Vivía como ustedes un poco fuera de la ley?
- Dígalo sin vueltas, sí, era igual que nosotros, ladrón. Cepeda era tío abuelo de éste
- por Casildo
- Este hereda de él su afición a los versos. Ya empezó a escribir. Decile alguno, Casildo.
- No, me da vergüenza. El señor es un literato que publica libros.
- ¡Siempre el mismo, che! Esconde sus versos, no los quiere mostrar ni decir.
- Pudor de artista.
- Usted disculpe
- dice Bonifacio y saca su pañuelo
- vivimos en la calle Rincón, ahí está el aguantadero donde nos refugiamos. Supondrá que se lo ocultamos a todos. Usted disculpe...
- ¿Qué?
- protesta Casildo
- ¿le vas a vendar los ojos? ¡No! El autor de "Jauja", agrega, exhibiendo erudición
- no puede ser un traidor, che, no va a delatarnos.
- No era desconfianza
- se justifica Bonifacio
- sólo prudencia. Aquí es, entremos. Casa vieja, de aspecto pobre. El comedor iluminado. Los recibe una morena gorda, muy sonriente:
- Tanto gusto, señor
- y le da la mano.
- Misia Celeste, el señor es poeta de los que publican libros. Caliente unos vasos de los que usted sabe y cebe unos amargos
- ordena Casildo
-. Luego, volviéndose a Yunque, le explica:
- El que usted sabe es un vino especial que nos dio un cantinero amigo en pago de una gauchada.
- ¿Quiere mate o vino caliente?
- Prefiero vino. Mate tomo sólo a la mañana. Una media docena de cimarrones. Mariposa se duerme en un sofá.
- Así que ustedes no son huérfanos, pero viven como huérfanos.
- Somos huérfanos de nacimiento
- explica Bonifacio
-. El padre de éste
- por Casildo
- una fiera. ¡Viese lo que hacía! Por cualquier pavada, cosa de chicos, una paliza; pero no se la daba en el momento. Se la anunciaba para el día siguiente. Lo dejaba toda una noche pensando en la paliza.
- ¿Y se la daba?
- ¡Ya lo creo que me la daba!
- interviene Casildo
- ¡Y qué paliza! Por fin, me disparé de casa, fui a parar a un reformatorio, también me disparé, por suerte una noche lo encontré a Bonifacio, y aquí me tiene.
- Yo también me fugué de casa
- explica Bonifacio
- mi padre y mi madre se emborrachaban, ¡las peleas que he visto! Se tiraban con todo. Al fin yo pagaba el pato. Cachetada de aquí y puntapié de allá, ¿qué le parece? Un día no aguanté más. Los dejé que se mataran ellos solos. Y me vine con Misia Celeste. Un amigo me enseñó a robar. Robé con él un tiempo. Después, solo. Ahora, con Casildo y Mariposa. Es un oficio como otro cualquiera. Usted dirá robar no es un oficio. Pero ¿Quién se ocupó de enseñarme un oficio? Fui a la escuela hasta tercer grado.
- Yo hasta quinto
- agrega Casildo, bastante orgullosamente.
- ¿Y les da este oficio que no es oficio?
- No todas las noches encontramos secos como usted. Hace tres noches asaltamos una pareja que se estaban besando en un automóvil. Nos llenamos de papeles de cien.
- ¿Y no se les resiste algún asaltado?
- Si grita, mire éste
- Casildo enarbola un talero
-. Es de algarrobo, basta un golpe.
- ¡Y chau, hombre al suelo!
- agrega Bonifacio. Entra Misia Celeste:
- Aquí está el mate y el vino. Yunque prueba el vino:
- ¿Qué le parece?
-¡Muy bueno!
- Se portó el gringo de la cantina. También, ¡qué gauchada! ¿Le cuento?
- pregunta Bonifacio a Casildo. Este se niega:
- No, no cuentes. Uno alguna vez hace algo feo, es mejor olvidarlo. ¿Qué dice usted?
- Tiene razón, colega, olvide o trate de olvidar
- responde Yunque.
- Olvidar lo malo también es tener memoria
- recita el otro. Misia Celeste sonríe. ¡Las cosas que sabe Misia Celeste de sus muchachos! Sonríe y ceba mate. Interviene:
- Bonifacio, para que el señor vea que ustedes no son tan pícaros como puede ir suponiendo, contale lo del doctor Raffo.
- ¿Qué Raffo, Alfredo Raffo?
- Sí, señor.
- ¿Del Hospital Ramos Mejía?
- El mismo, sí señor.
- ¡Gran amigo mío, pues!
- ¡Y gran persona! Contale, Bonifacio.
- Bueno, le contaré: Una noche a mi madre le dio no se qué dolor. Llamamos al hospital. Apareció ese doctor Raffo. Muy amable. La atendió. Mi padre no estaba. Recetó. Me quedé mirando la receta. En casa no había un peso. El se dio cuenta. Me dijo: "Vení". Los dos fuimos a la farmacia, compró los remedios y se fue. Pero apareció al otro día y otras dos veces. Yo le dije: "Doctor, nosotros no le vamos a poder pagar". "¿Y quién habla aquí de querer cobrar?", me respondió. En fin, la sacó del mal trance a mi madre. Mi padre, se lo diré, es un descuidista.
- ¿Qué es eso?
- Roba en los tranvías y en los ómnibus. Yo lo ayudaba y yo entonces no tendría ni once años siquiera. Ya lo ve, ahora voy a cumplir dieciocho. Soy veterano en el oficio. Sigo con mi historia: Una mañana, en un tranvía, mi padre le afanó el reloj a uno que estaba en la plataforma. En casa lo vimos. Era un reloj de oro con una dedicatoria. Decía: "Al abnegado y querido doctor Alfredo Raffo, el agradecimiento de J. J.". Quedé frío. ¿Cómo, yo había ayudado a robarle el reloj a aquel médico tan generoso? Le robé el reloj a mi padre, ¡la bronca que armó! ¡Le echó la culpa a mi madre! Fue un barullo tal que intervino la policía. Yo le llevé el reloj al doctor Raffo. Fui a su consultorio que estaba en la esquina de las calles San Juan y Jujuy. Le dije: "Doctor, ¿a usted le robaron un reloj en el tranvía?". Sí
- me contestó
- y lo siento mucho. Es el recuerdo de un amigo al que estimaba de verdad. Aquí lo tiene, le dije yo. Y salí disparando, sin hacer caso a sus gritos que me llamaban.
- Una buena acción
- comenta Yunque.
- Ya ve
- agrega Misia Celeste
- mis muchachos tienen sus cosas malas... y buenas. ¿Qué hacerle? Hay que comer, ¿verdad? ¿Qué dice usted, doctor?
- No es doctor
- interviene Casildo
- es poeta. Y ser poeta es más que ser doctor. Yunque sonríe y cambia de tema:
- ¿Nunca han caído presos ustedes?
- Alguna vez...Casildo...Yo, nunca todavía.
- ¡Ya caerás!
- sentencia Misia Celeste.
- Me la aguantaré
- responde Bonifacio, filosóficamente. Siguen bebiendo:
- ¿Otro vaso de vino? Yunque se niega:
- No, uno es suficiente. "En un vaso de vino hay alegría/ Llena el segundo la razón dudando/ Bebe el tercero la melancolía".
- ¿Es suyo?
- Sí.
- ¿Lo ha publicado?
- No, saldrá en mi próximo libro. Se los daré.
- ¿Con dedicatoria?
- ¡Por supuesto!
- Lo vamos a hacer encuadernar.
- Gracias por la distinción; pero escuchen esto.
- Yunque saca un papel del bolsillo
-.Casualmente hoy recorté de un diario lo que les voy a leer. Es oportuno para ustedes: "Consejos para llegar a ser un delincuente juvenil", dice el título. Y aconseja: Primero: dar al niño todo lo que quiera. Así creerá cuando sea mayor que el mundo tiene la obligación de mantenerlo.
- A mí no me han dado nunca lo que yo quería
- comenta Bonifacio
-. ¡Lo que desee cuando tenía siete años que me compraran una camiseta de Boca! ¡Nada!
- A mí sólo me dieron cachetadas
- agrega Casildo
- un repertorio de sopapos. Yunque exclama:
- ¡Ah, muchachos, pobres muchachos! Sigan oyendo: Segundo: Si dicen malas palabras, reíd cuando las diga. Esto lo estimulará a emplear un lenguaje cada vez peor.
- ¡Es verdad eso!
- exclama Bonifacio
- Si yo decía malas palabras el viejo gritaba: "¡Lindo, este va a ser un machazo!"
- ¿Y quién te enseñaba esas palabras?
- ¡Mi padre, pues!
- Tercero: No le enseñaréis a distinguir el bien del mal, si roba algo...
- ¿Si robo?
- grita Casildo
- mi viejo me decía: "Robaste al almacenero que es un ladrón. Quién roba a un ladrón tiene cien años de perdón". Cada vez que traía algo robado, la vieja decía: "Esto me parece más rico porque no me cuesta viyuya".
- Cuarto: dejadle leer cuanto le caiga bajo los ojos, sea lo que sea.
- Bueno, de eso no puedo decir nada
- comenta Casildo
- porque mi viejo y mi vieja son analfabetos.
- Quinto: dad a vuestro hijo cuanto dinero pida.
- ¿Darme a mí? ¡Quitarme! recuerdo que el primer afano que hice en un ómnibus
- cuenta Casildo
- mi padre y mi madre me lo quitaron y se lo repartieron.
- ¿Y no te retaron, supongo?
- ¿Retar? ¡Me festejaron! Ese día mi mamá me besó. Es el primer beso que me daba, tal vez.
- Sexto, defendedlo siempre. Tenga o no tenga razón.
- ¡Eso sí!
- grita Bonifacio
- Una vez yo le quise robar un cuchillo a una vecina, ella me pilló y fue con la queja a mi mamá. Esta la insultó y le dijo que yo no era un ladrón, que la ofendía, ya que ella criaba bien a sus hijos. Porque en casa quedan otros dos menores que yo. Seguramente también se van a hacer chorros. Hace un año que no los veo.
- ¡Ah, muchachos, pobres muchachos!
- exclama Yunque nuevamente
-, con tales padres, ¿Qué hijos podían salir?
- De tal palo, tal astilla
- sentencia Misia Celeste, afecta a los refranes, y es toda su sabiduría.
- Miren
- ya hace rato que ha amanecido. Me voy a casa, muchachos. Voy a dormir como un lirón. Me caigo de sueño. Yunque se incorpora.
- Hemos tenido mucho placer en conocerlo
- habla Misia Celeste
-. Supongo que nos visitará otras veces. Venga a comer un asado con amigos. En el fondo tenemos parrilla. Vienen payadores. ¿Lo ha oído a Martín Castro?
- ¡Cómo no, si somos aparceros desde jóvenes! ¡Gran payador!
- ¿Usted lo oyó a Gabino Ezeiza?
- No; pero he leído sus payadas con el uruguayo Vázquez.
- ¡Es de los nuestros usté!
- exclama Misia Celeste
- ¡Venga esa mano!
- Apriete duro, Misia que esa mano ha escrito versos inmortales
- grita Casildo.
- Bájeme del pingo, colega, no exagere
- protesta Yunque.
- Cuando usté me dice colega, me corre fuego por la sangre.
- ¿No te gusta?
- ¡No me va a gustar! ¡Me desmayo del gusto!
- ¡Adiós, señora! Adiós, muchachos. Mariposa duerme.
- Ese duerme todo el día.
- Para él, la noche es día y el día es noche.
- Si desean verme o buscarme para una fiesta de payadores, en el café de Independencia y Entre Ríos me encontrarán. Allí estoy con otra gente que les va a gustar. Escritores, pintores, músicos.
- ¿Colegas?
- ¡Colegas, sí! Vayan y nárrenme sus vidas, soy capaz de hacer un cuento con ustedes.
- ¡Cha! Si hace eso nos va a matar de gusto.
- Adiós, adiós
- ambos le estrechan la mano a dos manos, efusivamente.
- Adiós no, colegas, hasta la vista, colegas. Y no los vio más.

Ellos no aparecieron por el café de Independencia y Entre Ríos. A Yunque no se le ocurrió ir a visitarlos. Un día, años después, por casualidad, se encontró con Misia Celeste. Hablaron. Ella le contó mil desgracias. El "aguantadero" de la calle Rincón fue allanado por la policía. Bonifacio se resistió. Lo mataron a tiros, después que él mató a un vigilante e hirió a otro. A Casildo y a Mariposa se los llevaron. Ella fue presa unos meses.
- Y ahora, ¿qué hace usted, Misia Celeste?
- le pregunta Yunque.
- ¿Y qué voy a hacer, don poeta? Pido limosna.